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La señora no perdona al infiel
La señora no perdona al infiel
Penulis: Yamila Rivera

Capítulo 1

Penulis: Yamila Rivera
Con veinticinco semanas de embarazo, Julieta García se topó con la infidelidad de su esposo en el hospital.

Héctor, apuesto y con un abrigo negro, protegía con el brazo a la joven frágil que llevaba a su lado.

Ella vestía de blanco; las mejillas sonrosadas, envueltas en una bufanda suave, y un rostro delicado como el de una muñeca de porcelana.

Julieta apretó con fuerza el comprobante del control prenatal.

El viento helado le azotó el rostro; pero más frío aún fue el tirón doloroso que le atravesó el corazón.

Héctor la vio desde lejos. Su expresión era indiferente, sin rastro alguno de vergüenza por haber sido descubierto.

Le abrió la puerta del carro a la joven, con un gesto amable y una mirada llena de ternura.

El distante y altivo hombre en la cima del poder también tenía, al parecer, un lado tan cálido.

La muchacha pareció notar la presencia de Julieta.

Se detuvo un instante, la miró con desconcierto y luego le dijo a Héctor:

—¿Por qué esa mujer no deja de mirarte? ¿La conoces?

El viento ululaba junto a sus oídos.

Julieta no sabía exactamente qué había dicho la joven, pero por la forma de sus labios distinguió claramente la palabra “mujer”.

¿Mujer?

Era evidente que se refería a ella.

Julieta esbozó una sonrisa amarga.

Tenía apenas veinticuatro años.

Pero su cuerpo hinchado por el embarazo, el cansancio grabado en el rostro y su aspecto común, envuelta en un abrigo acolchado y un gorro, la hacían parecer una mujer de treinta o cuarenta años. ¿Cómo iba a compararse con una joven hermosa?

Héctor subió a la joven al carro, protegiéndola.

Julieta quedó rígida en el mismo lugar, observando cómo el vehículo se alejaba.

Ella y Héctor se habían casado a causa del embarazo. Para alguien tan orgulloso como él, aquel matrimonio impuesto era una mancha; el bebé en su vientre no era más que el medio con el que ella lo había obligado.

Él la odiaba.

Julieta lo había amado en silencio durante ocho años. Consciente de no estar a su altura, solo pudo esforzarse en estudiar, tomarlo como su ideal y seguir sus pasos.

Al final, lo logró: se convirtió en su asistente y pudo estar a su lado.

Aquella noche no solo destruyó a Héctor; también destrozó sin piedad toda la dignidad que ella había conservado frente a él.

Nunca olvidaría la mirada de asco con la que él la observó después, como si hubiera tocado algo sucio y repugnante.

Por eso, solo una chica joven y hermosa era digna de él.

Las lágrimas resbalaron por el rabillo de sus ojos. De inmediato, un dolor punzante le atravesó el vientre. Se llevó una mano al abdomen y con la otra se apoyó en una columna de piedra cercana.

Una enfermera que pasaba la vio y se apresuró a ayudarla, llevándola al consultorio.

La fuerte conmoción emocional había afectado al feto.

Cuando por fin se calmó, abandonó el hospital y, arrastrando un cuerpo y un espíritu exhaustos, condujo sola de regreso a Costa Dorada.

Allí se encontraba la villa de Héctor.

Doña Gómez había dispuesto que niñeras con experiencia se encargaran de cuidarla.

En ese momento, las dos niñeras que la atendían se comportaban como dueñas de la casa, sentadas en la sala calefaccionada, disfrutando de la comida.

Al oír el ruido, una de ellas miró hacia la puerta.

Al ver regresar a Julieta, se levantó y se acercó para preguntar:

—¿Cómo salió el control prenatal?

El tono arrogante y despectivo dejaba claro que, más que cuidarla, parecía estar allí para vigilarla.

Julieta lanzó una mirada fría a la niñera, no respondió y se dirigió directamente hacia las escaleras.

La niñera frunció el ceño, molesta:

—Te estoy hablando, ¿no me oyes?

Julieta siguió sin decir nada.

La niñera miró su espalda y escupió con desprecio:

—Parece un cerdo gordo. ¿De verdad cree que es la señora Gómez? ¿De qué va, haciéndose la importante?

Julieta regresó a su dormitorio y se sentó en la cama, con el corazón vacío y la mente perdida.

Ni Héctor ni los sirvientes la respetaban.

Fue Doña Gómez quien decidió que ella y Héctor se casaran legalmente.

Pero todo se debió a que Don Gómez estaba gravemente enfermo y ella, justo entonces, quedó embarazada. Para atraer la buena fortuna, se organizó el matrimonio.

No se sabía si fue coincidencia o efecto de ese ritual, pero la salud de Don Gómez empezó a mejorar poco a poco.

Solo entonces Doña Gómez suavizó un poco su actitud hacia Julieta.

Los demás, sin embargo, seguían mirándola con desprecio.

Ese día había ido al hospital para confirmar el sexo del bebé que llevaba en el vientre: era una niña.

