로그인Rosalie miró fijamente a Evander, con los ojos muy abiertos y el nombre muriéndosele en los labios.
—Evander…
—Es evidente que usted no ha venido por negocios —la interrumpió él antes de que pudiera decir otra palabra. Su voz estaba despojada de toda calidez, una hoja de puro hielo—. Y no aprecio el comportamiento poco profesional en mi oficina. Tengo trabajo que hacer, y no voy a pasar el resto de la mañana discutiendo un matrimonio que ya terminó.
Rosalie se quedó inmóvil, con la respiración entrecortada. Había esperado ira. Había esperado gritos, quizás incluso acusaciones. Nunca había imaginado que él la miraría como si fuera una visitante indeseada que dejaba huellas de lodo sobre sus impecables suelos.
Dio un paso vacilante y tembloroso hacia el escritorio de él.
—Por favor, solo mírame.
Él no se movió. Su mirada permaneció fija en los documentos que tenía delante.
—Evander, sé que estás herido. Sé que tienes todas las razones para estar enojado conmigo, pero por favor no me excluyas así. No antes de que tengamos la oportunidad de hablar.
Evander presionó un botón del teléfono de su escritorio y se llevó el auricular al oído.
—Seguridad, necesito asistencia en mi oficina.
Rosalie se quedó helada. La sangre abandonó su rostro y la dejó mareada.
—¿Seguridad? —repitió suavemente, y la palabra apenas fue un susurro.
Evander terminó la llamada sin responderle.
Unos segundos después, dos oficiales de seguridad aparecieron en la puerta. Entraron con respeto, con expresiones neutrales y profesionales, esperando instrucciones.
Evander mantuvo la mirada en los papeles.
—Por favor, acompañen a la señorita Laurent fuera de la oficina.
Rosalie lo miró, con los ojos abriéndosele cada vez más mientras la brutal realidad la inundaba.
—¿Es este de verdad el hombre con el que me casé? —susurró, con la voz quebrándosele—. ¿Me estás llamando a seguridad?
Él no dijo nada. El silencio fue un golpe físico.
Los guardias se le acercaron con cuidado.
—Señorita Laurent —dijo uno de ellos con cortesía—, por favor venga con nosotros.
Rosalie no se movió. Miró a Evander, buscando en su rostro, desesperada por alguna señal de que pudiera cambiar de opinión, de que por fin la mirara y reconociera el agonizante dolor en los ojos de ella. Pero él permaneció detrás de su escritorio, con una expresión fría y controlada.
En lugar de seguir a los guardias, dio otro paso hacia él y alcanzó su brazo.
—Evander, por favor —suplicó, con la voz quebrada.
Antes de que sus dedos pudieran tocar la tela del traje, él retiró el brazo y se ajustó la chaqueta, como si su contacto fuera algo que ya no podía permitirse recibir con agrado.
El movimiento fue pequeño, casi sin esfuerzo, pero Rosalie sintió que el corazón se le encogía dolorosamente en el pecho.
Evander se levantó de su silla y se volvió hacia los ventanales que iban del suelo al techo. Metió las manos en los bolsillos, apretando los puños con fuerza donde ella no pudiera verlos. Se obligó a permanecer quieto, aun cuando cada instinto dentro de él le gritaba que se diera la vuelta.
Podía oír el temblor en la voz de ella. Podía imaginar las lágrimas acumulándose en sus ojos. Cada parte de él, el hombre que había pasado tres años memorizando el sonido de la risa de ella, el hombre que le había cocinado papilla y la había abrazado cuando lloraba, quería tomarla entre sus brazos y consolarla.
Habría sido tan fácil.
Todo lo que tenía que hacer era mirarla, y sabía que empezaría a flaquear. Si ella lloraba frente a él un minuto más, podría olvidar cada razón que se había dado para marcharse. Podría alcanzarla, perdonarla antes de que ella siquiera hubiera comprendido la profundidad del dolor de él, y permitirse volver a ser el hombre que sacrificaría su propio corazón solo por verla sonreír.
Había cometido ese error durante tres años.
No podía cometerlo de nuevo.
—Señorita Laurent —repitió el guardia con suavidad—, necesitamos que venga con nosotros.
Rosalie por fin permitió que le tomaran los brazos. El agarre era cuidadoso, dándole espacio para caminar sin forzarla, pero la idea de ser sacada de la oficina de su esposo mientras él se negaba a mirarla resultaba casi insoportable.
Miró por encima del hombro una última vez.
—Evander, no me hagas esto.
Él permaneció en silencio.
