LOGINLlegaron al castillo cuando el cielo ya era un manto de sangre. La luna colgaba enorme y roja sobre las torres de piedra negra, tiñendo todo con un resplandor enfermizo. Lyra sintió el peso de aquella luz sobre su piel como una caricia que no había pedido.Kael saltó del caballo y la bajó de un tirón. Sus manos ardían donde la tocaban.—Camina —ordenó.Lyra obedeció. Sus pies descalzos apenas sentían el frío de la piedra, solo sentía el calor de él a su espalda, su aliento entrecortado y su presencia como una sombra que la devoraba.Entraron al castillo y las antorchas parpadeaban con llamas anaranjadas.—¿Dónde está todo el mundo? —preguntó Lyra.—Encerrados —respondió Kael con la voz áspera—. La Luna Roja los vuelve locos. Como a mí.Lyra sintió el miedo y quiso correr, pero él la agarró por el brazo y la empujó contra la pared.—No —dijo, con el rostro a centímetros del de ella—. No huyas. No ahora.—Kael...—Tu olor —susurró, inclinándose sobre ella—. Tu maldito olor me está volvi
Lyra pasó toda la noche en el suelo del pasillo.No podía levantarse. Solo sentía el frío de la piedra calándole los huesos y el eco de las palabras de Kael repitiéndose en su cabeza: «No quieres ser mía, ¿verdad? Entonces defiéndete sola».Había estado a punto de morir. Los lobos en el bosque, los aullidos, el miedo y él dejándola afuera, a propósito, solo para demostrarle que necesitaba su protección.Y lo peor era que tenía razón.Lyra odiaba admitirlo, pero Kael tenía razón. Necesitaba su protección. No podía defenderse sola. Era humana, débil y frágil, y todos los lobos del castillo lo sabían.Cuando el sol gris del amanecer se coló por las ventanas, Lyra finalmente se levantó. Sus piernas le dolían y su espalda estaba entumecida, pero se obligó a caminar.Llegó a su habitación y cerró la puerta. Se sentó en la cama de piedra y miró por la ventana. El cielo estaba nublado, pero podía ver las torres del castillo recortándose contra el horizonte.No podía quedarse allí.No podía pa
No se movieron.Lyra sentía el aliento de Kael contra su rostro, sentía el latido de él resonando en su pecho, sentía el sabor de su propia sangre en los labios. Y lo odiaba. Lo odiaba con cada fibra de su ser.Pero también lo deseaba. Y eso era peor.—Suéltame —dijo.—Ya te solté —respondió Kael, sus ojos negros brillaban con un destello burlón—. Tú eres la que no se mueve.Lyra sintió la rabia quemarle las venas. Sin pensar, sin medir las consecuencias, levantó la mano y le cruzó la cara.Kael giró la cabeza lentamente. Cuando la volvió a mirar, sus ojos ya no eran negros. Eran dorados.—¿Me has abofeteado? —preguntó.—Te lo merecías —escupió Lyra, aunque su corazón latía tan rápido que casi se desmayaba—. No puedes besarme y tratarme como basura al mismo tiempo.—Claro que puedo. —Kael sonrió—. Soy el Alfa. Hago lo que quiero.—Pues yo no soy tuya.—Eso ya lo veremos.Kael
Lyra no durmió.El latido de Kael seguía ahí, clavado en su pecho; cada vez que cerraba los ojos, sentía su calor, su rabia y su presencia, aunque estuviera a kilómetros de distancia, y eso la volvía loca.Se levantó de la cama de piedra y caminó hasta la puerta; la llave seguía en la cerradura. ¿Por qué? ¿Acaso Kael confiaba en que no se iría? ¿O acaso quería que lo intentara?Empujó la puerta y se abrió sin resistencia.Lyra salió al pasillo; estaba vacío y oscuro, con antorchas que parpadeaban en las paredes.Caminó sin rumbo, siguiendo el latido que no era suyo. Quería encontrarlo, quería enfrentarlo, quería decirle que no aceptaba su destino, que no sería suya, que prefería morir antes que pertenecer a alguien que la odiaba.Llegó a una puerta grande, de madera tallada con figuras de lobos y lunas; detrás, escuchó voces.—No me importa —dijo la voz de Kael—. Lárgate.—Alfa, por favor —respondió una voz femenina, suave y pegajosa—. He esperado toda la noche.Lyra empujó la puerta
Kael caminó durante horas con ella en brazos; no la miró ni una sola vez, solo sentía su peso, su calor, su aliento entrecortado contra su pecho y cada latido de ella era una puñalada en su propia sangre.—¿Cuánto falta? —preguntó Lyra.—Cállate.—Solo quiero saber...—Dije que te calles.Lyra apretó los dientes; el dolor en su costado era insoportable, pero el desprecio en la voz de él era peor. Lo odiaba, lo odiaba con tanta fuerza que le dolía más que la herida.—No pedí que me salvaras —susurró.Kael se detuvo en seco, la bajó al suelo sin cuidado y la agarró por los hombros.—¿Crees que quiero hacer esto? —gruñó y su rostro estaba a centímetros del de ella—. ¿Crees que disfruto cargando una carga inútil como tú?—¡Entonces suéltame!—No puedo —la soltó y dio un paso atrás, pasándose una mano por el cabello—. No puedo y eso me vuelve loco. Cada vez que te lastiman, lo siento; cada latido tuyo resuena en mi pecho y no quiero eso, no quiero estar atado a una humana débil y patética.
Lyra sintió la luz antes de entender qué pasaba. La luna la envolvía, metiéndose por sus heridas como si quisiera repararla desde dentro. El dolor se amortiguó, pero no desapareció. Solo se volvió más profundo, como si algo estuviera despertando en su pecho.—No —susurró, escupiendo sangre—. No quiero.Pero la luz no pidió permiso.Y entonces los escuchó. Los cascos. Decenas. Galopando sobre la tierra como un terremoto que se acercaba.El lobo que la había atacado levantó la cabeza y sus ojos amarillos se entrecerraron.—Ya era hora —gruñó.Lyra no entendió. Su costado ardía y su visión se nublaba, pero pudo ver cómo el lobo se transformaba, cómo su cuerpo se erguía y se volvía hombre. Un hombre alto, de cicatrices en el pecho y garras que aún goteaban sangre.—¿Quién..? —intentó preguntar.Él la ignoró. Se giró hacia la puerta derrumbada del orfanato.Y entonces la entrada explotó.La madera voló en astillas. En el umbral, una figura se recortó contra la luna.Kael.Lyra no sabía qui







