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Una ruptura definitiva

작가: Nighties
last update 게시일: 2026-10-29 02:46:29

Punto de vista de Celine

La medianoche llegó acompañada del golpeteo de la lluvia contra las ventanas del dormitorio.

La casa estaba en silencio. Probablemente, Declan seguía con Natasha, ayudándola a quitar las manchas de vino tinto de su vestido y asegurándole que todo estaba bien. En la habitación de Elsie, Caroline estaría acostando a la niña, prometiéndole que pronto tendría una madre más hermosa que no avergonzaría a la familia.

Saqué del armario una vieja bolsa de lona.

Dejé atrás los diamantes que Declan me había regalado por nuestros aniversarios y los abrigos de diseñador que Caroline había elegido para evitar que yo avergonzara el apellido Whitlock. En su lugar, guardé tres camisetas de algodón desgastadas, dos pares de vaqueros y mi cuaderno de dibujo. Después, tomé la caja de plástico agrietada que contenía las únicas cosas que había traído del orfanato veintiún años atrás: un recibo descolorido y un sonajero de plata deslustrada con unas iniciales grabadas que nadie había conseguido descifrar.

Coloqué el sobre marrón del hospital en el centro de la mesita de noche de Declan.

A su lado, dejé el contrato de gestación subrogada que él había llevado a casa. No firmé en el espacio donde aparecía impreso el nombre de Natasha. En cambio, tomé la pluma estilográfica de Declan, tracé una gruesa línea negra sobre la página y escribí tres frases breves en el margen en blanco.

Renuncio a cualquier derecho sobre tu dinero, tu apellido y tu casa. Renuncio a toda custodia sobre Elsie. Nuestro matrimonio ha terminado.

Me quité el anillo de bodas del dedo anular izquierdo. Salió con facilidad. Durante los últimos tres meses, mis manos habían adelgazado.

Dejé caer el anillo sobre mi firma.

Después, me colgué la bolsa al hombro y salí del dormitorio.

Bajé las escaleras despacio, un peldaño a la vez. Sentía las rodillas débiles, y el dolor detrás de los ojos palpitaba con tanta intensidad que las lámparas de araña se desdibujaban ante mi vista. Pero, cuando abrí las puertas principales y el viento frío me golpeó el rostro, sentí que por fin podía respirar.

Por primera vez en ocho años, no estaba pensando en lo que Declan quería de mí.

Recorrí el largo camino de entrada que serpenteaba por la propiedad.

En cuestión de segundos, la lluvia había empapado mi abrigo fino, dejando el cabello pegado al cuello y las mejillas. Las puertas de la entrada estaban abiertas, como solían estarlo cuando Declan tenía reuniones a altas horas de la noche. Las atravesé y salí a la empinada carretera de montaña que conducía a la ciudad.

Me quedaban seis meses.

Seis meses sin cocinar comidas que luego rechazaban sin probarlas. Sin permanecer en silencio mientras Caroline me llamaba basura estéril delante de los sirvientes. Sin suplicarle a Declan que me mirara ni contemplar cómo mi propia hija me observaba con desprecio.

Seis meses para encontrar una habitación con ventana, dibujar mis diseños de joyería y respirar sin tener que pedir permiso a nadie.

Apenas había llegado a la curva cerrada donde el camino de la propiedad se unía con la carretera principal cuando mi visión se oscureció de repente.

Una intensa oleada de mareo me atravesó la cabeza. Mis botas resbalaron sobre el asfalto mojado y la bolsa cayó de mi hombro, aterrizando en la cuneta embarrada. Extendí la mano en busca de la barrera de protección, pero mis dedos no encontraron nada.

Dos faros cegadores atravesaron la niebla y la lluvia.

Una bocina rugió. Los neumáticos chirriaron contra la carretera resbaladiza mientras un vehículo pesado derrapaba de lado.

Ni siquiera tuve tiempo de gritar.

El guardabarros delantero me golpeó en la cadera. El impacto me levantó del suelo y me lanzó contra el asfalto.

Mi cabeza chocó contra el bordillo con un golpe sordo y nauseabundo.

El dolor en mi cráneo desapareció casi al instante. En su lugar, una extraña sensación de entumecimiento se extendió por mi cuello. La sangre comenzó a deslizarse por un lado de mi rostro y se mezcló con el agua fría que se acumulaba bajo mi mejilla.

Una puerta del coche se abrió de golpe.

—¡Maldición! ¡Christian, trae el botiquín!

Unos pasos pesados chapotearon sobre el asfalto mojado. Un hombre corrió hacia mí y cayó de rodillas en el barro. Sus manos eran grandes y cálidas, pero temblaban mientras presionaba dos dedos contra la arteria de mi cuello.

—Quédate conmigo. —Su voz era grave y áspera, cargada de pánico—. ¡Mantén los ojos abiertos! ¡Gabriel, sal aquí ahora mismo!

Intenté parpadear.

A través de la lluvia y la sangre, alcancé a distinguir su rostro. Tenía una mandíbula marcada, el cabello oscuro pegado a la frente y unas gafas sin montura cubiertas de gotas de lluvia. Su costoso abrigo negro ya estaba empapado de agua y barro, pero parecía no darse cuenta.

Deslizó una mano bajo mi cabello mojado e intentó levantarme la cabeza. Al hacerlo, la manga de su chaqueta de sastre se subió, dejando al descubierto su muñeca.

Bajo la luz de los faros, un gemelo dorado captó mi atención. Tenía un escudo intrincado grabado: un león rugiente enroscado alrededor de una luna creciente.

El mismo escudo que estaba estampado en el sonajero de plata deslustrada que yacía dentro de mi bolsa, en la cuneta.

El hombre me sujetó la muñeca para buscar el pulso. Cuando apartó la manga mojada de mi brazo, su mirada cayó sobre la cara interna de mi muñeca.

Se quedó completamente inmóvil.

Bajo el barro y la sangre, justo debajo de la vena, había una pequeña marca de nacimiento descolorida con forma de luna creciente.

Sus manos comenzaron a temblar. Sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca, casi haciéndome daño, pero había algo asustado y extrañamente reverente en su contacto, como si estuviera sosteniendo a alguien a quien llevaba mucho tiempo creyendo perdido.

—¿Aliyah...?

Su voz se quebró al pronunciar el nombre.

Las lágrimas se acumularon en sus ojos y rodaron por sus mejillas, dejando surcos limpios entre la lluvia. Se inclinó, recogió mi cuerpo inerte y me estrechó contra su pecho con tanta fuerza que pude sentir los latidos de su corazón contra mis costillas.

—¡Aliyah! ¡Soy Dominic...! ¡Dios mío, Aliyah, no te atrevas a morir! —gritó en medio de la tormenta, con la voz ronca por la desesperación—. ¡Gabriel! ¡Christian! ¡Es ella! ¡Es Aliyah! ¡Moveos de una maldita vez!

¿Aliyah?

El nombre flotó en la oscuridad que comenzaba a apoderarse de mi mente.

Me resultaba cálido. Familiar. Seguro, como una manta que me envolviera en una noche helada.

Mis labios se entreabrieron y de ellos escapó un débil suspiro entrecortado.

Entonces, todo se volvió negro.

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