ANMELDENEl ayuntamiento huele a cerrado y a flores marchitas; hay ramos por todas partes, blancos, demasiado blancos, como para un entierro; mi madre eligió las rosas, las eligió con esmero, con esa aplicación que pone en ocultar los desastres. Las rosas son perfectas. Nada más lo es.
Llevo un vestido que no he elegido; la signora Fontana lo envió con una nota: Para el día D. Es blanco, largo, recto, cerrado hasta el cuello; parecería un hábito de monja, si las monjas llevaran seda de tres mil euros. Me miro en el espejo de la habitación del hotel donde he dormido sola, la última noche; mi cabello está recogido, mis ojos tienen ojeras, mis labios están pálidos. Parezco una muerta. Mi madre entra sin llamar; me ve, se queda inmóvil; querría decir algo, lo veo en el modo en que sus dedos tiemblan sobre su bolso; no dice nada; coloca un collar de perlas alrededor de mi cuello, las perlas están frías, todo está frío. —Ha llegado —murmura. Asiento; tomo mi ramo; las rosas son demasiado blancas, ellas también. En el pasillo, me cruzo con mi padre; está en silla de ruedas, empujado por una enfermera; ha salido del hospital por un día, contra la opinión de los médicos, contra la opinión del sentido común; ha insistido, ha dicho que no faltaría a la boda de su hija. No sabe que me caso para pagar sus deudas. No sabe nada; mi madre le ha dicho que Lorenzo Fontana era un pretendiente, un enamorado, un buen partido; mi padre ha sonreído, me ha tomado en sus brazos, me ha dicho que estaba orgulloso. Nunca le perdonaré que me haga cargar con esta mentira. Ahora me mira, sus ojos cansados, sus manos que tiemblan, su sonrisa que vacila; le parece que estoy hermosa, lo dice, lo repite. Estoy hermosa. Sí. Estoy hermosa como una condenada a muerte. —Mi niña —suspira. Me inclino, lo beso en la frente; su piel huele a enfermedad y a antisépticos; me pregunto cuánto tiempo le queda, me pregunto si los cinco años de contrato pagarán lo suficiente para que vea a su nieta, algún día, me pregunto si algún día tendré una hija, un día en que todo esto haya terminado, un día en que sea libre. Nos llaman; la sala de bodas está llena; rostros que no conozco, trajes oscuros, sastres severos; los Fontana han invitado a sus amigos, a sus socios, a sus aliados; nadie de mi familia, salvo mis padres; nadie de mis amigos. No tengo amigos, aquí. Solo tengo espectadores. Lorenzo está frente al oficial del registro civil; no se ha vuelto cuando he entrado; mira fijamente al frente, las manos a la espalda, su traje negro perfectamente ajustado sobre sus hombros anchos. Camino hacia él; mis tacones resuenan sobre el mármol, uno, dos, tres, cuatro; toda la sala contiene la respiración; es el momento en que uno debería sonreírse, en que uno debería mirarse, en que uno debería prometerse algo. Él no gira la cabeza. Me detengo a su lado; huelo su aroma, cuero, madera, algo frío, distante; no me mira; mira al oficial que abre su registro, que enuncia los artículos del código civil, que nos pide nuestro consentimiento. —Lorenzo Fontana, ¿consiente usted en tomar por esposa a Valeria De Santis? Su voz es calmada, reposada, indiferente. —Sí. Una palabra. Solo una. Como se firma un contrato. Como se valida una transacción. —Valeria De Santis, ¿consiente usted en tomar por esposo a Lorenzo Fontana? Mis labios se abren; la palabra está ahí, en la punta de mi lengua; pesa, quema, muere. —Sí. Mi madre llora; mi padre también; lloran porque creen en el amor, lloran porque no saben. El oficial nos declara unidos; Lorenzo se vuelve hacia mí por primera vez; sus ojos avellana me fijan un segundo, no más; se inclina, posa sus labios sobre mi mejilla, un beso seco, breve, sin calor, como se saluda a una desconocida, como se cierra una puerta. La sala aplaude; los flashes crepitan; se ha contratado a un fotógrafo para inmortalizar este momento.Me quedé petrificada, el teléfono en las manos, las palabras que quemaban mis retinas; transparente; ni siquiera la veo; era yo; era lo que yo era para él; una transparencia; una sombra; un contrato que se cumple y se olvida.Mis dedos temblaban; casi dejo caer el teléfono; lo deposité sobre el apoyabrazos, en el lugar exacto donde estaba; no sé cómo hice para no romperlo, para no arrojarlo contra la pared, para no gritar.Salí del salón; mis piernas apenas me sostenían; atravesé el vestíbulo, subí la escalera, cerré la puerta de mi habitación; me senté en la cama; no lloraba; ya no podía llorar; mis lágrimas estaban secas, quemadas, consumidas.Ella no es nada.Fui a la ventana; la villa blanca estaba allí, al sol, apacible, insolente; ella estaba allí, en esa villa, la que él llamaba todo, la que amaba, la que tenía sus marcas en la piel; la había visto, esta mañana, salir de su coche, sus cabellos despeinados, una sonrisa en los labios; era bella; era deseable; era todo lo que yo n
