LOGINLa noche ya estaba avanzada cuando Giovanni llegó a la residencia Lozano. En cuanto empujó la puerta principal, el sonido de unos pasos apresurados la recibió desde la sala.
Era Tristán. El hombre todavía llevaba puesta la camisa de oficina, con la corbata ya aflojada y las mangas arremangadas hasta los codos. En su apuesto rostro se mezclaban la preocupación y la irritación. —¿Dónde has estado, Giovanni? —preguntó Tristán con tono exigente mientras avanzaba a grandes zancadas—. Paul regresó solo y dijo que tú le pediste que se fuera. ¿Por qué tu teléfono estuvo apagado durante horas? Giovanni respondió con voz ronca y cansada. —Solo necesitaba salir un rato. Tristán suspiró profundamente y se masajeó las sienes, como si estuviera tratando con una niña que acababa de hacer alguna travesura sin una razón clara. —Entonces desapareciste todo el día solo por lo que dijeron Diego y Carlos en el club esta mañana? —exhaló Tristán con frustración contenida—. Giovanni, no seas infantil. Ese asunto ya pasó, no sigas haciendo un problema de ello. Giovanni miró al hombre frente a ella sin lágrimas ni dolor que utilizar para suplicar. —Puedes casarte con la mujer que quieras, Tristán. No necesitas seguir reteniéndome en esta casa. Las cejas de Tristán se juntaron con fuerza. Su mirada se agudizó al escuchar aquellas palabras que nunca había esperado que salieran de los labios de su esposa. —¿Estás enojada? —el tono de Tristán bajó, claramente disgustado por aquella actitud desafiante—. Soy tu esposo, Giovanni. El hombre miró a Giovanni con la autoridad y arrogancia propias del cabeza de la familia Lozano. —No digas tonterías como si tuvieras elección. Tu hermano todavía está en prisión. Si te divorcias de mí, no podrás costear tus propios gastos. Giovanni contempló en silencio al hombre que tenía delante. «El hombre al que me ha resultado tan difícil comprender durante estos tres años...», pensó. Tristán siempre actuaba como si fuera un protector justo. La odiaba, pero se negaba a dejarla ir siquiera un paso. Tristán creía que, al mantenerla en aquella mansión y proporcionarle bienes materiales, se había convertido en un esposo generoso. Pero la verdadera realidad era mucho más amarga. En lo más profundo de su corazón, Tristán no era diferente de su madre ni de sus amigos que la humillaban. Tristán creía que estaba siendo bondadoso al proteger a Giovanni, cuando en realidad la despreciaba y no la veía más que como una esposa rehén que dependía de él para sobrevivir, una prisionera a la que consideraba indefensa e incapaz de salir adelante sin su misericordia. Giovanni no refutó ni una sola palabra. Solo respiró lentamente y pasó de largo. —¡Giovanni! —la llamó Tristán desde atrás. Pero la mujer no se volvió. En lugar de subir a la habitación principal, Giovanni cambió de dirección y se dirigió al pabellón. Dentro de la habitación, tía Elena estaba sentada, apoyada contra la cabecera de la cama, leyendo un libro con sus anteojos. Al ver a Giovanni, el rostro de la mujer de mediana edad se suavizó de inmediato. —¿Vanni? ¿Acabas de regresar, cariño? —preguntó Elena mientras dejaba su libro a un lado. Giovanni se acercó a la cama y se sentó en la silla junto a ella. —Tía —la llamó Giovanni en voz baja—. Quiero divorciarme de Tristán. Tía Elena no mostró sorpresa. Por el contrario, su mirada estaba llena de un alivio sincero. Elena extendió la mano y apretó con fuerza los dedos de Giovanni. —Hazlo, Vanni. Tienes derecho a marcharte. Tía te apoya completamente. Las lágrimas de emoción nublaron por un instante la mirada de Giovanni al escuchar aquella aprobación incondicional. —Escúchame bien —continuó Elena—. Hace tres años, la familia Lozano te obligó a firmar un acuerdo escrito de garantía. Hay una cláusula importante que quizá Sofia no te explicó. Ese acuerdo solo era válido durante tres años y terminaba en cuanto expirara su vigencia. Giovanni miró a Elena sin parpadear. —A ese período de tres años solo le quedan tres meses, Vanni —susurró Elena mientras acariciaba suavemente la mano de Giovanni—. Eso significa que el vínculo que te mantenía como rehén ya ha perdido su validez legal. Ya no le debes nada a esta familia y no tendrás que pagar ni un solo centavo de indemnización, incluso si eres tú quien presenta la demanda de divorcio. La carga invisible que había presionado los hombros de Giovanni durante aquellos tres años pareció levantarse de repente. —Ahora —dijo Elena mientras miraba directamente a los ojos de Giovanni—, todas las decisiones están en tus manos. Para terminar oficialmente este matrimonio y recuperar tu libertad por completo, lo único que necesitas es la firma de Tristán en el acuerdo de divorcio.Giovanni levantó la cabeza de inmediato. Un dolor punzante le atravesó el pecho mientras miraba el rostro de su esposo. La respuesta de Tristán había sido tan ambigua que dejaba abiertas todas las posibilidades, manteniendo deliberadamente la situación en la incertidumbre. El hombre no había pronunciado explícitamente la palabra «soltero», pero su tono de voz había desdibujado el vínculo de tres años que los unía. Al escuchar aquella respuesta, Enzo soltó una risa sonora para evitar que el ambiente se volviera incómodo. —Resulta que mi suposición era correcta —comentó Enzo, mirando a Tristán con una expresión divertida—. Un hombre tan distinguido, exitoso y atractivo como usted sigue estando solo. En un país tan grande como este, con la influencia de la familia Lozano... ¿de verdad no ha habido ninguna mujer capaz de llamar su atención hasta ahora? Giovanni contuvo la respiración y bajó la mirada hacia la superficie de la mesa, con los dedos entrelazados sobre su regazo. —No. Para
