LOGINPOV de Declan
Las puertas principales de la mansión Whitlock se abrieron al sonido de unas risas. Me quedé en el umbral, dejando que el agua de lluvia goteara sobre el suelo de mármol. Mi traje empapado se me pegaba a los hombros y tenía los brazos caídos a ambos lados del cuerpo. Tenía los nudillos raspados y manchados de barro después de buscar a Celine en la cuneta de la carretera de la Ruta 9. En el salón formal, el fuego crepitaba en la chimenea. Natasha estaba sentada en el sofá con las piernas recogidas debajo de ella, sosteniendo una taza de chocolate caliente. Pequeños malvaviscos flotaban en la superficie mientras Elsie, sentada en un puf de cuero a su lado, soltaba risitas y dejaba que Natasha le acomodara una cinta de seda rosa en el cabello. —Ahí está —murmuró Natasha, alisándole los rizos con una sonrisa cariñosa—. Ahora sí pareces una señorita de verdad. Como si pertenecieras a la primera fila de la gala de invierno. —Tía Natasha, tienes las manos muy suaves —dijo Elsie con una sonrisa radiante, apoyando la cabeza en la rodilla de Natasha—. Las manos de mamá siempre están ásperas y huelen a limpiador de suelos. —Elsie, cariño, no deberías decir eso —respondió Natasha con suavidad, aunque una sonrisa de satisfacción asomó a sus labios—. Tu madre simplemente viene de un entorno más humilde. No sabe comportarse de otra manera. Mi madre entró desde el comedor contiguo con una copa de jerez en la mano. —Deja de poner excusas por esa mujer desagradecida, Natasha. Montó una rabieta infantil, arruinó tu vestido y se largó a algún motel para obligar a mi hijo a suplicarle que volviera. Ni siquiera tiene la decencia de... Se interrumpió cuando me vio de pie en la entrada. El color desapareció de su rostro. La sonrisa de Natasha se esfumó, sustituida por una expresión cautelosa, mientras Elsie se apartaba de ella y me miraba con desconcierto. —¿Declan? —Mi madre dejó la copa sobre la mesa consola con un ligero tintineo—. ¡Dios mío, mírate! ¡Estás empapado hasta los huesos! ¿Por qué tienes las manos tan sucias? ¿La policía encontró el hotel barato de esa mujer? Caminé hacia ellas, avanzando despacio, un paso tras otro. El agua se acumulaba bajo mis zapatos, dejando un rastro de barro sobre el suelo impecable. —¿Papá? —me llamó Elsie. Se levantó del puf y extendió los brazos hacia mí. —¿Por qué tienes esa cara tan aterradora? ¿Me trajiste los chocolates importados que te pidió la tía Natasha? Me detuve a medio metro de ella. Había heredado mi cabello oscuro, pero sus ojos almendrados eran los de Celine. Eran los mismos ojos que me habían mirado la noche anterior, llenos de lágrimas, mientras me suplicaba que creyera que estaba sufriendo. La tía Natasha es mucho más bonita... De todos modos, nadie te quiere aquí. ¡Vete! Las crueles palabras de Elsie durante la cena resonaron en mi cabeza. —¿Dónde está el suéter? —pregunté. Mi voz salió grave y áspera. Elsie retrocedió instintivamente. —¿Qué? —preguntó, temblándole el labio inferior. —El suéter —repetí con frialdad—. El cárdigan color crema que tu madre pasó tres semanas tejiendo para ti. ¿Dónde está? —Declan, ¿qué demonios te pasa? —espetó mi madre, interponiéndose entre Elsie y yo. Miró mi ropa desaliñada con evidente repugnancia. —¿Estás interrogando a una niña por un trapo asqueroso? ¡La criada arrojó esa basura al incinerador del jardín esta mañana! ¡Estaba empapado de café y salsa de fresa! El incinerador. Lo habían quemado. Sentí un frío en el estómago al imaginar a Celine sentada hasta altas horas de la noche, con los dedos temblorosos mientras tejía con hilo de cachemira. Había pasado tres semanas haciendo aquel cárdigan mientras un tumor devoraba su cerebro, todo porque quería mantener abrigada a nuestra hija y evitar que tosiera con el frío del otoño. Y