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CAPÍTULO 18

Autor: Sasa Roand
last update Fecha de publicación: 2021-06-09 09:59:42

Durante estos últimos días he llevado una lucha interna: quiero verla, decirle lo que no he tenido el valor de decirle antes y rogar que me perdone. Pero por otra parte, no quiero arriesgarme. Debería  irme, volver a Francia y olvidarme de ella. Si le confieso lo que le he hecho, me alejará no solo de ella, sino también de Adrien y eso me destrozaría.

Contemplo a Adrien dormir unos minutos más. Lo cubro hasta los hombros con las sábanas. Me voy a la cama pero no ligro conciliar el sueño. Los recuerdos de la primera vez que vi a Mérida vienen a mi mente. Éramos unos críos. Yo había terminado la preparatoria, pero me había tomado un año sabático, o más bien dos. No había encaminado mi vida, no quería estudiar ninguna carrera, no quería dedicarme a nada aparte de andar por ahí, de fiesta en fiesta derrochando el dinero de Eleonor.

Una noche, de algún modo que no recuerdo, mis amigos y yo acabamos en una fiesta de fraternidad. Poco imaginaba que esa fiesta en especial  lo  cambiaría todo para mí y para Mérida.

El alcohol se me había subido a la cabeza, mis pasos eran torpes y pesados, salí a tomar aire, encendí un cigarrillo.

―¡Gracias! ―Una voz escandalosa salió de la nada mientras mi cigarro me era arrebatado de entre los labios.

Miré a mi lado para encontrarme con un rostro cubierto de humo.

―¡Joder! este maldito humo; sigue siendo desagrable aún cuando lo aspiras de forma voluntaria

La miré con los ojos bien abiertos y al parecer asumió que le pedía que se explicara.

―El humo ―me dijo extendiendo el cigarro hacia mí― es jodidadmente desagradable, pensé en darle una oportunidad, porque ya sabes, todos lo hacen; andan por ahí con uno de estos en la boca y se ven tan interesantes y geniales que dije: ”oh, yo también puedo hacerlo, seré una genial chimenea andante” Pero no, el humo es tan desagradable como cuando soy fumadora pasiva ―las palabras salían arrastradas de su boca y  el exagerado volumen de su voz era irritante

La vi con desdén y encendí otro cigarro.  No era lo que yo llamaría una chica hermosa, nada especial ni fuera de lo común.

―¿Qué haces aquí afuera? ―Me escudriñó con su mirada.

―Ya me iba ― le dije cortante. Di unos cuantos pasos dejándola atrás. Ella me siguió.

Cuando llegué a mi auto, rebusqué en el bolsillo de mi chaqueta y saqué las llaves, me las arrebató de la misma forma que lo había hecho con el cigarrillo. ¡Qué chica tan molesta!

―Lo sé, soy molesta ―dijo como si hubiese escuchado mis pensamientos― pero no dejaré que conduzcas ebrio, mírate, ni siquiera puedes estar ahí de pié sin tambalearte ―Empezó a alejarse mí

―¡Tú estás ebria! yo estoy completamente bien.

―¿yo? ¿ebria? ―resopló, metió las llaves de mi auto en el bolsillo trasero de su pantalón― si estuviese ebria ¿podría hacer esto? ―Extendió el brazo y manteniendo el codo hacia delante, llevó su dedo índice hacia su rostro pinchándose un ojo. Yo la miraba confuso― ¡Joder! tenía que tocar mi nariz.¡ Vale!  otra vez ―repitió el movimiento. Esta vez se tocó el labio superior, no le atinaba a la nariz― ¡Joder¡ esto no funciona. A ver esto ―Levantó una pierna y empezó a contar― uno, dos, tres…eehh, cinco ―Al ver como empezaba a  tambalearse me acerqué a ella y cuando estaba por caer la tomé de la cintura y la apreté contra mi cuerpo, fue instintivo, casi un acto reflejo.

En el momento en que estuvimos tan cerca el uno del otro, noté que sus ojos eran de un negro muy intenso, sus labios eran carnosos. El viento le alborotaba sus rizos oscuros sobre el rostro.

―Lo ves, no me he caído, no estoy ebria ―yo sonreí

―¡¿Que está pasando aquí?! ¡¿Mérida, qué haces ?! ¡¿y tú quién eres?! ―dijo un chico mientras se acercaba. La chica apartó mis brazos de su cintura con mucha fuerza

―¡Carl! ¡amoooor! Te estaba buscando. Él es..es.. eehh..Bahh no sé quién es

―Salgamos de aquí nena ―dijo el chico llamado Carl cogiendo a Mérida por el brazo de una forma tan brusca que me resultó exasperante.

