MasukLa vida en la cima era un eco.
Eleanor se movía por el Penthouse de Tariq Al-Farsi, un mausoleo de mármol y cristal, con la misma sensación de ser una intrusa que la primera vez. El silencio era su único compañero.
Tariq estaba ausente, un esposo fantasma. Un nombre en un contrato, que la había rescatado del desastre cuando más lo necesitaba.
— ¡No lo entiendes Sam! — la desesperación en la voz de la chica era palpable. — Es verdad que ese extraño me salvó de la ruina y de ir a prisión, pero me ha condenado a la más absoluta soledad. — Dijo suavemente por teléfono, no se arriesgaría a hablar muy fuerte pues no quería ser escuchada y sonar como una desagradecida.
— Yo lamento mucho lo que estás pasando, y no es por atormentarte pero ¡yo te lo advertí! Cuando me presentaste a Dylan te dije que tenía el perfil de un estafador.
— Ya me lo has dicho muchas veces… y tienes razón, pero ya no puedo devolver el tiempo y deshacer lo que hice. Eso no evita que me sienta asfixiada… y sola.
Su vida era una rutina de desayunos fríos en un balcón con vistas a Central Park, tardes en una biblioteca que no leía y noches en una cama demasiado grande para una persona sola.
— Sé que este no es un matrimonio real, es un acuerdo. Pero me ha recluido en una jaula de oro. Soy un canario que no puede volar. — Eleanor dijo con tristeza.
— Y, Tariq no es mi esposo, es mi carcelero, aunque la puerta este abierta.
La puerta de la suite se abrió con un murmullo suave y la figura discreta de Jamila, el ama de llaves, entró sin hacer ruido, interrumpiendo su conversación con Samantha.
Su rostro, lleno de arrugas de sabiduría, se suavizó al ver a Eleanor.
— Señora, el señor Tariq la espera. La gala benéfica es esta noche. Quiere que lo acompañe.
— ¿Acompañarlo? Apenas lo he visto en semanas. ¿Por qué quiere que vaya?"
Eleanor sintió un escalofrío. La gala. Un circo de magnates, un escenario para que Tariq la exhibiera como su "trofeo".
Pero también para que ella estuviera expuesta a las habladurías de la gente.
La “pobre chica. Su novio la engañó. La robó y luego se deshizo de ella. Que desafortunada”.
Oh, “ahora es pobre, su ex prometido la dejó en bancarrota”.
Estaba cansada de escuchar ese tipo de comentarios cada vez que veía a alguien de su antigua vida.
Jamila la sacó de sus pensamientos.
— Hay reglas en este mundo, señora Eleanor. Y el señor Tariq... él las sigue todas. Su padre le enseñó que la apariencia lo es todo. — Hizo una pausa.
— Le he preparado el vestido. Es un diseño simple, pero elegante. La hará brillar entre la multitud.
— No quiero brillar. — Susurró Eleanor.
Se puso un vestido negro de seda, sin adornos. No iba vestida para impresionar, iba vestida para desaparecer en la multitud.
El dolor de la traición de su ex novio Dylan y su abogado seguía vivo, un recordatorio constante de que no podía confiar en nadie. La vida la había traicionado una vez. No volvería a suceder.
— Mi única misión es mantener su fachada.
La gala benéfica zumbaba. Copas. Risas. Dinero. Música. Era un torbellino de luces y conversaciones superficiales. Eleanor se sentía una pieza más de utilería.
Un vestido que no era propio. Una sonrisa que no sentía. Tariq, a su lado, era un muro de hielo. Había evitado su mirada toda la noche. Intercambiaban monosílabos cuando la gente se acercaba, fingiendo una cercanía que no existía.
Él la presentó a sus socios con una sonrisa fría.
— Mi esposa, Eleanor. — Las palabras eran una formalidad vacía. No había calidez, no había amor. Solo un reconocimiento de su estatus.
Eleanor se escabulló. Necesitaba aire. O al menos, un rincón donde no se sintiera tan invisible. Se detuvo junto a una imponente escultura.
Un hombre se acercó. Tenía el cabello oscuro. Una sonrisa cálida y ojos que prometían calma.
— Lo siento, ¿está admirando la pieza? — Su voz era suave. Atractiva.
Eleanor giró. Omar Haddad. Lo había visto en revistas. Filántropo. De buena familia.
— Sí — dijo Eleanor. — Es... poderosa.
— Como tú. — Omar respondió. Su mirada se posó en ella. Sin juicio. Sin arrogancia. Sin el frío de Tariq. Con algo más.
— ¿Eleanor, verdad?
— Sí. — Su corazón dio un vuelco. Él sabía su nombre. Un desconocido. Y Tariq, su marido, actuaba como si ella fuera una sombra.