ellos lo habían quemado antes incluso de que saliera por completo el sol. —Declan —dijo Natasha, levantándose con elegancia del sofá. Juntó las manos sobre el pecho y adoptó un tono lleno de preocupación. —Por favor, siéntate. Estás asustando a Elsie. Sea lo que sea que Celine esté exigiendo a cambio de regresar a casa, la familia Cooper puede ayudarte a resolverlo. No tienes que soportar todo este estrés tú solo. Giré lentamente hacia ella y clavé mis ojos inyectados en sangre en su rostro impecable. —No está exigiendo nada —susurré. Natasha inclinó la cabeza. —¿Qué? —No se fue a un motel, Natasha —dije, y mis palabras cayeron pesadamente en el silencio—. Su teléfono quedó destrozado en la cuneta de la Ruta 9. Su bolsa de viaje estaba rasgada dentro de la tubería de drenaje. Había tres litros de su sangre sobre el asfalto. El salón quedó en silencio. Hasta el fuego pareció perder fuerza. Mi madre se quedó con la boca abierta. Su collar de perlas subía y bajaba al ritmo de su respiración irregular. —¿Qué...? ¿Qué has dicho? —Un vehículo que circulaba a gran velocidad la atropelló —continué, observando cómo se abrían cada vez más los ojos de Natasha—. Y, antes de que la atropellaran, ya se estaba muriendo. Tenía un glioblastoma en estadio cuatro. El médico del Memorial Central dijo que le quedaban menos de seis meses de vida cuando se sentó a nuestra mesa anoche. Natasha retrocedió un paso y se llevó una mano a la boca. Su rostro perdió todo el color. —No... —balbuceó mi madre, buscando a ciegas el sofá para apoyarse—. No, eso es imposible. Estaba mintiendo. Solo intentaba arruinar tu futuro con Natasha. No podía estar... —¡Tenía los informes médicos en su bolso, madre! —rugí. La lámpara de araña de cristal que colgaba sobre nosotros pareció temblar con la fuerza de mi voz. Elsie rompió a llorar y hundió el rostro entre los cojines del sofá, sollozando de miedo. —¡Me lo suplicó! —logré decir, con las lágrimas quemándome los ojos y resbalando por mis mejillas—. Se arrodilló junto a aquella maldita mesa, apenas podía respirar y me pidió que la llevara al hospital. ¡Y yo le dije que no me importaba si caía muerta! Tú la llamaste una miserable malintencionada, ¡y Elsie le dijo que nadie la quería! Saqué el contrato de gestación subrogada del bolsillo interior de mi abrigo. El papel estaba arrugado y manchado de sangre, tal como lo había encontrado sobre la mesita de noche del dormitorio. Se lo metí a Natasha en las manos. —¡Léelo! —gruñí, apretando el papel con fuerza—. ¡Lee lo que escribió! Las manos de Natasha temblaron mientras bajaba la mirada. Sus ojos recorrieron la gruesa línea negra que atravesaba su nombre y las tres declaraciones escritas a mano al final del documento: Renuncio a cualquier derecho sobre tu dinero, tu apellido y tu casa. Renuncio a toda custodia sobre Elsie. Estamos divorciados. —Renunció a ti, Elsie —dije, volviéndome hacia mi hija, que seguía llorando. Mi voz se quebró hasta convertirse en un susurro—. La madre que te secaba las lágrimas y pasaba las noches en vela cada vez que te silbaba el pecho al respirar... Le dijiste que se fuera. Y ella te hizo caso. Renunció a ti por completo. Elsie se quedó inmóvil, con el rostro surcado de lágrimas levantado hacia mí y los ojos llenos de terror. —P-papá... Mamá... —Su voz temblaba—. Mamá va a volver, ¿verdad? Ella siempre vuelve... —Se ha ido —respondí, y la verdad me atravesó como un cuchillo—. Su cuerpo no está en ninguna morgue. Su nombre no figura en ningún hospital. Alguien se la llevó en medio de la noche y ahora ha desaparecido. Mi madre se dejó caer en el sofá. Le temblaban tanto las manos que apenas podía sostener la copa. —La prensa... la junta directiva... —murmuró—. Si descubren que obligamos a una mujer enferma a salir a la calle... —Fuera —dije. Mi madre me miró con incredulidad. —¿Declan? —Sal de mi casa, Natasha. Volví a mirar a la mujer que se había interpuesto entre mi esposa y yo. —Recoge tus cosas, abandona esta propiedad y no vuelvas a poner un pie al otro lado de esas puertas. —¡Declan, por favor! —suplicó Natasha, mientras las lágrimas le resbalaban por las mejillas y extendía la mano hacia la manga de mi abrigo—. ¡Lo hice por ti! Tu madre me pidió que... —Vuelve a tocarme y rescindiré todos los contratos que Whitlock Enterprises haya firmado con Cooper Group —siseé, inclinándome hacia ella hasta que nuestros rostros quedaron a escasos centímetros—. Márchate antes de que pierda la cabeza. Natasha retrocedió como si la hubiera golpeado. Agarró su abrigo de diseñador de la silla y se apresuró hacia el vestíbulo, sollozando mientras huía hacia la tormenta. La puerta principal se cerró de golpe tras ella. El gran vestíbulo de la mansión Whitlock quedó en silencio. Elsie estaba sentada en el suelo, junto a la chimenea apagada, abrazando un juguete que su madre le había comprado dos años atrás. Lloró hasta que el pecho empezó a silbarle al respirar. Mi madre permaneció en el sofá, aferrada a sus perlas y mirando el suelo con los ojos vacíos, llenos de miedo. Yo me quedé solo en el centro de la habitación, contemplando el gancho vacío junto a la puerta donde antes colgaba la sencilla gabardina beige de Celine. Ya no estaba. Ella ya no estaba. Y, por primera vez en mi vida, comprendí que ni todo el dinero, ni el poder, ni las acciones de la junta directiva podrían traerla de vuelta a aquella casa fría y moribunda.POV de DeclanLa pluma estilográfica dorada descansaba sobre la mesa desportillada, y su superficie pulida reflejaba la tenue luz anaranjada del amanecer.A su lado estaba la petición mecanografiada dirigida a la Comisión Suiza de Comercio.Yo, Declan Whitlock, antiguo director ejecutivo de Whitlock Enterprises, declaro bajo juramento que los planos de la colección Nocturne se derivaron de propiedad intelectual perteneciente a Whitlock Design Studios, sustraída ilegalmente por Celine Whitlock antes de su partida...Cada palabra era una mentira.Yo lo sabía. Jordan Blake también.Sus abogados habían redactado el documento con un lenguaje frío y clínico, diseñado para someter al diamante Estrella Azul a un estrangulamiento regulatorio antes de que pudiera salir de la cámara acorazada de Ginebra.—¿Papá?Elsie estaba en la entrada de la cocina, aferrada al marco de la puerta con sus delgados dedos. El viento sacudía el cristal suelto de la ventana y arrastraba el frío húmedo del río hast
POV de DeclanLas puertas principales de la mansión Whitlock se abrieron al sonido de unas risas.Me quedé en el umbral, dejando que el agua de lluvia goteara sobre el suelo de mármol. Mi traje empapado se me pegaba a los hombros y tenía los brazos caídos a ambos lados del cuerpo. Tenía los nudillos raspados y manchados de barro después de buscar a Celine en la cuneta de la carretera de la Ruta 9.En el salón formal, el fuego crepitaba en la chimenea. Natasha estaba sentada en el sofá con las piernas recogidas debajo de ella, sosteniendo una taza de chocolate caliente. Pequeños malvaviscos flotaban en la superficie mientras Elsie, sentada en un puf de cuero a su lado, soltaba risitas y dejaba que Natasha le acomodara una cinta de seda rosa en el cabello.—Ahí está —murmuró Natasha, alisándole los rizos con una sonrisa cariñosa—. Ahora sí pareces una señorita de verdad. Como si pertenecieras a la primera fila de la gala de invierno.—Tía Natasha, tienes las manos muy suaves —dijo Elsie
