INICIAR SESIÓN—Una hora —repitió Kael, apartándose apenas de la puerta para dejarme espacio—. Después vamos a tocar, y vas a tener que despedirte otra vez. ¿Entendido, Mila?
—Entendido —susurré, con la voz apenas audible, aunque cada palabra me costara un esfuerzo enorme. Kai abrió la puerta y me hizo un gesto suave con la mano, invitándome a entrar, como si aquello fuera, en su mente, el regalo más generoso que pudiera darme en el mundo entero. Crucé el umbral y cerré la puerta detrás de mí con las manos temblando sin control. Ahí estaba. Sentado junto a la ventana, con la espalda un poco encorvada y las manos libres apoyadas sobre las piernas, como si todavía no terminara de entender del todo dónde se encontraba. En cuanto escuchó la puerta cerrarse, giró el rostro hacia mí, y sus ojos, esos mismos ojos firmes que recordaba, se abrieron de par en par. —¿Mila? —su voz salió quebrada, insegura, como si no se atreviera del todo a creer lo que estaba viendo—. ¿Mila, eres tú? Por favor, dime que eres tú de verdad, dime que no me estoy volviendo loco. No esperé, no medí mis pasos, no pensé en nada más que en llegar hasta él. Corrí los pocos metros que nos separaban y me lancé a sus brazos, sintiendo cómo él me envolvía por completo, con una fuerza que no había perdido a pesar de todo. —Soy yo, papá —dije, con la voz rota, sintiendo que el nombre se me deshacía entre los labios—. Estoy aquí. Estoy aquí contigo. —Mila —repitió él, con la voz desgarrada por completo, dejando que las lágrimas le corrieran libres por el rostro sin ningún intento de contenerlas—. Mi niña... Dios mío, mi niña, estás viva. Estás viva. Me abracé a él con toda la fuerza que me quedaba, sintiendo la tela de su ropa contra la mejilla y el olor familiar de su piel, ese olor que llevaba un mes entero creyendo que jamás volvería a sentir cerca de mí otra vez. —Pensé que te había perdido para siempre —murmuró contra mi cabello, con la voz todavía rota por el llanto—. Cada noche pensaba en ti, Mila. Cada noche me preguntaba dónde estabas, si estabas viva, si alguien te estaba cuidando bien. —Estoy aquí, papá —repetí, sin soltarlo, dejando que mis propias lágrimas cayeran libres sobre su hombro—. Estoy viva. Y voy a estar bien, te lo prometo. Me aparté apenas lo suficiente para mirarlo de frente, buscando en sus facciones cada uno de los rasgos que llevaba un mes entero guardando solamente en la memoria. Se veía cansado, con los ojos un poco hinchados y el rostro marcado por la angustia de esas últimas horas, pero seguía siendo él, seguía siendo mi padre, con esa mirada firme que ni siquiera lo que acababa de vivir había logrado apagar del todo. —¿Te han hecho daño? —preguntó, con la voz cargada de una angustia que no intentó disimular, recorriéndome el rostro con los ojos como si buscara heridas escondidas debajo de la piel—. Mila, necesito que me digas la verdad. ¿Te han hecho daño estas personas? Sentí el peso de la pregunta caer sobre mí con una fuerza que no esperaba, la conciencia plena de que no podía responderle ni con la verdad completa ni con la mentira completa tampoco. —No, papá —dije, eligiendo cada palabra con el mismo cuidado con el que había aprendido a elegirlas durante todo este último mes—. Me han tratado bien. Estoy a salvo, te lo prometo. —¿Quiénes son? —insistió él, con esa mirada de policía que jamás terminaba de apagarse del todo—. ¿Quién te tiene aquí, Mila? Necesito saberlo. —No puedo decírtelo, papá —respondí, sintiendo que la culpa me apretaba el pecho con una fuerza nueva—. Por favor, no me preguntes eso. Solo confía en mí, te lo suplico. Confía en que estoy bien y que voy a seguir estándolo. Vi el dolor cruzarle el rostro entero ante mi negativa, un dolor que reconocí de inmediato porque era el mismo que yo llevaba cargando desde la primera noche en Moscú, la frustración amarga de no poder proteger a quien más se ama. —Está bien —dijo