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Capitulo. 11

Auteur: Belladonna
last update Date de publication: 2026-10-19 23:44:04

PoV Bianca

El impacto de sus labios contra los míos me cogió por sorpresa, un arrebato de agua salada y deseo prohibido que me robó el último resquicio de aire.

Por un segundo, la resistencia se me derrumbó en las manos y le correspondí con la misma urgencia salvaje, sintiendo cómo su cuerpo se pegaba al mío en la inmensidad del mar abierto.

Pero la realidad me golpeó como una ola helada.

Puse las manos firmemente contra su pecho y lo empuje con todas mis fuerzas, salpicando agua a nuestro alrededor mientras me apartaba de él con el pecho agitado.

—¡Tienes que dejar de hacer esto, maldita sea! —le grité, furiosa y temblando, con los ojos clavados en su rostro imperturbable.

Valentino se mantuvo flotando con una tranquilidad insultante, ladeando la cabeza mientras una sonrisa torcida curvaba sus labios.

—¿Y si no quiero?

—¡Tu estúpido juego me está hartando! —le espeté, apretando los dientes con rabia.

Él se acercó un par de brazadas más, acortando la distancia con una arrogancia que me quemaba la sangre.

—Vamos, mami... no te hagas de rogar. Bien que disfrutaste cuando te viniste en mi mano hace un rato.

El insulto, la verdad descarada y la burla en su voz rompieron mi última barrera de autocontrol. Levanté la mano y le propiné una bofetada sonora que resonó contra el casco del yate, dejando la marca roja de mis dedos en su mejilla mojada.

—Vete al infierno, Valentino.

Dí media vuelta sin mirar atrás, comencé a nadar con brazadas desesperadas y furiosas hacia la popa del yate, saqué el silbato de emergencia del chaleco y soplé con fuerza una y otra vez hasta que vi cómo las escaleras mecánicas empezaban a descender para rescatarme de ese infierno azul.

 

Subí por la escalinata metálica con las piernas temblando, sintiendo todavía el eco de la bofetada y el calor de su presencia en el agua.

En cuanto puse un pie en la cubierta, me acerqué a Lorenzo y no me despegué de su lado en el resto de la tarde.

Me senté a su lado, lo abracé de la cintura y le hable con una dulzura exagerada, usando su proximidad como un escudo invisible contra la mirada oscura de Valentino, que nos observaba desde el otro extremo del yate en completo silencio.

Unas horas después, fingí una pálida repentina, llevándome una mano a la frente con expresión de absoluto sufrimiento.

—Cariño, lo siento mucho... pero me siento mal, creo que el sol me hizo daño y me mareé. ¿Podemos regresar? —le rogué a Lorenzo con voz débil.

Él, preocupado de inmediato, ordenó al capitán dar la vuelta sin pensarlo dos veces.

En cuanto el yate atracó y llegamos a la mansión, me encogí en mi refugio. Subí directo a la habitación principal, me metí en el baño, me cambié la ropa y cerré la puerta con llave, negándome a salir bajo ninguna circunstancia.

Cuando la empleada subió con la cena, le pedí que dejara la bandeja en la entrada y que no me molestara más.

Me senté en el borde de la cama, con la bata puesta y el plato intacto sobre las rodillas, mientras mi mente trabajaba a toda velocidad.

Tenía que analizar qué carajos iba a hacer con ese mocoso.

Sabía perfectamente que Valentino no estaba enamorado ni interesado en mí de verdad; solo me estaba usando como un peón para joder a su padre, para desafiarlo y romper su mundo perfecto desde adentro.

Pero que le quedara claro: él no iba a arruinar mis planes.

Había aguantado demasiado, había planeado cada paso de esta farsa y no iba a permitir que un capricho calenturiento tirara por la borda el imperio que estaba a punto de ser mío.

 

La puerta de la habitación se abrió de golpe y Lorenzo entró con pasos pesados, buscando con la mirada hasta encontrarme sentada en la cama con la bandeja de comida intacta.

Se acercó de inmediato con el ceño fruncido, preocupado por mi encierro.

—Mi amor, ¿cómo sigues? La empleada me dijo que no querías salir —preguntó, sentándose a mi lado para acariciarme la mejilla.

Me volví hacia él con una urgencia repentina, cambiando mi expresión por una máscara de vulnerabilidad absoluta. Me abalancé a su cuello, rodeándolo con los brazos con fuerza.

—Te extrañé tanto hoy... solo quería estar contigo, alejarme de todo —le susurré al oído con voz melosa, besándole la mandíbula con desesperación.

Lorenzo soltó una risa suave, halagado por mi repentino desborde de afecto, y me tumbó despacio sobre las sábanas de seda. Sin perder tiempo, me quitó la bata y se metió entre mis piernas, poseyéndome con una fuerza rutinaria y directa, un acto rápido y sin rodeos que yo recibí con los ojos cerrados, aferrada a sus hombros como si mi vida dependiera de ello.

Terminó al poco rato con un par de gruñidos pesados, besándome la frente antes de apartarse para acomodarse la ropa y regresar a su estudio a terminar unos pendientes.

Me quedé acostada boca arriba, mirando fijamente el techo en silencio mientras el peso de su cuerpo se desvanecía.

Físicamente había cumplido su objetivo, se sintió bien, correcto, dentro de lo esperado.

Pero en el fondo de mi mente, un eco ardiente me recordaba una verdad amarga: nada, absolutamente nada de lo que Lorenzo acababa de hacer, se comparaba con la sensación de los dedos de Valentino o el calor de su boca devorándome sin pedir permiso.

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