LOGINValeria Santoro salió de la propiedad con una sonrisa de absoluta superioridad. Subió a su auto y aceleró rumbo a la ciudad, convencida de que tenía el control absoluto de Kateryn. Sin embargo, al avanzar por la carretera secundaria, su vehículo se cruzó en el carril contrario con el de Sara. La socia de Kat, con el pulso acelerado y siguiendo minuciosamente el plan de respaldo, la había venido siguiendo a una distancia prudencial. Valeria, cegada por su propio ego, ni siquiera reparó en el auto. En cuanto los faros de la villana se perdieron en la distancia, Sara avanzó con cautela y malparqueó la camioneta entre la maleza, lo suficientemente cerca de la cabaña para esperar la señal de luces de su amiga en mitad de la noche. Mientras tanto, en las imponentes oficinas de Black Global, las horas transcurrían como una lenta tortura. Sebastián Blackwood estaba sumergido en sus pensamientos, atrapado en un laberinto del que no encontraba salida. Fingía revisar contratos, pero sus ojos o
Kat pronunció aquellas palabras con una crueldad estudiada porque sabía perfectamente que Sebastián sería incapaz de abandonar a Valeria por su hijo. Era la trampa perfecta para forzarlo a odiarla. Sebastián se debatió internamente durante un milisegundo que pareció eterno, pero su implacable sentido del deber fue más grande que el amor destructivo que sentía por Kat. Era una vida junto a su hijo o una vida junto al amor de su vida. Trago duro, sintiendo que el sabor del whisky de la madrugada se mezclaba con la bilis de su orgullo. En ese instante, la mente del magnate se cerró: creyó con total certeza que Kateryn solo actuaba así para destruir a su familia, para desestabilizarlo y arruinar su vida una vez más. Y no iba a darle el sádico gusto de verlo derrotado a sus pies. —Eso no sucederá —sentenció Sebastián con una voz que recuperó la rigidez del acero. Estiró los brazos con brusquedad, tomó a Kat por las mejillas y las presionó con bastante fuerza, obligándola a mirarlo
El lunes llegó con la fría realidad. Kateryn se levantó muy temprano, impulsada por la adrenalina de una madre que sabe que no tiene tiempo que perder. Al salir de la habitación, el aroma a café recién hecho inundó sus sentidos. En la cocina, Sara ya le había servido una taza humeante mientras caminaba de un lado a otro con el celular al oído, dándole órdenes firmes a su equipo de trabajo. A altas horas de la noche anterior, justo después de su calculada actuación del desmayo en el auto camino a la mansión Santoro, Valeria le había enviado un mensaje de texto escueto y letal a Kat: “Mañana te entregaré a tu hijo. Deberás ir a la cabaña por la tarde. Sin decirle a nadie y completamente sola”. Kat sabía perfectamente que era una trampa; la psicosis de Valeria no la dejaría libre tan fácil. Y Kat no se equivocaba el plan de Valeria era mantenerla encerrada en esa cabaña hasta el día de la boda para asegurar que no interfiriera más con Sebastián. En cuanto Sara colgó el teléfono, Kat
Alexander guió a Kat hasta el auto y la llevó de regreso a la casa de Sara. Tras un beso suave en los labios como despedida, Alex emprendió el viaje de vuelta a su hogar con el corazón desbocado y los ojos llenos de anhelo; se sentía el hombre más feliz del mundo, convencido por completo de que sus sentimientos finalmente comenzaban a ser correspondidos. Mientras tanto, en el salón principal de Black Global, Sebastián arrastraba los pies con la firme intención de zafarse de las garras de su prometida e ir a buscar a Kateryn para exigirle una explicación. Sin embargo, Valeria se anticipó con una jugada tras sospechar los posibles movimientos de su futuro esposo. —Vámonos, debes descansar. Te llevaré a casa —sentenció Sebastián con una voz que intentaba disimular su ira. La tomó del brazo sin mirarla. —Está bien cariño, porque no me siento bien... —murmuró Valeria, parpadeando con debilidad mientras se llevaba una mano a la frente—. Todo me está dando vueltas, siento que me falta
Alexander la guió con caballerosidad por el pasillo del ala oeste, ajeno por completo a la culpa que carcomía a Kat por dentro. Al llegar a la antesala privada del tocador —un espacio elegante con paredes espejadas y luz tenue—, el silencio del corredor los aisló del bullicio de la gala. Kat sabía que no tenía tiempo que perder. Valeria la vigilaba y cada minuto de retraso ponía en riesgo la vida de Leo. Se giró hacia Alex, forzando a sus ojos azules a brillar con una falsa vulnerabilidad. —¿Estás mejor? —preguntó Alex, acariciándole sutilmente el brazo con genuina preocupación—. Te noto demasiado pálida, Kat. Si quieres, puedo pedir que te lleven a casa ahora mismo. —No… no todavía —susurró Kat, dando un paso al frente y acortando la distancia. —Kat… —advirtió él, con la voz volviéndose espesa al tenerla tan cerca. Sus sentimientos eran reales y la voz seductora de la diseñadora comenzaba a nublarle el juicio que le quedaba debido al alcohol. —Tengo miedo, Alex. Miedo de lo
Kat apretó los puños con una fuerza que le enterró las uñas en las palmas, pero apretó aún más su corazón para obligarlo a resistir la descabellada idea de Valeria. El pánico por Leo le cerraba la garganta, pero la lucidez de la supervivencia se impuso ante el terror. Tragó duro, clavándole una mirada de acero a su enemiga. —Está bien, lo haré —cedió Kat, con una voz gélida que sonó como una sentencia. —Bien. Suerte, querida, disfruta de la velada —sonrió Valeria, saboreando su triunfo temporal con una altanería enfermiza. Minutos después, Kat volvió al salón principal manteniendo la espalda recta, aunque sus dedos temblorosos eran casi imposibles de controlar. La intuición psicótica de Valeria era certera y fría: solo un beso de Kat bastaría para que Alex cediera a lo que ella quisiera; conocía de sobra a su hermano y sabía que estaba realmente enamorado de Kateryn. Si ella le daba una mínima esperanza, Alexander caería solo en la trampa. Al cruzar el salón, el peso de la culpa y







