Masuk—Ese día —dijo Nathan, volviendo a la realidad— entendí lo que era tener a alguien de verdad.
Lee sonrió, aunque sus ojos brillaban un poco más de lo normal. —Y yo entendí que mi jefe era mucho más humano de lo que aparentaba. —¿Y no te da miedo? —preguntó Nathan de repente—. ¿Lo de mi padre? Porque lo has visto. Cómo te ha mirado. Cómo te mira. Lee giró la cabeza hacia la mesa de Brian. Él estaba hablando con sus socios, pero sus ojos grises, por un instante, se cruzaron con los de ella. Y no apartó la mirada. Ella tampoco. —Que tu padre me tenga manía es lo de menos —dijo Lee, volviéndose hacia Nathan con una media sonrisa—. El problema sería si me empezara a mirar de otra manera. Nathan arqueó una ceja. —¿Y eso te preocupa? —No —respondió ella, demasiado rápido—. En absoluto. Pero sus mejillas se habían teñido de un rosa que no tenía nada que ver con el vino. Y Nathan, que la conocía mejor que nadie, decidió no preguntar más. Por ahora. Lee aún sentía el peso de la mirada de Brian en la nuca. Se obligó a no volverse hacia su mesa otra vez. —Tu padre… —empezó, y luego se corrigió—. Brian, digo. Es… complicado. Nathan soltó una risa baja. —Complicado se queda corto. Es una pared de hormigón con corbata. —Pero no es mal hombre —dijo Lee, con algo que sonaba casi a defensa—. Quiero decir… al menos cuida de ti. Te dio un puesto en la empresa. Te prepara para heredarlo todo. Nathan la miró con una expresión extraña. Como si estuviera decidiendo si contar un secreto. —¿Sabes qué? —dijo al fin—. A veces me pregunto si mi padre… si Brian encontrará a alguien algún día. Se lo merece. Lee arqueó una ceja. —¿Tu padre? ¿El hombre que parece que se come a los empleados incompetentes con cereales? ¿Ese mismo? —Ese mismo —Nathan sonrió, pero era una sonrisa suave, casi tierna—. Porque lo que no sabes es que Brian levantó Thornes Enterprises desde cero. Literalmente. Empezó con un taller en el garaje de un amigo y una máquina de soldar prestada. —Eso está en la leyenda corporativa —dijo Lee—. Todo el mundo lo sabe. —Lo que no está en la leyenda —Nathan bajó la voz— es que mientras hacía todo eso, criaba a un niño que no era suyo. Lee frunció el ceño. —¿Qué quieres decir? Nathan se reclinó en la silla. Sus ojos verdes se perdieron un momento en el vacío. —Mi madre era su hermana mayor. Se llamaba Elena. Era… complicada también. Se quedó embarazada de mí a los diecinueve, de un hombre que desapareció en cuanto se enteró. Mis abuelos la echaron de casa por deshonrarlos. Así que Brian, que por entonces tenía dieciséis años y acababa de terminar el instituto —mi tío siempre fue un empollón demasiado listo para su edad—, había ganado una beca universitaria y vivía en el campus. Cuando supo lo ocurrido, no dudó: tomó el auto de un amigo y la recogió. La llevó a vivir con él al pequeño apartamento que compartía con dos compañeros de universidad. Lee escuchaba en silencio, sin apartar la mirada de él. —Ambos se las arreglaron durante un tiempo allí. Mi tío trabajó medio tiempo mientras estudiaba, y mi madre le ayudó dentro de lo posible. Así se mudaron solos a un apartamento más pequeño cuando yo nací. Mi madre murió cuando yo tenía tres años —continuó Nathan, con la voz extrañamente calmada—. Accidente de tráfico cuando regresaba de hacer horas extras. Y Brian se quedó conmigo. No lo pensó. No lo dudó. Simplemente… se convirtió en mi padre. Renunció a su juventud: a las fiestas, a las novias, a todo. Para trabajar durante el día a medio tiempo y estudiarme los deberes por la noche, terminar su carrera y comenzar un