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El viento aullaba como un espíritu errante entre los árboles del bosque, un lamento frío que se colaba bajo la piel. En lo alto, la Luna Roja —un disco carmesí y enorme— ascendía lentamente en el cielo nocturno, derramando un baño de luz sangrienta sobre la tierra. Las sombras se estiraban y se contorsionaban en formas monstruosas, y el aire espeso se cargaba de un palpable e inminente peligro, una electricidad salvaje.
Entre la maleza y los helechos mojados por el rocío, una silueta se movía con una velocidad casi inhumana. Esquivaba troncos caídos y sorteaba raíces nudosas con la destreza pulida de una bestia cazada a lo largo de décadas. Cada músculo era un resorte de tensión, cada movimiento, una elección de vida o muerte. Ethan Vólkov respiraba en bocanadas profundas y dolorosas. Sus pulmones exigían oxígeno, sus músculos de las piernas ardían con una fatiga que no se permitía reconocer. Pero lo peor era la sensación que reptaba bajo su piel: una vibración, un latido bestial que era la inminente transformación. La bestia interior arañaba sus costillas, amenazando con romper su control y desatar el caos. Años. Una vida entera de huida. Hacía demasiado tiempo que no se quedaba en un solo lugar más de una semana. No podía. No se le permitía el lujo de la estabilidad. Siempre en movimiento, siempre al filo, huyendo. Los cazadores —tanto humanos fanatizados como sus propios parientes licántropos— no le daban una tregua. Todos compartían el mismo deseo: verlo muerto o, peor aún, esclavizado y utilizado. La amargura le quemó la garganta. ¿Por qué el infierno? Porque él era la anomalía, el error genético que el resto de las especies no podían clasificar. No era solo un hombre lobo, una criatura atada al ciclo lunar. Ni solo un licántropo, con el control de su forma humana. Era ambos. El equilibrio imposible. Podía elegir transformarse en un lobo común, un fantasma sigiloso y ágil con el pelaje tan negro como la noche, o desatar la imponente criatura mitad hombre, mitad bestia que aterrorizaba incluso a los alfas más poderosos de los clanes. Su existencia misma rompía las reglas inmutables de la naturaleza, del equilibrio, y eso lo hacía demasiado valioso para los ambiciosos... o demasiado peligroso para los puristas. Un crujido seco, demasiado cercano y deliberado para ser un animal, lo sacó de su trance mental. A su izquierda. Ethan detuvo la carrera en seco. Su instinto de supervivencia, ese radar hiperactivo que lo había mantenido con vida, se disparó. Giró la cabeza, los ojos Azules encendiéndose en la penumbra. No estaba solo. Lo habían encontrado. Apretó los dientes hasta sentir el dolor en su mandíbula. El aire se sintió denso, pesado. Sus perseguidores lo habían rastreado hasta ese bosque remoto, y la Luna Roja les daba el coraje y la fuerza para no detenerse hasta verlo caer. "Siempre igual", se dijo con una resonancia de resignación y hastío. A lo lejos, no obstante, los sonidos de pisadas apresuradas y pesadas rompieron la frágil tranquilidad del bosque. No eran simples humanos torpes en la oscuridad. Eran licántropos. El ritmo, el peso, la velocidad... guerreros endurecidos, con la misión de matar. Se obligó a reanudar la carrera, saltó sobre un arroyo murmurante de agua helada y rodó de forma fluida hasta quedar emboscado entre un cúmulo de helechos altos y maleza espinosa. Su respiración se volvió silenciosa de inmediato, controlada, la técnica perfeccionada de años. Desde su escondite, inmóvil, pudo verlos. Cinco figuras emergiendo de entre la cortina de árboles. Altos, con cuerpos voluminosos y marcados por innumerables batallas, se movían con una coordinación silenciosa. Sus ojos resplandecían con una intensidad animal que brillaba aún más bajo