—Evander, por favor. Soy tu esposa.
Los hombros de él se tensaron de forma casi imperceptible, pero no se dio la vuelta.
Justo cuando los guardias empezaban a guiar a Rosalie hacia la puerta, la pesada puerta de roble se abrió de golpe.
Bryan Sullivan irrumpió en la oficina, con el pecho hinchado y los ojos ardiendo de una furia protectora y teatral.
—Rosalie… —empezó, pero en cuanto notó a los oficiales de seguridad sujetándola por los brazos, su expresión se torció—. ¿Qué demonios está pasando aquí?
Rosalie se volvió hacia él, sobresaltada por su repentina aparición. Le había dicho que esperara en el coche.
Bryan apenas le dio oportunidad de responder antes de avanzar hacia ellos.
—¡Suéltenla! —les gritó a los guardias—. ¿Quién les dio derecho a sujetar así a mi novia?
Los oficiales intercambiaron una breve mirada, pero no apretaron el agarre.
—Señor, por favor mantenga la calma —dijo uno de ellos—. Solo seguimos las instrucciones del presidente.
—¿Las instrucciones del presidente? —repitió Bryan furioso, con la voz resonando contra las paredes de cristal—. ¡No me importa lo que haya dicho su presidente! No pueden maltratar a una mujer y esperar que me quede aquí callado. ¡Suéltenla!
Se volvió hacia Rosalie, y su expresión se suavizó de inmediato en una preocupación exagerada y empalagosa. Acercándose, extendió la mano hacia el rostro de ella como si fueran la pareja más devota del mundo.
—Rosalie, cariño, mírame. ¿Quién te hizo llorar?
Ella se echó atrás ligeramente ante su roce.
Bryan no lo notó o decidió ignorarlo. Rozó con los dedos cerca de la mejilla de ella, y su voz descendió a un tono tierno que sonaba dolorosamente fuera de lugar en la oficina tensa y helada.
—Estaba preocupado por ti. Estabas tardando tanto y no podía quedarme sentado abajo preguntándome qué pasaba. Tenía que venir a buscarte yo mismo —su mirada recorrió el rostro bañado en lágrimas de ella, y su expresión se ensombreció con una aparente preocupación—. ¿Qué pasó, cariño? ¿Por qué estás llorando?
Rosalie lo miró, con su dolor dando paso a una repentina y violenta oleada de ira creciente.
Bryan miró hacia el hombre que estaba de espaldas a ellos, frente a los ventanales.
—¿Fue él? —preguntó Bryan—. ¿Este hombre intentó tocarte o algo así?
Los ojos de Rosalie se abrieron de par en par.
—¿Qué? —murmuró suavemente, mientras lo absurdo de sus palabras atravesaba su tristeza.
Bryan se interpuso protectoramente frente a ella, con la voz elevándose de nuevo.
—No tienes por qué tener miedo, Rosalie. Dime qué te hizo. Yo me encargaré de él.
Algo dentro de ella por fin se quebró.
Antes de que Bryan pudiera decir otra palabra, Rosalie levantó la mano y le dio una bofetada en la cara.
El seco chasquido resonó por la enorme oficina como un disparo.
La cabeza de Bryan se ladeó bruscamente. Durante varios segundos se quedó paralizado, con una mano subiendo lentamente hasta su mejilla mientras la miraba con incredulidad.
—¡Rosalie! —exclamó, con el rostro enrojeciéndose en un tono intenso y feo—. ¿Qué demonios fue eso?
Ella se liberó del suave agarre de los oficiales de seguridad y lo enfrentó, con los ojos ardiendo de una ira feroz y aterradora.
—¡No soy tu novia!
Bryan la miró como si de repente hubiera empezado a hablar otro idioma.
—¿Qué?
—¡Me oíste! —La voz de Rosalie temblaba, pero no apartó la mirada—. No soy tu novia, Bryan. ¡Deja de llamarme así!
Él miró de ella a los oficiales de seguridad y luego al hombre junto a los ventanales, luchando claramente por entender lo que había ocurrido en los pocos minutos desde que entró en la sala.
—Rosalie, ¿qué demonios está pasando? ¿Por qué actúas así?
Ella soltó una risa amarga e incrédula, con lágrimas acumulándosele de nuevo en los ojos.
—¿Por qué actúo así?
—¡Me estás respondiendo con otra pregunta! —espetó Bryan—. ¡Vine porque estaba preocupado por ti, solo para encontrarte siendo escoltada fuera de una oficina mientras lloras! ¡Te pregunto qué pasó y me das una bofetada! —señaló su mejilla, ahora dolorida—. ¿Qué se supone que debo pensar?
