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Capítulo 2

Author: Burbuja de Yogur
Tomó el celular y su voz, cargada de furia, me perforó los oídos.

—¡Inútiles! ¡Ni siquiera pueden vigilar a una mujer! ¿En qué momento la dejaron volver a fastidiarme?

Esos supuestos “médicos” balbucearon excusas en tono servil.

Pero en cuanto colgó, la forma en que me miraron cambió por completo. Sus ojos se volvieron feroces.

La mujer gorda se quitó la mascarilla y dejó al descubierto una sonrisa torcida y cruel.

—Con tanta gente a la que podías ofender, justo tenías que meterte con la señora Marcial. Nos pagó muy bien para que te diéramos tu merecido.

La otra, una mujer flaca, me soltó una patada sin miramientos.

—Todo por culpa de una zorra como tú. Por tu culpa nos ganamos una buena regañiza, así que ahora nos las vas a pagar una por una.

Después de decir eso, entre las dos me arrastraron hasta el baño.

Cuando mis pies tocaron el suelo helado, el abdomen, desgarrado por el parto, me ardió como si me lo estuvieran arrancando por dentro. La sangre me corría por las piernas y dejaba una larga marca roja sobre el piso.

Entonces vi la bañera: estaba llena de hielo.

Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza y pregunté, con la voz temblorosa:

—¿Qué… qué van a hacerme?

Nadie respondió. Se miraron entre ellas y, al segundo siguiente, me empujaron con fuerza adentro. El agua helada me tragó de golpe. El frío era tan brutal que se convirtió en dolor, un dolor que me atravesó la piel y se me clavó hasta en los huesos. No pude contener el grito.

—¡Ah…! ¡Está helada… me duele…! Por favor… sáquenme de aquí…

El hielo se me pegó a las heridas de las agujas en mi espalda, y la sangre empezó a teñir el agua.

La hemorragia empeoró de inmediato. Podía sentir cómo la vida se me escapaba poco a poco.

Miré a mi hijo, tendido sobre la cama, y el corazón se me hizo pedazos. Reuniendo las últimas fuerzas, intenté arrastrarme hacia él.

—Por favor… déjenme ver a mi hijo… se está muriendo…

La mujer gorda me hundió otra vez en la bañera de una patada.

—¡Deja ya de hacerte la víctima! ¿Así que quieres seguir armando problemas? Si el niño no llora, es porque está dormido. ¿De verdad crees que nos vas a engañar tan fácil?

Era evidente que las había irritado la reprimenda de Agustín. Como venganza, sacaron varias agujas gruesas, de distintos tamaños.

—El señor Vázquez dijo que había que sacarte toda la sangre que hiciera falta. Ya que no sabes comportarte, vamos a pincharte una y otra vez.

Las agujas se hundieron brutalmente en mi cuerpo.

Cada pinchazo traía consigo un dolor agudo, insoportable. Mi sangre fue llenando tubo tras tubo. Yo ya no era una persona, solo un cuerpo vacío al que drenaban sin piedad.

—No… no sigan… ya no aguanto…

Todo mi cuerpo empezó a convulsionarse y se me fue nublando la conciencia. Pero en cuanto volví a ver al niño por el rabillo del ojo, el corazón se me encogió otra vez.

Su carita ya no estaba azulada. Ahora tenía un tono gris, apagado. Su pequeño pecho apenas se movía.

—¡Mi hijo! ¡Mi hijo!

Saqué fuerzas de no sé dónde y grité con toda el alma. Mi voz estaba rota y ronca, pero todavía me quedaba desesperación suficiente para desgarrarme la garganta.

—¡Ayuda! ¡Que alguien salve a mi hijo!

Mis gritos terminaron de sacarlas de quicio. Una de ellas sacó una botella con un líquido transparente, destapó el frasco y me lo vertió a la fuerza en la boca.

—¡Cállate de una vez!

El líquido me quemó la garganta y el esófago como si me hubieran prendido fuego por dentro.

En ese instante ya no pude emitir ni un solo sonido. Solo podía abrir la boca inútilmente, mientras las lágrimas se mezclaban con la sangre y me corrían por el rostro.

Me torturaron durante casi una hora. No se detuvieron hasta dejarme completamente ensangrentada, al borde de la muerte.

Ni una sola de ellas volvió a mirar al niño. A nadie le importó tampoco que yo me estuviera desangrando. Simplemente cerraron la puerta con llave y se marcharon.

Yo reuní la última chispa de fuerza que me quedaba, me arrastré hasta la cama y estreché el cuerpecito helado de mi hijo contra mi pecho.

Después me tambaleé hasta la puerta y empecé a golpearla con todas mis fuerzas.

En la madera quedaron, una tras otra, las marcas ensangrentadas de mis manos. Con la poca voz que me quedaba, supliqué:

—¿Hay alguien…? Por favor… salven a mi hijo…

Pero nadie respondió.

Mi conciencia empezó a desvanecerse.

Y justo cuando creí que mi hijo y yo íbamos a morir ahí, la puerta de la habitación se abrió.
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