la luz carmesí de la luna. Uno de ellos, el líder, alzó la nariz, aspirando el aire con una rudeza innecesaria. —Está cerca —gruñó con una voz gutural que resonó en el pecho de Ethan. El aroma de su miedo y su sudor lo delataban. Ethan cerró los ojos un instante, una gota de sudor frío deslizándose por su sien. Tuvo que contener con todas sus fuerzas el instinto primario de saltar y atacar. Sabía que su poder, desatado en ese punto de la noche, podía aniquilarlos a los cinco en pocos segundos. Pero eso significaba ceder al instinto, perder el control... y si eso pasaba, el bosque entero, y posiblemente él mismo, se bañaría en sangre. No podía permitírselo. Esperó, con cada fibra de su ser tensa. Cuando los cazadores, guiados por un rastro antiguo, avanzaron en la dirección equivocada, Ethan aprovechó la fracción de segundo. Se deslizó como una sombra, en silencio absoluto, y huyó en la dirección opuesta, doblando la trayectoria para confundir su olor. Pero el destino, esa fuerza ciega y caprichosa, parecía haber trazado otros planes para él esa particular Noche de la Luna Roja. Continuó la carrera por lo que parecieron horas interminables, atravesando terrenos rocosos y pendientes embarradas. El dolor en su cuerpo se había vuelto un castigo insoportable, una tortura constante. La luna roja, implacable, intensificaba su naturaleza salvaje, susurrando en su mente, exigiendo que se transformara por completo para aligerar la carga. Pero no podía. No en medio de un área poblada de civiles, incluso si estaban muy lejos. Un tropiezo, una raíz invisible. El agotamiento final lo venció. Cayó pesadamente entre un revoltijo de arbustos y espinas, el aliento escapándosele un gruñido. Fue entonces, justo en el momento de su mayor vulnerabilidad, cuando la vio. A escasos metros de su cuerpo de lobo, una mujer estaba arrodillada. No huía, no gritaba. Estaba junto a un lobo más pequeño, común, que yacía inmóvil, visiblemente herido. Las manos de la mujer temblaban ligeramente, pero su expresión no mostraba pánico, sino una mezcla de ternura desesperada y determinación inquebrantable. Ethan la observó desde su forma animal, inmóvil, protegido por el manto de sombras del dosel arbóreo. El dolor físico se atenuó, sustituido por una urgencia inexplicable. Ella no parecía haber notado su presencia aún. Su atención estaba totalmente absorbida por el lobo malherido que intentaba ayudar. —Tranquilo, amigo —susurró con una voz increíblemente suave y musical, acariciando con cuidado la cabeza del animal—. No voy a hacerte daño. Solo te voy a ayudar a levantarte. Su aroma, cuando el viento lo arrastró hasta las fosas nasales hipersensibles de Ethan, no era el de una cazadora, ni el de una licántropa. Era humana, pero con un matiz de tierra mojada y jazmín silvestre que le resultó sorprendentemente atractivo. Algo en esa mujer era hipnótico, casi sobrenatural. No solo por la delicadeza de sus facciones que distinguía incluso bajo la luz espectral, sino por la forma en la que miraba al lobo herido: con devoción, con una empatía genuina. Como si de verdad entendiera a las criaturas salvajes como él. Su mente, aún la de Ethan a pesar de la forma animal, le gritaba un mandato urgente: Aléjate. Seguir cerca de ella solo la pondría en el punto de mira de sus perseguidores. Pero su cuerpo, su forma lobuna, no respondía a la orden. Por primera vez en mucho, mucho tiempo, Ethan Vólkov no sintió el impulso de seguir corriendo. Celeste Carter sintió el cambio en la atmósfera. Su piel se erizó, una punzada de adrenalina fría. Sabía que no estaba sola, era la sensación de ser observada intensamente. Levantó la mirada desde el lobo herido y entonces lo vio. Un lobo. No, el lobo. Enorme, un gigante de ébano, observándola desde las sombras con una quietud