Rosalie negó con la cabeza, con las manos temblándole a los costados.
—Todo esto es culpa tuya, Bryan. ¡Todo!
Su rostro se endureció.
—¿Mi culpa? ¿De qué estás hablando?
—¡Si no hubieras vuelto a mi vida en el peor momento posible, yo no estaría aquí parada así! —Su voz se quebró, y tragó saliva con dificultad antes de continuar—. ¡Si no hubieras regresado cuando todo ya estaba encajando, si no hubieras seguido metiéndote en mi vida y haciéndome cuestionar todo, nada de esto habría pasado!
Bryan la miró, con su confusión convirtiéndose en enojo.
—¿Estás culpándome en serio por lo que haya pasado en esta oficina? ¡Rosalie, ni siquiera sé lo que él te dijo!
—¡Exacto! —gritó ella—. ¡No sabes nada!
Bryan abrió la boca para responder, pero el hombre junto a los ventanales por fin se movió.
Evander había oído suficiente.
Había pasado los últimos minutos obligándose a no darse la vuelta, obligándose a soportar el sonido de la voz quebrada de Rosalie sin ceder al impulso desesperado de consolarla. Había querido a los dos fuera de su oficina, lejos de él, antes de que su determinación se debilitara más.
En cambio, Bryan había entrado y había vuelto aún más insoportable una situación ya dolorosa.
Evander se dio la vuelta.
Su expresión era tan fría como una tumba en invierno cuando su mirada se posó en las dos personas que estaban en medio de su oficina. Las mejillas de Rosalie estaban mojadas de lágrimas, Bryan aún se sujetaba la cara donde ella lo había abofeteado, y los oficiales de seguridad esperaban con incertidumbre nuevas instrucciones.
Los ojos de Evander se movieron brevemente hacia Rosalie antes de posarse en los guardias.
—Seguridad —dijo, con la voz cortante y autoritaria—, creo que fui claro. Escolten a ambos hacia afuera.
La ira de Bryan se redirigió de inmediato hacia el hombre que había estado de espaldas frente a los ventanales. Giró sobre sus talones, listo para lanzar otro insulto, listo para exigir saber quién se creía este arrogante presidente.
Pero cuando sus ojos por fin se enfocaron en el hombre junto a la ventana, el reconocimiento llegó con una rapidez sorprendente y horrorosa.
Bryan se quedó helado. Su boca se abrió, y el color abandonó su rostro. Miró el traje a medida, la postura de mando, los ojos fríos y familiares. Miró la enorme oficina, el logotipo del Imperio Blackthorne en la pared, y luego de nuevo al hombre.
Por un momento, solo pudo quedarse allí, con la boca ligeramente abierta.
Entonces su expresión se desmoronó en una conmoción absoluta.
—¿Evander? —soltó Bryan, con la voz quebrándosele—. ¿Evander Thorne? ¿Qué demonios haces aquí?
Rosalie miró fijamente a Evander, con los ojos muy abiertos y el nombre muriéndosele en los labios.—Evander…—Es evidente que usted no ha venido por negocios —la interrumpió él antes de que pudiera decir otra palabra. Su voz estaba despojada de toda calidez, una hoja de puro hielo—. Y no aprecio el comportamiento poco profesional en mi oficina. Tengo trabajo que hacer, y no voy a pasar el resto de la mañana discutiendo un matrimonio que ya terminó.Rosalie se quedó inmóvil, con la respiración entrecortada. Había esperado ira. Había esperado gritos, quizás incluso acusaciones. Nunca había imaginado que él la miraría como si fuera una visitante indeseada que dejaba huellas de lodo sobre sus impecables suelos.Dio un paso vacilante y tembloroso hacia el escritorio de él.—Por favor, solo mírame.Él no se movió. Su mirada permaneció fija en los documentos que tenía delante.—Evander, sé que estás herido. Sé que tienes todas las razones para estar enojado conmigo, pero por favor no me exc
—Señorita Laurent, el presidente está listo para recibirla.Rosalie respiró hondo en silencio y se arregló la chaqueta antes de ponerse de pie. Había pasado los últimos minutos esperando en el salón de recepción, tratando de calmar la inquietud que se le había instalado en el estómago desde que llegó al Imperio Blackthorne. La condición inusual de esta reunión todavía la perturbaba, pero la casa de moda Laurent se estaba quedando sin opciones, y no podía permitir que su incomodidad personal se interpusiera en una posible oportunidad de negocio.—Hemos llegado, señorita Laurent.La mujer se detuvo frente a unas imponentes puertas dobles y abrió una de ellas.Rosalie asintió en señal de agradecimiento antes de entrar.Lo primero que notó fue la vista impresionante más allá de los ventanales que iban del suelo al techo. La ciudad se extendía bajo la oficina, con sus edificios pareciendo casi insignificantes desde semejante altura. La sala era espaciosa y estaba amueblada con buen gusto,
