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Capítulo 7

last update Data de publicação: 2022-11-24 00:57:58

— Debes darle tiempo para asumir esto, no es fácil para tus padres  y yo lo comprendo así,  de modo que vas a tener que ser paciente y comprensiva con tu familia porque no les estás diciendo que vas a Hawái—rozó sus labios en un ligero beso.

Fue en ese momento justamente cuando un nudillo tamborileó en el cristal del coche del lado de Sofía.

La chica sintió como le daba un vuelco el estómago al ver a su padre de pie justo a su lado.

— ¿Sofía, serías tan amable de bajar de ese coche en este preciso instante, por favor?— ordenó tajante Adolfo Montemayor—y dile al caballero que ya puede marcharse de mi casa.

Gonzalo y Sofía se miraron a los ojos y Gonzalo vio la aprensión en el rostro de la chica.

— Llegó la hora, amor,  hablaré con tu padre.

—No, Gonzalo, esto debo hacerlo yo.

— No voy a dejarte afrontar sola este momento.

— Ya estoy mayorcita, cariño, y como te dije antes, no me rompo fácilmente,  no le tengo miedo a mi padre,  sólo no quisiera tener que discutir con él por esto.

— Sofía...—habló nuevamente el juez— ¿Cuánto más debo esperar?

—Por favor, espera un momento, papá.

— Voy a presentarme con él— decidió Gonzalo y ante la protesta de Sofía agregó— Es lo mínimo que debo hacer,  no voy a salir huyendo como un cobarde— abrió la puerta del coche y salió, dio la vuelta y ayudó a Sofía a bajar. Luego giró sobre sí y fue a donde se encontraba Adolfo.

— Buenos días, señor Montemayor,  soy Gonzalo Márquez y...

— Sé quién es usted,  he comprado algunas cosas en su tienda— las mandíbulas de Adolfo parecían soldadas por la furia y hablaba lento y bajo — y me pregunto qué es lo que está sucediendo aquí,  pero esa discusión la voy a tener con mi hija. Usted, haga el favor de retirarse.

— Disculpe usted, señor Montemayor...-lo miró a los ojos con la calma que lo caracterizaba, pero también con mucha decisión y sin dejarse amilanar por la personalidad dominante del otro — pero creo que nos compete a ambos y le agradecería que me permita hablar con usted.

—Soy "Juez Montemayor" para usted, señor... y por ahora sólo me interesa hablar con mi hija.

— Gonzalo, vete tranquilo, cariño,  voy a explicarle todo a mi padre. Luego te llamo.

— ¿Estás segura? Puedo esperar... — ofreció.

— No hace falta, todo estará bien— lo tranquilizó Sofía.— Vamos adentro, papá...—miró a Gonzalo y le sonrió. Tomó a su padre del brazo, y caminaron hacia la puerta. Gonzalo subió de nuevo a su coche y se marchó preocupado.

Al entrar a la casa, Adolfo se soltó del brazo de su hija y le habló molesto:

—¿Qué significa lo que vi, Sofía?— inquirió en voz alta — ¡Esto es un exabrupto!

— ¿Qué crees que significa, papá?

— ¡No seas irrespetuosa! —le gritó. Al sonido de su voz, acudió el resto de la familia alarmados.

— ¿Qué ocurre Adolfo?— preguntó su mujer intranquila al observar la escena.

—¿Por qué mejor no le preguntas a tu hija para ver si logras entender su proceder?  Porque yo aún no comprendo lo que vi.

— ¿Sofía, por favor, que ocurrió? — le inquirió Alejandra a su hija, mientras sus hermanos miraban la escena sin entender nada.

— Que Gonzalo vino a traerme esta mañana a casa y papá hizo un escándalo— explicó manteniendo la calma.

— Pero no le has dicho quién es ese hombre ni por qué te trae a esta hora de la mañana ni de dónde vienes— replicó enfurecido Adolfo.

— Verás mamá,  Gonzalo es con quien estoy saliendo, vino a traerme porque le dejé mi coche a Ana María y venimos de su casa—terminó en voz baja, comprendiendo cómo se escuchó lo último que dijo.

