Se connecterCAPÍTULO 19: COSAS HERMOSAS
Se soltaron en el mismo instante, como si entre ellos hubiera pasado una señal que yo no había oído.
Adrian flexionó los dedos una vez, con languidez. La mano de Lorenzo cayó a su costado, una marca blanca de nudillos ya desvaneciéndose en su piel.
Entonces los ojos de Adrian se volvieron hacia mí. Eran castaños y cálidos, con arrugas en las comisuras, y se tomaron su tiempo, bajando por la seda esmeralda y subiendo de nuevo hasta el oro de mis orejas. No había nada grosero en ello, solo el placer pausado de un hombre que admira un cuadro del que ya posee una reproducción.
—Ah. Isabella. —Dijo mi nombre como una palabra que hubiera practicado—. Siempre tan hermosa.
*Siempre.*
Jamás había visto a este hombre en mi vida. Pero la sala estaba llena de ojos, y una Donna no frunce el ceño ante un cumplido, así que le regalé la sonrisa que le había dado a Vittoria.
—Es usted muy amable.
—Para nada. Soy preciso.
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El salón había sido reorganizado en mesas redondas, mantel blanco y velas bajas, y Don Salvatore estaba a la cabecera de la sala con una voz que llegaba sin esfuerzo. Adrian ocupó la mesa contigua a la nuestra, tan cerca que habría podido rozar su manga.
Había esperado un baile. Lo que obtuve fue una reunión vestida de diamantes.
Salvatore empezó a leer. Toneladas. Porcentajes. Puertos que yo solo había visto en mapas, y qué familias controlaban cada tramo de costa. Un hombre discutió por un cargamento de aceite de oliva que no era aceite de oliva. Una mujer de negro habló tres minutos de una empresa de transportes, y todos los Dones de la sala callaron para escucharla.
Entendí un tercio. Yo había pasado mi vida contando comestibles y los días hasta el alquiler. Esta gente contaba *países*.
A mitad apareció un vaso de agua junto a mi codo. Los ojos de Lorenzo nunca dejaron al orador. Bebí y no di las gracias. Seguía furiosa con él y pensaba seguir así.
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La música empezó tras el cuarto plato. Las parejas se deslizaron a la pista, y los Dones aflojaron sus cuellos, y el aire se relajó como lo hace cuando a todos les han dicho que lo peligroso ha pasado.
Una sombra cayó sobre nuestra mesa.
Adrian estaba allí con una mano extendida, la palma hacia arriba, como un hombre al que nunca habían rechazado. —Mi señora. ¿Me concede este baile?
Un tenedor se detuvo. Una docena de rostros se volvió hacia nosotros de esa forma agradable y hambrienta. Giré la cabeza, muy levemente, hacia mi marido.
Lorenzo no dijo nada. No miró a Adrian. No me miró a mí. Se recostó en su silla, y su quietud era más ruidosa que cualquier respuesta. Me lo dejaba a mí.
—Gracias —dije—. Pero prefiero bailar con mi marido.
Durante un latido la sonrisa permaneció exactamente donde estaba. Pero la calidez de los ojos de Adrian se quedó quieta, como un estanque antes de helarse. Luego rio suavemente y dejó caer la mano.
—Por supuesto, mi señora. Como desee. —Ladeó la cabeza—. Pero tenga cuidado. Tiene la costumbre de perder las cosas hermosas.
Lo dijo con dulzura, como un favor. Atravesó la mesa como una hoja a través de la tela.
Lorenzo no se inmutó. Su mano junto a la copa no se tensó ni un grado. Solo el agua del vaso tembló una vez y quedó quieta.
—Gracias por el consejo —dije, amable y perfectamente fría—. ¿Señor...?
—Oh, llámeme Adrian, mi señora. Todos lo hacen.
El teléfono de Lorenzo vibró. Miró la pantalla, se levantó y se acercó al borde tranquilo de la sala, medio de espaldas. Duró quizá diez segundos.
Cuando miré alrededor, la silla de Adrian estaba vacía.
Busqué en la pista, la orquesta, la hilera de palmeras. Un hombre con un buen traje gris que sonreía a todos se había esfumado, y nadie en la mesa vecina parecía haber notado que se iba.
Un frío me trepó por la nuca. Alcé mi copa y descubrí que mis dedos no estaban firmes. Había crecido con un padre cuyos humores cambiaban como el tiempo, y sabía cómo se siente cuando una sala se desplaza un cuarto de pulgada sobre sus cimientos y nadie más puede notarlo.
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El resto de la velada transcurrió entre cortesías. Los Dones iban de mesa en mesa como hombres en un mercado, intercambiando favores tras sus copas. Una ruta marítima cambió de manos junto a un puro. Las esposas se detenían ante mí para decir algo cuidadoso sobre las esmeraldas, y ninguna intentó herirme después de Vittoria.
Lorenzo permaneció en el centro de todo, quieto y oscuro en medio del ruido, y a cada paso su mano encontraba mi espalda. Nunca miraba cuando lo hacía. Era un toque pequeño, ausente, constante, como si yo fuera un punto de referencia que comprobaba para asegurarse de que el camino seguía recto.