POV de DeclanLa lluvia había limpiado la carretera, pero en mi mente todavía podía ver la oscura mancha.Permanecía de pie en la curva de la Ruta 9, con el frío viento de la montaña atravesando mi camisa mojada. La cinta policial amarilla ondeaba contra la barrera de seguridad rota, mientras las luces intermitentes de los coches patrulla proyectaban sombras rojas y azules sobre las marcas de frenado en el asfalto.—Señor Whitlock —dijo el jefe Harrison al acercarse con un paraguas sobre la cabeza—. Tiene que alejarse. El terraplén es inestable.No me moví. Sentía los pies hundidos en el barro, como si hubieran echado raíces.—¿Dónde está? —Mi voz salió áspera y ronca—. Me dijo que encontraron su teléfono en el desagüe. ¿Adónde se la llevó el coche?Harrison vaciló e intercambió una mirada sombría con el jefe del equipo forense.—El impacto ocurrió aquí —explicó el agente, señalando con su linterna un poste metálico abollado—. Según las marcas de los neumáticos y los restos encontrado
POV de CelineLo primero que sentí fue calor.Un edredón suave me cubría hasta la barbilla. La habitación olía a cedro, lavanda y algo limpio. No era aquel penetrante olor a desinfectante hospitalario que siempre me dejaba la garganta irritada.Intenté abrir los ojos, pero tenía los párpados pesados. Un dolor sordo palpitaba bajo las vendas que me rodeaban la frente. Sin embargo, aquella terrible presión que llevaba semanas nublándome la vista había desaparecido.—Su pulso se está estabilizando —dijo un hombre cerca de mí. Su voz era grave y tranquila—. La inflamación alrededor del grupo de nervios está disminuyendo. Está luchando, Dom.—No debería haber tenido que luchar así desde el principio —gruñó otro hombre desde el otro lado de la habitación.Unos pasos pesados resonaron por el suelo.—Veintiún años. Estuvo a cinco millas de distancia, en un orfanato estatal, mientras ese bastardo de Whitlock la trataba como a una sirvienta.—Christian, cállate —advirtió el primero—. Vas a asus
POV de DeclanMe desperté a las seis de la mañana con el silencio de la habitación principal.Por costumbre, extendí la mano al otro lado del colchón, esperando encontrar a Celine a mi lado. Casi podía escuchar el roce de las sábanas y su voz suave preguntándome si quería café solo o té negro con miel.Sin embargo, mi mano solo encontró sábanas frías.Su lado de la cama estaba vacío.Fruncí el ceño y me incorporé contra el cabecero, frotándome el puente de la nariz. Todavía me dolía la cabeza por el whisky que había bebido la noche anterior después de lidiar con los dramas de mi madre y el vestido arruinado de Natasha.Todavía está haciendo pucheros, pensé, sintiendo crecer la irritación en mi pecho.Últimamente, Celine se comportaba de aquella manera. Se encerraba en sí misma, evitaba mirarme a los ojos y, de repente, se mareaba cada vez que nuestras conversaciones giraban en torno a la sucesión de los Whitlock. Sabía que era frágil y sentimental, el tipo de mujer que todavía esperab
Punto de vista de CelineLa medianoche llegó acompañada del golpeteo de la lluvia contra las ventanas del dormitorio.La casa estaba en silencio. Probablemente, Declan seguía con Natasha, ayudándola a quitar las manchas de vino tinto de su vestido y asegurándole que todo estaba bien. En la habitación de Elsie, Caroline estaría acostando a la niña, prometiéndole que pronto tendría una madre más hermosa que no avergonzaría a la familia.Saqué del armario una vieja bolsa de lona.Dejé atrás los diamantes que Declan me había regalado por nuestros aniversarios y los abrigos de diseñador que Caroline había elegido para evitar que yo avergonzara el apellido Whitlock. En su lugar, guardé tres camisetas de algodón desgastadas, dos pares de vaqueros y mi cuaderno de dibujo. Después, tomé la caja de plástico agrietada que contenía las únicas cosas que había traído del orfanato veintiún años atrás: un recibo descolorido y un sonajero de plata deslustrada con unas iniciales grabadas que nadie habí