เข้าสู่ระบบRosalie Laurent por fin regresó a casa a las 2:00 de la madrugada.
Normalmente, la luz del porche permanecía encendida cuando ella volvía del trabajo, y el aroma del té de jengibre o de un caldo caliente la recibía al entrar. Evan siempre la esperaba junto a la puerta, con la mirada suave de preocupación, preguntándole si le había dolido el estómago durante el día.
Pero esa noche era distinta. La casa estaba a oscuras; solo la única lámpara encendida en la sala proyectaba largas sombras sobre el suelo.
Rosalie entró, y sus tacones resonaron rítmicamente sobre el pulido suelo de mármol. Caminó unos pasos y encontró a Evan en la mesa del comedor, sentado con la espalda recta y rodeado de una pulcra pila de documentos. Junto a la mano derecha de él había viejos archivos de negocios y un acuerdo de divorcio impreso.
Cuando Evan oyó el repiqueteo de los tacones de ella, ni siquiera se molestó en levantar la vista. Por primera vez en tres años de matrimonio, Evander Blackthorne ni siquiera se molestó en reconocer la presencia de Rosalie cuando ella llegó a casa.
Rosalie sintió un cosquilleo de inquietud recorrerle la espalda. Dejó su bolso, se aclaró la garganta y dijo, forzando un tono casual:
—Sigues despierto.
Evan no le respondió; simplemente pasó una página del archivo y continuó con lo que hacía, como si no hubiera nadie allí.
Entonces ella respiró hondo y comenzó su defensa:
—Evan… sobre lo del bar —empezó—. Fue solo Vivienne soltando lo que no debía. Ya sabes cómo es —forzó una risita que sonó falsa incluso a sus propios oídos—. Fue solo una broma normal entre amigas… nada serio. Yo nunca traicioné de verdad este matrimonio. Nunca pasó nada entre Bryan y yo. Tienes que creerme.
Mintió sin esfuerzo.
Evan por fin dejó de ordenar los documentos y le dedicó una mirada. Sus ojos no parecían enojados ni heridos; simplemente parecían vacíos.
—Entonces esa frase —dijo, dejando la pluma sobre la mesa, con una voz totalmente calmada—: «Cuando Bryan vuelva, me divorciaré de Evan». ¿También fue una broma entre amigas?
Rosalie se quedó helada y su boca se abrió sin que ella se diera cuenta.
Cuando comprendió que llevaba mucho rato en silencio, por fin habló:
—Bryan estuvo fuera tres años —dijo en voz baja—. Es normal que vaya a recogerlo al aeropuerto mañana. Yo… espero que no le des demasiadas vueltas a esto.
Antes, este habría sido el momento en que Evander luchaba. Le habría preguntado a quién quería más. Habría rogado y exigido respuestas.
Esta vez, solo asintió.
—Adelante —dijo, encogiéndose de hombros.
Las palabras le cayeron a ella como una bofetada y su irritación se disparó. Se acercó a la mesa.
—¿Por qué te comportas así? ¿Estás poniendo cara de frialdad a propósito para obligarme a quedarme? ¿Es ese tu juego?
Evander volvió a bajar la vista hacia los papeles que tenía delante.
—Ya no tengo ni el derecho ni el interés de preocuparme por a quién vas a ver, Rosalie. El acuerdo de divorcio está listo. Puedes firmarlo cuando quieras.
Por primera vez, un verdadero pánico titiló en el pecho de Rosalie y su corazón dio un vuelco. Pero ella lo apartó rápidamente. «No», se dijo. «Él renunció a su propia carrera por mí. Sin mí no tiene nada. Solo está haciendo un berrinche. Mientras más tranquilo está, más le importo».
Cruzó los brazos y alzó la barbilla.
—Bien. Después de recogerlo mañana, hablaremos de nuevo.
Evander no respondió. Simplemente siguió ordenando sus papeles.
Rosalie esperó a que él dijera algo más, pero no lo hizo. Entonces ella se dio la vuelta y caminó hacia la habitación, cerrando la puerta tras de sí.
Se quedó acostada en la cama, mirando el techo. El sueño se negaba a llegar y el silencio de la casa se sentía tan extraño, pesado y sofocante. Esperaba oír los pasos de él, que entrara y se disculpara, que la envolviera en una manta, que le preguntara si estaba bien.
Pero él nunca vino.
Evander permaneció en la sala hasta el amanecer. No se molestó en comprobar si ella tenía frío para cubrirla con una manta, ni recordó un solo recuerdo dulce de sus años de matrimonio.
En cambio, aprovechó el poco tiempo que le quedaba para recoger, poco a poco, todo lo que le pertenecía en la casa.
Cuando Rosalie despertó, se dio una ducha, se vistió con esmero para ir a recoger a Bryan al aeropuerto y se marchó en su coche sin siquiera comprobar si Evan seguía en la casa; al fin y al cabo, nunca dormían en la misma habitación.
Cuando llegó al aeropuerto, Vivienne ya la esperaba en la puerta de llegadas, prácticamente vibrando de emoción.