negocio. —Nathan… —Lee sintió un nudo en la garganta. —No me mires así —dijo él, sonriendo para quitarle hierro—. No es una historia triste. Es todo lo contrario. Él podría haberme mandado a un orfanato, o a casa de unos abuelos que no me querían; pero no lo hizo. Me crió solo, tratando de que mi vida fuera casi igual a la de cualquier compañero de clase. Me dio su apellido. Me pagó los estudios. Y nunca, nunca, me hizo sentir que yo era una carga. —¿Y él nunca…? —preguntó Lee con cuidado, tratando de no mostrar más interés del debido—. ¿Nunca tuvo pareja? ¿Alguien? Nathan negó con la cabeza. —Alguna relación, sí. Pero nada serio. Él decía que la empresa y yo ya éramos suficientes. Que no le quedaba tiempo para más. Lee miró hacia la mesa de Brian sin poder evitarlo. Él estaba hablando con sus socios, pero sus hombros se veían rígidos. Solitarios, pensó ella. A pesar del traje impecable y la copa de vino. —Tiene cuarenta y siete —dijo Nathan de repente, en un tono que intentaba ser casual y no lo lograba. —¿Qué? —Brian. Cuarenta y siete. Yo tengo veintinueve. Saca cuentas. Lee lo miró con suspicacia. —¿Qué cuentas quieres que saque? Nathan sonrió. Esa sonrisa pícara que lo había hecho famoso como el Playboy de Houston, aunque Lee sabía que era solo una fachada. —Pues que mi padre… mi tío, biológicamente hablando… no es tan mayor. Diesiete años de diferencia. Hay parejas con veinte. O treinta. —Nathan Thornes —dijo Lee con voz peligrosamente calmada— ¿Estás insinuando lo que creo que estás insinuando? —¿Yo? —él puso cara de inocente—. Solo digo hechos. Datos objetivos. Él está soltero. Tú estás soltera. Los dos sois adultos. Y por cómo te ha mirado antes… —No me ha mirado de ninguna manera. —Te ha mirado como si quisieras desnudarte con la mirada. Y tú has puesto cara de querer dejarte. —¡Nathan! —Lee le lanzó la servilleta a la cabeza. Él la esquivó riendo. —¡Es la verdad! Llevo tres años viéndote rechazar a todos los hombres que se te acercan. Y de repente llega mi padre, el ogro, el hombre de hielo, y tú te pones colorada como una adolescente. —No me pongo colorada. —Estás colorada ahora mismo. Lee se llevó las manos frías a las mejillas calientes y maldijo en silencio. —No voy a discutir esto contigo —dijo, enderezándose—. Y por cierto, él cree que soy una cazafortunas. Me lo ha dejado bien claro. —Porque no te conoce —respondió Nathan, de repente serio— Y porque ha pasado toda su vida protegiéndome de gente que quería mi dinero. Pero si te conociera de verdad… —No va a pasar —lo cortó Lee—. Es mi jefe. El padre de mi mejor amigo. Y yo no necesito a ningún hombre para ser feliz. Ya te lo he dicho otras veces. Nathan levantó las manos en señal de rendición. —Lo sé. Lo sé. Eres independiente, empoderada, dueña de tu propio corazón y todo eso. Pero dime una cosa, Lee. —¿Qué? —Cuando te miro a los ojos y te digo que mi padre lleva veintinueve años solo, que se merece a alguien que lo quiera de verdad, y que ese alguien podría ser tú… ¿de verdad no sientes nada? El silencio se hizo denso. Lee abrió la boca para responder. Para negarlo todo. Para reírse y cambiar de tema. Pero no salió ninguna palabra. Porque en el fondo de su pecho, bien escondido donde ni ella misma quería mirar, algo se había movido. Y Nathan, que la conocía mejor que nadie, lo vio escrito en su cara. —Ya está —dijo él, sonriendo con triunfo—. Ahí lo tienes. —No tengo nada —respondió ella, pero su voz sonó extrañamente débil. —Claro que no —Nathan alzó su copa en un brindis silencioso, mirando por encima del hombro de Lee hacia la mesa de su padre—. Claro