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CAPÍTULO 2 — EL CONTRATO 2

last update Veröffentlichungsdatum: 31.10.2026 22:36:22

Subo al coche; mi madre se instala a mi lado; no llora, tampoco tiene derecho; nos han dicho que las emociones están fuera de lugar, que todo saldrá bien, que Lorenzo Fontana era un partido excepcional, joven, rico, guapo, treinta años, heredero de una familia industrial, fábricas, cuentas en Suiza, propiedades en la Toscana, una villa en Florencia, otra en Portofino. Todas las chicas sueñan con él.

Todas las chicas.

Excepto la que ha visto sus ojos.

Solo los vi una vez, durante el primer encuentro, en casa de su madre; estaba sentado en un sillón, con las piernas cruzadas, un vaso de whisky en la mano, no me miró, ni una vez, ni un segundo, habló del tiempo, de los negocios, de la fábrica que acababa de comprar. Su madre, la signora Fontana, una mujer seca y recta como una I, puso las condiciones del contrato como se ponen las reglas sobre una mesa: lo que debía hacer, lo que no debía hacer, lo que tenía derecho a decir, lo que debía callar. Él escuchaba, bebía, no me miraba.

Luego, al final, cuando todo se hubo dicho, giró la cabeza.

Sus ojos.

Avellana. Profundos. Helados.

Me detalló de la cabeza a los pies, como se examina un caballo que se duda en comprar; su mirada resbaló sobre mi rostro, sobre mis hombros, sobre mis manos posadas en mis rodillas; no había ni deseo, ni interés, ni siquiera curiosidad, solo una evaluación, un cálculo, una nota mental. Y luego dejó su vaso, se levantó, salió sin despedirse.

La signora Fontana levantó una ceja; dijo, en un tono que no admitía réplica:

—Es así; hay que acostumbrarse.

Es así.

No sé qué es; no sé nada de él; sé que se llama Lorenzo, sé que tiene treinta años, sé que tiene dinero, poder, una villa donde voy a vivir; sé que tiene una mujer, quizá, o una amante, o ambas cosas; lo vi salir de casa de su madre, ese día, y subir a un coche donde lo esperaba una silueta morena. Una mujer. Cabello largo, piernas largas, una risa que se oía a través del cristal.

No sé si estoy celosa; ni siquiera sé si tengo derecho a estarlo.

El coche se detiene frente al hotel donde se alojará mi madre; me toma la mano, tiene los dedos fríos, siempre ha tenido los dedos fríos, incluso en verano; abre la boca, la cierra, busca palabras que no existen.

—Eres valiente —acaba diciendo.

Niego con la cabeza.

—No, mamá; soy pobre.

Ella baja; la lluvia golpea el techo del coche; me quedo sola en el asiento trasero, con las manos vacías, el nombre de otra sobre mis hombros. El chófer espera, espera que dé una dirección, pero no tengo dirección, ya no tengo casa, tengo una boda en tres días, una villa donde me esperan, una vida que empieza sin que yo la haya elegido.

—¿Adónde voy, señora? —pregunta el chófer.

Señora.

Cierro los ojos; veo mi taller, rue des Arts, en Florencia; mis lienzos alineados contra la pared, mis pinceles en un tarro de mermelada, la luz de la tarde que entraba por la ventana e hacía brillar los colores; veo el cuadro que nunca terminaré, el que había empezado el día en que mi madre me anunció la deuda. Una mujer de pie ante una puerta cerrada; tenía las manos posadas sobre la madera, la cabeza inclinada, como si escuchara lo que pasaba detrás. No sabía, al pintar, que me pintaba a mí misma.

—A la villa Fontana —digo.

El coche arranca; Florencia desfila tras el cristal empañado; las calles que conozco, las plazas donde he caminado, el café donde iba con mis amigas, la librería donde compraba mis cuadernos. Todo eso se vuelve extranjero. Todo eso se vuelve ayer.

No lloro. He prometido no llorar.

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