En la mesa redonda VIP número ocho, situada en la primera fila y orientada hacia el majestuoso escenario principal de la subasta, Enzo ayudó a retirar la silla para Giovanni. La mujer se sentó con cierta incomodidad y asintió brevemente a modo de agradecimiento.Mientras tanto, Tristán y Mireia estaban sentados frente a ellos. El hombre también hizo lo mismo por Mireia.La mirada de Giovanni recorrió fugazmente a las mujeres de la alta sociedad que ocupaban las mesas cercanas. Todas lucían deslumbrantes con sus vestidos de última colección, los hombros tersos adornados con diamantes auténticos, esmeraldas colombianas y perlas de los Mares del Sur cuyo valor ascendía a cientos de miles e incluso millones de euros.Ella, en cambio, solo llevaba un vestido sencillo y viejo, sin una sola joya en el cuello ni en las muñecas.Su aspecto era muy diferente al de aquellas mujeres. Estaba completamente fuera de lugar, como una extraña en medio de un océano de lujo. Sin embargo, Giovanni mantuvo
—Señorita, ¿se encuentra bien?Aquella voz grave y profunda resonó en tono bajo, rompiendo el pánico que por un instante había invadido la mente de Giovanni. Ella parpadeó y sus ojos quedaron fijos en los de un hombre que se encontraba a escasos centímetros de su rostro.El hombre también se quedó inmóvil por un momento, observando a Giovanni. Incluso los latidos de su corazón parecían resonar con fuerza en su pecho.Sin embargo, aquel silencio se vio interrumpido por el sonido de unos tacones altos y una voz demasiado familiar.—Dios mío, ¿qué está pasando aquí? ¡Hay mucho alboroto!Giovanni se sobresaltó. Por puro reflejo, retrocedió un paso y apartó la mano del hombro del hombre, mientras intentaba recuperar el equilibrio y colocar los pies correctamente.El hombre retiró la mano con un movimiento elegante, volvió a introducirla en el bolsillo de su pantalón de vestir y asintió con comprensión.Junto a la entrada principal, Mireia se encontraba de pie con elegancia, luciendo un des
Frente al alto espejo del tocador, Giovanni se examinó de pies a cabeza. Si pudiera elegir, no asistiría al evento como Tristán deseaba. Sin embargo, había recibido información de que una leyenda internacional de la neurocirugía y la farmacología regenerativa estaría presente allí. Ansiaba conocerlo y hablar con él sobre el estado de la tía Elena.—Esto es por la tía Elena, así que hazlo y listo, Giovanni —se dijo a sí misma.Al contemplar una vez más su aspecto, se dio cuenta de que aquella noche no llevaba encima ni una sola prenda de las que Tristán le había regalado.Giovanni había elegido un vestido de noche de corte recto, de color verde esmeralda oscuro y con escote barco. Era una prenda antigua que había comprado antes de que la familia Rinaldi cayera en la ruina.—Así está bien. De todos modos, nadie se fijará en mí allí —murmuró, como si ya pudiera adivinar lo que sucedería.Giovanni exhaló profundamente, reprimió la incómoda agitación que sentía en su interior y salió de la
Después de terminar su comida, Giovanni se aseó en el baño. No volvió a dirigirle la palabra a Tristán desde que él le había arrojado la invitación a la subasta.Tras cambiarse y ponerse ropa cómoda, Giovanni salió de la habitación sin siquiera mirar a su esposo, que seguía ocupado con su teléfono en el sofá.Recorrió el pasillo que conectaba con el pabellón oeste. Sus pasos eran tan suaves que, al llegar frente a la habitación de Elena, giró el picaporte con sumo cuidado para no hacer ningún ruido que pudiera sobresaltar a la mujer que se encontraba dentro.En cuanto la puerta se abrió un poco, Giovanni se detuvo. La tía Elena aún no se había dormido. Tenía los párpados entreabiertos y la mirada cansada, fija en la puerta, como si hubiera estado esperando a alguien.Al ver la silueta de Giovanni, Elena intentó decir algo. Levantó la mano izquierda, que tenía libre sobre la manta, y la extendió hacia su sobrina política con los dedos débiles.Un dolor punzante atravesó el pecho de Gio
Giovanni apartó el rostro. Aunque respondiera que sí, aquel hombre jamás se preocuparía por ella.La mandíbula de Tristán se tensó al ver el silencio de su esposa.—¡Responde a mi pregunta, Giovanni! —insistió, con un tono exigente.Giovanni respiró brevemente, sintiendo una pesada opresión en el pecho, y luego asintió débilmente sin volverse hacia él.—Sí. Me desmayé.El ceño de Tristán se frunció aún más. Sus ojos reflejaban incertidumbre.—Si tu estado era tan grave, ¿por qué no me lo dijiste?Al escuchar aquella pregunta, Giovanni estuvo a punto de soltar una risa amarga.¿Decírselo? Por favor.Giovanni giró lentamente la cabeza y miró directamente a los oscuros ojos de Tristán.—¿Decírtelo? —susurró con frialdad. Las comisuras de sus labios se alzaron en una sonrisa amarga y desgarradora—. ¿Alguna vez me has dado la oportunidad de hablar o de explicar algo, Tristán? Nunca.Tristán se quedó rígido por un instante, incapaz de pronunciar palabra.—Cada vez que abro la boca, siempre