casi regia. Su corazón se disparó en su pecho, pero no por el miedo que debería sentir. Había algo en esos ojos azules que la miraban fijamente... algo que trascendía lo animal, una inteligencia, un conflicto. Era distinto a cualquier otro lobo que hubiera encontrado. —Hola… —susurró, su voz apenas un hilo, pero sin temblar. Ethan no se movió. No podía. Estaba clavado en el sitio, paralizado por la simple visión de su rostro iluminado por la luna carmesí. Sabía que si daba un solo paso hacia ella, cambiaría su destino para siempre. Pero entonces, a lo lejos, el eco familiar y escalofriante de un aullido de caza rompió la calma tensa del bosque. Sus enemigos seguían buscándolo, y ahora estaban mucho más cerca. Tenía que irse. Pero la idea de huir y dejar atrás a esa mujer, a esa pequeña luz en su oscuridad que, por alguna razón desconocida, le hacía sentir que aún había algo valioso por lo que valía la pena luchar y no solo huir, le resultaba punzante. Un aullido más cercano, más gutural y urgente, lo sacó de su trance fatal. El sonido era un recordatorio brutal de la realidad que lo acechaba. No tenía elección. La seguridad de ella era lo primero. Giró sobre sus poderosas patas con un movimiento rápido y silencioso y se lanzó a la espesura del bosque, perdiéndose de inmediato entre las sombras oscuras que la luna no podía alcanzar. Celeste lo vio desaparecer, una figura fugaz y majestuosa, sin tener idea de que aquel lobo no era una simple bestia salvaje… sino la encarnación de una maldición viviente.El ascensor privado de Ethan Volko era una cápsula de titanio y cristal ahumado que ascendía a una velocidad silenciosa. Celeste se sentía como si estuviera siendo catapultada hacia un vórtice, su corazón martilleando contra sus costillas al ritmo frenético del acero.La tensión en la sala de juntas de la planta baja se había cortado con un cuchillo segundos antes.Celeste había levantado la mirada solo cuando el dueño ya estaba a tres pasos de ella. Intentó mantener el contacto visual a raya, forzándose a fijar sus ojos en el nudo de la corbata de seda oscura, concentrándose en el trabajo, no en el hombre.—Señor Volko, bienvenido a la sede de Santiago —había dicho Don Ignacio, con la voz más formal que Celeste le había escuchado nunca—. Permítame presentarle a la Señorita Celeste: nuestra Analista Junior. Ella ha sido seleccionada para asistirlo personalmente durante su estancia.Celeste, entrenada en la inmovilidad corporativa, había extendido la mano con una pulcritud automática.
La noche se había tragado la autopista del Cantábrico. El coche, un sedán blindado de color oscuro, cortaba la densa niebla salitre que subía desde la costa. El trayecto de Asturias a Santiago de Compostela era una tortura de tres horas que se sentía como una eternidad para un hombre cuyo cuerpo estaba diseñado para la caza, no para la inmovilidad.El hombre de ojos azules como el zafiro iba sentado en la parte trasera, sin molestarse en desabrocharse el cuello de su costoso traje. Sus ojos zafiros no veían el paisaje borroso de los eucaliptos gallegos que pasaban veloces; estaban fijos en el presente: la adquisición. Bajo el asiento, sus músculos se tensaban y se relajaban con un tic nervioso, el instinto de la bestia contenida por la lana fría del tweed.Héctor, su hombre de confianza, se atrevió a pasar un sobre de manila.—Señor, aquí está el perfil solicitado. Celeste, Analista Junior, Vesperia. Es la responsable principal de la documentación de riesgo de Siderurgia del Norte. Do