— ¿Quieres decir que pasaste la noche con ese hombre? —volvió a interrogar Alejandra.

— Sí, pero no es como piensas...

— ¿Vas a decirme que no dormiste con él?

— Dormir sí, pero... — no deseaba dar explicaciones que sólo le competían a ella — Verán,  Gonzalo y yo...

— Pero explícales "Quién" es ese Gonzalo. — soltó su padre muy molesto.

— Gonzalo es... alguien que conocí y...

— ¡¡Que debe tener el doble de tu edad!! ¿Te has dado cuenta de eso? ¡¿O estás tan obnubilada que no lo has notado?!

Sofía miró a su madre y hermanos, quienes la miraban asombrados.

— ¿Es cierto eso, Sofía? Pasaste la noche con un hombre mucho mayor que tú? Contesta... ¿¡sí o no?!— exigió Alejandra.

Y esa fue la gota que derramó el vaso en la paciencia de Sofía.

— Quiero que escuchen esto muy bien... si no se han dado cuenta, soy una mujer, no una niña y no estoy en un juicio, así que no voy a aceptar que se me interrogue como si hubiera cometido un delito. Si pasé o no la noche con Gonzalo, es exclusivamente mi asunto, ustedes no tienen vela en ese entierro. Puedo decirles, por consideración a que son mis padres, que no lo hice, y si lo creen o no, me tiene sin cuidado,  el hecho de que Gonzalo tenga más edad que yo, es algo que sólo debe ser de nuestra incumbencia y si ustedes no lo aprueban, ya saben lo que pienso sobre eso. Hemos decidido probar cómo nos va porque ustedes no son los únicos que nos han criticado,  pero eso no va a detenernos.

— Pues, yo no apruebo esta barbaridad— expresó su padre.

—- No tienes que hacerlo, con que respetes mi decisión me basta.

— Oye, Sofía, creo que esa no es forma de hablarle a nuestros padres,  además de que en mi opinión...— comenzó diciendo Roberto.

— La cual pediré cuando la necesite.— lo interrumpió Sofía— pero no es el caso y les voy a agradecer que no intervengan —les aclaró Sofía—Familia,  comprendo que esto sea difícil de aceptar, pero he tomado una decisión y es mi última palabra.

— Entonces,  no podrás continuar en esta casa, Sofía— sentenció Adolfo inflexible.

— Adolfo, querido,  creo que eso es algo que debemos discutir —  acotó Alejandra—Sofía también es mi hija y no creo que...

— ¡Debe irse! Y esa, Sofía es " mi última palabra"— agregó aduciendo a la expresión de su hija. Dio la vuelta sobre sus pies, y salió de la casa.

Sofía sentía cómo su mundo se le venía encima y un nudo se formó en su garganta. Respiró profundamente, elevó su barbilla para mantener la compostura y miró a su madre, quien aún no salía de su asombro por la actitud de su marido.

— No te preocupes, mamá,  esto no es una sorpresa para mí. Conozco a mi padre y es suficientemente terco como para no dar marcha atrás. Recuerda que yo salí a él,  sólo me duele saber que estuve equivocada en cuanto a su capacidad de justicia. Pensé que era un juez, no un verdugo— le sonrió— Esto no va a ser nada más allá de una nube negra. Sé que más tarde o más temprano mi padre va a asumir mi decisión,  no le des más importancia de la que tiene.—se volvió a ver a sus hermanos— Están muy callados ¿Qué les ha pasado? — les sonrió—¿No tienen nada que decir por primera vez en sus miserables vidas? — trató de bromear.

— Hermanita—dijo Manuel.— ¡Esta vez sí que las has liado! Nunca has tenido muy buen gusto con los hombres, ¿¿¿ pero buscarte un anciano???? —le dijo sonriendo.

—Voy a golpearte, Manuel, ¡y necesitarás dientes nuevos! — le golpeó con afecto el brazo—¡No te atrevas a meterte con Gonzalo!

