MasukAllí estaban. Ella y su hijo. Nathan decía algo con las manos, animado, y Lee se reía. Se reía de verdad, con la cabeza echada hacia atrás y los hombros temblándole. Luego Nathan le tocó el brazo. Un gesto casual, de amigos. Y ella no lo apartó.
Brian sintió un calor desagradable en el pecho. No eran celos. Por supuesto que no. Él no sentía celos. Especialmente no por una empleada insolente que además trabajaba codo a codo con su hijo. Era… inquietud. Sí. Inquietud profesional. No podía permitir que Nathan se involucrara con alguien de la empresa. Era poco ético. —…y entonces le dije a Margareth que si no entregaba los informes, tendría que buscar otro puesto —continuó Whitmore, ajeno al drama interno de Brian. —Hizo bien —respondió Brian automáticamente. Pero su cabeza seguía allí, en la otra mesa. Ahora Nathan le estaba sirviendo más vino a Lee. Ella lo aceptó con una sonrisa. Y Brian recordó cómo ella lo había mirado a él. Sin miedo. Sin coqueteo. Sin nada que no fuera un desafío puro y duro. Era infuriante. Era… fascinante. —¿Conoces a esa mujer? —preguntó de repente, cortando a Whitmore en mitad de una anécdota sobre contabilidad. Los dos socios giraron la cabeza hacia donde Brian señalaba. —¿La del cabello corto? —preguntó el otro inversor, un tal Rodríguez—. No. ¿Debería? —No —dijo Brian, volviendo a mirar su copa como si el vino tuviera la culpa de todo—. No debería. Pero él no podía dejar de hacerlo. Cada vez que ella reía, él apretaba la mandíbula. Cada vez que ella inclinaba la cabeza hacia Nathan, él sentía una punzada en el estómago. Y cuando ella se levantó para ir al baño y pasó a menos de un metro de su mesa, Brian contuvo la respiración. Ella no lo miró. Pasó de largo como si él fuera invisible. Y eso, maldita sea, fue lo que más le dolió. —¿Seguro que todo está bien? —insistió Whitmore, preocupado. Brian dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco. —Nunca he estado mejor —dijo, con una sonrisa que no era una sonrisa. Pero en su interior, algo se había roto. O quizás, pensó mientras veía a Lee regresar a la mesa de Nathan y sentarse demasiado cerca de él, algo acababa de empezar. Y no le gustaba nada. Nada. Lee volvió a sentarse en su mesa con una ligera tensión en los hombros. Había sentido la mirada de Brian Thornes al pasar junto a él. Como un escáner. Como si pudiera leerle los pensamientos más oscuros. —¿Estás bien? —preguntó Nathan, frunciendo el ceño. —Sí —mintió ella, llevándose la copa a los labios—. Oye… ¿has hablado con tu padre? ¿Sobre… ya sabes? Nathan la miró extrañado. —¿Sobre qué? —Sobre Cristóbal. Sobre lo que sientes. Sobre… —Lee bajó la voz— que quieres pedirle matrimonio a un hombre. El silencio se instaló entre ellos como una losa. Nathan dejó los cubiertos sobre la mesa. Su mandíbula se tensó de una manera que Lee conocía demasiado bien. Era la misma expresión que había visto aquella noche, tres años atrás, cuando lo encontró hecho un desastre en el suelo de su oficina. —No —respondió al fin, con voz ronca—. No he hablado con él. —¿Por qué no? Nathan soltó una risa amarga. —Porque mi padre aún cree que soy el playboy que la prensa inventó, a pesar de que los últimos dos años y medio he asistido solo a cada evento social o evento de caridad de los cuales no me he podido desligar... —Se encogió de hombros—. Prefiero no saber lo que piensa, no aún. Lee apoyó los codos en la mesa y lo miró fijamente. —¿Sabes qué pienso yo? —Seguro que me lo vas a decir igual, aunque yo no quiera escucharte. —Pienso —dijo ella con una sonrisa suave— que hace tres años te vi llorar como un bebé desconsolado por un chico que acababa de salir por la puerta de tu oficina como alma que lleva el diablo, y desde ese día sé exactamente quién eres. Y te quiero igual o más, depende del día y de las diabluras que se te ocurran para sacarme de quicio. Nathan bajó la mirada. Sus dedos jugueteaban con el borde de la copa. —Nunca te lo agradecí bien —murmuró—. Ese día… —No hace falta —le cortó Lee. Pero Nathan ya estaba en otro lugar. En aquella oficina. En aquel instante. Hace tres años, cuando su mundo cambió para bien o para mal. --- La oficina de Nathan olía a café frío y a caos. Cristóbal estaba de pie junto a la puerta, con el pecho subiendo y bajando como si acabara de correr una maratón. Sus ojos azules, demasiado grandes para su cara de adolescente tardío, brillaban con una mezcla de furia y algo más. Algo que Nathan no quería nombrar. —¡No puedes simplemente besarme y luego