— Omar Haddad. No quería que estuviera sola, así que quise acercarme a usted. Además, tengo que decirle que se ve radiante con ese vestido. — Extendió la mano. Su tacto fue cálido. No el apretón firme y distante de Tariq.
— Un placer, de verdad. — Eleanor asintió y se sonrojó por el cumplido.
Omar Haddad era diferente. Un contraste total con la frialdad de Tariq.
La conexión entre ellos fue instantánea, una chispa que la hizo sentir cálida por primera vez en mucho tiempo. Omar no la veía como un mal necesario para obtener la nacionalidad, la veía como una persona.
— Gracias, señor Haddad. Usted es muy amable.
— La vi sola y pensé que no podía dejar a una dama tan hermosa y elegante en la oscuridad. — Dijo con una sonrisa.
— No es necesario que me llame por mi apellido. Me gusta la filantropía, y me gusta ayudar a las personas que lo necesitan. Pero no puedo hacerlo solo. Necesito la ayuda de personas como usted, con un corazón tan puro.
Eleanor se sorprendió de que él pudiera ver a través de su fachada.
— ¿Por qué dice eso? — preguntó.
— No lo sé. Es solo un presentimiento. En los negocios, soy pragmático. Pero en mi vida, sigo un instinto que no comprendo, una necesidad de proteger a los demás, de luchar por ellos. — Comenzó.
— Es algo que me viene desde que era un niño, y que me ha llevado a fundar mi propia empresa. La filantropía es la única forma de que pueda dar rienda suelta a esta necesidad que tengo de ayudar a los demás. — Eleanor se sintió conmovida.
La forma en que hablaba, la forma en que sus ojos brillaban con una pasión que era tan real, la hizo sentir que podía confiar en él. La soledad que sentía se desvaneció.
Hablaron. De la fundación de Omar. De arte. De la vida. Omar era diferente. Escuchaba. Sus ojos, llenos de una sinceridad que Eleanor no veía desde hacía mucho.
— Mi fundación ayuda a niños con talentos especiales. — Omar explicó.
— Soñadores. Como tú, Eleanor. — Eleanor sonrió. Una sonrisa real. Una que no se presentaba en su rostro desde hacía tiempo.
— ¿Yo?
— Sí. — Omar afirmó.
— Veo algo en ti. Una fuerza. Un anhelo. Como si estuvieras destinada a algo grande. — Eleanor sintió un escalofrío. Sus déjà vus. Su medallón. Las palabras de Jamila. La "Rosa del Desierto".
— Me gustaría que nos visitaras. — Omar siguió. — Quizás podrías ayudar. Tu visión sería invaluable.
Eleanor se sonrojó por segunda vez esa noche y por causa de un hombre que no era “su esposo”. No por el cumplido. Si no por la conexión. Rápida. Demasiado rápida.
Ella asintió.
— Eso me encantaría. — Era una oportunidad. Algo para ella.
Una mano se posó en su brazo. Fría. Fuerte. Tariq.
— Mi esposa está ocupada, Omar, — la voz de Tariq era de hielo. Cortante. Un cuchillo. Eleanor se estremeció.
Estaban en Central Park, en el mismo jardín donde habían pronunciado sus votos, la misma luz filtrándose entre los árboles de hoja perenne que había visto nacer su leyenda, pero el tiempo no perdona a nadie, ni siquiera a los reyes.Tariq Al-Farsi, el Halcón Dorado, estaba sentado en un banco, su cabello, ahora un elegante plata en las sienes, reflejaba la dignidad de décadas bien vividas, la mano que una vez empuñó el poder absoluto estaba firme, pero ahora era más suave.Eleanor, la Rosa del Desierto, se sentaba a su lado, la elegancia de su rostro era intemporal, marcada por líneas finas que solo contaban historias de batallas ganadas. Llevaba el medallón que su abuela le había dado, pulido por los años, ya no como un ancla, sino como un talismán de victoria.Sus manos se encontraron como un acto de lealtad sin fisuras.— Cinco minutos más, Halcón — susurró Eleanor con su voz clara y baja.— Cinco minutos son cien años, Rosa, ¿Quién lleva la cuenta cuando el futuro ya nos pertenece
El sol de media tarde se rompía sobre las dunas de Amagansett, tiñendo de oro la mansión de cristal y madera, cinco años. Este era un respiro merecido y defendido con garras y dientes.Tariq Al-Farsi, el Halcón Dorado, hacía ya un tiempo que no vestía el traje blindado de la guerra, ahora llevaba lino blanco, la tensión que solía llevar sobre sus hombros se había relajado, ahora era una cicatriz permanente.Estaba en la terraza, observando, siempre observando, su mundo se había reducido a esta parcela de tierra y a la seguridad de dos pequeñas vidas, además de su esposa.Layla, de cuatro años, era una miniatura de Eleanor, aunque tenía en el pelo oscuro y liso como él, pero sus ojos eran de un azul tan profundo que parecían contener la memoria del Mediterráneo. Su belleza era precoz, había heredado la elegancia y apariencia etérea de su madre, y era como una flecha silenciosa. La podía ver desde allí, jugaba con una pala junto a las dunas.Omar Kamil, de tres, era todo Tariq, un torbe
