ANMELDENCuando Juliana regresó al apartamento, Amanda la esperaba en la sala con el televisor encendido. Apenas la vio entrar, tomó el control y bajó el volumen.—¿Cómo te fue?Juliana dejó el bolso sobre una silla.—Bien. Hablamos bastante.Amanda la observó mientras se quitaba los zapatos. Su hermana llegó más tranquila de lo que estaba al salir y sonreía sin darse cuenta.—Hicieron cosas de adultos, ¿verdad?Juliana levantó la mirada.—Amanda.—Eso significa que sí.Ella se sentó a su lado, todavía un poco avergonzada.—Sí, nos besamos.La adolescente sonrió, pero Juliana continuó antes de que comenzara con las preguntas.—Eso no significa que vayamos a volver. Todavía necesitamos resolver algunas cosas.—Está bien. Solo era curiosidad.Juliana le apartó el cabello de la cara.—También me llamó Salvatierra. Autorizaron tu visita.Amanda se incorporó de inmediato.—¿Cuándo puedo verlo?—Nos enviarán los detalles. Quieren coordinar el encuentro con tu psicóloga y una asesora de la corte.—Ma
Juliana tardó más de lo habitual en vestirse. Sacó una blusa, volvió a guardarla y terminó eligiendo un vestido azul que llevaba semanas sin ponerse. Al mirarse al espejo, se acomodó el cabello sobre los hombros y sintió vergüenza de estar tan nerviosa. No era la primera vez que iba a ver a Sebastián, pero sí la primera que lo hacía porque quería estar con él después de conocer la verdad.Amanda la encontró buscando unos pendientes.—¿Vas a salir?—Voy a ver a Sebastián.Su hermana dejó de caminar.—¿Hoy?—Sí. Hablamos anoche.Amanda observó el vestido y luego su rostro.—¿Te pusiste bonita para él?—No empieces.—No dije nada malo.Juliana terminó de colocarse un pendiente y tomó el bolso. Amanda la siguió hasta la sala.—¿Van a volver?La pregunta hizo que se detuviera.—Solo voy a hablar con él.—Está bien.Juliana miró a su hermana, que intentaba parecer menos interesada de lo que estaba.—Lo de tu visita sigue pendiente. No me he olvidado.—Ya sé, Juli.Amanda se acercó y la abra
Quince días después de la audiencia, Juliana extrañaba a Sebastián más de lo que esperaba. Cuando le ocurría algo, bueno o malo, sentía ganas de contárselo. Algunas veces le escribía; otras dejaba el teléfono a un lado porque todavía no sabía si estaba preparada para perdonarlo.Sebastián continuaba enviándole mensajes. Le preguntaba por sus clases, le deseaba buenas noches o le contaba algo de su día. Si ella no respondía, no insistía. Pero Juliana comenzó a contestar con más frecuencia y las conversaciones se hicieron más largas.Una tarde, después de aprobar un examen para el que estudió toda la semana, le envió una fotografía de la calificación.“Sabía que te iría bien”, respondió él.“Yo no. Anoche estaba convencida de que iba a reprobar”.“Siempre dices eso y después sacas una buena nota”.Juliana sonrió. Sebastián conocía cuánto se preocupaba antes de cada evaluación.Juliana estuvo a punto de decirle que lo extrañaba, pero borró el mensaje antes de enviarlo. Guardó el teléfono
Durante las dos semanas siguientes, Sebastián cumplió su promesa. No le envió flores ni obsequios costosos, ni utilizó a Amanda, a Salvatierra o algún asunto de la empresa como excusa para acercarse. Se limitó a escribirle.Algunos mensajes estaban relacionados con el Grupo Echeverría. Otros eran mucho más personales.“Encontré una de tus pinzas para el cabello debajo del sofá. No la tiré”.“Sé que no tengo derecho a preguntarte cómo estuvo tu día. Solo quería desearte buenas noches”.Juliana no contestó todos. Algunas veces bloqueaba nuevamente la pantalla y otras respondía con un “estamos bien”. Sebastián nunca reclamó por los mensajes ignorados ni intentó prolongar una conversación cuando percibía que ella no quería hablar.Aquella paciencia comenzaba a resultarle mucho más difícil de enfrentar que cualquier gesto grandioso.Matthew también respetó los límites que ella estableció. La acompañó a la evaluación médica, le presentó a una nutricionista y diseñó una rutina sencilla para
Juliana entró en el apartamento y cerró la puerta detrás de sí. Permaneció inmóvil durante algunos segundos, con los libros apretados contra el pecho y la sensación de los labios de Matthew todavía presente.No fue un beso apasionado ni duró lo suficiente para significar algo. Sin embargo, había logrado poner su mundo de cabeza.—¿Por qué tienes esa cara?Amanda se encontraba en la cocina, comiendo cereal directamente de la caja.—¿Qué cara?—Como si acabaras de cometer un terrible error.Juliana dejó los libros sobre la mesa.—Matthew me besó.Amanda dejó de masticar.—¡¡¡¿Qué?!!!—No grites.La adolescente abandonó la caja sobre la encimera y se acercó.—¿Y tú qué hiciste?—Me aparté.—¿Por qué?Juliana le dirigió una mirada de advertencia.—Porque somos amigos.—Amigo el ratón del queso.—Amanda, no empieces.—¿Y qué tal? ¿Te gustó?Juliana abrió la boca, pero no encontró una respuesta sencilla. Matthew era atractivo, la trataba con respeto y acababa de confesar que la deseaba tal
Sebastián llegó al apartamento pocos minutos antes de que comenzara el horario nocturno impuesto por el tribunal. No recordaba con claridad el trayecto desde el edificio de Juliana; condujo por inercia, con las manos aferradas al volante y la imagen del beso repitiéndose dentro de su cabeza.Tomó los girasoles y la nota que permanecían sobre el asiento del copiloto y subió. “No espero que esto cambie nada. Los vi y pensé en ti”, había escrito. El silencio del apartamento volvió a recordarle el hogar que alguna vez comenzó a construir junto a Juliana y Amanda, antes de destruirlo con sus mentiras.Dejó las flores sobre la mesa y caminó hasta el bar. No acostumbraba beber cuando estaba molesto y detestaba perder el control, pero aquella noche abrió una botella de whisky que llevaba meses sin tocar. El primer trago le quemó la garganta; el segundo resultó m