—En serio, Sofi, no te entiendo, eres una mujer hermosa, inteligente, independiente, madura. ¿Qué buscas en un tipo como ese? ¿Por qué...? - Roberto seguía sin comprender lo que había pasado.

— Porque sólo él me ha hecho sentir respetada, apreciada, amada por como soy. Me ha dado un lugar especial en su vida y ustedes, jóvenes vírgenes calenturientos tienen mucho que aprender de él sobre cómo tratar a una mujer... ¡y no es ningún anciano! Es un hombre realmente especial — respiró profundamente y se volvió a su madre —supongo que sigo estando invitada a su fiesta de aniversario ¿O me equivoco?

—Claro que lo estás,  que tonterías dices.

— ¿Puedo venir con Gonzalo?

— Pero... hija... yo...— balbuceó Alejandra sin saber qué responderle.

— Es una broma, mamá. Gonzalo fue el primero en decirme lo inapropiado que sería. ¡no te agobies!—le sonrió —Esperaré unos días con Ana María hasta que las aguas se aplaquen,  después hablaremos mejor. Te llamo si requiero tu opinión para los preparativos pero ya casi todo está listo — se volvió hacia las escaleras—Me llevaré algunas cosas.

—No puedes irte, Sofía, tu padre...

— Papá va a tener que entender que no puede decidir sobre la vida de todos. Mientras no suceda eso, va a hacer miserable a todo el mundo. Quiero que conozcan a Gonzalo, estoy convencida de que cuando lo traten podrán ver más allá de su edad y darse cuenta de la persona increíble que es.

—Hermanita,  ¿Cómo puedes estar segura de alguien que apenas conoces?— Roberto la miró a los ojos preocupado.

— Porque a diferencia de ti, monstruo, tengo un cerebro — bromeó y le tocó con los nudillos la cabeza a modo de llamar a una puerta— Y lo uso para cosas más importantes que aprender leyes de memoria. Debo irme — subió la escalera y fue a su habitación. Tomó del armario una pequeña maleta y metió en ella algunas cosas, luego bajó de nuevo y fue a la cocina donde la familia aún se encontraba reunida.

—Me voy mamá, llámame si me necesitas. Estaré con An.

— No estoy de acuerdo. Deberías hablar con tu padre.

—Si Su Señoría quiere verme, va a tener que buscarme. Cuando lo haga, estaré encantada de hablarle y de presentarles a Gonzalo,  ahora tengo mucho que hacer. Adiós, mamá—la besó en la mejilla— Chicos, pórtense bien,  no hablen estupideces porque les va a doler — les mostró el puño sonriendo— los amo.

— ¡Oye! — la llamó Manuel— ¿podré conocer a tu hallazgo arqueológico?

— No si lo puedo evitar, pero algún día tendrá que ocurrir. Arreglaré algo para que se conozcan.

Se volvió a Roberto y le dijo:

—Hermanito, sé útil alguna vez y llévame a casa de An.

— Claro. Vamos, ya iba saliendo.

Sofía se encontró con su amiga y cuando ésta vio su maleta, comprendió que algo grave había ocurrido.

Sofía invitó a su amiga a comer después de ultimar algunos detalles de la fiesta. Luego pasó por la tienda de Gonzalo, quien se encontraba atendiendo a un cliente. Al verla, quiso dejar al cliente en manos de un empleado, pero Sofía le indicó que no había prisa.

Al terminar con el cliente, fue a su lado y la guió a su oficina. Una vez allí, pidió que les llevaran café y se sentaron en un sofá a tomarlo.

— ¿Cómo estuvo la situación con tus padres? No debiste pedirme que me fuera, yo tenía que estar a tu lado.

— No, cariño, esto tenía que hacerlo por mí misma.

— ¿Qué dijeron tus padres?

— Fui juzgada, sentenciada, condenada y ejecutada en la misma jornada, pero tendrán que aprender a vivir con eso porque no me van a obligar a dejarte.  No van a poder conmigo.

— Amor, lo dices como si se tratara de un reto,  debes estar segura de lo que haces y las razones que tienes para ello. Sofía, no quiero ser para ti una simple rebelión contra el dominio de tus padres.

