INICIAR SESIÓNMe quedé un segundo sin saber qué responder, todavía con el bolso apretado contra el pecho y la mirada de Kai fija en mí como si tuviera todo el tiempo del mundo para sostenerla.
—Gracias de nuevo por el bolso —logré decir al fin, dando un paso hacia atrás con una sonrisa incómoda—. Debería seguir buscando a mis padres, me están esperando del otro lado. —Por supuesto —respondió él, inclinando apenas la cabeza sin borrar esa sonrisa que parecía saber algo que yo no—. Espero que disfrutes el resto de la noche, Mila. No recordaba haberlo dicho. Sentí un escalofrío subirme por la nuca al notar que había usado mi nombre sin que yo se lo mencionara, pero antes de poder decir algo al respecto, él ya se había dado la vuelta y se perdía entre la gente, con esa elegancia tranquila que parecía acompañarlo a todas partes. Sacudí la cabeza, decidida a no darle más vueltas al asunto, y seguí caminando entre los invitados hasta que por fin distinguí el vestido verde esmeralda de mamá cerca de una de las esculturas de mármol. —¡Ahí estás! —exclamó ella al verme acercarme, tomándome del brazo con cariño—. Empezábamos a preguntarnos si te habías perdido entre tanto cuadro. —Casi —admití, todavía con el pulso un poco alterado—. Choqué con alguien y se me cayó el bolso, pero ya está todo bien. —Mientras no se te haya roto nada, no hay problema —dijo papá, revisándome con la mirada rápida y protectora de siempre antes de relajarse—. ¿Y dónde dejaste a tu amiga? —Aquí mismo, viendo un grabado —respondí, girando la cabeza justo a tiempo para ver a Chloé acercándose entre dos parejas que conversaban sobre una de las pinturas de Kai. Los cuatro terminamos de recorrer juntos el resto de la exposición, deteniéndonos frente a cada pieza con calma, comentando colores, texturas y formas mientras el bullicio de la galería seguía creciendo a nuestro alrededor. Papá, que al principio había bromeado sobre no entender nada de arte, terminó fascinado frente a una de las esculturas de Kael, señalando con genuino interés los ángulos tallados en la piedra y preguntando en voz alta cómo alguien lograba tanta precisión con solo un cincel y paciencia. Mamá, por su parte, se detuvo largo rato frente a un cuadro de Kai que mostraba una tormenta sobre el mar, comentando en voz baja lo bien logrado que estaba el movimiento del agua, mientras Chloé sacaba fotos con disimulo para su propio archivo de referencias. En un momento, pasamos cerca de donde Cordelia conversaba animadamente con un grupo de coleccionistas, y ella nos dedicó un gesto amable con la cabeza al reconocer nuestras credenciales de la escuela colgadas del cuello. Papá, siempre curioso, aprovechó para preguntarle a un mesero cuánto costaba una de las piezas más pequeñas, y su expresión de sorpresa al escuchar la cifra nos sacó una carcajada a las tres. Seguimos avanzando entre la gente, deteniéndonos frente a un óleo de gran formato que ocupaba casi toda una pared, cuando Chloé se detuvo de golpe, señalando algo con el dedo. —Miren esto —dijo, acercándose a una pequeña placa dorada junto al marco—. Dice que esta pieza fue pintada hace apenas dos meses. Kai debe trabajar rapidísimo para tener tanto material listo para una sola exposición. —O tal vez lleva años guardando cosas para el momento perfecto —comentó mamá, inclinando la cabeza para observar mejor la textura de las pinceladas—. Hay artistas que prefieren esperar antes de mostrar su trabajo. —Sea como sea, hay que reconocer que tiene talento —admitió papá, cruzándose de brazos frente al cuadro con expresión pensativa—. Aunque para mí sigue pareciéndome un poco perturbador, todo tan intenso. Reímos ante el comentario, y seguimos caminando hacia el ala de las esculturas, donde una fila de invitados esperaba turno para fotografiarse junto a una de las piezas más grandes de Kael. Nos quedamos observando desde lejos, sin sumarnos a la fila, disfrutando simplemente del ambiente y de estar juntos después de una semana en la que apenas habíamos coincidido todos en casa al mismo tiempo. Un mesero se acercó ofreciendo una bandeja con pequeños bocadillos, y