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El Huracán que no pedí
El Huracán que no pedí
Author: Monn Star

Capitulo 1

Author: Monn Star
last update publish date: 2026-09-06 20:55:05

Lee oyó el revuelo detrás de ella y volvió la cabeza. Aunque Place, un restaurante exclusivo del área elegante de Houston, estaba abarrotado, no tardó en averiguar el motivo. Un hombre se quitaba las gafas y escaneaba todo el lugar; se había convertido en el foco de atención. Varias personas se agolparon en la entrada con cámaras para poder tomar una mejor foto y, luego, con la misma facilidad que aparecieron, se esfumaron, como si quisieran dejarle todo el escenario.

Lee miró expectante. Directamente delante de su línea de visión estaba Jonás, la superestrella de la serie televisiva más vista este año. Nathan, su amigo y jefe, se rió entre dientes.

—Veo que estás impresionada.

—Naturalmente —dijo Lee, sonriendo—. ¿Y tú no?

—Bueno… —Nathan arrastró las palabras, sus ojos verdes resplandeciendo— Ahora que lo mencionas, está realmente como un tren.

—¡Nathan! —exclamó ella, riendo— Eres un peligro para cualquier mujer con buena imaginación.

—Me ofendes, amiga —él se llevó la mano al pecho en estilo dramático— Yo solo digo la verdad. Pero también sabes que solo lo digo como espectador...

—Ya basta, que se está acercando.

Jonás, con una sonrisa esplendorosa, se dirigió hacia la mesa de ellos… y pasó de largo hasta el reservado dos mesas más allá.

Lee soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—Estoy conmocionada. ¿Vas a hacerlo por fin? —Lee cambió el tema abordando a su amigo de forma directa.

Nathan hizo un gesto para que se callara. Ambos sabían que ese episodio de hacía cinco años los había unido hasta volverse grandes amigos. Él suspiró.

—Tengo pensado hacerlo después de que regrese de su viaje… —Nathan encogió sus hombros—, pero temo que su respuesta no sea la que quiero.

Lee lo observó con disimulo. Cristóbal era un chico dulce, cinco años menor que ellos, y estaba perdidamente enamorado de Nathan. Pero la inseguridad de Cristóbal era un fantasma que Nathan quería exorcizar pidiéndole matrimonio.

—Deja de preocuparte —dijo Lee con cariño—. Te quiere. Eso se nota a kilómetros; lleva cinco años en una relación contigo. Ha esperado pacientemente a que estuvieras listo para gritarle al mundo lo vuestro...

Nathan asintió, aunque su mirada se desvió hacia la entrada del restaurante. Y entonces Lee vio cómo su expresión cambiaba: la diversión y la alegría que sentía al hablar abiertamente sobre su relación con ella se borraron, y en su lugar apareció una mezcla de sorpresa y resignación.

—Hablando de fantasmas —murmuró Nathan—. Ahí viene el mío.

Lee volvió la cabeza.

Un hombre alto, de cabello oscuro entrecano y mandíbula tallada a navaja, cruzaba la sala con la seguridad de quien está acostumbrado a que todos se aparten a su paso. No era Jonás, pero el revuelo que generó fue mayor. Llevaba un traje impecable y una expresión que oscilaba entre el desdén y el aburrimiento.

Brian Thornes. El dueño de Thornes Enterprises. El hombre que, según decían, tenía el poder de convertir una chatarra en dinero. Y el padre de Nathan.

—¿Te dijo que venía? —preguntó Lee en voz baja—. Si quieres, nos vamos a otro lugar...

—No. —Nathan frunció el ceño—. Y eso es lo que me preocupa.

Brian se acercó a la mesa. Sus ojos grises recorrieron el lugar con frialdad hasta posarse en Lee. Allí se detuvieron. La midió de arriba abajo como quien evalúa un producto defectuoso.

—Nathan —saludó con voz grave, sin dejar de mirarla a ella—. No sabía que estabas cenando con… acompañante.

Lee sintió el ardor en la nuca. Conocía ese tono. Era el mismo que usaban los hombres que creían que una mujer solo podía llegar lejos si se acostaba con alguien.

