LOGINEl auto olía a cuero y a él.Adrián manejaba solo. Había mandado al chofer a casa después de la cena. Puerto Madero se iba quedando atrás, con los puentes prendidos y el agua negra.Valeria apretaba la cartera contra la panza.Ahí estaba el sobre. La llave. Y debajo de todo eso, algo mucho más chico que todavía no tenía nombre.-Estás callada -dijo él.-Pensando.-¿En qué?-En lo que me dijiste.Adrián no sacó los ojos del camino. Pero apretó la mandíbula.-Si me vas a decir que fue demasiado, decímelo ya. Así me lo saco de encima.-No es eso.-¿Entonces?Semáforo en rojo. El motor ronroneaba bajo.Valeria abrió la boca. Estoy embarazada. Tres palabras. Las tenía ahí, justo detrás de los dientes.Pensó en la hoja pegada con cinta en la ventana.Él no puede enterarse. Todavía.Quién la había escrito. Por qué. Qué pasaba si hacía lo contrario.-¿Valeria?-Tengo que contarte una cosa. Dos, en realidad.-Dale.-La primera es que...Se le cortó la voz. Se mordió el labio. El semáforo cambi
Valeria se miró en el espejo del baño de la fábrica.No vio nada distinto.La misma cara. Las mismas ojeras.El palito seguía sobre el lavatorio, con sus dos rayitas rosas. Burlándose.Lo envolvió en papel higiénico. Lo metió en el fondo del bolso.Después lo sacó. Lo envolvió en otro papel. Lo tiró al tacho de afuera, tapado con servilletas.-¡Vale! -Su papá, del otro lado de la puerta-. ¿Estás bien?-¡Sí, pa! Me cayó mal el desayuno.-¿Querés un té?-No. ¡Sí! Bueno. Un té.Se mojó la nuca. Respiró hondo.Una. Dos. Tres.Y entonces vio la ventana.La chiquita, de vidrio esmerilado. Cuando entró estaba cerrada. Ahora tenía una rendija.Corrió a mirar.Un patio. Cajones apilados. Un gato flaco. Nadie.Pero en el marco, pegada con cinta, había una hoja doblada en cuatro.Letra redonda. Prolija.*"Él no puede enterarse. Todavía."*Valeria la arrugó en el puño.Le temblaban los dedos.Quien escribió eso sabía. Y quería que ella callara.¿Por qué?---El celular vibró a las doce y media. N
Adrián abrió la puerta con la mano hecha mierda, cerrada en puño.—Tenés cinco segundos.Qué calidez, hermanito —Sebastián tenía el ojo hinchado y sangre seca en la ceja—. Dejame pasar, que me caigo.—Camila afuera.—Camila fue la que me sacó de ahí.Ella levantó las manos. Uñas rojas. Olía a jazmín. A Valeria se le revolvió todo.—Cinco minutos. Y en el living.Se sentaron todos al borde, como si el sillón quemara. Mabel en el pasillo, con la manta, mirando el piso.—Hablá —le dijo Adrián.Hace una semana que me persiguen. Entraron a mi depto, se llevaron los papeles de papá. Y hoy me agarraron en el estacionamiento. Dos tipos. Me cagaron a palos y me dijeron...—¿Qué te dijeron?—Que deje de meter las narices. Que ya murió una por meterse.Nadie respiró.—Camila justo pasaba —siguió—. Los espantó.—¿Justo pasaba? —Valeria saltó—. Dale, ¿qué casualidad, no?—Hola, querida —Camila le sonrió, toda dulce—. Yo también me alegro de verte.—No me hables.—Pará, pará —se metió Sebastián.—¡
Valeria no gritó.Levantó una mano, despacio, y señaló.-Adrián.Él estaba desatando la cinta de la boca de Mabel. Giró la cabeza. Siguió el dedo de ella hasta el camisón.Se movía. Apenas. Un temblor en el borde, como si respirara.-Quedate con Mabel -dijo él, sin voz.-No.-Valeria.-Vos tenés una mano rota.-Está bien.-Está hecha mierda.Se miraron un segundo. Después él agarró del tocador un cepillo de mango pesado, de plata, y caminó hacia la puerta.Un paso. Dos.El olor a jazmín le pegaba a Valeria en la garganta. Le daban náuseas. Se llevó la manga a la nariz.Adrián estiró la mano y, de un tirón, arrancó el camisón de la percha.Nadie.Solo la pared. El papel viejo, descolorido. Y una puerta chiquita, de alacena, que Valeria nunca había visto. Entornada.-¿Qué es eso?-Un vestidor. Lucía lo usaba para...Un ruido. Seco. Del otro lado.Después pasos. Rápidos. Descalzos, sobre madera. Alejándose.-¡Eh! -Adrián abrió la puerta de un golpe y se metió-. ¡Pará!Valeria corrió detr
Adrián agarró la autopista a ciento setenta.Valeria iba agarrada del tablero con las dos manos. El auto vibraba entero. La lluvia pegaba de costado, no se veía un carajo.-¡Dale, Mabel, atendé! ¡Atendé, carajo!Llamaba. Cortaba. Volvía a llamar.-Bajá un poco...-No.-Nos vamos a matar, Adrián.-Si le pasa algo me da lo mismo.Lo dijo bajito. Casi sin voz. Y eso le dio más miedo que la velocidad.El ascensor subió lentísimo.Cuando se abrió, el departamento estaba a oscuras. Apagado por completo. Ni la luz de la cocina, ni la tele bajita que Mabel dejaba siempre prendida.-¿Mabel?Nada.Adrián entró primero.-Quedate atrás.-Ni en pedo.-Valeria...-Ni en pedo.Prendió la luz del living. Todo en su lugar. Los almohadones acomodados. Nada roto.Pero había un olor. A jazmín. Muy fuerte. Dulzón hasta dar asco, como si hubieran dado vuelta un perfume entero en el piso.-Mabel -gritó él.Fueron a la cocina. La pava arriba de la hornalla, fría. Un repasador doblado. Una taza en la pileta c
El auto olía a cuero y a silencio.Adrián manejaba. Valeria miraba por la ventanilla con la lata de galletitas escondida en el bolso, apretada contra la cadera. Le pesaba. Le quemaba.Nadie hablaba. La radio estaba apagada. Se oía el limpiaparabrisas, ras, ras, ras.-Tengo que decirte algo -dijo ella.-Ahora no.-Adrián...-Ahora no, Valeria. Si me lo decís ahora, no llego a la fábrica sin chocar. -Tenía los nudillos blancos del volante.Cerró la boca.Él tenía el labio hinchado, un corte fino y negro. La mano vendada con una gasa que le había puesto Mabel. Valeria se miró las suyas, vacías, y sintió una vergüenza que le subió desde el estómago hasta la garganta.La fábrica estaba en silencio.No había máquinas andando. No había muchachos en el patio. Un cartel torcido en la puerta, escrito a mano: Cerrado por reunión.-¿Cerró? -dijo Valeria.-Lo pidió tu papá.-¿Para qué?-Eso quiero saber.Entraron. Olor a aceite frío, a metal mojado. Los pasos retumbaban en el galpón vacío. Valeria







