FAZER LOGINPaulette y Eleonor insisten en que debo decirle la verdad a Mérida. Piensan que me perdonará y que ella, Adrien y yo seremos una familia feliz. Pero en este momento no sé si quiero que Mérida forme parte de la vida de Adrien. Últimamente ha cambiado demasiado, la percibo inestable, perturbada. No es para menos; esos sueños suyos desconcertarían a cualquiera, pero teniéndome a mí, a Johnny y a Amy; no comprendo cómo ha sido tan débil como para buscar refugio en el alcohol. La creía más centrada, más fuerte, verla en esta cama de hospital con la cara raspada, sabiendo que el accidente ha sido por conducir ebria, me llena de frustración. No es que no pueda hacer lo que quiera con su vida, solo me duele pensar que no sería una persona apta para encargarse de Adrien.
Los ojos de Mérida empiezan a abrirse despacio. Aunque el médico ya me ha dicho que no le ha pasado nada, verla despertar me produce un alivio indescriptible. Aunque se siga comportando como lo ha venido haciendo, la necesito en mi vida, la necesito, aunque ponga mi mundo de cabeza.
―¿Dónde estuviste anoche? ―me pregunta después de unos segundos de observar todo a su alrededor.
No entiendo por qué me pregunta esto pero le contesto
―Buscándote.
―¿Buscándome? ¿A mí? ¿Por qué?
―Ayer me has llamado. Me has dicho que necesitabas ayuda, que era una emergencia me dijiste que…
―¿A dónde? ¿A dónde me has ido a buscar? yo no te he llamado Patrick.
Por supuesto, estaba tan ebria que no recuerda. Un malestar me recorre el cuerpo al pensar en que no es la primera vez que el alcohol le nubla la memoria. De no ser por el alcohol, Mérida recordaría aquella primera vez que nos vimos, de no ser por el alcohol yo recordaría cuando la ultrajé.
―Me has enviado tu ubicación, cuando llegué no estabas. Mérida ¿qué está pasando contigo? ―No puedo evitar levantar la voz, pensar que podría haberle pasado bajo los efectos del alcohol, que alguien se pudo haber aprovechado como yo ya lo había hecho, pensar que volviera pasar algo tan terrible y que yo no podría estar para evitarlo me crispa los nervios―. Te la pasas de fiesta, andas por ahí conduciendo ebria a media noche. No eres la persona que conocí.
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Al llegar a casa encuentro a Paulette y a Eleonor sentadas en el sofá de la sala, ambas tienen sus manos acomodadas sobre el regazo y me miran expectantes mientras doy pasos vacilantes hacia ellas
―Patrick ¿podrías sentarte por favor? ―dice Eleonor señalando el taburete ubicado justo en frente del sofá. Su tono es calmado y apacible, como el de una madre a punto de aconsejar a su hijo.
Me siento, y al estar frente a frente con este par de mujeres que me miran con una mezcla de lástima y reproche, comprendo que ha sido una emboscada. Todo esto se trata de una intervención. Si, una intervención como de esas que hace la familia de algún drogadicto o alcohólico cuando ya no aguanta sus tonterías y se organizan para decirle que necesita ayuda.
―Paulette y yo te queremos ―Si, es una intervención, pienso en cuanto Eleonor pronuncia estas palabras. Eleonor continúa, haciendo un cambio notable en su tono ― y por eso queremos ser claras contigo.
Permanezco en silencio, me acomodo en el taburete, pero lo que hace incómodo este momento no es mi postura en el asiento, ni la falta de respaldo de este.
―Sí, Patrick, queremos hablar contigo porque nos preocupamos, no solo por ti, sino por Adrien ―agrega Paulette y aunque sé que sus palabras son sinceras, no puedo evitar pensar que lo han planificado e incluso han practicado lo que me iban a decir, han buscado las palabras idóneas para convencerme― Todos sabemos que eres un excelente padre que quiere lo mejor para Adrien
―¿y qué puede ser mejor que tener a su madre? ―Eleonor completa la jugada con un golpe bajo. Claro que lo han ensayado.
Sigo callado, esperaré a que terminen.
―Creemos que debes decirle a Mérida que Adrien es su hijo.
―Ya se los he dicho, no es el momento ―Me levanto del taburete y las dejo ahí.
―Patrick, si tu no se lo dices lo haré yo ―dice Eleonor con esa voz imponente, habitual en ella― sigo caminando. Voy a la habitación de Adrien.
