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Capítulo 2

ผู้เขียน: Yamila Rivera
Héctor no profundizó más en el tema.

Julieta habló de inmediato:

—¿Tienes tiempo mañana por la tarde? Podemos adelantar los trámites del divorcio. Al fin y al cabo, hacerlo dos meses antes no debería ser un problema, ¿no?

El divorcio exigía un mes de período de reflexión, y ya no faltaba mucho para que ella diera a luz.

Al ver su expresión serena y calmada, en los ojos de Héctor apareció un atisbo de escrutinio. Apartó la mirada y dijo con frialdad:

—Se hará cuando yo lo diga.

Julieta bajó la mirada y no volvió a hablar.

El coche llegó a Casa Gómez.

Doña Gómez los había llamado de vuelta, efectivamente, por el bebé que Julieta llevaba en el vientre.

En la familia Gómez había más hombres que mujeres.

Doña Gómez tenía dos hijos: el mayor, Antonio Gómez, y el menor, Juan Gómez.

Antonio tenía dos hijos varones. El mayor, Fabián Gómez, se había casado años atrás y tenía gemelos de cinco años; el menor, Sergio Gómez, tenía veinticuatro años y seguía soltero.

Juan, en cambio, solo tenía un hijo: Héctor.

Por eso, al saber que Julieta estaba embarazada de una niña, tanto Doña Gómez como Don Gómez se mostraron especialmente felices.

—Sin duda es una buena noticia. Desde que supimos que es una niña, la salud de Don Gómez ha mejorado.

Al verla tan atenta con el bebé de Julieta, Celeste, la madre de Héctor, se apresuró a secundarla y también le dedicó un par de palabras amables.

Julieta estaba sentada a un lado, respondiendo con docilidad.

Sin embargo, al observar su figura obesa y su actitud sumisa, a Celeste no le resultaba nada agradable a la vista. Aun así, por consideración a Doña Gómez, no lo mostró.

De buen humor, Doña Gómez le regaló a Julieta una pulsera de jade de gran valor.

Julieta se sobresaltó y trató de rechazarla.

Celeste intervino de inmediato:

—Si la abuela te lo da, lo tomas.

Qué mezquindad, tan poca elegancia, definitivamente no estaba a la altura.

Julieta desistió, aceptó la pulsera y dijo:

—Gracias, abuela.

—Cuida bien del embarazo y dame un bebé bien gordito.

Julieta sonrió y asintió. Sabía muy bien que aquella amabilidad no era por ella, sino por el bebé que llevaba.

En un principio, ella y Héctor iban a quedarse a cenar.

Hasta que Héctor recibió una llamada.

Sus ojos se iluminaron con una sonrisa llena de ternura y afecto.

Parecía que estaban criando una mascota.

Héctor pronunciaba el nombre con una suavidad extrema, llamándola “cariño”.

Si se hubiera casado con la mujer que amaba, probablemente habría sido un buen padre.

—De acuerdo, voy enseguida.

Tras colgar, Héctor salió al balcón y vio a Julieta de pie allí. Ella se sobresaltó; sin reaccionar a tiempo, alzó la vista y se encontró con su rostro frío.

El pecho se le encogió; lo dijo apresurada:

—La abuela te llama al estudio.

Héctor no respondió. Dio media vuelta y se fue.

Julieta permaneció allí, con el corazón atravesado por un dolor punzante que no podía controlar.

No supo cuánto tiempo pasó hasta que logró serenarse.

En el estudio, Héctor se reunió con Doña Gómez y Don Gómez.

—Héctor, sé que no te gusta Julieta, pero está embarazada. Es una mujer preparada y de carácter dócil; tu matrimonio necesita estabilidad, y ella es adecuada para el hogar y los hijos.

Héctor guardó silencio.

Pero el ceño fruncido y su evidente disgusto delataban su estado de ánimo.

Doña Gómez no podía ignorarlo. La apariencia de Julieta era, en efecto, bastante común; al lado de Héctor, no había armonía alguna.

Don Gómez intervino:

—Por ahora, tu matrimonio no debe sufrir cambios. Si de verdad no te gusta, mientras ella no haga nada excesivo ni impropio, déjala quedarse uno o dos años.

Doña Gómez añadió:

—Exacto. Ahora mismo hay demasiada gente observándote, esperando cualquier oportunidad para atacarte. Aprovecha este tiempo; cuando ella haya criado bien al bebé, no será tarde para divorciarte.

Héctor se sintió sin palabras.

No sabía qué estaba pensando exactamente. Tras un breve silencio, dijo:

—Abuelo, abuela, lo entiendo.

Julieta volvió a ver a Doña Gómez más tarde.

—Héctor tiene asuntos en la empresa y ya se fue. Luego mandaré al chofer para que te lleve de regreso. —Le dijo.

—De acuerdo. —Respondió Julieta.

Antes de que se marchara, Doña Gómez la aconsejó:

—Aunque estés embarazada, debes cuidarte y moverte más. Cuando tu suegra estaba encinta, acompañaba a su esposo a eventos sociales y también se ocupaba de la casa. Hay cosas fáciles de obtener, pero difíciles de conservar.

Julieta entendió al instante el trasfondo de esas palabras.

Ser nuera de la familia Gómez no era tarea sencilla. Si quería afianzar su posición, debía cambiar.

Con ese aspecto, solo haría quedar mal a Héctor.

Había pensado en cambiar, hacer ejercicio, practicar yoga y adelgazar, pero le faltaba constancia; el desgaste físico y mental solo hacía que su estado empeorara.