—No pienses eso jamás,  nunca he necesitado una excusa para rebelarme. Es mi forma de ser desde que recuerdo. Hoy es el aniversario de mis padres,  es paradójico que te conociera buscando su regalo y ahora eso nos separa ¿Por qué debo complacer a los demás si quien me interesa eres tú?

— Debes entender, amor. Si se tratara de mi hija, no sé cómo habría reaccionado,  no es una relación normal y es que nos guste o no, existe una brecha generacional que no va a ser sencillo superar. Alguien en algún momento te va a decir una verdad y es que cuando tú estés en tus mejores años, ya yo no seré capaz de seguirte el ritmo. En veinte años yo tendré setenta y cinco años, y tú cuarenta y tantos. Se hará mucho más marcada la diferencia. Tú querrás tener hijos, yo quiero tener nietos, mi vida no es emocionante ni es una aventura cada día, porque ya he hecho lo que debía y ahora vivo el fruto de mi esfuerzo en la calma, tú lo estás descubriendo todo, tienes el mundo delante de tus ojos ¿Podremos conjugar mundos tan diferentes? No es fácil para mí saber que voy a estar reteniéndote, impidiendo que vivas tu juventud. Sofía, no creo que estemos haciendo lo correcto... al menos yo no lo estoy haciendo. Hoy deberías entrar a la fiesta de tus padres del brazo de algún joven digno de tu belleza, que los haga sentir orgullosos de su talentosa hija, no sola porque el hombre que escogió es alguien que todos van a ver con burla — miró hacia otro lado apesadumbrado.

— No hables así, Gonzalo. A mí no me importa lo que digan ni cómo deberían ser las cosas. Me gustan como son y eso es lo importante — le dijo con voz temblorosa — Cariño, no me digas estas cosas.

— Mi amor, esto es un error... Aunque te ame, es una equivocación. Me duele el alma al pensar las cosas que te estaría robando.

—Gonzalo, ¿me estás dejando?— le preguntó con doloroso llanto contenido.

— No, amor,  te estoy pidiendo que pienses en ti y me dejes... ¿Cómo podría estar seguro de que puedo hacerte feliz? ¿Cuánto tiempo te durará el encanto de esta relación, Sofía? Siempre estarás en un entorno joven, con hombres llenos de vida a tu alrededor. ¿Cómo competir con eso? ¿Cuánto tiempo podremos ser felices? ¿Cuánto tardarás en enamorarte de alguien más joven?

— Cariño, no me hagas estas preguntas,  nadie tiene el éxito garantizado. Sabes que la edad no tiene que ser lo más relevante en nuestra relación.

— Pero lo es! ¿Tú deseas tener hijos?

— Supongo que sí, eventualmente. No lo sé, no pienso en eso,  pero si ese fuera el caso no hay nada que lo impida. Los riesgos existirían si yo tuviera una cierta edad,  pero...

— ¿Y tú consideras justo para esos hijos que les des un padre que ya no podrá compartir con ellos como lo haría un hombre joven?

— Si eso es lo que te preocupa, entonces renunciaré a los hijos. A lo que no estoy dispuesta a renunciar es a seguir explorando este mundo que estamos construyendo, a descubrir lo que la vida nos tenga deparado. Gonzalo, no me hagas esto. Yo te amo... — confesó, sorprendiendo al hombre y a sí misma. Era la primera vez que lo decía en su vida a un hombre. Y tenía que haberse enamorado del más correcto y complicado de los hombres que se habían cruzado en su vida.

— Sofía...— la abrazó fuertemente contra su pecho —¿Qué debo hacer? Me falta el aire de sólo pensar en que no vayas a amanecer en mis brazos de nuevo, pero no quiero hacerte daño,  no podría perdonarme que un día te sientas atada a un... lastre.