No es que no quiera decirle a Mérida, sé que tengo que decírselo, se lo debo. Pero en este momento, Mérida no es la persona que tiene que ser para Adrien. No es la chica que dejó de ir a fiestas en cuanto supo que estaba embarazada, no es la chica que fue a consulta de control prenatal cada mes, no es esa chica de la que me enamoré a lo lejos, en las sombras, lleno de remordimiento.
―¿Qué lees campeón?
Adrien no despega los ojos del libro, solo lo levanta dejándome ver la portada para que yo mismo me conteste la pregunta. Princesas olvidadas o desconocidas.
―Oh genial, me gusta ese libro ―Adrien me ignora. Lo miro en silencio; sus ojos se deslizan lentamente de izquierda a derecha, sus labios se mueven, pero no emiten más que susurros, en algún momento deja salir una risita y en algún otro pone los ojos como platos. Yo sonrío como idiota
―¿Cuál princesa crees que se parece a mamá? ―Sus ojos me miran curiosos
―ehh… No lo sé.. ¿tú qué crees? ―su pregunta me toma por sorpresa
―Creo que podría ser la princesa Deletrea de Eritrea, porque seguro que le gustan los libros. Pero… ¿cómo saberlo, si no la conozco? ―siento una estocada en el pecho y por un momento se me pasa por la cabeza la idea de que Adrien ha ensayado con Eleonor y Paulette. Pero sé que no es así, no es la primera vez que Adrien manifiesta su deseo de conocer a su madre.
―!Claro que le encantan los libros! ¿De dónde crees que lo has heredado? ―sonríe orgulloso. Acaricio su cabeza de forma juguetona revolviendo su cabello. Vuelve a concentrarse en el libro.
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Amé a Adrien aún antes de saber que era hijo mío, cuando veía a Mérida con su enorme vientre, sentía el irrefrenable deseo de acercarme a ella, pero imaginaba que debía odiarme. Cada día pensaba que si quería ser parte de la vida de ese pequeño o pequeña que esperaba con tantas ansias, tendría que acercarme a Mérida, pedirle perdón por lo que le hice y aguantar las consecuencias. Pero esto no fue necesario, Mérda había decidido no quedarse con Adrien. Cuando le anuncié a Eleonor que pretendía adoptarlo me insistió en que debía hacer un examen de ADN
―Tienes que estar seguro de que en realidad es tu hijo ―me dijo tajante
―Lo adoptaré aunque no sea mi hijo ―le respondí
―Pues entonces te encargarás de él por tus propios medios, a ver si tan siquiera puedes adoptarlo sin dinero y sin influencias. No dejaré que críes al hijo de cualquier tipo. No conoces a esa chica, no sabes con cuantos estuvo esa noche o la anterior, o la siguiente, ni siquiera estas seguro de haber estado con ella, no actúes sin pensar, Patrick.
No tuve otra opción que obedecerle; por cuenta propia yo era un donnadie.
La primera vez que tuve a Adrien en mis brazos fue cuando él tenía once meses de nacido, Eleonor y yo fuimos al orfanato como una pareja interesada en adoptar, me pareció increíble la facilidad con la que tuvimos acceso a él. El objetivo de la visita era tomar algo que nos sirviera para la muestra de ADN, Eleonor se encargó de darle una soda y conservar la lata y para asegurar bien ese ADN, con mucho sigilo le cortó un mechón de cabello. Yo no hubiese podido encargarme de ello, estaba embelesado, cautivado por Adrien, por sus mejillas regordetas y sus ojos color caramelo. Era un niño alegre, lo sigue siendo.
Aún con el dinero y las influencias de Eleonor, No fue hasta que Adrien cumplió un año cuando al fin pude adoptarlo. Solo entonces dejé de seguir a Mérida. Un año después recibí una llamada del orfanato. Alguien había solicitado información sobre Adrien y deseaban saber si yo lo había autorizado. Lo negué rotundamente. Era Mérida, trataba de conseguir a Adrien.
Sabía que Mérida no tenía derecho alguno sobre Adrien, pero pensar en que podía enterarse de que yo lo había adoptado me volvía loco. Suficiente había sufrido ya, como para enterarse que el hombre que la violó y la embarazó tenía todos los derechos de custodia del hijo que ella buscaba recuperar. Eleonor se encargó de que desapareciera toda prueba de la existencia de Adrien, copias del acta de nacimiento, del registro de adopción, todo se esfumó. Adrien y yo comenzamos una nueva vida en Francia.