papá no dudó en tomar dos de una vez, ganándose una mirada divertida de mamá que fingía no conocerlo. Chloé aprovechó para preguntarle a otro invitado sobre el precio de entrada al taller privado de Kael, que según había escuchado, solo se abría para clientes muy selectos. Nadie supo darle una respuesta clara, y terminamos especulando entre risas sobre qué secretos guardaría un lugar tan exclusivo. —Creo que ya vi suficiente por hoy —dijo papá al fin, revisando su reloj con disimulo—. Y con estas piernas cansadas de tanto caminar, ya me está sonando el estómago. —Yo también me muero de hambre —confesó mamá —. ¿Qué les parece si nos vamos a cenar? Podemos preparar algo en casa, así aprovechamos y descansamos un poco después de tanto ruido. —Me parece perfecto —dije, mirando de reojo a Chloé, que seguía absorta contemplando el cuadro de la tormenta—. Chloé, ¿te vienes con nosotros a cenar? Ella giró la cabeza, sorprendida, y negó con una sonrisa apenada. —No, no quiero molestar, es una cena familiar —respondió, agitando la mano como restándole importancia—. Además, seguro tienen mucho de qué hablar entre ustedes. —Nada de eso —intervino mamá de inmediato, tomándola del brazo con la misma firmeza cariñosa con la que me tomaba a mí—. Después de todo lo que Mila me ha contado de ti, ya casi te siento parte de la familia. No aceptamos un no por respuesta. —Mi esposa tiene razón, y cuando se le mete algo en la cabeza es mejor no discutir —agregó papá con una risa suave, guiñándole un ojo a Chloé—. Además, así puedes contarnos más de esa amistad tan misteriosa que tienen ustedes dos en la universidad. Chloé soltó una carcajada, todavía dudando un segundo antes de ceder ante la insistencia de mis padres. —Está bien, está bien, ustedes ganan —dijo finalmente, dejándose arrastrar entre risas hacia la salida—. Pero que conste que lo intenté. —Nadie gana una discusión contra mi mamá, mejor ríndete de una vez —le advertí entre risas, tomándola del brazo mientras caminábamos hacia la puerta principal de la galería. Salimos los cuatro juntos de la galería, dejando atrás el bullicio y las luces cálidas del interior para adentrarnos en el frío de la noche parisina.El auto avanzaba despacio por el camino privado que conectaba ambas propiedades, y el silencio dentro del vehículo se sentía cargado de algo que no lograba nombrar del todo. Iba sentada en medio, con Kai a mi derecha y Kael a mi izquierda, y los dos me sostenían una mano cada uno, como si temieran que fuera a desvanecerme entre ellos si me soltaban un segundo. —Ya casi llegamos —anunció Kai, apretándome los dedos con esa emoción suya que nunca terminaba de apagarse, mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a repetirse ante mis ojos—. Vas a amar esto, Mila. Te lo prometo. —Siguen sin decirme nada —protesté, aunque una sonrisa se me escapó entre las palabras, contagiada sin remedio del entusiasmo que ambos llevaban pegado a la piel desde que salimos de la casa principal. —Es una sorpresa —repitió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía, sin apartar los ojos de mí ni por un instante—. Y las sorpresas se arruinan cuando las cuentas antes de tiempo. El auto to
—Bienvenida de vuelta, Mila —dijo ella, con un tono ligero—. Espero que la isla haya sido todo lo que esperabas. —Fue de lo mejor —respondí, con una calma que ya no me costaba sostener frente a ella, dejando que la conversación siguiera su curso sin darle mayor peso al momento. Subimos todos juntos a los autos que esperaban alineados sobre la pista, y el trayecto hacia la casa principal se hizo entre comentarios ligeros sobre el clima, sobre algún pariente que había llamado preguntando por nosotros, y sobre lo distinto que se veía todo bajo el cielo gris de Moscú después de tantos días de sol constante. Cordelia no dejó de hablar en ningún momento, entusiasmada, preguntando sobre cada rincón de la isla que habíamos visitado, prometiendo que quería escuchar cada detalle con calma en cuanto tuviéramos tiempo de sentarnos juntas. —No se me van a escapar sin contarme del rancho —advirtió, señalándonos con un dedo juguetón apenas el auto se detuvo frente a la entrada—. Pero primero, vam