— Gonzalo,  deja que yo decida eso. No me hagas tú también lo que hace mi familia,  no quieras decidir por mí. No puedo asegurarte que todo va a salir bien, pero déjame intentarlo. Si no funciona está bien,  lo asumimos y ya,  nadie tiene garantías en el amor  ¿Sabes cuántos divorcios se hacen al año entre parejas jóvenes? Contamos con tu experiencia y mi terquedad. Tú, mi amor, me has hecho sentir viva por primera vez. Hasta hoy defendí mi voluntad por terquedad, por no dejar que los demás me digan que hacer,  pero hoy lo hice porque no deseo pasar un día sin ti. Siento que ya perdí demasiados años sin haberte conocido,  no quiero que la vida me robe ni un día más de ti. Gonzalo, cariño,  no le tengas miedo a este amor. Lo único que podremos perder es tiempo si no funciona,  pero si funciona, podremos ser felices juntos mientras haya oportunidad.

— Tan joven y tan sabia. ¿Cómo puedes ser tan perfecta? — la miró con desolación — No quiero que un día me reclames haber robado tu juventud,  no podría vivir con eso — le dijo con la mirada atormentada.

— ¡¡¡Pero defendiste esto ante tu hija con tanta convicción!!! ¿Cómo puedes haber cambiado de opinión tan de repente? ¡Me sentí tan querida y especial cuando lo hiciste! ¡¡¡¡Le dijiste que estabas dispuesto a todo por mí!!!! ¿Qué pasó con eso? — le exigió a punto de llorar, pero se contuvo. No había llorado por nadie jamás. No iba a comenzar ahora. No podía permitirse esa debilidad. Nunca usaría las lágrimas para conmover a nadie—Te propongo algo... Vamos a esperar un par de días y dejaremos que las emociones se calmen. Hablaremos cuando hayamos pensado las cosas con calma,  ahora estamos preocupados,  por lo menos yo no estoy en mi mejor condición y no pienso darme por vencida a la primera. Estoy dispuesta a dar la pelea por esto que siento —se puso de pie y caminó hacia la puerta —  Esperaré tu llamada,  si quieres hablar conmigo de nuevo.

— Sofía,  estoy confundido. No sé lo que debo hacer.

— Piénsalo entonces,  avísame lo que decidas.

— Yo... - comenzó a decir y no pudo continuar porque Sofía lo detuvo.

— No digas nada de lo que te puedas arrepentir, cariño, espera un poco, al fin y al cabo... tiempo es lo único que tenemos.

Se dio la vuelta y salió. Gonzalo se quedó sin saber qué hacer. Su corazón le gritaba que corriera tras ella, pero su cerebro le indicaba que la dejara ir. Dejarla ser feliz con alguien más adecuado. Se sentó tras su escritorio con el rostro entre las manos pensando cómo pudo enamorarse justo de la mujer menos indicada para él.

Cuando Sofía salía aprisa de la tienda se encontró frente a frente con aquella hermosa mujer que entraba y quien la observó curiosamente al notar los ojos llenos de lágrimas de la joven.

Sofía a su vez, sólo pudo pensar en cómo lograba verse tan sofisticada y bella, aún a su edad. Se notaba que era una mujer en plena madurez y que se sentía perfectamente cómoda en su cuerpo escultural y movimientos felinos. Aquellos ojos la escrutaron con curiosidad, pero Sofía no podía ocuparse en pensar qué hacia allí esa mujer tan elegante sino en si algún día podría ella tener ese halo de propiedad y seguridad. Abandonó la tienda y se fue en su coche.

Mientras tanto aquella mujer iba directamente a la oficina de Gonzalo, y entró sin llamar, lo cual tomó a Gonzalo por sorpresa con su rostro entre las manos.

— Buenas tardes, Gonzalo. Así que el canalla está bien, sólo me olvidó y ya.

— Ah, ¡Diana! Adelante, toma asiento por favor— se apresuró a levantarse e ir a recibirla sin mucho entusiasmo, pero con caballerosidad.

Al estar a su lado, la mujer le echó los brazos al cuello y lo besó en los labios.

— Que sorpresa verte por aquí— lo tomó desprevenido la caricia y dio un paso atrás, sin percibirlo. La dama lo notó y muy extrañada continuó hablando.

— Me sentía muy preocupada de no saber nada de ti en muchos días y me pregunto si te olvidaste de mí tan pronto. Hace mucho que no me llamas.