que no. Y allá, a lo lejos, Brian Thornes eligió ese momento exacto para volver la cabeza y cruzó la mirada con la de Lee una vez más.Ella no apartó los ojos. Él tampoco. Y Nathan, observando la escena con una sonrisa de oreja a oreja, murmuró para sí mismo: —Bienvenido al huracán, papá. — pensó Nathan mientras se reclinaba en la silla y consideraba la situación. El se consideraba un hombre observador. No había llegado a ser el mejor jefe de proyecto de Thornes Enterprises por su cara bonita (aunque ayudaba) y ser el hijo del jefe dio también su empujón pero la mayoría del camino lo había recorrido él desde ser un simple pasante en el departamento hasta escalar a la sima. Había llegado porque sabía leer a la gente. Porque detectaba una mentira a diez metros. Porque entendía de miradas. Y esa noche, en el restaurante Place, estaba asistiendo a algo que conocía muy bien. Las miradas. No las miradas profesionales. No esas que se intercambian en una sala de juntas sobre gráficos de rendimiento. ¡No! Las miradas que queman. Las que se clavan en la nuca. Las que buscan sin querer. Las que se sostienen un segundo de más, ese segundo que delata todo lo que las palabras callan.Pero era tarde. La labradora de treinta kilos se abalanzó sobre Brian con la energía de un torrente. Sus patas delanteras golpearon sus muslos. Su lengua colgaba feliz. Su cola movía el aire como una hélice.Y Brian Thornes, el hombre que había construido un imperio desde cero, el que negociaba fusiones multimillonarias sin pestañear, el que hacía llorar a directores financieros con una sola mirada…Retrocedió. Un paso. Dos. Tres. Con los brazos levantados en defensa. Con los ojos abiertos como platos.—¡Quítela! —exclamó, con una voz que no era la suya. Era más aguda. Más… humana.—¡Lulu, quieta! —ordenó Lee, corriendo hacia ellos.Pero Lulu no entendía de órdenes en ese momento. Solo entendía que el hombre alto se movía de manera divertida. Y eso, para una labradora, significaba una sola cosa:¡Juego!Así que Lulu saltó de nuevo. Brian esquivó hacia la izquierda. Lulu giró. Brian tropezó con la pata de la silla. Cayó de espaldas contra la estantería. Los manuales técnicos llovieron
El deseo.Cerró el dossier con violencia y lo arrojó al otro extremo del escritorio. Las hojas volaron por el aire como mariposas asustadas.—Maldita sea.Se pasó las manos por el rostro. La barba le picaba. No había dormido. No había comido. Y ahora, además su querido hijo le soltaba la bomba que tenía que trabajar codo a codo con ella durante semanas. Supervisarla. Verla cada día.Cada maldito día.Brian apoyó los codos en el escritorio y enterró la cara entre las manos. Así lo encontró su secretaria cuando llamó a la puerta.—¿Señor Thornes? ¿Está bien?—Sí —respondió él, enderezándose al instante, recuperando la máscara de hielo—. ¿Qué pasa?—La ingeniera Lee está aquí. Dice que trae los informes que pidió.El corazón le dio un vuelco. Ya está aquí.—Déjela pasar dentro de cinco minutos —dijo, con una voz que sonó mucho más calmada de lo que se sentía— Y no quiero interrupciones.—Sí, señor.La secretaria se retiró. Brian se levantó del asiento fue hacia el dossier y las hojas esp