Pasaron tres años desde que Celeste llegó a Santiago de Compostela. Tres años de absorber la disciplina de su carrera, Administración de Empresas, de sustituir el olor a pino por el de papel y carbón, y de enterrar el recuerdo del bosque bajo capas de lógica, balances financieros y planificación. Los sueños del lobo de ojos azules se volvieron menos frecuentes, aunque más intensos cuando la Luna Llena se asomaba por las estrechas calles de granito.Lira se había convertido en su ancla, una explosión de color y caos que impedía a Celeste volverse tan gris como las paredes de la ciudad. Gareth, el enigmático compañero de la librería, desapareció misteriosamente al comienzo de su segundo año, justo después de que Celeste se atreviera a preguntarle sobre su cicatriz. Su ausencia dejó un vacío incómodo y un nuevo tema de estudio para Celeste: la gestión del abandono.Ahora, Celeste estaba a un semestre de graduarse y ya había asegurado un puesto de trabajo. Su esfuerzo metódico había dado
La mañana llegó sin piedad. El sol aún no se había asomado por el horizonte, pero el cielo ya estaba teñido con los grises acerados de un amanecer inminente. Celeste se puso un vestido de viaje de lana gruesa, el único que no olía a bosque y humo, y se ciñó el bolso de lona con sus libros. Elian ya había encendido la chimenea y el aroma a leña recién quemada luchaba contra la humedad del exterior.El momento de la despedida fue breve y punzante. Junto al camino de tierra, la diligencia esperaba, un pesado armatoste de madera tirado por dos caballos robustos que resoplaban nubes de vapor en el aire gélido.—Escríbeme cada semana. Y come bien. La sopa de cebada no dura eternamente —dijo Elian, forzando una sonrisa que no le llegaba a los ojos.Celeste se aferró a él, hundiendo el rostro en el hombro de su hermano. El olor a pino y a tierra mojada que desprendía su ropa era el aroma del hogar, de la única seguridad que había conocido.—Tú también cuídate. Y no salgas de noche —susurró el
El sol se había rendido ante la noche. El cielo sobre el bosque era de un azul oscuro y aterciopelado, salpicado por una capa de estrellas indiferentes. En el pueblo, una leve neblina tejía su camino entre las casas de madera, y el silencio de la noche solo se rompía por el murmullo distante del río y el suave crujir de las brasas.Celeste, sin embargo, no estaba en casa. Estaba en el lindero.Se había puesto su capa más gruesa, la lana burda picándole la piel, y llevaba una linterna de mano cuyo débil haz temblaba con cada paso. El aire era gélido, mucho más frío que la noche anterior, y el olor de la tierra húmeda, agujas de pino y un sutil regusto a humo era abrumador.No podía irse sin intentarlo una última vez.La mente de Celeste se había convertido en un campo de batalla desde su encuentro con aquel ser, ese licántropo de pelaje negro como el ébano y ojos azules que la habían mirado con una mezcla tan cruda de dolor y pánico. El recuerdo de sus zarpas rozando su piel, la tensió
El aire en la guarida era pesado y denso, saturado con el acre perfume de pólvora, cuero y un rancio olor a sangre seca que el tiempo no lograba disipar.La cabaña, lejos de ser un refugio acogedor, era una fortaleza construida a la inversa: paredes de piedra bruta, ventanas selladas con barrotes de hierro y una única puerta de roble macizo, diseñada para mantener a las bestias afuera, o a la bestia que la ocupaba, dentro.El calor de la chimenea no conseguía aplacar el escalofrío que corría por la espina dorsal de Kaelen. Él no estaba allí. No por el frío, sino por la furia.Kaelen Vance era un hombre que se había dedicado a la caza de licántropos y otras aberraciones del folclore con una devoción casi religiosa. Su rostro, marcado por cicatrices pálidas que cruzaban su barbilla y ceja, era un mapa de viejas batallas. En sus ojos, de un gris tormentoso, no había ya rastro de juventud, solo la frialdad implacable de quien ha visto demasiado odio.Estaba de pie frente a un mapa antiguo




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