— Lo siento Diana, he estado muy ocupado. — respondió vagamente y se sintió mal al mentirle a la mujer—Debí llamarte, discúlpame.

— Gonzalo, querido Gonzalo ¿estás consciente de que no sabes mentir? — se rió divertida la mujer.

— ¿Qué te ha pasado? Nunca desde que comenzamos a vernos habías tardado tanto en llamarme,  voy a comenzar a pensar que me estás olvidando o que alguien te está haciendo sentir mejor que yo— Diana acercó su cuerpo al de Gonzalo y volvió a poner sus brazos alrededor de su cuello. Se apretó contra él y le habló muy bajo al oído— ¿Acaso hay alguien más, querido? ¿Alguien te hace el amor como yo?— preguntó sugestiva.

Gonzalo observó el bello rostro de esta mujer que hasta hacía muy poco lo llenaba de placer. Y sintió una punzada de culpa por no haber pensado en ella en todos esos días.

— Por favor, toma asiento. Debo hablar contigo.

— ¿Qué vas a decirme, Gonzalo? —se sentó frente a él— ¿Es que realmente hay alguien más?— mantuvo la compostura, pero se notaba la tensión en su rostro. Extendió la mano para recibir la copa de jerez que le ofrecía Gonzalo. El hombre rodeó el escritorio y se sentó frente a ella.

— Así es... debí decírtelo y me disculpo por eso— la miró fijamente—pero sabes bien el tipo de relación que tú y yo teníamos. Ambos sabíamos que no había ningún compromiso en esto.

— ¿No lo pasamos bien juntos, querido?— respiró hondo — Estoy segura de que te divertiste mucho, y ahora, así de la nada, me dices que hay otra en tu vida.

 —Nunca te prometí nada,  sabías perfectamente lo que teníamos. Ambos obtuvimos lo que acordamos. Sin duda, viví muy buenos momentos contigo y te agradezco tu afecto, lo pasamos bien,  pero conocí a alguien más— dijo con un tono de pesar en su voz porque en ese momento no podía decir si aún seguiría viendo a Sofía— lo Lamento, Diana, pero no podremos seguir viéndonos.

— ¿De quien se trata?— preguntó airada— ¿Es alguien a quien conozco? ¿Quién es ella, Gonzalo? ¿Acaso te dio la pasión que yo te he dado? ¿Es más bonita... o más joven? — vino a su cabeza la imagen de la jovencita que se cruzó con ella al entrar a la tienda, y recordó sus ojos llorosos... y sintió que se le secaba la boca. "No puedo creerlo, no puede ser esa"— sintió una bocanada de rabia en la garganta— respóndeme Gonzalo.

—Ya me disculpé por no haber hablado contigo pero no te debo explicaciones. No hay ninguna obligación entre nosotros, nunca hablamos de exclusividad y eso te funcionó muy bien siempre. Lo dejamos muy claro desde el principio. Tú misma dijiste que no buscabas una relación permanente, que estabas muy bien así y que preferías ser libre porque no te gusta la rutina,  según tus propias palabras "en la variedad está el gusto" supongo que de haber sido tú quien diera esto por concluido, habrías hecho lo mismo.

— Gonzalo ¿ realmente vas a dedicarte exclusivamente a alguien? ¿O debo pensar que la novedad es lo que te mueve a dejarme?—lo miró con sus ojos negrísimos de pestañas espesas y largas — no puedo creer que alguien se robó el corazón de hierro de Gonzalo Márquez. Si es así, debe ser alguien muy especial,  dime quién es. Al menos eso me debes — ronroneó sugestiva.

— Lo siento, Diana, forma parte de mi vida privada. Sabes que en eso soy inflexible.

— ¿Puedes llevarme a la cama, pero no decirme algo personal?

—Ese fue el trato.

— ¿Sabes que igual voy a enterarme, verdad?

— Es probable, si tú te empeñas en ocuparte de mi vida personal, es tu asunto pero creo que hay muchas cosas más interesantes que podrías hacer,  como seguir intentando conquistar a aquel joven entrenador en el club.

