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La lluvia ya había cesado, pero la noche aún conservaba un frío húmedo que se le calaba a Evander hasta los huesos. Estaba de pie frente a la sala VIP privada de The Velvet Lounge, parcialmente empapado por la lluvia que había caído unas horas antes, sosteniendo con cuidado un termo.
Dentro del recipiente había un congee, una papilla suave y reconfortante para el estómago, que había pasado las últimas tres horas preparando.
Rosalie tenía una reunión de negocios con un cliente y él sabía que tendría que beber durante la reunión, así que preparó la papilla y la llevó rápidamente para estar allí y cuidarla.
Sonrió al mirar el termo y extendió la mano hacia la manija de la puerta, pero antes de que pudiera girarla, oyó la voz de Vivienne, la amiga de su esposa, aguda y divertida.
No sabía qué lo hizo detenerse a escuchar; al fin y al cabo, Vivienne era amiga de ella. Quizás solo estaban charlando sobre moda, pero aun así decidió esperar.
—Entonces… —la voz de Vivienne atravesó la puerta—. Bryan regresa a Manhattan mañana —dijo, y su tono goteaba chisme—. ¿Qué vas a hacer al respecto, Rosalie? Sabes muy bien cuánto odia a los infieles.
La mano de Evander se congeló en el aire y frunció el ceño, confundido. ¿De qué demonios estaban hablando? Y… ¿Bryan?
Hubo una pausa. Contuvo la respiración, esperando que Rosalie dijera algo en su defensa, que se riera de lo absurdo de lo que Vivienne acababa de decir.
En cambio, escuchó una risita baja de Rosalie, que luego habló:
—Cuando Bryan vuelva por mí, me divorciaré de Evan. Sabes que solo fue una relación casual que terminó en un matrimonio de conveniencia después de que Bryan se fue al extranjero. En realidad no esperaba que se prolongara tanto —suspiró.
El corazón de Evander se detuvo y el termo en sus manos de pronto se sintió increíblemente pesado. Las palabras «una relación casual y un matrimonio de conveniencia» resonaban una y otra vez en su cráneo, ahogando el suave jazz que sonaba dentro del bar.
Hacía tres años, cuando Bryan se fue del país, Rosalie había quedado destrozada y se puso a buscar desesperadamente a alguien que la ayudara a reparar su corazón roto. Entonces vio a Evander.
Evander era encantador sin esfuerzo, de complexión fuerte, ojos azules y cabello negro que le caía sobre el rostro. Rosalie vio en él al sustituto perfecto de Bryan.
Lo persiguió sin descanso, siempre se presentaba en su puerta, mostrándose vulnerable, pidiéndole que fuera suyo.
Él terminó aceptando porque Rosalie también era deslumbrante, pero además sentía un amor secreto por ella. Así que, cuando ella llegó arrastrándose hasta él, se sintió inmensamente feliz y la recibió con los brazos abiertos.
Le dio todo para asegurarse de que siempre fuera feliz. Cuando ella se graduó de la escuela de moda y quiso fundar su propia casa de moda, Evander liquidó discretamente cinco millones de dólares de sus ahorros personales para financiarla y usó su vasta red oculta de contactos para abrirle puertas en secreto. Se había apartado de la dirección de su propio conglomerado multinacional, ocultando su identidad como presidente del Imperio Blackthorne con tal de quedarse en casa, cocinar para ella y organizar su vida para que ella pudiera perseguir sus sueños.
Simplemente pensaba que eran una pareja moderna que expresaba el amor de maneras distintas, pero había sido un tonto. ¡Un tonto enorme!
Dentro de la sala, Vivienne soltó una risa cruel:
—Sinceramente, Rosalie, es lo mejor. Ese hombre… ¿cómo se llamaba?… Ah, sí, Evan, no tiene carrera. Durante tres años ha estado revoloteando a tu alrededor como un cachorro perdido. Cuando te divorcies, dale unos millones como regalo de despedida —se burló—. Probablemente ni ganaría tanto en toda una vida de trabajo de verdad.