Doña Gómez probablemente ya había recibido la notificación del hospital.

En ese momento, el celular comenzó a sonar.

Julieta apartó sus pensamientos.

Sacó el celular del bolso y vio que era una llamada de su tutor académico. Se quedó un instante en blanco.

Luego respondió.

—Carlos, ¿qué ocurre?

—Hay una plaza para ir a la Universidad del Valle Dorado a cursar el doctorado. ¿Te interesa intentarlo?

Al escuchar a Carlos, Julieta se quedó inmóvil durante un largo rato.

Al no recibir respuesta, Carlos añadió:

—Si no te interesa, no pasa na...

—Voy.

Julieta reaccionó de golpe y respondió sin dudarlo.

Esta vez, quien guardó silencio fue Carlos.

Él sabía muy bien cuánto se había esforzado Julieta para ser digna de estar al lado de Héctor.

Ahora que por fin había logrado casarse y estaba embarazada, ¿cómo iba a marcharse tan fácilmente?

Ese cupo que aún tenía disponible lo había mencionado solo para tantear el terreno.

—Carlos.

Lo llamó Julieta.

—Ven mañana a mi despacho a las diez de la mañana. —Dijo él.

—De acuerdo.

Carlos no añadió nada más y colgó.

Julieta bajó el celular y soltó un largo suspiro. De pronto, sintió una extraña mezcla de alivio y vacío.

Era hora de despertar.

Un hombre que no te ama no se verá atado por un bebé. No te mirará ni una vez más.

Luego recibió otra llamada, esta vez de Doña Gómez, pidiéndole que regresara a Casa Gómez.

Julieta aceptó; seguramente era por el bebé que llevaba en el vientre.

En ese momento, por primera vez en mucho tiempo, se sentía con ánimos.

Fue primero al baño y se dio una ducha larga y cuidadosa.

Sentada frente al tocador, Julieta observó su reflejo en el espejo: rostro redondo, profundas ojeras, ojos hundidos, manchas cubriéndole las mejillas.

Con ese aspecto tan desagradable, ¿a quién no le daría rechazo?

Así, no tenía derecho alguno a estar al lado de Héctor.

Se maquilló, se puso un abrigo acolchado rosa y un gorro redondo. Al menos, parecía un poco más animada.

Había pensado manejar ella misma hasta Casa Gómez.

Pero apenas salió, recibió una llamada de Héctor. Su voz fría sonó al otro lado:

—Sal.

Julieta se sobresaltó.

Seguramente Doña Gómez le había pedido que volviera a casa.

—Está bien. —Respondió.

Al salir de la villa, vio el Rolls-Royce de Héctor estacionado en la entrada. Dos horas antes, ese mismo carro había llevado a otra mujer.

Respiró hondo y se acercó para abrir la puerta y subir.

Apenas se sentó, percibió un aroma dulce y juvenil a perfume. En el interior del carro había también un osito de peluche rosa, claramente algo que le gustaría a una chica joven.

Al levantar la vista, notó una liga elástica en la muñeca de Héctor.

Era la forma en que muchas chicas marcaban territorio.

Debía gustarle mucho esa muchacha.

Julieta reprimió la acidez que le subía desde el pecho, se sentó correctamente y se abrochó el cinturón.

El carro arrancó y se alejó lentamente.

Julieta miraba por la ventanilla, en silencio.

Antes, cada momento a solas con él lo habría atesorado. Aunque él la despreciara, ella insistía una y otra vez en buscar temas de conversación, intentando acercarse.

Se decía a sí misma que ya eran esposos, que tenían un bebé en camino, que el futuro sería largo.

Que si lograba ser una esposa adecuada y una buena madre, tal vez algún día Héctor la miraría de verdad.

Pero no era más que un engaño autoimpuesto.

Héctor no prestó atención alguna a su estado de ánimo. Con frialdad, preguntó:

—¿Qué sexo tiene el bebé?

—Es una niña. —Respondió Julieta.

Al oírlo, el rostro de Héctor no mostró ninguna reacción; lo dijo con voz neutra:

—Cuando nazca el bebé, nos divorciaremos.

Las palabras cayeron.

Los dedos de Julieta se tensaron con fuerza.

Sintió como si una mano invisible le apretara el corazón; la respiración se le volvió pesada.

Ese matrimonio nunca estuvo destinado a durar. Aunque lo había previsto desde el inicio, cuando él lo dijo con sus propias palabras, el dolor fue igual de intenso.

Mordió ligeramente su labio y respondió:

—Está bien.

Héctor la miró de reojo, sorprendido por lo rápido que había aceptado.

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Komen (10)
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Jho Fernández
me encanta esta novela ...
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Adriana Saavedra
me siento estafada, ya habia llegado al capitulo 460 hasta ayer y hoy me regresan al primero y bloqueados los que ya habia pagado, quiero mi reembolso
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Aurora Crespo
yo ya estaba por el episodio 650 porque me devuelven al episodio 1 ? ...si ya pagué por todos los anteriores, no es justo que me hagan pagar de nuevo.
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