actuar como si nada! —gritó Cristóbal, con la voz quebrada. —No fue un beso —respondió Nathan, apoyado en su escritorio con los brazos cruzados, fingiendo una calma que no sentía—. Fue un accidente. —¿Un accidente? —Cristóbal soltó una risa histérica, se interrumpió y apretó los puños—. ¡Tú me agarraste la cara y me besaste como si…! Como si quisieras comerme vivo. Nathan sintió un vuelco en el estómago. Porque era verdad. Lo había hecho. Y lo peor no era eso. Lo peor era que quería volver a hacerlo. Quería a este chico, de muy mala manera. Nunca antes se había sentido así… Bueno, nunca se había permitido pensar en ningún hombre de esa manera. No desde la preparatoria, cuando… Bueno, eso no venía al caso en este momento, cuando miraba a Cristóbal. —Cristóbal, eres mi pasante —dijo, intentando poner tierra de por medio—. Eres cinco años menor que yo. Eres… —¿Un hombre? —Cristóbal levantó la barbilla—. Porque eso es lo que te asusta, ¿no? Que yo sea hombre. Que el gran Nathan Thornes, el playboy de Houston, se esté derritiendo por otro tío. —No me estoy derritiendo por nadie. —¡Mientes! Puedes negarte a ti mismo, pero yo sé exactamente lo que quieres y cómo me quieres... La palabra resonó en la oficina como un disparo. Cristóbal dio un paso al frente. Luego otro. Hasta que estuvo tan cerca que Nathan podía sentir su aliento caliente en la mejilla. —Sabes que no puedes mentirme —repitió, más bajo esta vez, mientras caminaba y se acercaba a él—. Me quieres en tu cama, rogándome que te deje follarme, pero Nathan Thornes, yo no voy a ser tu secreto sucio. No voy a esperar a que decidas si te da vergüenza o no tener algo conmigo... Y entonces se fue. Cerró la puerta con un golpe seco que hizo vibrar las paredes. Nathan se quedó inmóvil unos segundos. Luego, como si le hubieran cortado los hilos que lo mantenían en pie, se dejó caer al suelo. Apoyó la espalda contra el escritorio, enterró la cara entre las manos… y lloró. Lloró como no había llorado desde niño. Por la rabia. Por el miedo. Por la certeza aterradora de que Cristóbal tenía razón. Así lo encontró Lee diez minutos después. Entró sin llamar, como siempre hacía, y se detuvo en seco al verlo en el suelo. Nathan levantó la vista, con los ojos inyectados en sangre y las mejillas empapadas, esperando la típica frase de consuelo vacío. "Todo va a estar bien". "Ya se te pasará". Pero Lee no dijo nada. Simplemente se sentó a su lado en el suelo. Cruzó las piernas. Y le ofreció un pañuelo de tela blanco, de esos que siempre llevaba en el bolsillo. Nathan lo miró sin entender. —Toma —dijo Lee en voz baja—. Cuando termines, si quieres hablar, hablamos. Y si no quieres, nos quedamos aquí callados. Pero no te voy a dejar solo. Nathan cogió el pañuelo con manos temblorosas. Y entonces, sin saber por qué, se derrumbó del todo. Apoyó la cabeza en el hombro de Lee y lloró hasta que no le quedaron lágrimas. Ella no se movió. No dijo nada. Solo puso una mano sobre su espalda y se quedó allí. Una hora. Dos. Las que hicieran falta.Pero era tarde. La labradora de treinta kilos se abalanzó sobre Brian con la energía de un torrente. Sus patas delanteras golpearon sus muslos. Su lengua colgaba feliz. Su cola movía el aire como una hélice.Y Brian Thornes, el hombre que había construido un imperio desde cero, el que negociaba fusiones multimillonarias sin pestañear, el que hacía llorar a directores financieros con una sola mirada…Retrocedió. Un paso. Dos. Tres. Con los brazos levantados en defensa. Con los ojos abiertos como platos.—¡Quítela! —exclamó, con una voz que no era la suya. Era más aguda. Más… humana.—¡Lulu, quieta! —ordenó Lee, corriendo hacia ellos.Pero Lulu no entendía de órdenes en ese momento. Solo entendía que el hombre alto se movía de manera divertida. Y eso, para una labradora, significaba una sola cosa:¡Juego!Así que Lulu saltó de nuevo. Brian esquivó hacia la izquierda. Lulu giró. Brian tropezó con la pata de la silla. Cayó de espaldas contra la estantería. Los manuales técnicos llovieron
