LOGINPOV de Hazel
La cena de aquella noche fue la más completa que había tenido la mesa desde que llegué.
Odette había puesto seis cubiertos en lugar de tres, y para cuando bajé, la mayoría ya estaban ocupados. Warren me asintió desde su sitio habitual. Mara se sentaba dos sillas más abajo, más callada que nunca, picoteando la comida más que comiéndola. Frente a ellos se sentaban dos personas a las que todavía no había conocido: una mujer de ojos afilados y cansados y un hombre a su lado que no dejaba de mirarla como si esperara permiso para hablar.
—Hazel —dijo Odette, dejando un bol delante de mí—, estos son Marguerite y Owen.
—Eres la nieta. —Marguerite lo dijo de forma plana, más observación que saludo, su mirada recorriéndome con el tipo de evaluación que se sentía como ser catalogada—. Te pareces a ella. Alrededor de los ojos.
—¿Conocías a mi abuela?
—Todo el mundo aquí conocía a tu abuela —dijo Marguerite, como alguien que menciona el tiempo, algo corriente, esperado—. Algunos de nosotros mejor que otros.
Owen se movió en su asiento a su lado, y capté la mirada que pasó entre ellos, rápida, cargada, el tipo de mirada que comparten dos personas con una historia que no me iban a explicar durante la cena.
—¿Cuánto tiempo lleváis alojados aquí? —pregunté, sobre todo por costumbre a estas alturas, esperando la misma respuesta evasiva y no respuesta que había obtenido de todos los demás.
—Desde la primavera —dijo Owen.
—Desde la cosecha —dijo Marguerite, casi al mismo tiempo.
Se miraron el uno al otro. Algo pasó de nuevo entre ellos, más tenso esta vez, menos un secreto compartido y más una incomodidad compartida.
—¿Qué primavera? —dije con cuidado—. ¿La de este año?
Ninguno de los dos respondió de inmediato. Owen abrió la boca, la cerró otra vez. La mandíbula de Marguerite se tensó y, durante un momento, pareció menos molesta y más genuinamente inquieta, como si la pregunta hubiera llegado a un lugar al que no le gustaba que tocaran.
—El tiempo se mueve de forma extraña por aquí —dijo por fin, repitiendo casi palabra por palabra lo que Mara me había dicho mi primera mañana—. Tú también dejarás de llevar la cuenta con tanto cuidado, eventualmente.
—No planeo quedarme aquí el tiempo suficiente como para perder la noción de nada.
Warren, desde el final de la mesa, hizo un pequeño sonido que podría haber sido una risa, si no hubiera llevado tan poco humor en ella.
—Eso es lo que dije yo una vez.
La mesa se quedó en silencio después de aquello de una forma que se sintió deliberada, como un tema que todos habían acordado en silencio no seguir delante de mí. Odette se movía alrededor rellenando los vasos de agua con la eficacia enérgica de alguien que intentaba suavizar un momento incómodo mediante pura competencia doméstica, y la conversación se desvió, con cuidado, hacia temas más seguros. El tiempo. El jardín que Odette esperaba volver a poner en forma antes de que se volviera realmente frío. Si el tejado necesitaría reparaciones antes de que llegara el invierno.
Dejé que la charla trivial me llevara un rato, sobre todo porque no sabía qué más hacer con la extraña e inquietante incomodidad que se asentaba en mi pecho. Pero a mitad de la comida, noté que Owen me observaba, no con dureza, sino con algo parecido al reconocimiento, la misma mirada que Odette me había dedicado aquella primera noche en el umbral.
—¿Le recuerdas a alguien? —dijo Marguerite, siguiendo mi mirada hacia Owen sin que yo hubiera dicho nada en absoluto—. No le hagas caso. Él hace eso.
—¿A quién me recuerda?
—No importa —dijo Owen rápidamente, antes de que Marguerite pudiera responder por él—. Vieja costumbre. Disculpas.
Quise insistir, de la misma forma en que había querido insistir con Warren, de la misma forma en que había querido insistir con Odette una docena de veces en los últimos tres días, pero algo en la tensión alrededor de los ojos de Owen me dijo que esta puerta en concreto se cerraría más rápido que cualquiera de las otras, y lo dejé pasar, archivando el momento junto al resto de los pequeños y desajustados detalles que empezaban a acumularse más rápido de lo que yo podía darles sentido.
Después de la cena, me demoré en el comedor mientras los demás se dispersaban hacia sus veladas, observando cómo la última luz del día se desvanecía gris e informe detrás de la niebla fuera de las ventanas. Odette recogía los platos y la intercepté antes de que desapareciera de nuevo en la cocina.
—Marguerite y Owen —dije—. ¿Qué pasó entre ellos?
Las manos de Odette se detuvieron solo un instante sobre la pila de platos.
—Esa es su historia para contar, si alguna vez eligen hacerlo.
—Todo el mundo sigue diciendo eso. Su historia, sus asuntos, no me corresponde preguntar. ¿En qué momento se convierte exactamente en mía? Ahora soy la dueña de este lugar.
—Poseer la posada —dijo Odette en voz baja, no sin amabilidad— y entenderla no son lo mismo, Hazel. Yo tendría cuidado de asumir que lo primero te da lo segundo tan rápido.
Se fue antes de que pudiera preguntar exactamente qué se suponía que significaba aquello, y me quedé sola en el comedor un rato más, escuchando cómo la niebla presionaba suave y silenciosa contra el cristal, contando las formas en que esta herencia ya había dejado de sentirse como el simple trámite que yo había llegado esperando que fuera.