finalmente, después de un silencio largo, tragándose las preguntas que seguramente todavía le quemaban la garganta—. Está bien, mi niña. Confío en ti. Siempre voy a confiar en ti. Nos sentamos juntos en el borde de la cama, con mi cabeza apoyada contra su hombro y sus manos rodeándome la espalda como si nunca más quisiera soltarme. Le hablé de cosas pequeñas, de recuerdos compartidos, evitando con cuidado cualquier mención a Kael, a Kai, o a la vida entera que había construido, mitad de verdad y mitad de actuación, dentro de aquella familia que ahora también lo tenía a él bajo su alcance. —Tu madre... —empezó de pronto, con la voz quebrándose apenas al pronunciar la palabra, y sentí cómo el brazo que me rodeaba se tensaba entero—. No he dejado de pensar en ella ni un solo día, Mila. En cómo la encontré esa noche, en que no pude hacer nada por ella ni por ti. Sentí que el pecho se me apretaba con una punzada conocida, la misma que llevaba un mes entero cargando en soledad, y sin decir nada, apoyé la cabeza contra su hombro, dejando que las lágrimas volvieran a brotarme sin ningún esfuerzo por contenerlas. —Yo tampoco he dejado de pensar en ella —dije, con la voz apenas audible—. Todos los días, papá. —Ella te protegió hasta el final —murmuró él, con la voz rota, apretándome contra su pecho con una fuerza desesperada—. Y yo no estaba ahí para protegerlas a las dos. —No fue tu culpa, papá —respondí, abrazándolo con fuerza, dejando que ambos compartiéramos por fin ese duelo que yo había cargado sola durante todo un mes entero—. No fue culpa de ninguno de los dos. Nos quedamos abrazados un largo rato, compartiendo por primera vez ese dolor que yo había tenido que sostener sola desde la noche del disparo, y sintiendo que aquel abrazo era lo más parecido a un consuelo real que había sentido desde entonces.—Una hora —repitió Kael, apartándose apenas de la puerta para dejarme espacio—. Después vamos a tocar, y vas a tener que despedirte otra vez. ¿Entendido, Mila? —Entendido —susurré, con la voz apenas audible, aunque cada palabra me costara un esfuerzo enorme. Kai abrió la puerta y me hizo un gesto suave con la mano, invitándome a entrar, como si aquello fuera, en su mente, el regalo más generoso que pudiera darme en el mundo entero. Crucé el umbral y cerré la puerta detrás de mí con las manos temblando sin control. Ahí estaba. Sentado junto a la ventana, con la espalda un poco encorvada y las manos libres apoyadas sobre las piernas, como si todavía no terminara de entender del todo dónde se encontraba. En cuanto escuchó la puerta cerrarse, giró el rostro hacia mí, y sus ojos, esos mismos ojos firmes que recordaba, se abrieron de par en par. —¿Mila? —su voz salió quebrada, insegura, como si no se atreviera del todo a creer lo que estaba viendo—. ¿Mila, eres tú? Por favor, dime que
El auto avanzaba despacio por el camino privado que conectaba ambas propiedades, y el silencio dentro del vehículo se sentía cargado de algo que no lograba nombrar del todo. Iba sentada en medio, con Kai a mi derecha y Kael a mi izquierda, y los dos me sostenían una mano cada uno, como si temieran que fuera a desvanecerme entre ellos si me soltaban un segundo. —Ya casi llegamos —anunció Kai, apretándome los dedos con esa emoción suya que nunca terminaba de apagarse, mirando por la ventanilla el paisaje que empezaba a repetirse ante mis ojos—. Vas a amar esto, Mila. Te lo prometo. —Siguen sin decirme nada —protesté, aunque una sonrisa se me escapó entre las palabras, contagiada sin remedio del entusiasmo que ambos llevaban pegado a la piel desde que salimos de la casa principal. —Es una sorpresa —repitió Kael, con esa media sonrisa torcida que tan bien conocía, sin apartar los ojos de mí ni por un instante—. Y las sorpresas se arruinan cuando las cuentas antes de tiempo. El auto to
