LOGIN“¿Qué… qué dijiste?”, logré balbucear, con la garganta anudada. Mi mente se rebeló, negándose a procesar el sonido, el significado. Esto no podía ser real. Este era el culmen de mi sueño, el momento que tanto había anhelado, a pesar de todas mis dudas, de todas mis palabras crueles.
Giró la cabeza lentamente, su mirada finalmente se posó en mí, desprovista de calidez.
“Dije”, repitió con voz fría y metódica, “que no puedo aceptarte como mi Luna”.
Mi visión se nubló, los rostros entre la multitud se convirtieron en borrones indistintos. Entonces comenzaron los murmullos silenciosos, un zumbido bajo como el de un enjambre de abejas furiosas. Creció, de una pequeña onda a una ola, envolviéndome, cada susurro como una puñalada.
“Es demasiado… gorda para ser Luna”, siseó alguien, la palabra atravesando el zumbido como un cuchillo.
“¡Mírala! Una Luna debería ser elegante, no… eso”.
¿La pareja del Rey Alfa? ¡Avergonzaría a toda la manada!
Risas. No risas sutiles ni educadas, sino bufidos agudos y burlones que resonaron en la plaza. Sentí que me ardían las mejillas; un fuego se extendía bajo mi piel, quemándome por dentro. La humillación, una vieja e indeseada amiga, se me metió en cada poro, helándome incluso mientras ardía. La felicidad, la embriagadora sensación de pertenencia a la que me había aferrado hacía apenas unos instantes, se desvaneció en cenizas.
Miré fijamente a Nathan, deseando con todas mis fuerzas que fuera un malentendido, una broma cruel. Tenía la mandíbula tensa, la expresión impasible. No me miraba a los ojos. Miré su rostro, suplicando un destello de reconocimiento, una señal de que aquello era un error, una broma terrible y elaborada que pronto desharía. Pero no había nada. Solo una fría negativa.
«Nathan, no…» Mi voz era un hilo frágil, apenas sostenida. «Por favor. Dime que esto no es real.»
Finalmente, sus ojos se encontraron con los míos, y vi un destello de algo en ellos: no arrepentimiento, sino fastidio. Impaciencia.
—Elara —dijo con voz inexpresiva—, mira a tu alrededor. ¿De verdad crees que eres digna de estar a mi lado como Luna? ¿De representar a esta manada? El Rey Alfa necesita una compañera que inspire fuerza, que encarne la belleza, que inspire respeto. Hizo una pausa, y sus ojos me recorrieron como si me viera por primera vez, o quizás por última. —No alguien… que sea un recordatorio constante de… la imperfección.
El aire se me fue de las manos, un jadeo, un sollozo atascado en mi garganta. Imperfección. La palabra resonó en la de Isabella, en la de mi madre, en la de todos. La misma inseguridad contra la que había luchado durante años, la constante batalla contra sus crueles palabras, ahora se convertía en la razón de mi rechazo público. Delante de toda la manada. Por parte del hombre que amaba, la compañera que esperaba que viera más allá de las apariencias, más allá de sus juicios.
Sentía las piernas como agua. Me tambaleé de nuevo, aferrándome a la tela de mi vestido, como si pudiera anclarme a esta cruel realidad. Los susurros se intensificaron, las risas se hicieron más audaces. Cada palabra cruel erosionaba lo poco que quedaba de mi espíritu. Era una marioneta, y mis hilos acababan de ser cortados.
Antes de que pudiera recuperarme, antes de que pudiera siquiera formular un pensamiento coherente, un crujido atrajo mi mirada. Un silencio se apoderó del lugar, incluso entre la multitud burlona.
Isabella.
Se movía con una gracia casi etérea, su vestido, de un azul brillante, reflejaba la luz del sol. Sus ojos, generalmente llenos de desdén hacia mí, ahora brillaban con un resplandor triunfal y depredador. Caminó despacio, con determinación, directamente hacia Nathan.
Contuve la respiración. No. Esto no podía estar pasando.
Nathan la observó acercarse, con una leve sonrisa en los labios, una sonrisa que jamás había visto dirigida a mí. Sentí un dolor punzante en el corazón. Extendió la mano.
Isabella extendió la mano hacia él, entrelazando sus dedos con los de él como si siempre hubieran estado destinados a estar allí. Un jadeo colectivo recorrió la manada, seguido de una oleada de susurros emocionados.
Entonces Nathan, con una voz resonante y una seguridad que había estado ausente cuando me habló, anunció: «Esta es mi alma gemela. Isabella Morgan. Ella es la Luna de Goldstone».
Mi mundo se derrumbó.
Una corona de oro con gemas grabadas con el escudo real colgaba de la otra mano de Nathan. Era el símbolo destinado para mí, el símbolo de mi nueva vida, de mi nuevo propósito. La alzó ahora, no hacia mí, sino hacia Isabella. Con delicadeza y reverencia, la colocó sobre su cabeza.
Un rugido estalló entre la multitud. Vítores, aplausos, gritos de júbilo.
«¡Larga vida a Luna Isabella!», gritaron, con voces rebosantes de alegría genuina. Mi madre, mi padre, incluso algunos parientes que se habían burlado de Isabella hacía apenas unos días, ahora la vitoreaban con más fuerza que nadie.
Yo estaba allí, abandonada, descartada, una flor marchita en un campo de vibrantes flores. Isabella sonrió, una sonrisa radiante y triunfante, sus ojos se encontraron con los míos por un instante fugaz, rebosantes de una satisfacción maliciosa.