POV de HazelLlegó justo después del anochecer, mientras yo todavía daba vueltas a las páginas arrancadas del libro de cuentas en la mente, medio convencida de que me había imaginado toda la conversación con Odette hasta que oí abrirse la puerta principal abajo.No esperaba a nadie. Por lo que entendía de la extraña aritmética de la posada, los huéspedes no llegaban aquí simplemente de la forma en que podrían hacerlo en cualquier establecimiento ordinario: eran atraídos, tirados, marcados antes incluso de comprender lo que les estaba ocurriendo. Así que cuando bajé las escaleras y encontré a un desconocido de pie en el vestíbulo, la lluvia oscureciendo los hombros de su abrigo, sentí que algo se desplazaba en el aire de la casa misma, una especie de atención que se reunía y que no habría sabido explicar aunque lo intentara.Era alto, lo bastante ancho de hombros como para llenar el umbral a sus espaldas, el cabello oscuro húmedo y peinado hacia atrás, y cuando levantó la vista y me vi
POV de HazelPasé la mayor parte de aquella tarde revisando la habitación de mi abuela como es debido, ya no contenta con dejar el libro de cuentas a medio leer sobre el escritorio mientras esperaba a que otras personas decidieran cuánta verdad yo podía soportar.La habitación no había entregado mucho en mi primer paseo: un chal, un libro sin terminar, los objetos ordinarios de una vida vivida en silencio en un solo lugar durante décadas. Pero no había mirado debajo de las cosas antes. No había abierto el armario, no había comprobado debajo de la tabla del suelo suelta que solo encontré porque pisé mal y sentí que cedía ligeramente bajo mi peso.Debajo de la tabla había una pequeña caja de madera, la tapa pegada por la edad, y dentro de ella, envuelto en un cuadrado de tela desteñida, había un segundo libro de cuentas.Este era más antiguo que el primero, la cubierta de cuero agrietada y suave por el manejo, las páginas del interior llenas de una letra que no era en absoluto la de mi
POV de HazelMe quedé dormida en el escritorio pasado medianoche, con la mejilla apoyada sobre una página abierta del libro de cuentas, y me desperté con un tortícolis y la lámpara todavía encendida, el aceite bajo, la llama parpadeando débilmente contra la luz del amanecer que empezaba a filtrarse por las cortinas.El libro de cuentas me dijo menos de lo que esperaba y más de lo que anticipaba. Nombres, fechas, breves anotaciones en una letra que ahora reconocía como la de mi abuela, pequeña e inclinada y presionada con tanta fuerza sobre la página que podía sentir la marca con la yema del dedo. La mayoría de las entradas eran mundanas: números de habitación, preferencias de comida, la contabilidad ordinaria de dirigir una posada. Pero esparcidas entre ellas había otras, marcadas con un pequeño símbolo que no reconocía, un círculo con una línea atravesándolo, siempre junto a un nombre, siempre seguido de una fecha que no aparecía en ningún otro lugar de las demás entradas de aquel hu
POV de HazelOdette me condujo al pequeño saloncito junto a la cocina, uno que no había visto antes, escondido detrás de una puerta que yo había asumido que era una despensa. Dentro era más pequeño y más cálido que el resto de la posada: un fuego ya encendido aunque yo no había notado a nadie atendiendo, dos sillones gastados frente a frente a través de una mesita baja, una única ventana que daba a un tramo de jardín salvaje de otoño. Se sentía como una habitación construida exactamente para este tipo de conversación: el tipo que necesita privacidad, un fuego y algo sólido a lo que aferrarse mientras el suelo se mueve debajo de ti.—Siéntate —dijo, y lo hice, sobre todo porque las piernas ya no se sentían del todo de fiar.No se sentó de inmediato. Se quedó de pie junto al fuego un momento, las manos envueltas la una en la otra, eligiendo las palabras con el mismo cuidado que había usado en cada evasiva desde que llegué, excepto que esta vez, comprendí, el cuidado no estaba destinado a
POV de HazelDecidí conducir hasta el pueblo en mi cuarta mañana, sobre todo para demostrarme a mí misma que todavía podía.No era un recado complicado. Necesitaba compras que Odette no había abastecido, algunas cosas propias en lugar de las extrañas y atentas comidas que seguían apareciendo independientemente de lo que pidiera, y más que eso, necesitaba una hora lejos de los silencios cuidadosos y las frases a medias de la posada. Necesitaba sentarme en mi coche con la radio puesta y no pensar en cláusulas de residencia, ni en los ojos cansados de Warren, ni en la forma en que Owen me había mirado como si yo fuera un fantasma llevando la cara de otra persona.La mañana estaba despejada por primera vez desde que llegué; la niebla se había adelgazado hasta convertirse en una bruma pálida que se pegaba baja a la línea de árboles en lugar de tragar toda la propiedad de golpe. Lo tomé como una buena señal, de forma necia, y salí del camino de grava con algo parecido al alivio.El camino h
POV de HazelLa cena de aquella noche fue la más completa que había tenido la mesa desde que llegué.Odette había puesto seis cubiertos en lugar de tres, y para cuando bajé, la mayoría ya estaban ocupados. Warren me asintió desde su sitio habitual. Mara se sentaba dos sillas más abajo, más callada que nunca, picoteando la comida más que comiéndola. Frente a ellos se sentaban dos personas a las que todavía no había conocido: una mujer de ojos afilados y cansados y un hombre a su lado que no dejaba de mirarla como si esperara permiso para hablar.—Hazel —dijo Odette, dejando un bol delante de mí—, estos son Marguerite y Owen.—Eres la nieta. —Marguerite lo dijo de forma plana, más observación que saludo, su mirada recorriéndome con el tipo de evaluación que se sentía como ser catalogada—. Te pareces a ella. Alrededor de los ojos.—¿Conocías a mi abuela?—Todo el mundo aquí conocía a tu abuela —dijo Marguerite, como alguien que menciona el tiempo, algo corriente, esperado—. Algunos de no







