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Capítulo 12: Juegos peligrosos

Author: Hariji
last update Petsa ng paglalathala: 2026-10-16 13:02:19

El sedán gris los dejó a dos calles del edificio de Kensington, resguardado tras la sombra de unos castaños antiguos para no alertar a posibles vigilantes apostados en la avenida principal.

La subida por las escaleras desgastadas transcurrió en un silencio denso, pero esta vez carecía de la hostilidad visceral de la mañana. Era la calma tensa que precede al despliegue de una maniobra a gran escala.

En cuanto Daphne pasó el cerrojo de latón de la puerta, dejó su maletín sobre la mesa de comedor
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    El sedán gris los dejó a dos calles del edificio de Kensington, resguardado tras la sombra de unos castaños antiguos para no alertar a posibles vigilantes apostados en la avenida principal.La subida por las escaleras desgastadas transcurrió en un silencio denso, pero esta vez carecía de la hostilidad visceral de la mañana. Era la calma tensa que precede al despliegue de una maniobra a gran escala.En cuanto Daphne pasó el cerrojo de latón de la puerta, dejó su maletín sobre la mesa de comedor y encendió la lámpara flexo. La luz cálida recortó los planos arquitectónicos de la mansión de Lakeview que Mateo les había transferido a una tableta digital antes de separarse.Octavio se quitó el abrigo oscuro y lo colgó con parsimonia en la entrada. Se desajustó la corbata, enrollándose las mangas de la camisa blanca hasta los codos con movimientos pausados y precisos. Al acercarse a la mesa, sus ojos no buscaban imponerse; escaneaban el diagrama de seguridad con la frialdad de un perito mili

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    El sobre de color marfil permaneció intacto entre los dedos de Daphne mientras cruzaban el vestíbulo de la planta ejecutiva. A su lado, Octavio mantenía la vista al frente, pero el ritmo de sus zancadas y la rigidez de su mandíbula delataban la rabia que bullía bajo su compostura. No pronunció palabra en el ascensor ni al salir a la calle lateral, donde la llovizna comenzaba a ceder frente a un viento frío que barría las esquinas financieras. Subieron al sedán austero con destino al casco antiguo. En el asiento trasero, Daphne rompió el lacre del sobre con un cortapapeles pequeño de su bolso. Dentro había una tarjeta de cartulina gruesa con bordes dorados y una nota manuscrita: «La Fundación Sforza celebra su gala benéfica anual este sábado en la residencia de Lakeview. Como titular de los créditos preferentes de Vargen, me complacería escoltar a la mujer más valiente del mercado. Dejemos las hostilidades para los abogados; una conversación en privado puede cambiar el destino de

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    El auricular volvió a la base con un golpe seco. Daphne permaneció con la mano apoyada sobre el aparato durante tres segundos, obligando a sus pulmones a recuperar un compás normal. El eco de la voz de Mateo Campbell aún resonaba en el despacho: «Van a incinerar los servidores de respaldo esta misma noche». Frente a ella, Octavio no se había movido del perímetro de su escritorio. Con los brazos cruzados y la corbata apenas aflojada, sus ojos verdes la escudriñaban con la precisión de un perito que busca una falla en un muro de contención. —Campbell no llamaría a esta línea a menos que el incendio esté por comenzar —dijo Octavio, quebrando el mutismo. Su tono había perdido la hostilidad visceral del enfrentamiento con Mercer; ahora sonaba como el estratega frío que solía ser—. ¿Qué te dijo? Daphne retiró los dedos del teléfono, enderezó los hombros y rodeó la mesa para poner una distancia prudencial entre los dos. La proximidad del archivador y el roce de su aliento en su piel t

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    El aire en el piso cuarenta y dos de Vargen Holdings estaba cargado de una hostilidad silenciosa. Alrededor de la mesa ovalada de caoba, doce hombres vestidos de paño oscuro levantaron la vista de sus carpetas en cuanto las puertas dobles se abrieron. Al fondo, de pie junto a los ventanales que dominaban el distrito financiero, se recortaban dos figuras: Julián Sforza, con una sonrisa calculada y mordaz, y a su lado Adrián Mercer, el heredero del conglomerado bancario que mantenía asfixiadas las líneas de crédito de la división médica. Daphne avanzó sin titubear, dejando que el repiqueteo seco de sus tacones marcara el compás del silencio en la sala. A su lado, Octavio caminaba con los hombros relajados y la mirada fija en Mercer; no llevaba reloj en la muñeca ni séquito detrás, pero la frialdad de su porte obligó a los auditores más jóvenes a apartar los ojos al instante. —Vaya, qué conmovedora estampa conyugal —saludó Sforza con cinismo, aplaudiendo suavemente con las yemas de los

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    El chirrido de la cafetera sobre el fuego fue la única alarma en el departamento. Daphne abrió la puerta del dormitorio a las seis y media de la mañana, ya vestida con un traje de chaqueta azul medianoche y el cabello recogido en un moño bajo impecable. En el salón, la escena confirmó que la noche anterior no había sido una pesadilla corporativa: Octavio estaba de pie frente al ventanal de la sala, con los pies descalzos y la camisa blanca arrugada de la víspera, bebiendo café negro de una taza de loza despostillada. El sofá conservaba la manta doblada con una pulcritud casi militar. Daphne lo observó en silencio un segundo; las ojeras sutiles bajo los ojos de Octavio delataban que había dormido poco o nada. —El agua caliente tarda cinco minutos en subir por las tuberías del edificio —dijo ella, avanzando hacia la barra para recoger sus carpetas de trabajo. Octavio no se giró de inmediato. Contempló el amanecer grisáceo sobre los tejados húmedos de Kensington antes de dejar la

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