A medianoche los pies me gritaban. Maria había metido los zapatos de tacón en el coche, en una bolsa de terciopelo, sin comentarios. En la escalera habían sido hermosos. Cuatro horas de mármol después, eran pequeños instrumentos de crueldad.
—Estás cojeando —dijo Lorenzo, muy bajo.
—No.
—Isabella.
—Estoy *bien*. Una Donna no se sienta hasta que su marido lo hace.
Me miró por primera vez en una hora. —Eres siempre dramática.
Abrí la boca, y el suelo me abandonó.
Su brazo pasó bajo mis rodillas y el otro tras mis hombros, y en un movimiento sin prisa Lorenzo Moretti me alzó contra su pecho delante de todo el salón de los Conti. En algún lugar se dejó una copa con mucho cuidado.
—Bájame —siseé—. No tienes que hacer esto.
—No permitiré que tropieces en público. —Su voz era perfectamente plana. La multitud se abrió ante él como el agua—. Así que cállate, Isabella, antes de que cambie de opinión.
Me callé. Giré la cara hacia su chaqueta y escuché su corazón bajo mi oído. Era regular. Era mucho más rápido que su voz.
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En el coche me quité los tacones con un gemido que no me molesté en ocultar. Las luces de la villa se deslizaron tras nosotros, y por primera vez en toda la noche el silencio entre los dos no era un arma.
—Gracias —dije a la ventanilla.
No dijo nada, pero en el cristal vi moverse la comisura de su boca.
Habíamos pasado la segunda curva cuando sonó su teléfono. Su rostro cambió al leer la pantalla. —¿Sofia?
No pude oír sus palabras, solo el tono de su voz, fino y tembloroso, y debajo un chasquido plano y rítmico que tardé un segundo entero en comprender.
Disparos.
—¡Signore! —Su voz llegó rota y sin aliento—. Hay hombres en la verja. Muchos. Disparan a los guardias, han roto la primera barrera, dicen que vienen a pelear... —Un grito. Un estruendo—. ¡Signore, están subiendo por el camino!
—¿Dónde está mi madre?
—En el sótano, Signore, Caterina la llevó, yo...
La línea se cortó.
Durante un latido su rostro quedó completamente vacío. Luego se llenó de la mirada que yo había visto una vez, en el umbral de un salón, empapado hasta los huesos.
—Marco. Más rápido.
El motor rugió. Lorenzo buscó bajo el asiento, sacó un estuche negro, y la pistola de dentro captó la luz de la luna.
—Quédate en el suelo de este coche —dijo— y no salgas hasta que yo te lo diga.
—Lorenzo...
—*Isabella.*
Asentí.
Tomamos la última colina a una velocidad que me levantó el estómago, y entonces lo vi, floreciendo contra el cielo negro. Las llamas lamían el muro junto a la verja. Los faros cruzaban el camino en una dispersión dura y blanca, una docena de coches, más, y figuras corrían entre ellos con armas en alto. La gran verja de hierro colgaba retorcida de sus bisagras.
*Tiene la costumbre de perder las cosas hermosas.*
Me apreté contra el suelo del coche y vi cómo la mano de Lorenzo se cerraba sobre la pistola.
CAPÍTULO 20: LO QUE ÉL ESEl primer disparo alcanzó el coche.Golpeó la luna trasera con un chasquido plano, y el cristal se volvió una telaraña blanca. Marco soltó una maldición, dio un volantazo, y el sedán derrapó tras el poste de piedra de la verja, con los neumáticos chillando. Un segundo disparo atravesó la puerta junto a mi cabeza.—¡Al suelo! —La mano de Lorenzo se cerró en mi nuca y me empujó contra el suelo—. Isabella. *Quédate abajo.*Ya estaba fuera. La puerta se cerró, oí sus zapatos sobre la grava, y luego nada salvo disparos.Me quedé tendida en el suelo con la mejilla contra el cuero y conté. Se me daba bien contar. Al llegar a diez, paré. Había demasiadas armas, y ninguna seguía un ritmo.Entonces Marco también se fue, por el otro lado, y me quedé sola con el olor a pólvora y mi propio aliento.*Quédate abajo.*Levanté la cabeza.La ventana sobre mí era una ruina, pero una esquina había resistido. Apreté el ojo contra la rendija, y lo vi.No corría. Eso era lo que no
CAPÍTULO 19: COSAS HERMOSASSe soltaron en el mismo instante, como si entre ellos hubiera pasado una señal que yo no había oído.Adrian flexionó los dedos una vez, con languidez. La mano de Lorenzo cayó a su costado, una marca blanca de nudillos ya desvaneciéndose en su piel.Entonces los ojos de Adrian se volvieron hacia mí. Eran castaños y cálidos, con arrugas en las comisuras, y se tomaron su tiempo, bajando por la seda esmeralda y subiendo de nuevo hasta el oro de mis orejas. No había nada grosero en ello, solo el placer pausado de un hombre que admira un cuadro del que ya posee una reproducción.—Ah. Isabella. —Dijo mi nombre como una palabra que hubiera practicado—. Siempre tan hermosa.*Siempre.*Jamás había visto a este hombre en mi vida. Pero la sala estaba llena de ojos, y una Donna no frunce el ceño ante un cumplido, así que le regalé la sonrisa que le había dado a Vittoria.—Es usted muy amable.—Para nada. Soy preciso.---El salón había sido reorganizado en mesas redonda
