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Chapter 20

Auteur: Mia
last update Date de publication: 2026-11-07 04:50:21

CAPÍTULO 20: LO QUE ÉL ES

El primer disparo alcanzó el coche.

Golpeó la luna trasera con un chasquido plano, y el cristal se volvió una telaraña blanca. Marco soltó una maldición, dio un volantazo, y el sedán derrapó tras el poste de piedra de la verja, con los neumáticos chillando. Un segundo disparo atravesó la puerta junto a mi cabeza.

—¡Al suelo! —La mano de Lorenzo se cerró en mi nuca y me empujó contra el suelo—. Isabella. *Quédate abajo.*

Ya estaba fuera. La puerta se cerró, oí sus zapatos sobre la grava, y luego nada salvo disparos.

Me quedé tendida en el suelo con la mejilla contra el cuero y conté. Se me daba bien contar. Al llegar a diez, paré. Había demasiadas armas, y ninguna seguía un ritmo.

Entonces Marco también se fue, por el otro lado, y me quedé sola con el olor a pólvora y mi propio aliento.

*Quédate abajo.*

Levanté la cabeza.

La ventana sobre mí era una ruina, pero una esquina había resistido. Apreté el ojo contra la rendija, y lo vi.

No corría. Eso era lo que no podía entender. Había hombres disparándole desde el muro en llamas, desde detrás de una furgoneta oscura, desde la sombra de las vides, y Lorenzo caminaba por el centro del camino con una mano suelta al costado y la pistola baja. Sin prisa. Sin agacharse. La luz del fuego lo tallaba fuera de la oscuridad, y avanzaba hacia ella como un hombre que camina bajo una lluvia que ha decidido ignorar.

Un hombre se alzó tras la furgoneta con un fusil. Lorenzo le disparó dos veces, sin romper el paso. Se plegó.

Otro salió de las vides gritando, y Lorenzo se giró, dio un paso para salirle al encuentro, y el cuchillo apareció en su mano izquierda como si siempre hubiera estado allí. Vi la hoja entrar bajo las costillas. Vi cómo sostenía al hombre contra sí un latido, casi con delicadeza, y le decía algo al oído.

Luego lo soltó, y el hombre cayó, y lo oscuro se extendió sobre la grava.

Me di cuenta de que tenía la mano sobre la boca.

En algún lugar colina arriba, hacia la casa, una mujer gritó.

Sofia. O Caterina. O Maria. No lo sabía, y no importaba, porque la manija de la puerta ya estaba en mi mano.

La abrí. Rodé fuera, al camino, y la noche me golpeó en la cara, calor del fuego y frío del viento y un sonido como de cielo desgarrándose. Me agazapé tras la rueda trasera y me obligué a mirar.

Cuatro hombres seguían en pie. Habían dejado de disparar a la verja y se habían vuelto hacia el único hombre que venía a por ellos. Vi cómo el más cercano alzaba su arma y dudaba, porque había reconocido el rostro. Lo vi suceder. Vi el segundo exacto en que un hombre adulto con un fusil decidió que prefería estar en cualquier otro lugar.

Lorenzo le disparó en el pecho.

Los últimos tres huyeron. Marco y dos de los guardias derribaron a dos en el viñedo. El tercero llegó hasta la verja rota antes de que algo le golpeara la pierna, y cayó gritando, arrastrándose por el polvo.

Entonces, de pronto, hubo silencio.

---

El silencio fue peor.

El fuego crepitaba. En algún lugar un motor tintineaba al enfriarse. Oía mi propio pulso y el gemido del hombre en el suelo, y veía, en la luz anaranjada, la silueta de Lorenzo de pie en mitad del camino.

Se había detenido. Tenía la cabeza baja. Un brillo oscuro le recorría todo el brazo izquierdo, del hombro a las puntas de los dedos, goteando de forma constante sobre la grava.

Corrí.

No sé cuándo lo decidí. Mis zapatos estaban en el coche, y las piedras me cortaban los pies, y la seda esmeralda se enganchó en algo y se rasgó. No me importó. Llegué hasta él y agarré su manga, y estaba empapada hasta el codo.

—Estás sangrando. —Se me quebró la voz—. Lorenzo, estás *sangrando*.

Me miró desde arriba. Sus ojos estaban perfectamente calmos.

—Te dije que te quedaras en el coche.

—¡Podrían haberte matado!

Las palabras se me arrancaron, demasiado fuertes, demasiado crudas. No había sabido que estaban allí. Seguía furiosa con él. Tenía un papel doblado en un cajón y un hermano en quien no podía confiar, y todos los motivos para dejarlo desangrarse. Pero mis manos temblaban, y mi voz no era mía, y por un segundo la noche en su despacho quedó a cien años de distancia.

Algo se movió en su rostro, rápido e indescifrable. Entonces la voz de Marco cortó entre nosotros.

—Don Lorenzo. Tenemos a uno.

---

Lo arrastraron camino arriba por el cuello. Era joven, quizá veinticinco años, con la cabeza rapada y una mancha oscura y húmeda extendiéndose por el muslo. Maldecía. Lloraba y maldecía, y se calló cuando lo arrojaron de rodillas a la luz del fuego, frente a los zapatos de Lorenzo.

Lorenzo se agachó.

Yo estaba a un metro detrás de él, y no aparté la vista. Quería. Me decía que no tenía derecho a ver esto. Pero había estado en aquel despacho y oído el nombre de mi hermano, y había decidido que no sería una mujer a la que se le ocultaban las cosas.

—¿Quién te envió? —dijo Lorenzo.

Su voz era muy baja. Era la voz que había usado con Beatrice.

—Vete al infierno.