Martes 21, abril, 2020 El sonido de las maletas cerrándose fue lo último que quedó del paraíso que habíamos tenido para nosotros solos. Me quedé un instante de pie en medio del dormitorio, observando cómo la luz de la mañana entraba todavía tibia por el ventanal que daba al mar, y sentí una punzada pequeña de tristeza al pensar que esa vista, ese silencio interrumpido apenas por las olas, quedaría atrás en cuestión de horas. —¿Ya estás lista? —preguntó Kai, asomándose por la puerta con una maleta bajo el brazo y esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse del todo—. El auto nos espera en la entrada. —Casi —respondí, cerrando el último cierre de mi bolso de mano—. Todavía no puedo creer que ya nos vayamos. —Vamos a volver —aseguró él, acercándose para dejarme un beso breve en la sien—. Esta isla no va a ninguna parte, bonita. Kael apareció detrás, ya vestido con un pantalón oscuro y una camisa clara, revisando algo en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo y acercarse tambi
—¿En qué piensas? —preguntó Kai al fin, recostando la cabeza sobre mi regazo sin ningún pudor, mirándome desde abajo con esos ojos claros llenos de una calidez que ya no sabía nombrar del todo. —En que este lugar se siente distinto a todo lo demás —respondí, pasando los dedos distraídos por su cabello oscuro—. Aquí no hay boutiques, ni joyerías, ni gente mirando. Solo esto. —Por eso quise traerte —dijo él, cerrando los ojos un instante bajo el roce de mis dedos—. Quería que vieras que no todo entre nosotros tiene que ser tan... grande. A veces solo necesitamos esto. Kael, sentado un poco más atrás, apoyado sobre los codos con la mirada perdida en el horizonte, dejó escapar un suspiro bajo que atrajo mi atención de inmediato. —¿Kael? —lo llamé, girándome un poco hacia él—. ¿Todo bien? Él tardó un instante en responder, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir. —Solo pensaba en que, hace un mes, jamás hubiera imaginado sentarme en un lugar como este contigo s
El camino hacia el interior de la isla se abría entre matorrales bajos y flores silvestres que rozaban las ruedas del convertible a cada curva. Kai conducía con una sonrisa que no lograba disimular, mirándome de reojo por el espejo retrovisor cada pocos segundos, mientras Kael, sentado a mi lado, mantenía esa calma suya tan característica, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba tanto como a su hermano. —¿Todavía no me van a decir nada? —pregunté, cruzándome de brazos con un puchero fingido que le sacó una risa baja a Kael. —Paciencia, Mila —respondió él, apretándome la rodilla con suavidad—. Ya casi llegamos. El auto redujo la velocidad al alcanzar un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera vieja, y entonces lo vi: un rancho pequeño y rústico, con establos de techo bajo y un corral abierto donde media docena de caballos pastaban tranquilos bajo el sol de la mañana. Más allá, la tierra se elevaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada, y a lo lejos, apenas
Se apartó apenas lo suficiente para sostenerme el rostro entre las manos, y empezó a dejar besos rápidos y desordenados sobre mis mejillas, mi frente, la punta de mi nariz, con una desesperación tierna que no le conocía hasta éste momento. —Estoy bien, Kael —le dije, entre risas, dejando que me sostuviera el rostro mientras el corazón todavía le latía deprisa bajo mi palma apoyada en su pecho—. Solo salí a ver el amanecer. Kai llegó apenas unos segundos después, con el cabello revuelto y la respiración también agitada, y en cuanto Kael aflojó el abrazo, él tomó su lugar de inmediato, rodeándome por completo con los brazos y levantándome apenas del suelo antes de volver a dejarme sobre la arena. —Nos diste un buen susto, bonita —murmuró Kai contra mi sien, sin soltarme, con la nariz hundida en mi cabello—. Despertamos y la cama estaba helada de tu lado. —Lo siento —dije, dejando que una sonrisa pequeña se me dibujara en los labios mientras me acomodaba contra su pecho un momento—.