El vuelo ya había aterrizado, y Rosalie y Vivienne se quedaron allí, esperando a que Bryan saliera. Esperaron unos minutos, y en cuanto vieron a Bryan cruzar las puertas corredizas, Vivienne agarró a Rosalie del brazo y la empujó hacia delante.
—Anda —susurró Vivienne, dándole un codazo.
Bryan también las vio, soltó su equipaje y estrechó a Rosalie en un breve abrazo. Ella se puso rígida y enseguida lo apartó, dándole a Vivienne un golpecito juguetón en el hombro.
—¡Vivienne! Para ya.
La mirada de Bryan se oscureció ligeramente. Rosalie se veía mayor de lo que él recordaba, y aún más afilada. En realidad, él no había vuelto porque la extrañara o la amara. Su madre lo había llamado para que regresara a casa a pelear por la propiedad familiar, y cuando además se enteró de que Rosalie Laurent se había convertido en la tercera mayor magnate de la moda de la ciudad, sus planes cambiaron. ¿Una mujer hermosa y exitosa que siempre lo había amado? ¡Ese era el premio! Conseguir a la mujer y el dinero sería lo ideal.
Pero había todavía un problema con su plan perfectamente trazado: no sabía si ella ya estaba divorciada, y no quería tener a una mujer que siguiera casada, pues eso podría estropear sus planes.
Bryan forzó una sonrisa encantadora.
—Has venido a recogerme hoy. ¿Tu esposo lo sabe? —bajó un poco la mirada, haciéndose la víctima—. Después de todo, yo soy un extraño. No quiero causar problemas entre ustedes dos.
Rosalie abrió la boca para responder, pero Vivienne la interrumpió.
—¿Por qué sacas a relucir a ese yerno mantenido e inútil? —se burló Vivienne, poniendo los ojos en blanco—. A Rosalie siempre le has gustado tú, Bryan. Evander es solo una fachada para ponerte celoso. Llevan casados tres años y nunca han compartido siquiera una habitación. Todo fue por ti.
Vivienne le guiñó un ojo a Rosalie.
—¿Verdad, Rosie?
El rostro de Rosalie se encendió de rojo.
—Vivienne, deja de hablar —se volvió nerviosa hacia Bryan—. No es lo que piensas. Ella dice tonterías.
Pero Bryan no estaba escuchando las excusas de Rosalie. Sus ojos ardían con un nuevo tipo de hambre. Había visto muchas mujeres hermosas en el extranjero, pero ¿una mujer que llevaba tres años casada y que supuestamente se había mantenido pura para él? Eso era raro.
Miró el bonito rostro de Rosalie, su figura elegante, y todo su cuerpo se encendió. Ya estaba pensando en buscar a una mujer que le calentara la cama esa noche. Pero Rosalie… Rosalie tendría que ser conquistada lentamente.
—Vamos a llevarte a casa —dijo Rosalie, ansiosa por escapar de la tensión, y guio a Bryan hasta su coche.
Vivienne los vio alejarse, con una sonrisa satisfecha en el rostro. No se molestó en seguirlos porque no quería interrumpir el poco tiempo a solas que tendrían.
En el asiento trasero del coche de Rosalie, Bryan miraba por la ventana la ciudad que pasaba, imaginando cómo su vida cambiaría para bien una vez que Rosalie por fin se divorciara de su marido de clase baja por él, y no tendría que pelear por la propiedad por la que había venido a Manhattan: simplemente se quedaría y viviría a costa de Rosalie.
Mientras tanto, en el asiento delantero, Rosalie apretaba el volante hasta que le palidecieron los nudillos. Se dijo que todo estaba bien. Se dijo que Evander la estaría esperando en casa, listo para perdonarla, aunque en el fondo esperaba lo contrario, porque aún no había tenido la oportunidad de verificar qué tan cierto era lo que Vivienne le había mostrado la semana anterior.
Pero no tenía ni idea de que las cuentas de su empresa ya estaban congeladas y de que Evander ya no era el esposo complaciente y bondadoso de antes.