Tuve que contenerme para no intervenir, recordarme a mí mismo que no conocía a esta chica y que no me importaba que su novio la lastimara. Me quedé observando como se alejaban hasta que entraron a la casa. Di media vuelta y después de dar unos cuantos pasos en dirección a mi auto, recordé que no tenía las llaves.

Regresé a la fiesta, busqué a la chica que acababa de conocer, recorrí toda la casa al menos dos o tres veces y cada que podía tomaba un trago. Al cabo de un par de horas, volvía a disfrutar de la fiesta. Seguí bebiendo hasta que todo se hizo borroso. No logro recordar nada más.

Un chorro de agua en la cara me despertó. No pude ver nada durante unos segundos, pero en cuanto mis ojos lograron adaptarse a la intensidad  de la luz, noté que un rostro me veía desde arriba con una expresión un tanto hostil. Era un  hombre uniformado.

―Ya levántate muchacho, no pienso cargarte para poder encerrarte ―su voz era ronca. Extendió su mano yo la apreté con fuerza y tan pronto como logré ponerme en pie, sentí que mi cabeza giraba de una forma estrepitosa.

Era un policía del campus. Extendió su mano acercándome una botella de agua, estaba a la mitad; la otra mitad del líquido ya me lo había arrojado antes en la cara.

―Gracias oficial, es usted un verdadero servidor público ―Al hombre se le hincho el pecho, esa era mi intención.

―Solo hago mi trabajo joven, ¿Puede llegar a casa por sus propios medios?

―Claro oficial

―Entonces vaya rápido, tome una ducha y beba un café; sus  clases debieron comenzar hace horas.

―Gracias oficial, que tenga un buen día ―hice ademán de saludarlo como un soldado, di media vuelta y caminé sin saber a dónde.

Palpé mis bolsillos y para mi suerte mi teléfono estaba en uno de ellos y en el otro; mis llaves. Esto quería decir que en algún momento después de ponerme como una cuba, vi a Mérida. Al pensar en que había recordado su nombre me invadió una sensación que no reconocí y de pronto me sorprendí a mí mismo sonriendo como idiota. Pero la sonrisa se me esfumó cuando revisé mi teléfono, no había mensajes ni llamadas que me dieran una pista de dónde estaba ubicada la casa de la fiesta de la noche anterior, de modo que revisé la galería; había fotos de una chica desnuda. Seguí deslizando mi dedo sobre la pantalla del teléfono, no era solo una foto, era una docena. En la mayoría de las fotografías no se le distinguía bien, lo que si se notaba a leguas era que estaba inconsciente, dormida, excepto en una en la que sus ojos negros estaban llenos de miedo ¡Por Dios! estaba aterrada, sus labios carnosos estaban entre abiertos y sus rizos oscuros le cubrían una parte del rostro. Era ella, era Mérida.

Los meses siguientes los pasé persiguiendo a Mérida de forma anónima, averigüé que vivía en el Campus. Seguí sus rutinas, sus horarios de ir a la biblioteca, las salidas con su novio. Seguí todos y cada uno de sus pasos. Me estacionaba fuera de la cafetería que frecuentaba y esperaba a que saliera para continuar asechándola. Vi cómo caminaba de un módulo a otro del campus para ver sus clases cada día, vi como reía junto a ese amigo suyo que siempre la acompañaba, vi como Carl rompía con ella dejándola hecha un mar de lágrimas en un parque, vi como crecía su vientre.

*******

Mi teléfono vribra contra la madera del velador haciendo un zumbido que me regresa al presente

―Patrick. Es una emergencia, por favor, necesito tu ayuda. Estoy en peligro te envié mi ubic…. ―la agitada voz de Mérida se apaga con un crujido.

Me levanto de la cama como un resorte. Logro vestirme en unos pocos minutos. La última vez que Mérida me pidió que fuera a un sitio terminé limpiándole el vómito. Pero esta vez no parece estar ebria, parece más bien aterrada, perturbada

Llego al sitio, es un sendero en la carretera de camino al lago. Me bajo del auto, no veo a Mérida, no veo a nadie. Estoy desesperado, pienso en adentrarme en el sendero, o en llamar al nueve once, hasta que recibo un mensaje:

“Olvídalo. Estoy bién”

Regreso a casa, Paullette me espera despierta. Al verla levantarse del sofá vistiendo un minúsculo short de franela y una camiseta casi traslucida recuerdo la actitud de Mérida cuando la conoció. Sonrío de pensar en la cara que pondría si viera a Paulette justo ahora en la sala de mi departamento.  

Sasa Roand

Veamos la historia desde otro ángulo, tal vez se aclaren algunas cosillas

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