CAPÍTULO 18: ADRIAN—Salimos a las ocho —dijo Lorenzo, y se marchó antes de que pudiera responder.Esa fue toda la instrucción. Sin tono, sin mirada, nada que me dijera qué esperaba. *Es hora de hacer el trabajo de una Donna*, y luego una puerta cerrada.A las cinco estaba frente a mi armario con los brazos cruzados y comprendí que no poseía nada para esto. Todo lo que había traído a esta casa había sido elegido para una chica que se escondía en los rincones. La blusa crema. La falda gris. Un vestido negro que había llevado al funeral de mi madre. Saqué tres perchas, las tiré sobre la cama y me senté a su lado.Llamaron a la puerta. Caterina asomó la cabeza, algo sin aliento.—Signora, perdone. La Signora Maria le pide que vaya con ella. Ahora, si puede.---La habitación de Maria olía a lavanda y a hierro caliente. Un vestido colgaba de lo alto de la puerta de su armario, envuelto en papel de seda, y sobre la cama, detrás de ella, había tres cajas de terciopelo con las tapas abiertas
CAPÍTULO 17: MI DONNABeatrice llegó cojeando.La oí antes de verla. El clic de un tacón, luego un arrastre más suave y desigual, luego el clic otra vez. Cruzó el pasillo como una mujer que camina sobre cristales rotos y trata de que parezca un paseo.Lorenzo no se había movido de detrás del escritorio. Estaba sentado en el sillón de cuero de respaldo alto como un juez que espera a un peticionario. El cajón astillado yacía abierto frente a él, con la carpeta negra encima. No la había tocado desde que despachó a Sofia. No había tocado nada. Una mano vendada reposaba plana sobre la madera.Yo estaba junto a la chimenea fría con los brazos cruzados. Él no me había pedido que me fuera, y yo no me lo había ofrecido.La puerta se abrió.Beatrice entró con su cara más dulce, la arruga preocupada entre las cejas, las manos juntas sobre el pecho. Sofia rondaba tras ella, pálida como la leche, y volvió a escabullirse en cuanto pudo.—Lorenzo. —Beatrice exhaló su nombre—. Gracias a Dios. Tenía t
CAPÍTULO 16: QUE CREANo me volví.Me quedé con el papel en las manos, escuchando el clic de la cerradura. Había cerrado la puerta tras de sí y girado la llave. Lo oí, y lo oí respirar, lento y uniforme, la respiración de un hombre que ya había decidido cómo iba a transcurrir esto.—¿Cuánto has leído?No *qué haces*. No *cómo te atreves*. No preguntaba si lo había leído. Preguntaba cuánto sabía.Me volví.Estaba apoyado contra la puerta con los brazos a los costados, con la misma camisa negra, la misma mano vendada. Su rostro no me daba nada. Era la cara del salón la noche de la fiesta del té, quieta como un lago en invierno.—Todo —dije. Mi voz era perfectamente tranquila. Estuve orgullosa de eso, durante un segundo—. La cesión. La firma de Luca. La de Marco. —Alcé la segunda página—. Y esto.Sus ojos cayeron sobre ella. Algo parpadeó, demasiado rápido para nombrarlo.—*Que crea que eligió* —leí en voz alta—. Esa es tu letra.—Sí.—Lo escribiste tú.—Sí.—Antes de que yo entrara en a
CAPÍTULO 15: EL CAJÓN CERRADOEl sedán de Marco apenas había cruzado la verja cuando empecé a contar.Lorenzo se había ido con él a las nueve. Se había detenido en la puerta, había dicho «No salgas de los terrenos» sin mirarme, y se había marchado. Eso me daba, según mis mejores cálculos, cinco horas y una casa llena de ojos.Empecé por lo fácil. Desayuné de forma muy visible. Le pregunté a Sofia por las rosas. Dejé que la doncella de Beatrice me viera bostezar y anunciar que pasaría toda la mañana leyendo en mi cuarto, una mentira tan aburrida que nadie en su sano juicio la comprobaría.A las diez, cerré mi puerta con llave, me recogí el pelo con dos horquillas y salí trepando de mi propia vida.El pasillo este estaba vacío. La puerta del despacho se alzaba al fondo, roble oscuro y latón, de esas puertas que decían *no* antes de que las tocaras. Puse la mano en el picaporte.Cerrada. Naturalmente.Me arrodillé y saqué una de las horquillas.Lo había aprendido por Luca. Yo tenía once