“¿cómo saberlo, si no la conozco?” la pregunta que Adrien me ha hecho hace unos minutos, retumba en mi cabeza.
Sé que estoy poniendo excusas, para no decirle la verdad a Mérida, pero es que no puedo hacerlo, Dios sabe que lo he intentado; cuando llevé a Paulette y Adrien a la casa de Mérida quise hacerlo, esa noche que fui al departamento de Mérida y Adrien se quedó dormido en su regazo, intenté decírselo, de verdad quería, pero Mérida empezó a preguntarme por esas chicas muertas, insinuó que yo las había matado y vi repudio en su mirada, temía que al confesarle lo que le hice, no volviera a mirarme de otra forma. Pero prefiero el repudio de Mérida que la tristeza de Adrien. Saco mi teléfono del bolsillo de mi pantalón y llamo a Mérida.
―¿Qué quieres? ―contesta de forma brusca
―Mérida, tengo… eh, tengo que hablar contigo.
―¿Dónde estás? ¿Puedo pasar por ti ahora?
Esperaba que Mérida llegara en un taxi, o en otro auto rentado, pero cuando llega en un Mazda rojo acompañada nada más y nada menos que de este tipo, Harley; me hierve la sangre. Subo al auto y no puedo disimular mi desagrado.
La forma animosa en que Amy me saluda me hace recordar a kathleen, era igual de alegre y jovial. No sé en qué momento se convirtió en una…no tenía necesidad, quizás la idea de hacer enojar a Eleonor le resultó excitante.
Enterarme de que habían encontrado el cuerpo sin vida de Kathleen fue la peor noticia que he recibido en mi vida. Mi padre se había suicidado diez años atrás y eso no me había afectado tanto como la muerte de Kathleen, éramos sin duda, unidos, muy unidos, aun cuando no comprendía el estilo de vida que había decidido llevar, seguía siendo ella, seguía siendo mi pequeña hermanita. La noche en que la asesinaron estaba con un cliente, pero no era un cliente más, ella se había enamorado, me había hablado de él, me había dicho que comenzaría de cero, que era el amor de su vida. Cuando me enteré que el tipo del que me había hablado era el maldito de Yun Ming, un empresario felizmente casado con el que mi madre mantenía relaciones comerciales, quise matarlo, estuve a punto de hacerlo, pero me resultó más complaciente sacar a la luz sus encuentros con prostitutas y enviarlo a la cárcel por esclavitud y trata de blanca.
―¿Cómo están Adrien y Paulette? ―Pregunta Mérida.
―Es aquí. Ahí, ¿ven el letrero? Ahí comienza el sendero ―dice Amy antes de que yo pueda contestar la pregunta de Mérida
―No lo entiendo Mérida, ¿qué se supone que buscamos? ―Entre el desagrado que me causó ver a Harley y la nostalgia del recuerdo de Kathleen, no le había preguntado antes
Cuando pongo mi vista sobre Mérida, alcanzo a ver su tatuaje, ya lo he visto antes; la noche en que estaba tan ebria que tuve que ducharla estando casi inconsciente, y en aquel momento me causó tanto desagrado como ahora, no el tatuaje en sí, sino saber que fue Harley quien se lo hizo. Imagino lo cerca que debió estar de ella y siento una punzada en el hígado
Querido lector, si has llegado hasta aquí , imagino que esta historia te ha gustado. Si es así, te invito a que me dejes una reseña y a que sigas leyendo los capítulos que estaré publicando los lunes, martes, jueves, viernes y domingos.