Evander seguía allí, esperando. Una parte necia de él había albergado la esperanza de que Rosie, al menos, desmintiera lo que Vivienne decía y le ordenara callarse. Pero no lo hizo, y el silencio al otro lado de la sala fue una traición más ruidosa de lo que habrían sido las palabras.
Algo dentro de Evander se quebró y la calidez que había llevado consigo durante tres años se convirtió en ceniza. Apretó los dientes y empujó la puerta con violencia; la madera se abrió de par en par y golpeó contra la pared interior.
La sala privada quedó en silencio al instante. Rosalie y Vivienne dieron un respingo, con los ojos muy abiertos, mirando al hombre en el umbral.
El rostro de Rosalie palideció de inmediato.
—Evan… —balbuceó, dejando su copa de champán sobre la mesa—. ¿Cuánto tiempo llevas ahí parado? Puedo explicarlo…
Él caminó hacia delante con zancadas largas, y sus pasos resonaron sobre el suelo de mármol. Mantuvo la mirada fija en Rosalie y, sin decir palabra, colocó el termo de papilla, ya tibio, sobre la mesa justo frente a ella.
—No hace falta que expliques —dijo Evander, con una voz terriblemente calmada, desprovista por completo de la calidez y la paciencia que le había mostrado durante años—. Si quieres el divorcio, está bien. Mañana por la mañana estoy libre. Mejor me voy por mi cuenta.
Rosalie abrió la boca y lo miró con los ojos muy abiertos, completamente atónita. Estaba acostumbrada al Evander tolerante, el hombre que perdonaba sus llegadas tarde, el hombre que jamás alzaba la voz. Nunca lo había visto con una mirada tan fría.
Evander giró sobre sus talones y salió sin pronunciar otra palabra a Rosalie. Ni siquiera se molestó en recordarle que bebiera agua antes de dormir, ni en decirle que la amaba, como siempre hacía antes de dejarla. Simplemente se marchó.
Vivienne soltó una risa nerviosa, intentando romper la tensión:
—Vaya, tu marido tiene bastante carácter, ¿no?
Rosalie no respondió. Sentía el pecho vacío y un pánico aplastante le subía por la garganta mientras miraba el umbral desierto.
Su teléfono vibró sobre la mesa y ella bajó la vista. Era un mensaje de Bryan: «Aterrizo mañana a las diez de la mañana. Te he extrañado tanto, mi amor. Han sido tres años largos. No sé si querrás verme mañana».
Rosalie miró fijamente la pantalla, con los dedos temblorosos. Antes de que pudiera escribir una respuesta, Vivienne le arrebató el teléfono de la mano.
—Claro que quiero verte, cariño —escribió Vivienne rápidamente, y le dio a enviar—. Te he amado más que a nadie en esta vida.
—¡Vivienne! —exclamó Rosalie, tratando de alcanzar el teléfono—. ¡Devuélvemelo! ¡Sabes que soy una mujer casada!
Vivienne puso los ojos en blanco y lanzó el teléfono de vuelta al sofá.
—Mañana te divorcias, Rosalie. Después del divorcio ya no cuenta como infidelidad. Llevas años enamorada de Bryan —se encogió de hombros, recostándose en la silla—. Solo te estoy dando el empujón que necesitas.
—
Afuera, el aire frío de la noche golpeó a Evander como una ola. Apretó los puños con fuerza, sintiéndose vaciado, como si alguien le hubiera arrancado el corazón del pecho con un cuchillo.
Entonces el dolor hueco en su pecho fue reemplazado poco a poco por algo mucho más peligroso. No sabía cuánto de los últimos tres años había sido real y, francamente, ya no le importaba.
Se quedó junto a la acera, con las farolas proyectando largas sombras sobre el pavimento mojado. Metió la mano en el bolsillo y sacó un teléfono negro y elegante. Era un teléfono que no había encendido en tres años, un teléfono que pertenecía únicamente al presidente del Imperio Blackthorne.
Respiró hondo y marcó un número.
