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Los últimos días de la princesa de la mafia
Los últimos días de la princesa de la mafia
Penulis: Tamara Jiménez

Capítulo 1

Penulis: Tamara Jiménez
En cuanto pagué el saldo pendiente de mi parcela, Isabella me mandó una foto al teléfono. Estaba junto a la tumba bajo el viejo roble, la que yo había querido, abrazando la urna de plata de su perro. Mis padres se encontraban uno a cada lado de ella, como guardaespaldas, y detrás de todos mi hermano hablaba con un escultor junto a tres bloques de mármol italiano importado.

Isabella añadió un mensaje de voz junto con la foto:

—Adriana, Caesar ya murió. Por favor, no me hagas pelear contigo también por el lugar donde lo voy a enterrar.

La voz le temblaba de una forma tan perfecta que cualquiera habría creído que la víctima era ella. Borré el mensaje y la bloqueé.

Salí del cementerio Saint Michael y volví al hospital. El doctor Bennett me esperaba en su consultorio, con mis últimos estudios abiertos en la pantalla.

—¿Cuánto tiempo me queda? —pregunté.

Él se quitó los lentes.

—Una semana como máximo. Quizás menos.

Asentí como si me hubiera hablado del clima.

—¿Dónde está su familia? —Deslizó una carpeta sobre el escritorio—. Necesitan entender la gravedad de esto.

Sonreí con amargura. Les había hablado de mi diagnóstico demasiadas veces, pero nunca me creyeron. Según ellos, me había inventado que tenía cáncer terminal para competir con Isabella por su cariño. Mi madre me había acusado de usar un informe falsificado para castigarla. Luca decía que cualquiera podía descargar un diagnóstico de cáncer y cambiarle el nombre. Mi padre ni se dignó a mirarlo. Los Moretti confiaban más en las lágrimas de Isabella que en el diagnóstico de un oncólogo.

Un administrador del hospital llamó a la puerta antes de entrar con un documento en la mano.

—Señorita Moretti, lo lamento, pero la administración familiar retiró la autorización de sus cuidados paliativos privados. Eso incluye el servicio de enfermería que debía comenzar esta noche.

Levanté la vista.

—¿Quién la canceló?

—La administración familiar. Don Moretti figura como el garante.

Me quedé callada durante un rato. Seguramente mi padre me estaba castigando por intentar quedarme con la parcela de Caesar. De verdad creía que yo había falsificado el diagnóstico y no quería malgastar el dinero de la familia en otra de mis farsas.

—Entiendo —dije en voz baja.

Volví al apartamento de dos habitaciones en Tribeca donde había vivido el último año. Pertenecía a una de las inmobiliarias de los Moretti y tenía portero, mesones de mármol y vista al río Hudson. Tenía de todo, menos la sensación de hogar. Mi padre me había mudado ahí después de que Isabella dijera que ya no podía convivir conmigo.

Pero no siempre había sido así. Hubo un tiempo en que mis padres temían perderme. Cuando tenía doce años, me desmayé por una fiebre altísima en un orfanato financiado por la Fundación Moretti. Mi madre estaba de visita esa tarde y notó la marca de nacimiento en forma de media luna detrás de mi oreja. Era la misma que aparecía en cada aviso de persona desaparecida que los Moretti habían distribuido discretamente durante doce años.

Una prueba de ADN confirmó lo que ella ya sabía. Yo era Adriana Moretti, la hija del Don más temido de Nueva York. La niña que habían secuestrado mientras dormía en su cuna.

Mi madre se quedó dos noches junto a mi cama en el hospital. Cuando llegaron los resultados, me abrazó tan fuerte que casi no podía respirar. Dijo que nunca había dejado de buscarme y prometió dedicar el resto de su vida a recuperar los años perdidos.

Durante un tiempo, cumplió esa promesa.

Mi padre puso mi nombre en el fideicomiso de la familia y me presentó como su hija ante todos los capos de Nueva York. Luca se mudó a la habitación frente a la mía porque yo tenía miedo de dormir sola. Mi madre se sentaba a mi lado cada vez que tenía una pesadilla, hasta que dejé de despertarme pensando que había vuelto al orfanato.

Me querían, lo sé.

Fue entonces cuando Isabella empezó a decaer. La habían adoptado un año después de mi desaparición. Para el momento de mi regreso, ya llevaba once años llamándolos mamá y papá y tratando a mi hermano como propio. Apenas me vio en la casa, dejó de comer. El día que terminó desmayándose, los médicos encontraron una nota bajo su almohada: “Ahora que Adriana está en casa, ya ninguno de ustedes me necesita”. Mi madre lloró tres días.

Luca me pidió que dejara de cenar con la familia hasta que ella se sintiera más segura. Mi padre me recordó que Isabella seguía siendo su hija y que yo nunca le quitaría ese lugar. Hasta mamá me pidió que tuviera paciencia y le diera tiempo a Isabella para entender que yo no iba a sustituirla.

Al principio, todo parecía temporal y accedí. Sin embargo, cada vez que Isabella lloraba, me exigían renunciar a otra cosa. Con el tiempo dejaron de pedirlo y dieron por sentado que me apartaría.

Esperé diez años a que la familia que alguna vez me quiso volviera a elegirme. Ahora me quedaban siete días, pero seguían sin hacerlo.

Esa noche llamé a una funeraria. Organizar mi propia muerte fue más fácil de lo que esperaba. Escogí la cremación directa, sin velorio ni misa; nada más que una sencilla urna de marfil, una fotografía para los registros del cementerio y ningún obituario. Para la lápida elegí solo mi nombre. Ni “hija amada” ni “hermana querida”.

El director de la funeraria se detuvo en la última sección.

—¿A quién debemos contactar para entregar sus restos?

Me quedé mirando la línea en blanco. Los Moretti enterraban a cada miembro de la familia con sacerdotes, rosas y hombres armados protegiendo las puertas del cementerio. Pero por mí no vendría nadie.

—Envíe las cenizas directo a Saint Michael —dije—. La parcela donde se enterrará la urna ya está pagada.

—Necesitaremos que firme las instrucciones para la disposición de los restos.

—Envíemelas.

Minutos después, me mandaron el documento. Autorizaba a la funeraria a cremarme y trasladar mis cenizas directo al cementerio, sin esperar el permiso de mi familia.

Firmé al pie de la página como Adriana Moretti. Por primera vez en mi vida, yo sola había decidido adónde pertenecía.

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