Rosalie miró fijamente a Evander, con los ojos muy abiertos y el nombre muriéndosele en los labios.—Evander…—Es evidente que usted no ha venido por negocios —la interrumpió él antes de que pudiera decir otra palabra. Su voz estaba despojada de toda calidez, una hoja de puro hielo—. Y no aprecio el comportamiento poco profesional en mi oficina. Tengo trabajo que hacer, y no voy a pasar el resto de la mañana discutiendo un matrimonio que ya terminó.Rosalie se quedó inmóvil, con la respiración entrecortada. Había esperado ira. Había esperado gritos, quizás incluso acusaciones. Nunca había imaginado que él la miraría como si fuera una visitante indeseada que dejaba huellas de lodo sobre sus impecables suelos.Dio un paso vacilante y tembloroso hacia el escritorio de él.—Por favor, solo mírame.Él no se movió. Su mirada permaneció fija en los documentos que tenía delante.—Evander, sé que estás herido. Sé que tienes todas las razones para estar enojado conmigo, pero por favor no me exc
—Señorita Laurent, el presidente está listo para recibirla.Rosalie respiró hondo en silencio y se arregló la chaqueta antes de ponerse de pie. Había pasado los últimos minutos esperando en el salón de recepción, tratando de calmar la inquietud que se le había instalado en el estómago desde que llegó al Imperio Blackthorne. La condición inusual de esta reunión todavía la perturbaba, pero la casa de moda Laurent se estaba quedando sin opciones, y no podía permitir que su incomodidad personal se interpusiera en una posible oportunidad de negocio.—Hemos llegado, señorita Laurent.La mujer se detuvo frente a unas imponentes puertas dobles y abrió una de ellas.Rosalie asintió en señal de agradecimiento antes de entrar.Lo primero que notó fue la vista impresionante más allá de los ventanales que iban del suelo al techo. La ciudad se extendía bajo la oficina, con sus edificios pareciendo casi insignificantes desde semejante altura. La sala era espaciosa y estaba amueblada con buen gusto,
Durante las últimas tres horas, Rosalie no había podido concentrarse en nada que no fuera la reunión. La casa de moda Laurent se estaba quedando sin opciones, y el Imperio Blackthorne seguía siendo su mejor oportunidad de conseguir el apoyo que necesitaba desesperadamente. Había esperado que la reunión fuera difícil, pero estaba preparada para enfrentar cualquier pregunta que el presidente pudiera hacer sobre su empresa.Lo que no había esperado era la expresión de Linda cuando cruzó la puerta.—¿Pasa algo? —preguntó Rosalie, levantando la vista de los documentos esparcidos sobre su escritorio.Linda dudó antes de acercarse.—He recibido una respuesta de la oficina del presidente del Imperio Blackthorne.Rosalie se enderezó de inmediato.—¿Y?—Están dispuestos a seguir adelante con la reunión, pero hay una condición.La expresión esperanzada de Rosalie se desvaneció ligeramente.—¿Qué condición?Linda miró el mensaje en su tableta antes de responder.—El presidente quiere saber si ust
Por un momento, Rosalie no dijo nada.La grabación la había inquietado desde que Vivienne se la mostró. Recordaba las palabras, la manera en que Vivienne las había explicado y la conclusión a la que había llegado a partir de lo que vio. En ese momento, todo había parecido encajar, sobre todo con el comportamiento cada vez más distante de Evan.Pero ahora, al intentar conciliar esas acusaciones con el hombre con el que había vivido durante tres años, empezaron a surgirle dudas.Evan había estado ahí cuando el negocio de ella atravesaba dificultades. La había apoyado en los días difíciles, se había quedado a su lado cuando estaba agotada y la había animado cuando pensaba que ya no podía seguir.—¿Y si malinterpretaste lo que viste? —preguntó Rosalie en voz baja.—¿Qué acabas de decir?—No estoy diciendo que mientas. Estoy diciendo que quizás malinterpretaste la grabación. No conozco el contexto completo de lo que Evan estaba hablando, y no creo que deba suponer lo peor sin saberlo todo.
A la mañana siguiente, Rosalie despertó con un dolor de cabeza punzante, y la luz del sol que se derramaba por las ventanas no le hacía ningún bien.Se incorporó, frotándose las sienes, y las últimas palabras de Evan resonaron en su cabeza.«Adiós, Rosalie».Su corazón dio un pequeño vuelco al recordar la manera tranquila en que él lo había dicho, sin ira ni un intento desesperado de hacerla cambiar de opinión.Apartó las sábanas y balanceó las piernas fuera de la cama. Seguramente Evan todavía estaba molesto por el regreso de Bryan. Siempre había sido un poco sensible en lo que se refería a Bryan, y quizás la discusión de ayer por fin lo había llevado demasiado lejos. Se calmaría con el tiempo; siempre lo hacía.Siguió tranquilizándose en silencio mientras se levantaba de la cama, se aseaba y se dirigía a la sala.Normalmente, a esa hora Evan ya andaría moviéndose por la casa, poniendo la mesa del desayuno o avisándole en voz alta que se le hacía tarde. Otros días lo encontraba en la
El olor estéril a antiséptico se aferraba a la ropa de Evander cuando entró al penthouse. El sol ya se había puesto, y la brisa fresca de la tarde barrió su cuerpo exhausto, refrescándolo durante el breve instante que duró. Su mente ya estaba vaciada por las horas que había pasado sentado junto a la cama de hospital de Eleanor Laurent. Los médicos ya la habían estabilizado, pero verla en ese estado, tan pálida, conectada a máquinas, había movido algo enorme dentro de él. Ella era la única persona que lo había tratado bien, como una verdadera madre desde que se casó con Rosalie.Empujó las puertas de cristal y entró en la sala. Necesitaba decírselo a Rosalie: a pesar de que los papeles del divorcio ya estaban firmados y de la frialdad con la que ella lo trataba desde que llegó Bryan, tenía derecho a saber que su madre estaba en coma.Caminó unos pasos por la sala antes de encontrarla yendo de un lado a otro, con el teléfono apenas presionado contra la oreja y una expresión preocupada.