— Eso sonó como a celos - hizo un puchero y movió su cabellera oscura al reírse— ¿te molestó que le coqueteara un poquito?

— Ni lo más mínimo,  yo sí recuerdo el trato que hicimos. No voy a negar que pasamos ratos muy agradables, pero sólo fue algo físico. Ahora Diana, deberás disculparme pero...— se puso de pie— realmente tengo trabajo pendiente.

— Que poco caballeroso de tu parte,  no te reconozco, Gonzalo —intentó no sonar herida. Se levantó y arregló su elegante vestido estampado.— Esperaré tu llamada,  no tardará en llegar. No te preocupes, querido, yo no soy celosa—sonrió divertida— si casualmente se tratara de esta desabrida chiquilla que me encontré cuando entraba, la llamada llegará antes de lo que piensas. No creo que esa niña te entretenga tanto como yo.

— Eres libre de pensar lo que desees. Ahora, debo ocuparme de otras cosas y tengo que salir.

La dama caminó hasta la puerta, se volvió y le lanzó un beso en el aire. Se sentía despreciada, pero no se lo iba a dejar ver.

— Ciao, querido. ¡Hasta pronto!

Gonzalo se sintió atrapado por las paredes de la oficina y decidió salir. Se fue un rato al club de caballeros del que era miembro, a tomar un trago, para poder pensar en todo lo que estaba pasando.

El vestido azul cobalto de Sofía la hacía parecer una escultura, alta y espigada. Su cabello recogido en un moño bajo, dejaba que el cuello largo y esbelto de la joven luciera hermoso sobre el escote recto del vestido de finísimos tirantes. Cuando era la hora, tomó su pequeño bolso y las llaves de su coche, y quedó con Ana y sus padres en verse en la fiesta, dado que se adelantaría para ver que todo marchara adecuadamente.

Los padres de Ana no conocían la situación, y no les llamó la atención que se quedase en su casa, porque desde que estaban en el instituto lo hacía. Las chicas eran inseparables desde hacía mucho tiempo. Sólo Ana sabía lo ocurrido, y le preocupaba la actitud de Adolfo con su hija y así se lo hizo saber a Sofía.

— No te preocupes, An. Conozco a mi padre y él se dejará matar antes de permitir que algo así le arruine la ocasión,  podría no querer dirigirme la palabra, pero jamás dejaría que alguien más se enterara de lo que sucede. Siempre será el perfectamente correcto Adolfo Montemayor. Los veo allí.

Se fue en su coche, y al entrar a la propiedad, un escalofrío recorrió su espalda. Enfrentaría a su familia y ni siquiera sabía si volvería a ver a Gonzalo.

Al pensar en eso, una punzada de tristeza le golpeó el pecho.

No se iba a dar por vencida tan pronto. Antes su familia y Gonzalo tendrían que enterarse de qué estaba hecha.

Bajó de su coche y entró a la casa. Se fue directamente al gran salón de fiestas. Todo estaba perfecto, las decoraciones eran exactamente lo que había pedido. El bufé estaba siendo dispuesto, y los camareros iban de un lado a otro atendiendo los detalles. Los invitados no tardarían en llegar. Pensó en ir a la cocina cuando vio entrar a sus padres.

Todos se quedaron mirándose sin hablar y fue Sofía quien rompió el silencio.

- ¡Feliz aniversario, papá y mamá! ¡Estáis guapísimos!

Se acercó a ellos y les besó en ambas mejillas. Su padre quiso decir algo, pero en ese justo instante anunciaban la llegada de los invitados, y los tres se dirigieron a la puerta a recibirles.

De ese modo comenzó la fiesta, una celebración en la que Sofía se vio obligada a sonreír, galantear, y conversar toda la noche, sin que recordara una palabra de lo que había dicho. Su mente sólo estaba en Gonzalo.

Durante la velada, cuando la banda comenzó a tocar, los homenajeados bailaron, y luego los hijos se les unieron. Sofía comenzó a bailar con su padre, y los demás invitados se unieron en la pista.

- Dime, Sofía ¿recapacitaste?

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