—Bienvenida de vuelta, Mila —dijo ella, con un tono ligero—. Espero que la isla haya sido todo lo que esperabas. —Fue de lo mejor —respondí, con una calma que ya no me costaba sostener frente a ella, dejando que la conversación siguiera su curso sin darle mayor peso al momento. Subimos todos juntos a los autos que esperaban alineados sobre la pista, y el trayecto hacia la casa principal se hizo entre comentarios ligeros sobre el clima, sobre algún pariente que había llamado preguntando por nosotros, y sobre lo distinto que se veía todo bajo el cielo gris de Moscú después de tantos días de sol constante. Cordelia no dejó de hablar en ningún momento, entusiasmada, preguntando sobre cada rincón de la isla que habíamos visitado, prometiendo que quería escuchar cada detalle con calma en cuanto tuviéramos tiempo de sentarnos juntas. —No se me van a escapar sin contarme del rancho —advirtió, señalándonos con un dedo juguetón apenas el auto se detuvo frente a la entrada—. Pero primero, vam
Martes 21, abril, 2020 El sonido de las maletas cerrándose fue lo último que quedó del paraíso que habíamos tenido para nosotros solos. Me quedé un instante de pie en medio del dormitorio, observando cómo la luz de la mañana entraba todavía tibia por el ventanal que daba al mar, y sentí una punzada pequeña de tristeza al pensar que esa vista, ese silencio interrumpido apenas por las olas, quedaría atrás en cuestión de horas. —¿Ya estás lista? —preguntó Kai, asomándose por la puerta con una maleta bajo el brazo y esa sonrisa que nunca terminaba de apagarse del todo—. El auto nos espera en la entrada. —Casi —respondí, cerrando el último cierre de mi bolso de mano—. Todavía no puedo creer que ya nos vayamos. —Vamos a volver —aseguró él, acercándose para dejarme un beso breve en la sien—. Esta isla no va a ninguna parte, bonita. Kael apareció detrás, ya vestido con un pantalón oscuro y una camisa clara, revisando algo en su teléfono antes de guardarlo en el bolsillo y acercarse tambi
—¿En qué piensas? —preguntó Kai al fin, recostando la cabeza sobre mi regazo sin ningún pudor, mirándome desde abajo con esos ojos claros llenos de una calidez que ya no sabía nombrar del todo. —En que este lugar se siente distinto a todo lo demás —respondí, pasando los dedos distraídos por su cabello oscuro—. Aquí no hay boutiques, ni joyerías, ni gente mirando. Solo esto. —Por eso quise traerte —dijo él, cerrando los ojos un instante bajo el roce de mis dedos—. Quería que vieras que no todo entre nosotros tiene que ser tan... grande. A veces solo necesitamos esto. Kael, sentado un poco más atrás, apoyado sobre los codos con la mirada perdida en el horizonte, dejó escapar un suspiro bajo que atrajo mi atención de inmediato. —¿Kael? —lo llamé, girándome un poco hacia él—. ¿Todo bien? Él tardó un instante en responder, como si estuviera midiendo cada palabra antes de dejarla salir. —Solo pensaba en que, hace un mes, jamás hubiera imaginado sentarme en un lugar como este contigo s
El camino hacia el interior de la isla se abría entre matorrales bajos y flores silvestres que rozaban las ruedas del convertible a cada curva. Kai conducía con una sonrisa que no lograba disimular, mirándome de reojo por el espejo retrovisor cada pocos segundos, mientras Kael, sentado a mi lado, mantenía esa calma suya tan característica, aunque el brillo travieso en sus ojos lo delataba tanto como a su hermano. —¿Todavía no me van a decir nada? —pregunté, cruzándome de brazos con un puchero fingido que le sacó una risa baja a Kael. —Paciencia, Mila —respondió él, apretándome la rodilla con suavidad—. Ya casi llegamos. El auto redujo la velocidad al alcanzar un sendero de tierra flanqueado por cercas de madera vieja, y entonces lo vi: un rancho pequeño y rústico, con establos de techo bajo y un corral abierto donde media docena de caballos pastaban tranquilos bajo el sol de la mañana. Más allá, la tierra se elevaba en colinas suaves cubiertas de hierba dorada, y a lo lejos, apenas







