ANMELDEN—Cecilia, feliz cumpleaños… —dijo entre lágrimas—. Esta vez mamá sí se acordó… Anda, come…Papá se agachó frente a la tumba y, con un pañuelo, limpió una y otra vez la foto de mi lápida, con una suavidad casi temerosa, como si le diera miedo despertarme.—Cecilia, papá se equivocó… —murmuró con la voz quebrada—. No debí decirte que eras lenta… No debí dejarte ahí ni tardar tanto en volver por ti… ¿Me perdonas, sí?Olivia dejó un ramo de flores y Jaime puso junto a mi tumba su carrito favorito.El viento recorrió el cementerio, moviendo las hojas de los árboles con un susurro suave, como si respondieran, como si suspiraran.Después de aquello, la familia de Julio casi no volvió a nuestra casa. Tras aquella discusión, la relación entre las dos familias tocó fondo.De puertas afuera, seguían tratándose como siempre, pero todos sabían que aquella grieta ya nunca podría cerrarse.Mi abuela suspiraba a menudo.—Éramos una familia tan unida… ¿cómo terminamos así?A veces, en plena madrugada,
Mi foto estaba colocada en el centro. Era la foto escolar que nos tomaron a todos el año pasado.Yo apenas sonreía a la cámara, pero en mis ojos todavía había luz.No vino mucha gente a despedirme. La mayoría eran vecinos y viejos amigos de mi abuela.Miraban mi foto, negaban con la cabeza y suspiraban:—Era una niña tan buena… ¿cómo pudo irse de esta manera?—Dicen que se murió congelada en una estación de servicio… ¿cómo pudieron ser tan descuidados sus padres?—Ay… ¿cómo terminó pasando algo así?Mamá lloraba como si se le estuviera rompiendo el alma, repitiendo una y otra vez:—Cecilia, mamá se equivocó… mamá lo siente… ¿puedes volver, por favor…?Papá estaba de pie a un lado, con los ojos hinchados y rojos, como si de golpe hubiera envejecido diez años.Olivia también lloraba muchísimo. Acariciaba mi foto y decía en voz baja:—Cecilia, perdón… ese día no debí quitarte el lugar… perdón…Jaime todavía no entendía lo que significaba la muerte. Tirándole de la manga a mamá, preguntó c
En el rostro del policía apareció una expresión de incredulidad.—¿Dejaron olvidada a una niña en una estación de servicio de la autopista, tardaron cuatro horas en ir por ella y, encima, la dejaron esperando tan poco abrigada, con temperaturas bajo cero?—Nosotros pensamos que su tío iba a llegar antes…La voz de papá se fue apagando cada vez más.—Y además —continuó el policía mientras revisaba el informe—, según las cámaras de seguridad, el auto de su tío entró a la estación de servicio a las siete cincuenta y dos de la noche, pero estuvo allí menos de un minuto. Ni siquiera se bajó a buscarla. Entró y salió de inmediato.Julio se apresuró a defenderse:—¡Sí me fijé, pero no vi a nadie! ¡Pensé que ellos ya habían regresado por ella!—¿No vio a nadie y por eso decidió no buscar más? ¡Era una niña de ocho años! Como mínimo debió bajarse a comprobarlo o llamar a sus padres para confirmarlo.La voz del policía llevaba una rabia contenida.—¿Saben ustedes que, según la evaluación prelimi
De pronto, toda la sala quedó en silencio.—Sí… sí… vamos para allá ahora mismo.Papá colgó el teléfono y, como si de golpe lo hubieran vaciado por dentro, se dejó caer en la silla.—¿Qué pasó? ¿Quién era?La voz de mamá temblaba.Papá levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos y los labios le temblaban.—Era la policía… Dicen que un conductor encontró en la estación de servicio el cuerpo de una niña que murió de frío. Por ahora creen que… que podría ser Cecilia…—¡No puede ser!Mamá soltó un grito agudo.—¡No puede ser! ¡Mi Cecilia no puede…!No alcanzó a terminar de hablar; las piernas se le doblaron y se desplomó.Mi abuela corrió a sostenerla, y en un instante toda la sala se volvió un caos.Camino a la comisaría, mamá no dejó de llorar. Las lágrimas le caían sin parar mientras repetía una y otra vez:—Mi Cecilia… mi Cecilia no puede estar muerta… Tiene que ser un error…Papá llevaba las manos aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. No dijo una s
Julio hizo un gesto despreocupado con la mano.—¿Y adónde se va a ir una niña? A lo mejor se fue con algún desconocido que pasaba por ahí y no quiso decirles nada, solo para que ustedes se preocuparan.—¡No!Yo le gritaba desesperada desde un lado, pero no lograba emitir ni un solo sonido.Con el rostro lívido, papá sacó el celular y llamó otra vez a los dos números a los que yo había llamado antes.Primero llamó a la señora que me había prestado el celular. Papá puso el altavoz, y ella dijo:—Sí, la niña me pidió prestado el celular, pero me dijo que su tío iba a pasar por ella, así que me fui. ¿Cómo? ¿Todavía no la recogieron?Luego llamó al señor que también me había prestado el celular. Él dijo:—Sí, la niña usó mi celular. Pero después de llamar se quedó esperando en la estación de servicio. Yo hasta le dije que se metiera a mi auto para entrar en calor, pero no quiso. ¿Cómo que todavía no la encuentran?Cuando colgaron, en la sala cayó un silencio absoluto. Las lágrimas empezaron
—Claro. Voy a ver si todavía alcanzo a reservar un hotel.Los dos siguieron hablando con entusiasmo de las vacaciones, de adónde irían y de las cosas que querían comprar.Yo daba vueltas a su alrededor, feliz, queriendo decirles que yo también quería ir. Pero abría la boca y no salía ningún sonido.Claro, yo ya estaba muerta. Ya no podía ir.De pronto, Olivia dejó el celular a un lado y corrió hasta donde estaba mamá.—Mamá, mi celular se quedó sin batería. Préstame el tuyo un rato.—Esta niña, nada más piensa en jugar con el celular.Eso dijo mamá, pero aun así se lo dio. Jaime también corrió hacia papá y se le colgó del pantalón.—¡Papá, yo también quiero prender fuegos artificiales!—Ya es muy tarde. No se puede.Durante todo ese tiempo, nadie me mencionó. Era como si yo nunca hubiera existido.Mamá se tocó el bolsillo y frunció el ceño.—No sé por qué siento que se me está olvidando algo…En ese momento, mi abuela salió de la cocina con un plato entre las manos y lo dejó sobre la m