Me quedo tumbada, desnuda, las sábanas en desorden, el cuerpo marcado; miro la ventana; fuera, el mar brilla bajo la luna; pienso en ella; en la que duerme sola en la gran cama de la villa, en la que no sabe que su marido me ha tomado esta noche, que me ha mordido, que me ha gritado, que me ha hecho suya de una manera que ella no conocerá jamás.Debería sentir vergüenza; debería sentir piedad; no siento nada; nada más que esta marca en mi hombro, y esta certeza: ella no es nada; nunca ha sido nada.Lorenzo vuelve; se tumba a mi lado, apaga la luz; en la oscuridad, siento su mano en mi cadera, distraída, casi ausente.—Duerme —dice.Cierro los ojos; no duermo; pienso en mañana, en la carretera de vuelta, en la villa blanca, en la mujer que me espera, en la cosita que cree que es su mujer.Ella no sabe. Nunca lo sabrá.— ValeriaHa vuelto.Lo oí anoche, tarde, sus pasos en el pasillo, su puerta que se abre y se cierra; no me moví; me quedé tumbada, los ojos abiertos en la oscuridad, esc
Es guapa, lo reconozco; en su vestido recto y sus perlas, tiene algo; nobleza, quizá; o resignación; no lo sé, no quiero saberlo; lo que sé es que no es yo; nunca será yo.Lorenzo gira la cabeza, sus ojos avellana enganchan los faros de los coches que cruzan; no me mira, mira la carretera; tiene el rostro cerrado, tenso, las mandíbulas apretadas; lo conozco, sé lo que significa ese rostro; significa que va a tomarme, esta noche, que va a tomarme como toma lo que posee, con esa violencia que lleva dentro, esa rabia que solo me muestra a mí.El coche se adentra en la avenida de la villa de Portofino; las verjas se abren, el mar brilla a lo lejos, negro y plateado; la villa está allí, blanca, las contraventanas cerradas, las adelfas que tiemblan en el viento; corta el motor; el silencio; luego el ruido de su cinturón que chasquea, la portezuela que se abre, el aire salado que entra.Baja; no me espera; camina hacia la puerta, sus pasos rápidos, sus hombros anchos en su traje de novio; sa
Toma una taza, se sirve café; bebe a pequeños sorbos, la mirada perdida en el jardín; no me habla, no me mira; soy un mueble en esta cocina, una silla, una mesa, un objeto que se ha guardado y se ha olvidado.Debería decir algo; debería preguntarle quién es ella; debería gritar, llorar, romper algo; no hago nada; me quedo allí, de pie, las manos en los bolsillos, los ojos fijos en la villa blanca.—Me voy a ausentar unos días —dice de pronto.Me vuelvo; me mira por fin; sus ojos están calmados, indiferentes; no espera nada de mí; ni siquiera espera una respuesta.—¿Adónde vas? —digo.Mis labios forman la pregunta sin que yo lo haya decidido; la pregunta ha salido, estúpida, inútil; se encoge de hombros.—De viaje; con amigos.Amigos. Así llama a la que ríe en la villa blanca. Amigos.Deja su taza, sale de la cocina; lo oigo subir la escalera, abrir un armario, cerrar una maleta; diez minutos después, baja, una maleta en la mano; atraviesa el vestíbulo sin mirarme; abre la puerta; el c
— ValeriaLa luz de la mañana entra por las cortinas que no he cerrado; no recuerdo haber dormido, no recuerdo nada, solo ese coche que se alejaba en la noche, ese ruido de grava bajo los neumáticos, ese silencio que cayó después.Me levanto; mi cuerpo está rígido, mis miembros pesados; me pongo una bata, camino hasta la ventana; el jardín es inmenso, verde, podado con cordel; cipreses, bojes, una fuente que no corre; a lo lejos, otra villa, más pequeña, blanca, rodeada de adelfas; hay una luz encendida en el primer piso; una silueta pasa detrás del cristal.Una mujer. Cabello largo castaño, cuerpo fluido, gestos amplios; abre la ventana, extiende los brazos hacia el sol, respira; está en su casa, es libre, es bella.Sé quién es; la vi, aquel día, en el coche; la vi reír, sus dientes blancos, sus cabellos que volaban; la vi posar su mano sobre el brazo de Lorenzo; la vi existir como yo no existiré jamás.Se inclina, corta una rosa del arbusto de abajo, se la lleva a los labios; ríe; h
La recepción tiene lugar en una villa a orillas del Arno; camareros con guantes blancos, champán a raudales, una orquesta que toca valses. Deambulo del brazo de Lorenzo, estrecho manos, sonrío a gente cuyos nombres olvido en cuanto me los dan; no me habla, no me mira, dirige la danza como dirige sus negocios, con una eficacia helada.En un momento, lo veo alejarse, un teléfono en la oreja; habla en voz baja, su rostro se suaviza casi; hay una mujer al otro lado de la línea, lo sé, lo siento; debería dolerme, ya no tengo fuerzas para que me duela.Mi padre baila con mi madre; apenas se tiene en pie, pero baila; me hace señas, quiere bailar conmigo; voy hacia él, me toma en sus brazos, sus manos frágiles sobre mi cintura, su aliento corto contra mi mejilla.—¿Eres feliz, pequeña? —pregunta.Miento.—Sí, papá.Sonríe; me cree.Cae la noche; los invitados se marchan uno a uno; mi madre se lleva a mi padre al hospital; me besa, me dice hasta mañana, no dice lo que piensa, no dice que tiene







