ANMELDENEn algún momento comencé a sentir hambre.A pesar de toda aquella situación horrible, mi cuerpo parecía incapaz de comprender que no era el mejor momento para ponerse exigente. Seguía necesitando comida, calor y descanso, como si no estuviera desnuda, herida y encerrada en una celda con un cadáver en descomposición.Fue entonces cuando me di cuenta de que llevaba varias horas allí.Durante ese tiempo me había dedicado a autocompadecerme, llorar un poco y, finalmente, considerar una idea que no me habría pasado por la cabeza en circunstancias normales: el cadáver que tenía enfrente ya no necesitaba su ropa. Quizá podría prestármela.Por supuesto, terminé descartando la idea a regañadientes. No porque me diera demasiado asco ponerme las prendas de un muerto, aunque la posibilidad de tener que limpiar los restos de piel y tejido que pudieran haberse desprendido y quedado adheridos a la tela no me resultaba precisamente agradable. El verdadero problema era que tenía heridas abiertas por t
Había algo allí.No conseguí identificarlo. Parecía una masa inmóvil, demasiado oscura para distinguir sus contornos, y durante unos instantes pensé que quizá se trataba de un montón de ropa o de algún objeto abandonado por los guardias.Sin embargo, había algo extraño en su forma.No parecía un objeto.Me quedé observándolo con cautela, esperando que se moviera o que mis ojos terminaran de acostumbrarse a la oscuridad. Pasaron largos minutos, pero aquella cosa no hizo el menor movimiento.El silencio se volvió insoportable.Al principio, todavía temblaba por el miedo que me había provocado la persecución. Cada vez que recordaba los ojos del príncipe y aquella transformación monstruosa, sentía que mi corazón volvía a acelerarse. Pero, poco a poco, el terror dejó paso a otra sensación mucho más simple.Frío.El aire helado en mi cuerpo, privado de ropa y cubierto de heridas, no tenía forma de protegerse. Mis dientes comenzaron a castañetear. Intenté hacerlos parar, pero no lo conseguí.
No era difícil saber que yo era el «secreto» del príncipe. Al menos, no después de haber leído aquellos libros que explicaban por qué los humanos teníamos prohibido entrar en aquel reino.No sabía qué pensaría su padre de todo aquello, pero, por la forma en que el príncipe había insistido en mantenerme oculta, imaginaba que no sería nada bueno.Aun así, nunca me había detenido a pensar qué ocurriría si alguien me descubría.Ahora tenía la respuesta delante de mí.—No te conozco.El rey olfateó en mi dirección. Al principio, su expresión reflejaba una ligera curiosidad, acompañada de un enojo que parecía dirigido a los lobos que seguían gruñendo más allá. Sin embargo, en cuanto mi olor llegó hasta él, todo aquello desapareció.Su rostro se endureció y sus labios se retrajeron, dejando al descubierto unos dientes que parecían mucho más amenazantes de lo necesario.—¡Humana! ¿Qué mierda hace una humana en mi castillo? ¡¿Cómo dejaron que esto pasara?!Su voz retumbó a nuestro alrededor.N
Los pocos segundos que había ganado al cerrar aquella puerta no me salvarían.Lo comprendí mientras corría por los pasillos, escuchando los rugidos que resonaban a mi espalda. No sabía cuánto tiempo podría mantenerme delante de aquella criatura, pero estaba segura de que, si continuaba huyendo por el castillo sin encontrar una salida, tarde o temprano terminaría acorralada.Y yo deseaba vivir.La certeza me golpeó con una fuerza que no esperaba. Durante mucho tiempo me había dado igual lo que ocurriera conmigo. Había aceptado mi situación porque no tenía nada a lo que quisiera regresar, ni un lugar al que deseara ir. Sin embargo, ahora que la muerte corría detrás de mí con las fauces abiertas, descubrí que no quería morir. No de aquella manera. No a manos de un monstruo que hasta hacía unas horas había compartido mi cama.Tenía que encontrar una salida.Al llegar a las escaleras, casi rodé por ellas. Mis pies resbalaron en uno de los escalones y tuve que agarrarme de la pared. El movi
Me desperté de golpe cuando el príncipe me arrojó de la cama. Caí con fuerza sobre el suelo, golpeándome una rodilla y la palma de una mano. El impacto me arrancó el aire de los pulmones y durante unos segundos solo pude permanecer allí, intentando comprender qué acababa de ocurrir. —¿Qué...? No llegué a terminar la pregunta. El sonido que salió de la garganta del príncipe no se parecía a ninguno de los gruñidos que había escuchado durante los meses que llevábamos compartiendo habitación. Era más profundo, más áspero, y parecía surgir de algún lugar mucho más oscuro que su voz habitual. Me incorporé sobre los codos. Él estaba de pie junto a la cama, inclinado hacia delante, con los brazos rígidos a ambos lados del cuerpo. Su respiración se había vuelto irregular y sus hombros comenzaron a estremecerse, como si algo estuviera intentando abrirse paso bajo su piel. Al principio pensé que estaba enfermo. Después vi sus ojos. El color parecía haberse alterado, y sus pupilas se ha
No comprendía por qué me lo explicaba. Hasta ese momento, nunca había mostrado interés en contarme nada sobre sus asuntos, y yo tampoco había preguntado. Si quería mantenerme escondida, podía hacerlo. El príncipe guardó silencio unos segundos antes de continuar.—Mientras tanto... ¿te gustaron mis regalos?Asentí, aunque para ser sincera, ni siquiera recordaba que había dejado las joyas sobre la mesa de la biblioteca hasta que las mencionó.—Bien.Hizo un gesto hacia la cama, indicándome que fuera hacia allí.Obedecí.Esa noche fue larga. Casi como si quisiera sacar algún tipo de frustración conmigo.Y entonces el comportamiento del príncipe comenzó a cambiar después de aquello.La siguiente vez que volví a la biblioteca, el sitio ya se encontraba limpio. Eso fue agradable... y el primero de los cambios visibles.Al principio, cuando descubrió que pasaba casi todo el día allí, empezó a visitarme entre sus deberes. A veces aparecía a media mañana, cuando apenas había terminado de desa