La llamada se conectó después de dos timbres. Al otro lado, a un hombre se le atoró la voz en la garganta, claramente atónito. Luego la voz bajó, temblando de incredulidad y profundo respeto.
El hombre al otro lado, Silas, su jefe de seguridad de toda la vida, soltó una bocanada de aire brusca:
—¿Señor? ¿Es usted? Pensábamos… pensábamos que seguía en su año sabático. El Viejo Maestro ha estado preguntando…
—El año sabático terminó —lo interrumpió Evander. No alzó la voz, pero la autoridad en ella era absoluta—. Escucha con atención, porque lo diré una sola vez.
Silas guardó silencio de inmediato.
—Inicia el Protocolo Cero contra la casa de moda Laurent —dijo Evander, con la mirada fija en una farola lejana—. A partir de este momento, Blackthorne Industries retira toda la financiación en la sombra. Termina todas las sociedades silenciosas. Cobra todos los favores que arreglamos para ella. Quiero que quede cortada de cada proveedor, cada inversionista y cada cliente que respire gracias a mi nombre. Hazlo antes del amanecer.
Hubo una pesada pausa en la línea.
—Señor… el Protocolo Cero destruirá su empresa. Sin nuestro respaldo, estará en bancarrota en menos de una semana.
—Lo sé —dijo Evander. Su tono era completamente indiferente, como si Silas le acabara de informar sobre el clima.
—Pero, señor —insistió Silas, con la voz temblando de confusión—, usted iba a revelarle su identidad a la joven señora hoy. Tenía el jet listo para llevarla a conocer al Viejo Maestro. Usted dijo… dijo que quería darle el mundo.
Evander miró de nuevo las ventanas iluminadas de The Velvet Lounge. No sintió una punzada de arrepentimiento ni de dolor.
No sintió nada en absoluto.
—Ella tomó su decisión —dijo Evander, con la voz descendiendo a un murmullo grave y letal—. Quería una relación casual. Yo simplemente la estoy volviendo profesional… ¿Y Silas?
—¿Sí, señor?
—Si alguien, y digo alguien, pregunta dónde estoy, no sabes nada. Yo nunca estuve aquí. No vuelvas a mencionar el apellido Laurent en mi presencia. Si lo haces, te encontrarás reemplazado.
—Pero, señor, el Viejo Maestro…
Evander colgó.
Luego dejó caer el teléfono negro de vuelta en su bolsillo, le dio la espalda a la vida que había construido durante tres años y se adentró en las sombras.
El Evander Blackthorne que había cocinado papilla y esperado pacientemente en casa había muerto.
Rosalie apenas durmió esa noche. Cada vez que cerraba los ojos, recordaba a Evan de pie en su oficina, mirándola como si fuera una extraña. Era difícil conciliar al hombre frío que había ordenado a seguridad que la sacara con el esposo que solía prepararle el desayuno y soportar con paciencia sus quejas.Pero Evan no era la única persona en su mente. La grabación de Vivienne había planteado preguntas que ya no podía ignorar.Al principio, había creído que era una prueba de que Evan intentaba apoderarse de la casa de moda Laurent. Ahora se preguntaba si Vivienne sabía más de lo que admitía. ¿La había animado deliberadamente a desconfiar de su esposo? ¿Había conocido la identidad de él antes de que Rosalie la descubrie
Bryan se quedó paralizado, con la boca ligeramente abierta, mirando a Evander Blackthorne junto a la ventana. La arrogancia que había llevado a la oficina había desaparecido. Sus ojos fueron de Evander al logotipo del Imperio Blackthorne grabado en relieve en la pared y regresaron al hombre del que tanto se había burlado. Se esforzó por darle sentido a lo que veía.—Evander —logró decir por fin Bryan, con la voz quebrándosele—. ¿Qué… qué es esto? ¿Qué haces aquí?Evander no lo miró ni reconoció siquiera la presencia de Rosalie. Simplemente se ajustó los puños de la camisa, manteniendo la mirada en el horizonte de la ciudad al otro lado del cristal.—No recuerdo