—Vine a celebrar con Lee. Es mi compañera de proyecto, padre —dijo Nathan, tenso—. Ya la conoces. Acabamos de lograr un avance en algunos parámetros que estaban estancados por más de tres meses.

—Sí... La ingeniera que trabaja en el explosivo plástico —Brian esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos y un tono inconfundible—. La que siempre está disponible hasta tarde.

Lee se levantó despacio. Era alta, delgada, con el cabello corto castaño claro que enmarcaba un rostro en forma de corazón. Sus enormes ojos negros, ocultos bajo espesas pestañas, no parpadeaban.

—Señor Thornes —dijo con una voz tan calmada que parecía hielo—. Sabía bien lo que el padre de Nathan había pretendido decir y no decir; conocía los rumores que circulaban en la oficina y poco le importaban, pero, por alguna razón que no quería indagar, le molestaba que él pensara así. ¡Qué sorpresa verlo por aquí! No sabía que los dueños de empresas millonarias se rebajaran a espiar las cenas de celebración de sus empleados.

Nathan ahogó una tos. Brian arqueó una ceja.

—No espío —Brian la miró de frente—. Tengo una cena de negocios en este lugar, pero se puede decir que vigilo un poco la situación y evalúo. Son cosas distintas.

—Claro —Lee sonrió, dulce como el veneno—. Por un momento creí que sospechaba que ando detrás del dinero de su hijo. Pero eso sería ridículo, ¿verdad? Porque si quisiera dinero fácil, me habría fijado en usted. Es mucho más rico.

El silencio se volvió eléctrico. Nathan se llevó la servilleta a la boca para disimular una risa nerviosa. Brian, por primera vez, la miró como si no fuera un mueble. Como si realmente la viera. Sus ojos grises se oscurecieron.

—Tiene gracia —dijo, y había algo nuevo en su tono, algo que no era desdén—. Lástima que la gracia no pague las facturas.

—No lo sabría —respondió Lee, sin inmutarse—. Las mías las pago yo sola desde hace años.

El hombre sostuvo su mirada unos segundos más. Luego, sin despedirse, giró sobre sus talones y se dirigió al reservado donde lo esperaban.

Nathan soltó el aire.

—Dios mío, Lee. ¿Quieres que te despida?

—No me va a despedir —dijo ella, sentándose de nuevo con las manos ligeramente temblorosas—. Pero por cómo me ha mirado… creo que acabo de ganarme un enemigo.

—O algo peor —murmuró Nathan, alzando su copa—. Mi padre nunca mira dos veces a alguien que no le interesa.

Lee no respondió. Pero en su pecho, algo se encendió. Una chispa diminuta y caliente que no tenía nada que ver con el odio. Y eso, precisamente eso, era un problema.

Brian

Él caminó hacia la mesa de sus socios con la mandíbula tan tensa que parecía tallada en granito. Se sentó sin pedir disculpas por el retraso. No era hombre que se disculpara. Ni que explicara por qué había estado acechando la mesa de su hijo como un detective celoso. Ajustó los puños de la camisa y tomó la copa de vino que el camarero acababa de servirle.

—¿Todo bien, Brian? —preguntó uno de los inversores, un tal Whitmore, calvo y sonriente.

—Perfectamente —mintió.

Pero no estaba bien. No lo estaba desde que había puesto los ojos en ella. Lee. Así se llamaba. La ingeniera de la que Nathan no paraba de hablar. "Es brillante, padre", le había dicho. "El proyecto no sería nada sin ella".

Brian había asumido que era una aduladora más, de esas que se pegan a su hijo para trepar en la empresa. Por eso había ido a Place esa noche. Para verla. Para confirmar sus sospechas. Y ella le había plantado cara.

Nadie le hablaba así. Nadie. Las mujeres solían sonreírle, coquetearle, ofrecerle su mejor ángulo. Los hombres le lamían los zapatos. Pero aquella mujer… aquella mujer de ojos negros y mirada de acero… le había dicho que si quisiera dinero fácil, se habría fijado en él.

Brian apretó la copa con más fuerza de la necesaria.

—¿Brian? —insistió Whitmore—. ¿El informe de la semana pasada?

—Está en su bandeja —respondió sin mirarlo.

Porque su mirada, maldita sea, se había desviado de nuevo hacia la mesa de Nathan.

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