―Hola Mérida ―el doctor Black me saluda en cuanto entro en la habitación ―¿cómo han estado?― Hemos estado mejor ―le contesto―¿Alguno quiere hablar hoy?―Anya. Anya siempre quiere hablarle, pero ya sabe cómo se pone―Pues escuchemos a Anya.La sesión con el doctor Blake transcurre con normalidad, he podido desahogarme respecto a la ansiedad que me ha causado el viaje que haré hoy. Anya se ha quejado de que no ha tenido sexo en mucho tiempo, habló de Harley otra vez y de cómo lo rechacé cuando se me declaró.―Quise que fuera solo sexo, pero siento que no puedo estar sin ti, Mérida. Dame una oportunidad, que tengas un hijo con Patrick no quiere decir que tengas que estar con él ―fueron las palabras de Harley. Pero yo fui tajante―Lo siento Harley, amo a Patrick y no sé si pueda amar a alguien más de esa fo
Regreso los álbumes a su lugar y cierro la casa. Harley permanece aún sentado en las escaleras que dan del porche hacia la salida.―Vamos ―le digo con autoridad y el se levanta enseguida.Harley ha estacionado su auto justo enfrente de mi casa. Espero a que el suba para que abra el seguro y subo en el asiento de adelante. He guardado la foto de Johnny en mi bolsillo.―Y ¿a dónde vamos?―A casa de Johnny―¿y eso dónde es?―tú conduce, yo te guío.Harley se limita aconducir sin hacer más preguntas. Por lo menos le advertí que me comportaría de forma extraña. En mi cabeza se gesta una discusión entre Sofía y Dante―¿Sabías de esto? ―le pregunta Sofía a Dante.―¿Cómo iba a saberlo? Esto es tan extraño para mí como para ti. Pensé que Johnny nos cuidaba
―Llévame a mi departamento por favor ―le digo a Patrick mientras me pongo el cinturón de seguridad. Él me mira confundido ―quiero estar sola, por favor― le lanzo una mirada un poco borde.No sé por qué me siento de esta forma. Solo quiero llegar a casa, dormir un poco y olvidarme de las personas por un buen rato.*******Estoy en mi departamento, sola, tal como quería. Pero estar sola no me ha hecho sentir mejor, al contrario. No puedo dormir, cambio de canal cada dos minutos y me muerdo las uñas sin parar. Me fulmino a mí misma con preguntas como ¿Por qué el arma que guardaba en mi departamento es de Johnny? ¿Se la he pedido yo? ¿Él me ha sugerido tenerla? Y si es así ¿con qué intención?―No ha hecho nada malo ―dice Dante mientras yo me planteo todas estas incógnitas―¿Quién?
Escucho pasos ingresando a la casa al trote. Abro los ojos y veo a cinco uniformados entrar. Apuntan sus armas hacia Olivia por un par de segundos. Ella todavía apunta el arma hacia el cadáver de Ryan, pero en cuanto nota la presencia de los oficiales, se asusta, tira el arma y se sienta en el piso. Llora con desespero.Una mujer del grupo de policías enfunda su arma y se acerca Olivia, se pone a su nivel arrodillándose frente a ella―Tranquila nena, todo estará bien ―le susurra y la abraza. Otro ofivial se acerca al arma tirada en el piso y la patea lejos de Olivia.Dos personas alejan a Patrick de mí y me revisan. Miro el cadáver de Ryan, no puedo dejar de verlo, hasta que apuntan a mis ojos una pequeña linterna.Ryan ha muerto y pensar en ello hace que me recorra un aire de satisfacción. No solo me alegra que Ryan esté muerto, también siento alivio por no hab
Camino por la vereda que da hacia una casa descuidada. No recuerdo haber estado aquí antes. Todos los recuerdos de Ryan que han venido a mi mente hasta ahora, ocurrieron en mi casa, donde se supone que debía estar segura.Me detengo frente a la casa sin saber qué hacer. Golpeo a la puerta y no sale nadie. Golpeo una vez más y en un par de minutos sale Ryan. Me observa con cara de satisfacción.―Creí que ya no vendrías más ¿Estás sola? ―recorre el panorama con su mirada y se detiene en el auto―Es mi auto, es nuevo ―le digo. Y con un ademán me indica que entre ―Cambié de opinión ―le digo estando dentro de la casa, fuerzo la voz para que se escuche grave, cómo la de Sofi.La idea principal era que Sofi se acercara a Ryan. Mi forma de actuar tal vez no se parezca a la de ella y eso podría causar suspicacia en Ryan. Pero Sofi está aterra
Salgo de mi departamento y al dar un par de pasos hacia las escaleras recuerdo que se me ha pasado por alto un pequeño detalle. No tengo auto. No tengo idea de dónde está mi auto. Camino de regreso a mi departamento. Lo último que recuerdo es haber estado en el departamento de Patrick, llegué ahí en mi auto nuevo. No tengo idea de cómo llegué casa de Ryan , solo sé que volví en el auto de Patrick . ¡Joder! “tomaré un taxi” pienso antes de poner la mano en la manilla de la puerta, me doy media vuelta y avanzo hacia las escaleras, me detengo frente a una puerta. No he querido detenerme, mi cuerpo se ha plantado ahí sin mi consentimiento.―Creemos que un auto prestado sería mejor que un taxi ―dice Anya. He sabido que es ella, su voz, es diferente a la de Dante y a la de Sofi; tiene una calma y despreocupación impregnada en cada una de sus palabras. Comp