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Capítulo 2

作者: Soda
Antes de que pudiera irme, me detuvieron.

Marcus Castillo estaba junto al elevador, rodeado por una falange de hombres con trajes negros.

Llevaba un traje hecho a medida; los gemelos de diamante le destellaban bajo las luces.

Alcé la vista hacia su perfil atractivo. Me sacaba al menos dos cabezas, y aun con la tela fina se le notaba el músculo magro.

De no ser por este desastre, quizá habría apreciado su apariencia. Lástima que tuviera una cara tan buena y una arrogancia tan insoportable.

—Victoria, ¿así haces tu trabajo? —preguntó, sin siquiera mirarme, dirigiéndose a su propia asistente.

Victoria estaba a su lado, con la cabeza agachada, como si hubiera metido la pata.

—Lo siento, señor Marcus, yo…

—Cállate. —Marcus hizo un gesto con la mano y los guardaespaldas se desplegaron de inmediato, bloqueando todas las salidas del pasillo.

Por fin se volvió hacia mí y me recorrió con la mirada.

—La hija adoptiva de la familia Vincent, ¿verdad? —su tono fue casual—. ¿Escuché que creciste en un orfanato y que recién te llevaron con los Vincent a los diez?

Respiré hondo.

—Señor Marcus, quiero explicar…

Estaba a punto de decirle mi verdadera identidad, que tal vez había un malentendido, y que el abuelo había arreglado este compromiso… pero yo no quería decepcionarlo.

—No hace falta. — me interrumpió, sacando su móvil y mirándolo de reojo—. Tu pasado no me interesa. La familia Vincent te manda a este matrimonio de alianza para colgarse de los Castillo. Y tú no eres diferente; solo buscas aprovecharte de este matrimonio para asegurarte el futuro.

Apreté el bolso de mano con más fuerza.

—Señor Marcus, usted es demasiado arrogante.

—¿Así le hablas a tu futuro esposo?

Sonrió. Una sonrisa fría, desdeñosa.

—¿Arrogante? —Marcus dio un paso, mirándome desde arriba—. Aria, entiende tu lugar. No mereces mi respeto.

»Si no fuera por la política entre familias, ¿crees que me casaría contigo? —su voz era baja pero clara, cada palabra afilada—. Después de la boda, más te vale portarte bien. Fuera de satisfacer mis deseos, no vas a obtener nada de mi poder, mis bienes, ni nada que pertenezca a la familia.

La sangre se me subió a la cabeza. Levanté la cara y le sostuve la mirada.

—Si el señor Marcus está tan poco dispuesto, tal vez deberíamos cancelar el compromiso —dije con calma—. Sería mejor para los dos.

El pasillo quedó en silencio.

Marcus parpadeó y luego estalló en carcajadas.

—¿Haciéndote la difícil? —Se giró hacia sus hombres—. ¿Oyeron eso? Dice que quiere romper el compromiso.

Los guardaespaldas cercanos soltaron risitas por lo bajo.

—Esta chica sí que sabe actuar.

—¿Cree que así él se va a echar para atrás?

—Tantas socialités en Nueva York matarían por casarse con Marcus Castillo y ella se las da de importante.

Marcus volvió a mirarme; la sonrisa ya no estaba.

—Aria, sé lo que estás pensando —dijo, acercándose otro paso, la voz como una advertencia—. Pero elegiste la táctica equivocada. En Nueva York hay cientos de mujeres, mejores que tú, haciendo fila para casarse conmigo. ¿Crees que con un poco de coquetería, un poco de mal carácter, yo te voy a consentir?

—No estoy haciendo un berrinche —di un paso atrás, marcando distancia—. Solo creo de verdad que no somos compatibles.

—¿No compatibles? —se burló—. Tú, una huérfana criada en un convento, ¿con qué derecho dices que no somos compatibles?

—Señor Marcus. —Lo interrumpí—. Yo misma le explicaré el compromiso a Don Castillo. Creo que él lo entenderá.

Mencionar a su padre le cambió la expresión.

—Tú…

—Y respecto a lo que acaba de decir —me acomodé la falda—, se lo transmitiré a Don Castillo tal cual. Que él juzgue si su hijo es digno del honor de la familia Castillo.

A Marcus se le subió el color al rostro.

Los invitados que se habían reunido para mirar soltaron exclamaciones ahogadas.

—¿Está loca?

—¡¿Cómo se atreve a amenazar a Marcus?!

—Está fuera de sí, renunciando así, por nada, a entrar en los Castillo.

Ignoré las voces.

El matrimonio nunca fue una transacción, sino una cuestión de si dos personas encajaban.

Marcus Castillo, claramente, no era mi elección. Además, yo había visto el porte de Julian Castillo frente a mi «Don». Ese hombre, que dominaba Nueva York con su influencia, se redujo a pedir cooperación con humildad frente a mi familia.

En menos de diez minutos, ya estaba sudando de las manos y casi se le cayó la copa.

Seguramente ni se imaginaba que la oportunidad de alianza por la que tanto había trabajado acababa de ser destruida por unas cuantas palabras de su hijo.

—Te lo pregunto una última vez. —La voz de Marcus rompió mis pensamientos.

Me miró fijo, los ojos ardiéndole de incredulidad y furia.

—¿Estás segura de que quieres cancelar el compromiso? —preguntó, palabra por palabra—. Es tu última oportunidad.

Lo miré y, de pronto, me resultó hasta gracioso. Este hombre de verdad creía que todos se arrodillaban ante el apellido Castillo.

—Por supuesto. Ya que el señor Castillo está tan poco dispuesto a comprometerse conmigo —dije suave—, ¿por qué habría de obligarse?
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