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Capítulo 3

مؤلف: Lorena Cruz
No había terminado de hablar cuando, del otro lado, solo quedó el pitido seco de la llamada cortada.

Me quedé ahí, sosteniendo el teléfono, inmóvil.

Al final, las lágrimas se me salieron solas y cayeron sobre la pantalla helada del celular, enfriándose al instante.

La señora me miró con pena, me dio unas palmaditas suaves en el hombro y suspiró antes de decirme:

—No te pongas triste. Si quieres, ven primero a mi casa y desde allá les vuelves a llamar a tus papás para que vengan por ti. Yo ya casi me reincorporo a la carretera, pero no voy hacia el mismo lado que ustedes. Si no, con gusto te llevaba.

Recordé el tono impaciente de mis padres y rechacé su ofrecimiento.

—No, señora, gracias. Mis papás dijeron que mi tío ya viene por mí. Mejor lo espero aquí.

Después de todo, en pleno Año Nuevo, seguro que mis padres no querían tener que regresarse solo para recogerme.

Y mi tío, Julio Moreno, nunca había sido muy cercano conmigo. Si tenía que desviarse más de la cuenta para venir por mí, seguro tampoco le iba a hacer ninguna gracia.

La señora todavía parecía querer decir algo más, pero en ese momento sonó el celular en su bolsillo. Debían de ser los que venían con ella, apurándola.

Me miró con preocupación, sacó de su bolso varios chocolates bien envueltos y me los puso en la mano. Luego se quitó una mantita pequeña, beige, y me la acomodó sobre los hombros.

—Póntela bien, así por lo menos entras un poco en calor. Y cómete el chocolate para engañar el hambre, no vayas a desmayarte. Si pasa mucho rato y todavía no viene nadie, vuelve a pedirle prestado el celular a alguien y llámales otra vez a tus papás. Pero no se te ocurra irte por ahí sola.

Yo asentí con fuerza y, con la voz atorada, apenas alcancé a decirle:

—Gracias.

Su figura se alejó de prisa hasta desaparecer por la puerta, y el baño volvió a quedarse vacío, dejándome sola ahí dentro.

El viento helado seguía metiéndose por las rendijas de la puerta, pero mis hombros, cubiertos por la mantita, empezaron a recuperar algo de calor.

El estómago me rugía de hambre.

Abrí uno de los chocolates y le di apenas una mordidita.

No me atreví a comer más. Guardé con cuidado lo que quedaba y lo envolví bien antes de metérmelo al bolsillo, pensando que, si tenía que esperar demasiado, todavía podría aguantar un poco más con eso.

Me envolví mejor en la mantita y, casi sin pensarlo, me arreglé un poco la ropa.

Debajo llevaba un suéter viejo que Olivia había usado el año pasado.

El cuello ya estaba vencido de tanto lavarlo y en los puños se veían hilos sueltos.

Olivia ya no lo quería, y mamá dijo que todavía servía, así que terminó dándomelo a mí.

Este año, en cambio, Olivia llevaba un abrigo acolchado nuevo, color rosa, con un borde de peluche en la capucha, y parecía un pavo real de lo presumida que andaba.

La chaqueta de Jaime también era nueva, de un azul brillante. Cuando corría, parecía un pingüinito.

Solo yo iba vestida con la ropa vieja de Olivia, como una sombra gris y apagada.

Por miedo a que Julio pasara de largo sin verme, no me quedó más remedio que apretar los dientes, salir otra vez del baño y volver a plantarme en medio del viento helado.

La luz de los faroles se veía cada vez más tenue, y el cielo empezaba a oscurecerse.

A lo lejos, el gris del atardecer se fue espesando, y empezaron a caer unos cuantos copos de nieve.

Se me posaban en el cabello y en los hombros, y se derretían enseguida, dejándome manchas de agua helada.

Me quedé mirando fijamente la dirección de la que venían los autos.

Cuando se me entumecían demasiado los pies, daba pequeños pasos en el mismo sitio. Cuando las manos se me ponían tiesas del frío, me las escondía dentro de la mantita y me las frotaba como podía.

Una y otra vez, en silencio, le pedía al cielo que Julio llegara pronto.

Los autos siguieron pasando, uno tras otro.

Las luces me deslumbraban y me dejaban la vista borrosa, pero ni uno solo se detenía en la estación de servicio.

La nieve empezó a caer con más fuerza y a acumularse en una capa delgada sobre la mantita.

Me la apreté todavía más al cuerpo.

El dulzor del chocolate hacía rato que había desaparecido, y en mí ya no quedaban más que la ansiedad y el frío.

No sabía cuánto tiempo más tendría que esperar.

Tampoco sabía si Julio de verdad iba a acordarse de venir por mí.

Lo único que sentía era que aquel viento bajo cero estaba a punto de congelarme por completo allí, sola, en aquella estación de servicio vacía.

El tiempo, entre el frío y el hambre, parecía no acabarse nunca.

Bajo la luz del farol, mis manos y mis pies llevaban rato sin sentir nada. Solo me quedaba un entumecimiento punzante, que parecía clavárseme hasta los huesos.

Al principio temblaba de frío.

Pero ahora ya ni fuerzas tenía para seguir temblando.

Entonces empecé a sentirme rara.

La cabeza me pesaba como si alguien me la estuviera apretando con fuerza; me dolía tanto que casi no podía ni levantarla.

El corazón me latía a toda velocidad.

Pum, pum, pum.

Me golpeaba el pecho como un tambor, tan fuerte y tan deprisa que hasta empecé a sentir que me faltaba el aire.
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