Ni siquiera me miró. Simplemente sostuvo la mano de Isabella, con la cabeza en alto, disfrutando de la adoración de la manada, de los vítores para su Luna. La única persona que jamás creí que sería la artífice de mi dolor, aquella cuya silenciosa bondad me había dado esperanza, acababa de destrozar todos los sueños que me había atrevido a soñar.
Los vítores, las risas, el brillo triunfal en el rostro de Isabella. Todo se fundió en una abrumadora cacofonía de sonido y luz, un grotesco carnaval de mi propia destrucción. No era nada. Inútil.
¡Hola a todos!¡Cuánto tiempo!Así que quiero saber de ustedes.¿Qué les pareció esta historia?¿Quiénes son sus personajes favoritos y por qué?¿Alguna predicción para el próximo episodio?¿Alguna predicción para el libro?Por favor, comenten en cada capítulo que lean. Sus comentarios me motivan y me alegran el día.También voten por este libro con gemas y compártanlo con sus amigos.Quiero publicar más versiones traducidas de este libro.¿En qué idioma les gustaría ver la próxima traducción?Déjenme saber en los comentarios.¡Besos! 💕☺️
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Punto de vista de Elara La luz de la mañana era como una cuchilla implacable que atravesaba las pesadas cortinas de terciopelo de la habitación de Elias. Me moví, mi cuerpo dolía con un leve y agradable zumbido que me recordaba cada promesa que me había susurrado al oído horas antes. A mi lado, Elias ya estaba despierto, apoyado sobre un codo, sus ojos recorriendo la línea de mi hombro con una mirada de aterradora intensidad. "Estás pensando otra vez", murmuró, con la voz ronca por el sueño. "Puedo oír cómo se acelera tu corazón. Para." Me giré boca arriba, mirando las tallas ornamentadas del techo. "No puedo parar, Elias. Goldstone está sangrando. Si no hacemos algo, la manada se va a desmoronar. Las líneas de suministro están fallando, los rangos inferiores se están amotinando y el consejo los rodea como buitres. Tenemos que salvarlos." La expresión de Elias se endureció al instante. Se incorporó, con las sábanas amontonadas alrededor de su cintura y la espalda musculosa rígida.
Punto de vista de EliasRecorrí el largo del solárium, mis botas resonando rítmicamente contra el suelo de piedra. El fuego de la chimenea se había reducido a brasas incandescentes, proyectando largas y distorsionadas sombras sobre los tapices. Miré hacia las pesadas puertas de roble de nuestras habitaciones privadas por centésima vez.Vacías.Elara no estaba. Dirigí mi mirada hacia la esquina donde Frey solía merodear, silencioso y vigilante, pero la sombra estaba vacía. Ambos se habían ido."Cálmate", susurré a la habitación vacía, apretando los puños a mis costados. "Ella solo... necesitaba aire. No se iría así como así después de todo esto".Mi lobo se agitaba dentro de mi pecho, un peso inquieto y gruñón. Su aroma —sándalo y aire invernal— era tenue, desvaneciéndose de las sábanas. Revisé el armario; su capa había desaparecido. Revisé el armero; Sus dagas gemelas habían desaparecido.—Maldita sea, Elara —siseé, apoyando la frente en la fría piedra del marco de la ventana—.Esperé
Punto de vista de NathanEl pesado cristal del vaso se sentía como plomo en mi mano. Contemplé las profundidades ámbar de la cerveza; el aroma a grano fermentado no lograba acallar el estruendo de voces que resonaban por las calles de Goldstone. Los rumores eran un peso físico que me oprimía el pecho hasta casi dejarme sin aliento.*El niño no es tuyo.**Isabella es una impostora.*Di un largo trago que me quemó la garganta. Intenté convencerme de que todo era propaganda de la rama Beta, una desesperada lucha por el trono durante la rebelión, pero los susurros tenían un filo de verdad que destrozó mi negación. Se sentía demasiado real. La forma en que había evitado al médico de la manada, la forma en que su olor no había cambiado como debería el de una loba preñada. Cerré los ojos, inclinando la cabeza hacia atrás, esperando que el alcohol adormeciera la traición.Un leve movimiento captó mi mirada.Me tensé, con el vaso cerca de mis labios. Se suponía que mi alcoba era segura, custod
Punto de vista de ElaraEl suelo del bosque era una maraña de hojas húmedas y raíces enredadas mientras luchaba por seguir el ritmo de Elias. Me ardían los pulmones, pero el dolor físico era una distracción bienvenida del vacío en mi pecho. A cada paso, mi mente volvía a los muros de piedra gris de la cabaña, al olor del hogar y a la vida que había conocido desde niña.—Basta, Elara —dijo Elias, su voz resonando por encima del fuerte golpeteo de nuestras botas. No se giró, concentrado por completo en el sendero—. No mires atrás. Lo estás haciendo otra vez.—No puedo evitarlo —susurré, tropezando con una raíz que sobresalía. Me apoyé en el tronco de un árbol, clavando los dedos en la áspera corteza—. Es mi hogar, Elias. Todo lo que conozco está ahí.Se detuvo entonces, volviéndose para mirarme. Sus ojos eran duros, carentes de la compasión que anhelaba. ¿En serio? ¿O es solo el lugar donde eras sirviente? ¿Un fantasma? Me has contado mil veces cómo soñabas con el mundo más allá de la f