Aun así, Doña Gómez tenía razón. No podía seguir hundiéndose.

Pero no para asegurar su lugar en ese matrimonio, sino por su propio futuro.

—Abuela, lo entiendo.

Por la noche, para sorpresa de Julieta, Héctor, quien esa misma mañana le había hablado de divorcio, regresó a casa.

—¿Por qué volviste?

—Prepárame una sopa para la resaca y llévala al estudio.

Respondió Héctor, antes de subir directamente al segundo piso.

Julieta tardó un instante en reaccionar. Luego fue a la cocina, preparó una sopa caliente y la llevó al estudio.

Héctor estaba revisando documentos, con el ceño severo y una expresión fría; todo en él transmitía distancia e indiferencia.

Ella no lo molestó y salió en silencio.

Aunque él hubiera regresado, seguían durmiendo en habitaciones separadas.

Héctor ocupaba el dormitorio principal del segundo piso.

Ella dormía en la habitación de invitados de la planta baja.

A la mañana siguiente.

Como Héctor estaba en casa, las empleadas prepararon un desayuno abundante.

Él se sentó en el lugar principal de la mesa y no vio a Julieta.

Cuando él solía estar en casa, Julieta no solo planchaba con antelación la ropa que usaría al día siguiente, sino que también le preparaba personalmente el desayuno. En efecto, había sido una esposa diligente y correcta.

Pero esa mañana no había ropa planchada, y el desayuno lo habían preparado las empleadas.

—¿Dónde está Julieta? —Preguntó Héctor con impaciencia.

La sirvienta Malena se apresuró a quejarse:

—Fui a llamarla temprano y no quiso levantarse. Siempre hay que llevarle la comida a la habitación; nos trata con desdén y ni siquiera responde cuando le preguntamos qué quiere comer. No somos adivinas. Solo está embarazada, nada más. Cuando la señora Celeste estuvo encinta de usted, atendía con esmero al presidente Juan; en cambio, ella solo sabe disfrutar.

Héctor frunció el ceño:

—Ve a despertarla.

—Sí, señor.

En realidad, Julieta ya estaba despierta. Solo estaba esperando a que Héctor se fuera.

En ese momento, Malena empujó la puerta y, al verla sentada en el sofá, dijo con malicia:

—Vaya, toda una joven señora, ¿esperando a que venga a invitarla yo misma?

Julieta alzó la mirada y respondió con frialdad:

—Si yo no lo soy, ¿lo eres tú?

Durante esos meses, Julieta siempre había guardado silencio.

Malena no esperaba que le respondiera así.

—Si vuelven a perder el sentido de jerarquía conmigo, no me culpen si voy a contarle a Doña Gómez todo lo que han hecho últimamente.

Total, iba a divorciarse. En los dos meses que quedaban, no pensaba seguir aguantando.

Malena abrió los ojos de par en par.

—Tú...

El día anterior, Celeste la había llamado para pedirles que cuidaran bien de Julieta. Aunque fuera una niña, era la única nieta de la familia, y por eso Doña Gómez le daba tanta importancia.

Malena no tuvo más remedio que tragarse la rabia:

—El señor Héctor la espera en el comedor.

Julieta se sorprendió.

Cuando llegó al comedor, Héctor ya estaba desayunando y la miró un instante. Ella vestía una blusa blanca larga, deformada por su cuerpo hinchado; caminaba con pasos pesados e inseguros, el vientre enorme, como si hubiera pasado por varios embarazos.

Julieta notó su mirada y, de manera consciente, se sentó lo más lejos posible de él.

Escuchó entonces su voz fría:

—Malena y las demás son empleadas de Casa Gómez. No puedes pretender que todo gire en torno a ti. Solo estás embarazada, no incapacitada.

¿Solo embarazada?

Sí.

Ese bebé inesperado no significaba nada para él.

Aquella reprimenda, sin duda, era consecuencia de las quejas de Malena frente a él. No era la primera vez.

—Si tanto les molesta atenderme, mejor que regresen a Casa Gómez. Puedo cuidarme sola.

Dijo Julieta con calma, mientras removía la leche de soya en su vaso.

Al fin y al cabo, ella misma cocinaba, lavaba su ropa y limpiaba la habitación. Solo cuando Héctor estaba en casa ellas fingían cumplir con su trabajo.

Héctor frunció el ceño.

Julieta sabía que ese gesto indicaba su desagrado.

Tanto en el trabajo como en la vida diaria, Héctor era una persona dominante, que no toleraba réplicas.

—Te estoy advirtiendo, no pidiéndote opinión.

Julieta bajó la cabeza y no dijo nada más.

Héctor observó su aspecto apagado y sin vida; su expresión se volvió cada vez más sombría.

Luego ordenó a Malena que, a partir de entonces, Julieta se ocupara sola de sus asuntos, sin que nadie la atendiera.

La mano de Julieta se tensó alrededor de la pajilla.

Después del desayuno, Héctor se marchó.

Julieta se dirigió a la Universidad Regional.

Al llegar al despacho de Carlos, lo vio sentado tras el escritorio, vestido con un traje formal y gafas sin montura. Tenía un porte sereno y maduro.

Con solo veintinueve años, era el profesor más joven de la Facultad de Finanzas y un auténtico genio reconocido en el ámbito académico.

Julieta llamó suavemente a la puerta.

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Paty Villalpando
interesante
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Rosa Oso
Yo estoy bien
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