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CAPÍTULO 7 — EL CUERPO A CUERPO

last update Veröffentlichungsdatum: 31.10.2026 22:44:57

Es guapa, lo reconozco; en su vestido recto y sus perlas, tiene algo; nobleza, quizá; o resignación; no lo sé, no quiero saberlo; lo que sé es que no es yo; nunca será yo.

Lorenzo gira la cabeza, sus ojos avellana enganchan los faros de los coches que cruzan; no me mira, mira la carretera; tiene el rostro cerrado, tenso, las mandíbulas apretadas; lo conozco, sé lo que significa ese rostro; significa que va a tomarme, esta noche, que va a tomarme como toma lo que posee, con esa violencia que lleva dentro, esa rabia que solo me muestra a mí.

El coche se adentra en la avenida de la villa de Portofino; las verjas se abren, el mar brilla a lo lejos, negro y plateado; la villa está allí, blanca, las contraventanas cerradas, las adelfas que tiemblan en el viento; corta el motor; el silencio; luego el ruido de su cinturón que chasquea, la portezuela que se abre, el aire salado que entra.

Baja; no me espera; camina hacia la puerta, sus pasos rápidos, sus hombros anchos en su traje de novio; salgo yo también; mis tacones resuenan sobre las losas; la noche es fresca, pero mi piel arde; arde de saberlo allí, a unos metros, a unos segundos de mí.

Abre la puerta; entra; lo sigo.

En el vestíbulo, se vuelve; sus ojos son negros, dilatados, casi locos; no dice nada, no necesita decirlo; viene hacia mí, me toma por el cabello, tira; mi cabeza cae hacia atrás, mis labios se abren, un sonido sale de mi garganta, un gemido, un grito apenas contenido.

—Has venido —dice.

Su voz es ronca, baja, vibra en mi nuca.

—Sabías que vendría —digo.

Suelta mi cabello, sus manos resbalan sobre mis hombros, empuja mi chaqueta que cae al suelo; su boca está en mi garganta, sus dientes, su lengua, el dolor y el placer mezclados; retrocedo contra la pared, mis dedos se aferran a su camisa, casi la rasgo, los botones saltan, ruedan sobre el mármol.

Gruñe; un sonido animal, primitivo, que hace vibrar algo en el fondo de mi vientre.

—¿Quieres saber lo que he hecho? —dice contra mi piel—. ¿Quieres saber?

—Dime.

Su mano está bajo mi blusa, arranca, la tela cede, mis pechos quedan libres, el aire frío sobre mi piel ardiente; se inclina, muerde; grito.

—La he besado —dice—; en la mejilla; como a una hermana.

Ríe; su risa es mala, cruel, me atraviesa.

—Creía que iba a besarla en la boca —prosigue—; esperaba; esperaba como una perra; y le he dado esto.

Muerde de nuevo, más fuerte; muerdo mis labios para no gritar demasiado fuerte; no quiero que sepa hasta qué punto me gusta esto; hasta qué punto me gusta que me hable de ella, que me diga que ella no es nada, que yo lo soy todo.

—Ven —dice.

Me toma por la muñeca, me arrastra por la escalera; subo los escalones de espaldas, mis tacones golpean la madera, mis manos buscan tocarlo, agarrarlo, retenerlo; en la habitación, me empuja sobre la cama; caigo, las sábanas están frías, pero no las siento; solo lo siento a él, sus manos que rasgan lo que queda de mi ropa, sus dientes sobre mi piel, su peso que se abate sobre mí.

—Ella es mía —dice—; me pertenece; pero tú, tú eres otra cosa.

Su boca encuentra la mía; me besa como se castiga, como se marca, como se posee; respondo, mis dientes contra los suyos, mis uñas en su espalda, mis piernas que se abren para él; ya está desnudo, no sé cuándo se ha quitado la ropa, ya no sé nada, solo lo sé a él, su piel, sus músculos, su sexo que entra en mí sin precaución, sin dulzura, sin nada más que ese hambre.

Grito.

Grito porque es lo que él quiere; grito porque es lo que yo quiero; porque en ese grito está todo lo que somos: la rabia, la posesión, la ausencia de amor y esa cosa que nos une más fuerte que el amor, esa cosa que se llama necesidad, dependencia, dolor compartido.

Va rápido, fuerte, sus manos apretadas sobre mis caderas, sus dedos que dejan marcas; lo cabalgo en un momento, ya no sé quién domina, quién somete; él me toma, yo lo tomo, nuestros cuerpos son una bestia única, una bestia que se desgarra y se incendia.

—Mírame —dice.

Lo miro; sus ojos están locos, brillantes, perdidos; no está conmigo, en este momento; está en otra parte; con ella, quizá; o consigo mismo, con ese demonio que lleva dentro y que descarga sobre mi piel.

—Te miro —digo.

Miento; no miro; cierro los ojos, siento sus dedos en mi cabello, su boca en mi hombro, sus dientes que se hunden; me muerde; el dolor es vivo, breve, se mezcla con el placer; siento la sangre, quizá; o es solo la marca que deja; la prueba de que soy suya.

Se detiene; me mira, su aliento ronco, su cuerpo cubierto de sudor; su mano está en mi hombro, toca la marca de sus dientes, sonríe.

—Así —dice—; así, ella lo verá.

Ella. La cosita en vestido blanco. La que espera en la villa. La que no sabe.

Me toma de nuevo; me toma otra vez, más fuerte, más rápido, hasta que el mundo se borra, hasta que no hay más que nuestros alientos mezclados, nuestros cuerpos soldados, ese calor que nos consume.

Cuando termina, se queda sobre mí, su peso me aplasta, no me atrevo a moverme; respira lentamente, profundamente; sus dedos juegan con mi cabello, distraídos, casi tiernos.

—Ella no sabe nada —murmura.

No respondo; miro el techo; las vigas son oscuras, la lámpara está apagada, el mar murmura a lo lejos; siento la marca de sus dientes en mi hombro; sé que estará allí mañana, violeta, azul, amarilla; sé que me pedirá que la esconda, que no la muestre; no quiere que se sepa; no quiere que ella lo sepa.

Se levanta; va al baño; el agua corre; se lava de ella, quizá; o se lava de mí.

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