Brian Thornes entró.Y la escena que vio fue la siguiente: su hijo Nathan sentado en el sillón ejecutivo, con una expresión de sorpresa mal disimulada. Y Lee, la ingeniera insolente, sentada directamente sobre sus piernas, con las mejillas encendidas, el cabello ligeramente desordenado y una mano aún aferrada a la chaqueta de Nathan.El silencio fue atómico.Brian se quedó paralizado en el umbral. Sus ojos grises recorrieron la escena una vez. Luego otra. Su mandíbula se tensó hasta el punto de crujir.—¿La interrumpo? —preguntó, con una voz que helaría el infierno.Lee y Nathan se miraron.Y entonces, para sorpresa de Brian, Lee se rió. No una risa nerviosa. Una risa de verdad. Una risa que decía "estoy furiosa pero también esto es ridículo".—No se preocupe, señor Thornes —dijo Lee, sin moverse de las piernas de Nathan—. Solo estaba estrangulando a su hijo. Cosas de amigos.Nathan la empujó suavemente. Lee se levantó por fin, ajustándose la blusa y lanzándole una mirada asesina a su
Se levantó de la cama con la torpeza de un adolescente. Arrancó las sábanas con un gesto brusco. Las amontonó en el suelo junto con el pijama. Se metió en la ducha y abrió el agua helada.El agua cayó sobre su espalda, sus hombros, su pecho. Pero no logró enfriar lo que ardía por dentro.Era solo un sueño, se dijo. Una reacción fisiológica. Llevo meses sin tocar a una mujer. Años casi. Es normal. Es biología.Pero la imagen de Lee —sus piernas alrededor de su cintura, su boca diciendo su nombre— seguía allí. Incrustada. Imposible de lavar.Una hora después, con las sábanas ya en la lavadora (programa de agua caliente, ciclo intensivo, Dios mediante) y el pijama en el cesto de la ropa sucia, Brian se plantó frente al espejo del baño.Se miró. Pelo revuelto. Ojeras profundas. Una barba de tres días que debería haberse afeitado la noche anterior. Y una expresión que no reconocía. Algo entre la furia y la vergüenza.—Esto te ha pasado —dijo en voz alta, señalándose con el dedo índice— por
En ese momento, el coche de Nathan apareció en la entrada del restaurante. El aparcacoches bajó con las llaves en la mano.— Aquí tienes señor Thornes — le indico el joven mientras le entregaba las llaves respetuosamente —Gracias. —Respondió Nathan al chico mientras miraba a su amiga por un segundo luego su mirada se dirigió a la pantalla de su móvil.Mientras tanto Lee se alejaba un poco para darle privacidad a su amigo. Busco en su bolso el móvil para pedir un Uber, podía caminar a la siguiente parada del metro pero no le apetecía nada caminar, había sido un día agotador en la oficina y quería llegar a casa y comprobar a Lulú la había llevado el fin de semana a revisión y el médico le había informado que tenía que someterla a una cirugía menor, tenía una de sus muelas en la estado y tenía que extraerla. Y el día anterior le realizaron l a intervención y aunque estaba bien. Lulú era su bebé y estaba algo ansiosa por llegar a casa.—Ya llegó mi auto —dijo Nathan, lanzando un beso a
Estás perdida también, Lee. Y tampoco lo sabes.Nathan se sirvió más vino, alzó la copa en un brindis silencioso y pensó:Que empiece el juego.Porque él ya había elegido su bando. Y ese bando era la felicidad. La suya, la de Cristóbal, la de Lee y, aunque Brian todavía no lo supiera, la suya también. Si todo salía bien.Solo había un pequeño detalle que tenía que solucionar. Una vía de escape por si Brian descubría que Nathan lo había manipulado para que se fijara en Lee… el huracán no iba a ser el que él imaginaba. Pero eso, pensó Nathan con una sonrisa maliciosa, era un problema para el Brian del futuro. El Brian del presente tenía que empezar a enamorarse.Y Nathan iba a asegurarse de que así fuera. Aunque tuviera que empujarlo al huracán con sus propias manos.Media hora después. El aire nocturno de Houston golpeó a Lee en el rostro cuando salieron del restaurante. Húmedo. Caliente. Como si la ciudad también estuviera tramando algo.Nathan caminaba a su lado, con la mano coloca