La suite del Plaza Hotel olía a sándalo, a ese perfume que Eleanor había aprendido a asociar con el peligro y la promesa. Tariq estaba de espaldas observando Central Park, este era el escenario de la inminente culminación del ciclo más doloroso y traumático de la leyenda, y el inicio de una nueva vida al lado de la mujer que siempre debió estar a su lado, desde el principio.El elegante hombre iba vestido con un smoking de Tom Ford que le daba el aire del príncipe que fue en otra vida. La guerra había terminado, y aunque sentía la necesidad de estar en alerta por si algo nuevo se presentaba para querer arrebatarle su felicidad, ese día se sentía como una victoria.— ¿Estás listo para esta rendición, Halcón? — preguntó Eleanor, con su voz baja y cargada de amor y felicidad. Se acercó a él, con la seda de su bata rozando su piel.Tariq se giró, el conflicto que una vez dominó sus ojos verdes ahora era solo un fuego lleno de promesas de afecto y pasión, esa tensión entre ellos siempre se
El cielo de Nueva York, visto desde un ático de lujo en Tribeca podía ser emocionante, Isaac estaba de pie junto a Samantha con un vaso de whisky en la mano, para un brindis, tenían tanto que celebrar, estaban de nuevo en su ciudad y la guerra había terminado.Samantha, su socia, su enfermera improvisada y ahora, su todo, no dejaba de sonreír. Las cicatrices de Isaac, físicas y emocionales, estaban sanando, pero la lealtad de Samantha había sido su antídoto final.— Eleanor está en el Empire State — dijo Isaac, observando el punto de luz que dominaba el horizonte — Me envió un mensaje hace una hora.Samantha se acercó y apoyó la cabeza en su hombro, el peso justo de una certeza.— Me alegro de que hayan sobrevivido a todas las dificultades, parecía que el universo se inclinaba contra ellos.— El universo solo estaba esperando que el Halcón y la Rosa recordaran quiénes eran — replicó Isaac, girándose para verla — Nosotros hicimos el trabajo sucio, y ellos se aseguraron el trono.Sacó u
Cuarenta y ocho horas después, la sede de Al-Farsi era un hormiguero de periodistas, el anuncio no era solo de sucesión, sino de revolución.Tariq y Eleanor subieron al estrado, hombro con hombro, parecían dos fuerzas opuestas que por fin habían hallado su punto de equilibrio, él, el Halcón afilado, ella, la Rosa inquebrantable.Tariq tomó la palabra primero, su voz resonó con una autoridad que nunca había tenido, y se centró en el negocio.— La era de la opacidad ha terminado, Al-Farsi Petroleum implementará la política de cero tolerancia a la corrupción. Nuestra visión no será solo la simple ganancia, será la sostenibilidad y la transparencia total. Nuestros registros serán públicos y auditados, quien no comparta este código de ética será expulsado, sin importar su apellido.El mensaje fue claro y cortante como una guillotina corporativa, Tariq había aprendido de sus enemigos que la única manera de matar la sombra era con la luz del escrutinio, mientras el daba su discurso, los repo
El despacho del Jeque Hassan había sido por mucho tiempo el centro gravitacional del poder en Oriente Medio.La tensión entre Tariq y Eleanor estaba a punto de romperse, la frase del Patriarca, « se trata del destino, hijos míos, » resonó en el silencio, aniquilando cualquier alegría residual de su victoria corporativa, ¿Y ahora que iría a decirles?Hassan no se movió, pero sus ojos penetrantes, ahora claros y sin el velo de la enfermedad, se centraron en Eleanor, no con una mirada de reproche, sino de escrutinio absoluto.— La ambición de un Al-Farsi debe ser contenida — empezó — Si se desboca, destruye familias y naciones, eso es lo que ha hecho nuestra sangre por mucho tiempo, Tariq. Y lo que Omar, con su sacrificio, intentó prevenir.Eleanor sintió un escalofrío, el patriarca citaba el mismo pasaje que Omar había susurrado alguna vez.— Ustedes han visto el infierno, y han vuelto, han luchado por el poder, pero más importante, han luchado por la verdad. La sangre corrompida, como