Rosalie miró fijamente a Evander, con los ojos muy abiertos y el nombre muriéndosele en los labios.—Evander…—Es evidente que usted no ha venido por negocios —la interrumpió él antes de que pudiera decir otra palabra. Su voz estaba despojada de toda calidez, una hoja de puro hielo—. Y no aprecio el comportamiento poco profesional en mi oficina. Tengo trabajo que hacer, y no voy a pasar el resto de la mañana discutiendo un matrimonio que ya terminó.Rosalie se quedó inmóvil, con la respiración entrecortada. Había esperado ira. Había esperado gritos, quizás incluso acusaciones. Nunca había imaginado que él la miraría como si fuera una visitante indeseada que dejaba huellas de lodo sobre sus impecables suelos.Dio un paso vacilante y tembloroso hacia el escritorio de él.—Por favor, solo mírame.Él no se movió. Su mirada permaneció fija en los documentos que tenía delante.—Evander, sé que estás herido. Sé que tienes todas las razones para estar enojado conmigo, pero por favor no me exc
—Señorita Laurent, el presidente está listo para recibirla.Rosalie respiró hondo en silencio y se arregló la chaqueta antes de ponerse de pie. Había pasado los últimos minutos esperando en el salón de recepción, tratando de calmar la inquietud que se le había instalado en el estómago desde que llegó al Imperio Blackthorne. La condición inusual de esta reunión todavía la perturbaba, pero la casa de moda Laurent se estaba quedando sin opciones, y no podía permitir que su incomodidad personal se interpusiera en una posible oportunidad de negocio.—Hemos llegado, señorita Laurent.La mujer se detuvo frente a unas imponentes puertas dobles y abrió una de ellas.Rosalie asintió en señal de agradecimiento antes de entrar.Lo primero que notó fue la vista impresionante más allá de los ventanales que iban del suelo al techo. La ciudad se extendía bajo la oficina, con sus edificios pareciendo casi insignificantes desde semejante altura. La sala era espaciosa y estaba amueblada con buen gusto,
Durante las últimas tres horas, Rosalie no había podido concentrarse en nada que no fuera la reunión. La casa de moda Laurent se estaba quedando sin opciones, y el Imperio Blackthorne seguía siendo su mejor oportunidad de conseguir el apoyo que necesitaba desesperadamente. Había esperado que la reunión fuera difícil, pero estaba preparada para enfrentar cualquier pregunta que el presidente pudiera hacer sobre su empresa.Lo que no había esperado era la expresión de Linda cuando cruzó la puerta.—¿Pasa algo? —preguntó Rosalie, levantando la vista de los documentos esparcidos sobre su escritorio.Linda dudó antes de acercarse.—He recibido una respuesta de la oficina del presidente del Imperio Blackthorne.Rosalie se enderezó de inmediato.—¿Y?—Están dispuestos a seguir adelante con la reunión, pero hay una condición.La expresión esperanzada de Rosalie se desvaneció ligeramente.—¿Qué condición?Linda miró el mensaje en su tableta antes de responder.—El presidente quiere saber si ust
Por un momento, Rosalie no dijo nada.La grabación la había inquietado desde que Vivienne se la mostró. Recordaba las palabras, la manera en que Vivienne las había explicado y la conclusión a la que había llegado a partir de lo que vio. En ese momento, todo había parecido encajar, sobre todo con el comportamiento cada vez más distante de Evan.Pero ahora, al intentar conciliar esas acusaciones con el hombre con el que había vivido durante tres años, empezaron a surgirle dudas.Evan había estado ahí cuando el negocio de ella atravesaba dificultades. La había apoyado en los días difíciles, se había quedado a su lado cuando estaba agotada y la había animado cuando pensaba que ya no podía seguir.—¿Y si malinterpretaste lo que viste? —preguntó Rosalie en voz baja.—¿Qué acabas de decir?—No estoy diciendo que mientas. Estoy diciendo que quizás malinterpretaste la grabación. No conozco el contexto completo de lo que Evan estaba hablando, y no creo que deba suponer lo peor sin saberlo todo.