El deseo.Cerró el dossier con violencia y lo arrojó al otro extremo del escritorio. Las hojas volaron por el aire como mariposas asustadas.—Maldita sea.Se pasó las manos por el rostro. La barba le picaba. No había dormido. No había comido. Y ahora, además su querido hijo le soltaba la bomba que tenía que trabajar codo a codo con ella durante semanas. Supervisarla. Verla cada día.Cada maldito día.Brian apoyó los codos en el escritorio y enterró la cara entre las manos. Así lo encontró su secretaria cuando llamó a la puerta.—¿Señor Thornes? ¿Está bien?—Sí —respondió él, enderezándose al instante, recuperando la máscara de hielo—. ¿Qué pasa?—La ingeniera Lee está aquí. Dice que trae los informes que pidió.El corazón le dio un vuelco. Ya está aquí.—Déjela pasar dentro de cinco minutos —dijo, con una voz que sonó mucho más calmada de lo que se sentía— Y no quiero interrupciones.—Sí, señor.La secretaria se retiró. Brian se levantó del asiento fue hacia el dossier y las hojas esp
Brian Thornes entró.Y la escena que vio fue la siguiente: su hijo Nathan sentado en el sillón ejecutivo, con una expresión de sorpresa mal disimulada. Y Lee, la ingeniera insolente, sentada directamente sobre sus piernas, con las mejillas encendidas, el cabello ligeramente desordenado y una mano aún aferrada a la chaqueta de Nathan.El silencio fue atómico.Brian se quedó paralizado en el umbral. Sus ojos grises recorrieron la escena una vez. Luego otra. Su mandíbula se tensó hasta el punto de crujir.—¿La interrumpo? —preguntó, con una voz que helaría el infierno.Lee y Nathan se miraron.Y entonces, para sorpresa de Brian, Lee se rió. No una risa nerviosa. Una risa de verdad. Una risa que decía "estoy furiosa pero también esto es ridículo".—No se preocupe, señor Thornes —dijo Lee, sin moverse de las piernas de Nathan—. Solo estaba estrangulando a su hijo. Cosas de amigos.Nathan la empujó suavemente. Lee se levantó por fin, ajustándose la blusa y lanzándole una mirada asesina a su
Se levantó de la cama con la torpeza de un adolescente. Arrancó las sábanas con un gesto brusco. Las amontonó en el suelo junto con el pijama. Se metió en la ducha y abrió el agua helada.El agua cayó sobre su espalda, sus hombros, su pecho. Pero no logró enfriar lo que ardía por dentro.Era solo un sueño, se dijo. Una reacción fisiológica. Llevo meses sin tocar a una mujer. Años casi. Es normal. Es biología.Pero la imagen de Lee —sus piernas alrededor de su cintura, su boca diciendo su nombre— seguía allí. Incrustada. Imposible de lavar.Una hora después, con las sábanas ya en la lavadora (programa de agua caliente, ciclo intensivo, Dios mediante) y el pijama en el cesto de la ropa sucia, Brian se plantó frente al espejo del baño.Se miró. Pelo revuelto. Ojeras profundas. Una barba de tres días que debería haberse afeitado la noche anterior. Y una expresión que no reconocía. Algo entre la furia y la vergüenza.—Esto te ha pasado —dijo en voz alta, señalándose con el dedo índice— por
En ese momento, el coche de Nathan apareció en la entrada del restaurante. El aparcacoches bajó con las llaves en la mano.— Aquí tienes señor Thornes — le indico el joven mientras le entregaba las llaves respetuosamente —Gracias. —Respondió Nathan al chico mientras miraba a su amiga por un segundo luego su mirada se dirigió a la pantalla de su móvil.Mientras tanto Lee se alejaba un poco para darle privacidad a su amigo. Busco en su bolso el móvil para pedir un Uber, podía caminar a la siguiente parada del metro pero no le apetecía nada caminar, había sido un día agotador en la oficina y quería llegar a casa y comprobar a Lulú la había llevado el fin de semana a revisión y el médico le había informado que tenía que someterla a una cirugía menor, tenía una de sus muelas en la estado y tenía que extraerla. Y el día anterior le realizaron l a intervención y aunque estaba bien. Lulú era su bebé y estaba algo ansiosa por llegar a casa.—Ya llegó mi auto —dijo Nathan, lanzando un beso a
Estás perdida también, Lee. Y tampoco lo sabes.Nathan se sirvió más vino, alzó la copa en un brindis silencioso y pensó:Que empiece el juego.Porque él ya había elegido su bando. Y ese bando era la felicidad. La suya, la de Cristóbal, la de Lee y, aunque Brian todavía no lo supiera, la suya también. Si todo salía bien.Solo había un pequeño detalle que tenía que solucionar. Una vía de escape por si Brian descubría que Nathan lo había manipulado para que se fijara en Lee… el huracán no iba a ser el que él imaginaba. Pero eso, pensó Nathan con una sonrisa maliciosa, era un problema para el Brian del futuro. El Brian del presente tenía que empezar a enamorarse.Y Nathan iba a asegurarse de que así fuera. Aunque tuviera que empujarlo al huracán con sus propias manos.Media hora después. El aire nocturno de Houston golpeó a Lee en el rostro cuando salieron del restaurante. Húmedo. Caliente. Como si la ciudad también estuviera tramando algo.Nathan caminaba a su lado, con la mano coloca







