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Capítulo 4

Author: Celebrant
Adrian permaneció ante el umbral de mis aposentos durante un día y una noche completa. Nunca le abrí la puerta. En la víspera del enlace político, la luz de la luna dibujaba su silueta contra la puerta: alta, rígida, inconmovible. Al fin, su voz quebró el silencio.

—Elise —dijo al cabo.

Su voz era baja, contenida; demasiado controlada para un hombre que se hallaba al borde de una elección que no alcanzaba a comprender plenamente.

—Me desposaré contigo.

Apoyé la espalda contra la madera y no ofrecí respuesta alguna.

—Pasaré mi vida respondiendo por esa espada —prosiguió.

Cada palabra brotaba con cuidado, como si fuesen elegidas de un código bajo el cual había vivido desde su niñez.

—Lo juro; no como un amante, sino como un soldado —hubo una pausa—. Te protegeré como he resguardado este Reino. Con mi cuerpo y con mi vida.

No pronunció la palabra amor.

Expresó lo único que le habían enseñado que significaba para siempre. Yo permanecí en silencio. Tras un tiempo, sus pasos se alejaron por el corredor, acompasados y controlados, como si partir fuese simplemente otra orden que hubiera aceptado.

Dentro de los aposentos, apoyé la frente contra la madera. Mis labios se curvaron, casi sin advertirlo, y una sola lágrima escapó de mis ojos.

Al alba, cuando la comitiva cruzó más allá de la frontera, partí cabalgando vestida de carmesí.

Sola. Sin damas de compañía. Sin estandartes. Sin adioses que clamaran tras de mí. Esta no era una travesía destinada a ser contemplada, sino solo a ser cumplida. Esta era una carga destinada a una sola persona; arrastrar a otros a ella habría sido una crueldad innecesaria.

Era también el día en que Adrian debía desposar a Elara. Para este momento, él ya debería haber recibido la sorpresa que dejé tras de mí. Lo que no esperaba era verle aguardando en el camino que marcaba mi salida final fuera de la capital.

Un velo cubría mi rostro.

Su mirada se demoró en mí un largo instante antes de que hablara.

—Cabalgaré contigo.

No respondí.

Espoleé a mi caballo, pasando a su lado sin detenerme.

Él giró y me siguió.

—¿Me guardas rencor —preguntó, cabalgando a mi lado—, por desposarme con tu hermana mayor?

Me puse rígida por segundo.

Así que era eso.

Él creía que yo era Elara.

Lo cual significaba que había estado aguardando aquí lo suficiente como para perderse la verdad que yo había dejado atrás.

—Pero esta es una deuda que tengo con ella —continuó. Su voz era estable y casi disciplinado—. Le fallé una vez. No le fallaré de nuevo.

Mantuve la vista al frente y no dije nada.

—Lo lamento —añadió tras un momento—. Incluso ahora, no pude evitar que la corona se enviara lejos —entonces, de repente—: Si deseas resistirte —dijo, extendiendo la mano y tomando mis riendas—, puedo llevarte lejos. Ahora. Esta noche.

Su agarre era firme y decisivo. La clase de certeza que solo empleaba en el campo de batalla.

—No permitiré que una princesa sea intercambiada por la paz —sentenció—. No de nuevo.

Me goré y le miré.

En sus ojos no había anhelo.

Ni romance.

Solo algo más duro, una negativa, profundamente arraigada, a presenciar cómo alguien era sacrificado en nombre del orden.

Para él, esto era deber.

Para mí, sonaba a amor.

Entonces, aparté su mano, presioné mis talones contra los flancos de mi montura y seguí cabalgando.

En un mundo donde las desposadas reales debían ser entregadas con ceremonia y guardia, ella partió como si ya hubiera sido olvidada.

Adrian permaneció donde estaba.

Se quedó allí mucho después de que los centinelas cerraran la puerta tras ella, mucho después de que el camino quedara vac'io. Solo entonces regresó hacia la capital.

Algo andaba mal.

Aún no sabía qué.

Elara se había mostrado... diferente aquel día. Había despedido a la guardia de honor que se le había asignado. Rechazado a las damas destinadas a acompañarla a la frontera. No había pronunciado ni una sola palabra, ni a él ni a nadie.

Ni una súplica.

Ni un adiós.

Ni siquiera una mirada atrás hacia la ciudad que abandonaba. Aquello le inquietaba más de lo que las lágrimas jamás hubieran podido.

Él ya había presenciado esta partida una vez.

En aquella otra vida, aunque no pensaba en ella como tal.

Elara había llorado abiertamente, aferrándose a sus sirvientes, suplicándole con la mirada que detuviera lo que no podía ser detenido. Él había cabalgado junto a ella entonces, silencioso, severo y convencido de que la resistencia era todo lo que podía ofrecer.

Esta vez, ella no había llorado.

Para cuando regresó a la capital, el crepúsculo ya se había asentado en la noche. Se acercó a la cama y alcanzó el velo nupcial con manos que sentía extrañamente distantes, como si ya no le obedecieran del todo.

Cuando lo alzó, el mundo se inclinó.

El rostro debajo era familiar; demasiado familiar.

—¡Elara!

Terriblemente mal.

Y por primera vez en aquella noche, la inquietud que había cargado desde que las puertas de la ciudad se cerraron encontró, finalmente, su forma.
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