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Capítulo 5

Luis Díaz
Ahora, esa mano quería acabar conmigo.

La fuerza dentro de mí se agitó con violencia, provocando que las venas grisáceas se extendieran por mi rostro.

Respiré hondo. El dolor que recorría mi cuerpo, extrañamente, me mantenía lúcido.

—Elijo la primera opción. Me iré.

Mi voz sonó tan tranquila que hasta yo mismo me sorprendí.

Emilia se relajó visiblemente.

Pero Dustin volvió a hablar, esta vez más fuerte.

—¡Emi, no podemos dejar que se vaya así nada más! Su equipo, sus suministros… ¡Pertenecen al equipo! ¿Y si terminan en manos de los zombis?

Emilia frunció el ceño.

—¡Dustin! ¡Deja de hablar!

Dustin alzó la voz.

—¡Estoy diciendo la verdad! ¡Ya no es el vicecapitán! ¡Está infectado! ¿Cómo vamos a permitir que un infectado se lleve nuestros recursos?

Los demás miembros del equipo intercambiaron miradas. Algunos asintieron, mientras que otros negaron con la cabeza.

En ese momento, un grito agudo y desgarrador recorrió el perímetro del campamento.

Todos se volvieron alarmados hacia el lugar de donde provenía el sonido.

Emilia ordenó de inmediato a varios miembros que fueran a investigar.

Luego me miró, visiblemente incómoda. Le costó pronunciar las palabras.

—Zack, deja aquí tu equipo.

Empecé a reír.

No me detuve hasta que las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas.

Entonces asentí.

—Está bien. Quédatelo.

Comencé a quitarme el equipo.

El chaleco táctico, el cuchillo de combate, la mochila, la comida y el agua.

Cada pieza que tiraba caía al suelo con un golpe metálico.

Emilia apartó la vista, sin atreverse a mirarme.

En cambio, los ojos de Dustin se iluminaron mientras contemplaba el equipo como un lobo hambriento mirando un trozo de carne.

Al final, solo me quedó puesto el uniforme de combate reglamentario.

—¿Es suficiente? —pregunté.

Los labios de Emilia temblaron, pero no logró decir nada.

Dustin gritó con impaciencia:

—¡Sí, sí, ya es suficiente! ¡Emi, déjalo ir!

Finalmente, Emilia me miró, con los ojos llenos de lágrimas.

—Zack, lo siento, pero tengo que...

La interrumpí.

—Ya basta. Desde hoy, todo terminó entre nosotros. Emilia, piénsalo bien. Sin mí al frente, ¿cómo vas a proteger al campamento? ¿A tu equipo?

Su cuerpo se estremeció.

No volví a mirarla ni a ella ni a nadie más.

Me di la vuelta y caminé hacia las puertas del campamento.

Para entonces, las venas grisáceas ya se habían extendido hasta mi mejilla izquierda. La fuerza que se agitaba en mi interior chocaba violentamente, como si estuviera a punto de desgarrarme por completo.

Cada paso se sentía como caminar sobre cuchillas, pero mantuve la espalda erguida decidido a no mirar atrás.

Poco después de abandonar el campamento, llegué a una zona relativamente segura entre las ruinas que había estado vigilando durante los últimos días.

Ya no pude contener la fuerza dentro de mí.

Explotó.

Un dolor insoportable atravesó mis extremidades y mis huesos, como si los estuvieran triturando para luego reconstruirme.

Caí desplomado y me acurruqué en el suelo.

Las venas grisáceas se extendían frenéticamente bajo mi piel. La carne se abría, sangraba, formaba costras y luego volvía a desgarrarse.

Pero no podía moverme.

Mi conciencia comenzó a desvanecerse mientras mi cuerpo ardía por dentro.

Entonces todo quedó sumido en una oscuridad interminable.

De vuelta en el campamento, mi partida no les trajo seguridad.

Al contrario, los rugidos de los zombis se oían cada vez más fuerte.

Emilia recogió en silencio mi equipo, con la mirada perdida.

Detrás de ella, la voz de Dustin sonó emocionada.

—Emi, podemos repartir estos suministros...

De repente, uno de los miembros encargados de vigilar el perímetro entró corriendo y gritó con urgencia:

—¡Capitana Campbell, estamos en problemas! ¡Todos los zombis en un radio de ocho kilómetros están avanzando hacia nosotros!
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