—Probablemente. —Ladeó la cabeza—. ¿Quién te envió?

El hombre escupió. Cayó en la punta del zapato de Lorenzo.

Lorenzo lo miró. Luego, sin ningún cambio en su rostro, apoyó la boca de la pistola contra la rodilla sana del hombre y apretó el gatillo.

El sonido fue enorme. El hombre gritó, un grito agudo, animal, que no terminaba, y lo sentí en los dientes. Lorenzo esperó. Esperó hasta que el grito se adelgazó en algo como sollozos, y entonces dijo, con la misma voz nivelada: —¿Quién te envió?

—Por favor, por favor, no lo sé, nunca dio un nombre, fue un hombre por teléfono, dijo... —Las palabras se atropellaban—. ¡Dijo que usted estaría en la villa de los Conti! ¡Dijo que la casa estaría vacía! ¡Solo la anciana y los criados! ¡Dijo que sería fácil!

Sentí cómo bajaba la temperatura a mi alrededor.

—La casa estaría vacía —repitió Lorenzo.

—¡Eso dijo! ¡Por favor!

—¿Quién sabía que yo estaría esta noche en la villa de los Conti?

El hombre no respondió, porque no lo sabía. Pero yo sí. Conté, y la cifra era pequeña. La invitación había llegado esa tarde. Marco. Lorenzo. Yo. Unas pocas personas en la mesa cuando él había dicho *aceptamos*.

Y quienquiera que hubiera estado en el pasillo fuera del despacho.

Lorenzo se incorporó. Enfundó la pistola y miró a Marco.

—Mantenlo vivo. —Lo dijo como quien encarga limpiar un abrigo—. No cómodo. Vivo. Volveré cuando me hayan cosido.

—Sí, Don Lorenzo.

Se volvió. Por un momento, todo el camino ensangrentado, los muertos, el fuego, la verja rota, se reflejó en sus ojos. Y entonces se tambaleó.

Fue solo un grado. Cualquier otro lo habría pasado por alto. Pero yo estaba cerca, y atrapé su brazo sano antes de saber que me había movido.

—No —dijo.

—Cállate.

Agarré el borde de la seda esmeralda, el vestido que Maria había mandado hacer hacía tres semanas y abrochado con sus propias manos, y lo rasgué. El sonido fue feo. Arranqué una larga tira de la rodilla al tobillo y la até alrededor de su brazo, por encima de la herida, y apreté.

—Isabella.

—Quédate quieto.

—Es un rasguño.

—Está *manando*.

—No me estoy muriendo. —Su voz tenía filo—. No soy un bebé. Voy a estar bien.

Até el nudo y tiré de él. Hizo una mueca.

—Así sé que no eres un bebé —dije—. Un bebé habría gritado.

Me miró fijamente. Luego, muy levemente, algo se movió en la comisura de su boca, y no era del todo una sonrisa, y desapareció antes de que pudiera estar segura.

Intenté meter el hombro bajo su brazo. Se apartó. Lo intenté otra vez. Se giró y echó a andar, lento y firme y muy erguido, hacia la casa, y lo seguí, porque no iba a dejar que cayera.

Los escalones de la entrada ya estaban llenos de guardias. En el umbral aminoró el paso. Su mano se alzó, muy levemente, y durante medio segundo descansó sobre la mía, donde yacía sobre su manga. Luego la retiró y entró.

---

El vestíbulo estaba lleno de gente.

Maria estaba al pie de la escalera con un chal gris, el pelo medio suelto, el bastón apretado con ambas manos. Caterina estaba a su lado con una mancha de polvo de carbón en una mejilla. Sofia, agarrada a la barandilla, temblaba tan fuerte que podía oír sus dientes.

—¿Están todos bien? —La voz de Maria resonó. Sus ojos fueron primero a Lorenzo, a la sangre, y se quedaron allí un largo momento. Luego fueron a mí, a la seda rasgada, los pies descalzos, el rojo en mis manos.

Lo comprendió. Lo vi suceder.

—Estamos bien —dijo Caterina—. La puerta del sótano resistió. Nadie entró.

—Revisa el ala este —dijo Lorenzo a Marco—. Cada habitación. Luego cada camino en cinco millas a la redonda. Quiero saber de dónde salieron esos coches antes del amanecer.

—Ya nos movemos, Don Lorenzo.

Sus hombres se habían ido antes de que acabara la frase, botas sobre mármol, hacia el humo.

Y en el rellano sobre nosotros, se abrió una puerta.

Alcé la vista.

Beatrice estaba en lo alto de la escalera.

No llevaba camisón. Llevaba un vestido crema, sin una arruga, con un abrigo largo sobre el brazo, como si hubiera estado preparada para marcharse. Tenía el pelo recogido. No había polvo en ella, ni lágrimas en su rostro, nada de la ruina gris y temblorosa que lucían los demás. Ninguno de ellos había salido del sótano con su aspecto.

No preguntó si alguien estaba herido.

Se quedó muy quieta y miró las puertas abiertas de la entrada, el resplandor anaranjado de la verja ardiendo más allá, como quien comprueba una suma en busca de errores. Luego sus ojos bajaron por la escalera y me encontraron. La sangre. El vestido rasgado. El hombre que se tambaleaba a mi lado, sangrando sobre una alfombra persa.

Sonrió.

Era pequeña y lenta, y no era la sonrisa que había lucido al pie de esa escalera la noche de la fiesta del té. Aquella había sido triunfo. Esta era algo más callado.

Era *confirmación.*

*La casa estaría vacía.*

Se me revolvió el estómago. Beatrice levantó una mano y, con gran delicadeza, ajustó el abrigo sobre su brazo. Luego se giró y volvió a la oscuridad.

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