Durante las últimas tres horas, Rosalie no había podido concentrarse en nada que no fuera la reunión. La casa de moda Laurent se estaba quedando sin opciones, y el Imperio Blackthorne seguía siendo su mejor oportunidad de conseguir el apoyo que necesitaba desesperadamente. Había esperado que la reunión fuera difícil, pero estaba preparada para enfrentar cualquier pregunta que el presidente pudiera hacer sobre su empresa.Lo que no había esperado era la expresión de Linda cuando cruzó la puerta.—¿Pasa algo? —preguntó Rosalie, levantando la vista de los documentos esparcidos sobre su escritorio.Linda dudó antes de acercarse.—He recibido una respuesta de la oficina del presidente del Imperio Blackthorne.Rosalie se enderezó de inmediato.—¿Y?—Están dispuestos a seguir adelante con la reunión, pero hay una condición.La expresión esperanzada de Rosalie se desvaneció ligeramente.—¿Qué condición?Linda miró el mensaje en su tableta antes de responder.—El presidente quiere saber si ust
Por un momento, Rosalie no dijo nada.La grabación la había inquietado desde que Vivienne se la mostró. Recordaba las palabras, la manera en que Vivienne las había explicado y la conclusión a la que había llegado a partir de lo que vio. En ese momento, todo había parecido encajar, sobre todo con el comportamiento cada vez más distante de Evan.Pero ahora, al intentar conciliar esas acusaciones con el hombre con el que había vivido durante tres años, empezaron a surgirle dudas.Evan había estado ahí cuando el negocio de ella atravesaba dificultades. La había apoyado en los días difíciles, se había quedado a su lado cuando estaba agotada y la había animado cuando pensaba que ya no podía seguir.—¿Y si malinterpretaste lo que viste? —preguntó Rosalie en voz baja.—¿Qué acabas de decir?—No estoy diciendo que mientas. Estoy diciendo que quizás malinterpretaste la grabación. No conozco el contexto completo de lo que Evan estaba hablando, y no creo que deba suponer lo peor sin saberlo todo.
A la mañana siguiente, Rosalie despertó con un dolor de cabeza punzante, y la luz del sol que se derramaba por las ventanas no le hacía ningún bien.Se incorporó, frotándose las sienes, y las últimas palabras de Evan resonaron en su cabeza.«Adiós, Rosalie».Su corazón dio un pequeño vuelco al recordar la manera tranquila en que él lo había dicho, sin ira ni un intento desesperado de hacerla cambiar de opinión.Apartó las sábanas y balanceó las piernas fuera de la cama. Seguramente Evan todavía estaba molesto por el regreso de Bryan. Siempre había sido un poco sensible en lo que se refería a Bryan, y quizás la discusión de ayer por fin lo había llevado demasiado lejos. Se calmaría con el tiempo; siempre lo hacía.Siguió tranquilizándose en silencio mientras se levantaba de la cama, se aseaba y se dirigía a la sala.Normalmente, a esa hora Evan ya andaría moviéndose por la casa, poniendo la mesa del desayuno o avisándole en voz alta que se le hacía tarde. Otros días lo encontraba en la
El olor estéril a antiséptico se aferraba a la ropa de Evander cuando entró al penthouse. El sol ya se había puesto, y la brisa fresca de la tarde barrió su cuerpo exhausto, refrescándolo durante el breve instante que duró. Su mente ya estaba vaciada por las horas que había pasado sentado junto a la cama de hospital de Eleanor Laurent. Los médicos ya la habían estabilizado, pero verla en ese estado, tan pálida, conectada a máquinas, había movido algo enorme dentro de él. Ella era la única persona que lo había tratado bien, como una verdadera madre desde que se casó con Rosalie.Empujó las puertas de cristal y entró en la sala. Necesitaba decírselo a Rosalie: a pesar de que los papeles del divorcio ya estaban firmados y de la frialdad con la que ella lo trataba desde que llegó Bryan, tenía derecho a saber que su madre estaba en coma.Caminó unos pasos por la sala antes de encontrarla yendo de un lado a otro, con el teléfono apenas presionado contra la oreja y una expresión preocupada.







