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Capítulo 6

مؤلف: Salsa Picante
A Valeria ya no le importaba lo que Sebastián pensara de ella.

A esas alturas, ya daba igual si todo había sido un malentendido o si Sebastián simplemente nunca había confiado en ella.

Lo que alguna vez había sentido por él se había acabado tres años atrás, cuando Sebastián se enamoró de otra mujer y la obligó a marcharse del país.

Ahora solo quería que se fueran. Cuanto más lejos, mejor.

—¿Ya terminaron de ver las grabaciones? Si ya acabaron, ¿puedes llevarte de una vez a tu prometida y a toda su familia? —preguntó Valeria, cruzándose de brazos y mirando a Sebastián sin ocultar su impaciencia.

Él entreabrió los labios, pero no dijo nada. Los músculos de sus antebrazos se tensaron bajo las mangas de la camisa.

Después de un largo silencio, le devolvió el celular al agente.

—Gracias por su ayuda. Nos iremos.

En cuanto Patricia lo oyó, empezó a protestar entre lágrimas.

—¡Sebas, no podemos irnos! ¡Ya estamos acostumbrados a vivir aquí!

—¿Por qué tenemos que mudarnos solo porque ella apareció? ¡Esta casa la compraste tú!

Sebastián sintió que le empezaba a doler la cabeza de tanto escucharla.

—Dije que nos vamos —dijo, lanzándole una mirada fría.

Patricia se calló de inmediato.

Al final, Ricardo y los demás recogieron sus cosas y se marcharon a regañadientes.

Antes de salir, Sebastián se detuvo y miró fijamente a Valeria.

—Valeria, rompiste nuestro acuerdo al regresar y ahora hiciste que todos quedáramos en ridículo. Parece que hace tres años fui demasiado blando contigo.

La puerta se cerró detrás de ellos y el departamento quedó en silencio, con todo el desastre que habían dejado atrás.

Valeria se acercó al bote de basura, sacó la foto rota de sus padres y comenzó a limpiar con cuidado las manchas que tenía encima.

Fue entonces cuando toda la humillación que había contenido hasta ese momento se le vino encima.

—Papá, mamá… perdónenme. No supe protegerlos.

Marcos la observó en silencio. Después de dudar un momento, preguntó:

—Señora, ¿quiere que le cuente al señor Salazar lo que pasó?

—No —respondió Valeria, negando con la cabeza—. Que termine tranquilo lo que tiene que hacer.

—¿Quiere que llame a un servicio de limpieza? También puedo buscarle otro lugar donde quedarse.

Valeria se apoyó en el mueble para ponerse de pie.

—Primero resérvame un hotel. Cualquiera está bien, mientras esté limpio.

En ese momento, aquel lugar solo le provocaba rechazo.

Cuando salió del edificio, el aire frío de la noche le golpeó el rostro.

Junto a un auto, una figura alta estaba apoyada contra la carrocería. Entre sus dedos brillaba la punta roja de un cigarrillo.

Al oír sus pasos, Sebastián levantó la mirada.

La observó con una expresión sombría, difícil de descifrar.

—Por fin bajas. ¿Ya terminaste con tu escándalo? —preguntó con voz ronca.

Valeria siguió caminando como si no lo hubiera oído.

—¡Valeria!

Sebastián apagó el cigarrillo y se interpuso en su camino.

Estaba tan cerca que Valeria podía verle los ojos inyectados en sangre y la tensión de su mandíbula.

—Te dije que no volvieras. ¿Por qué tenías que regresar?

—Esta también es mi casa. ¿Por qué no iba a volver? —replicó Valeria.

—¿Casa?

Como si aquella palabra lo hubiera herido, Sebastián soltó una risa cargada de desprecio.

Cuando volvió a mirarla, no quedaba ni rastro de calidez en sus ojos.

—Tu padre está muerto. Tu madre perdió la razón. ¿Dónde está ese hogar del que hablas?

Le agarró el brazo y fue apretando los dedos poco a poco.

—Ya te dejé ir. Esa fue tu salida. ¿Por qué no puedes dejarme en paz? No quiero volver a verte. ¿Lo entiendes?

Valeria bajó la mirada hacia la mano que le sujetaba el brazo y sonrió con amargura.

—Sebastián, me presionaste hasta obligarme a irme del país. Ahora dejas que mis enemigos vivan en mi propia casa. ¿Y todavía dices que me diste una salida?

Levantó la vista hacia él.

—A veces de verdad me pregunto qué te pasó. Cómo pudiste enamorarte de la hija de nuestro enemigo y terminar odiándome de esta manera.

—¡Porque por fin abrí los ojos! —exclamó Sebastián, alzando la voz de repente y apretando aún más su brazo—. Por fin vi todas las mentiras tuyas y de tu padre. Ya no puedes seguir engañándome.

Valeria frunció el ceño.

—¿Qué mentiras?

Sebastián esbozó una sonrisa amarga.

—¿Para qué sigues fingiendo que no sabes de qué hablo? Casi lo había olvidado. Siempre se te dio muy bien actuar.

La miró con frialdad.

—Pero dime, Valeria, ¿no hice ya suficiente por ti? Hasta dejé atrás el rencor por la muerte de mi padre.

—Lo único que te pedí fue que te fueras. Que desaparecieras de mi vida. ¿Era tanto pedir?

Valeria lo miró durante unos segundos.

Entendía cada palabra por separado. Pero juntas no tenían ningún sentido.

Sí, Sebastián había dejado atrás el odio por la muerte de su padre.

De lo contrario, jamás habría podido estar con Camila.

Pero lo había hecho por Camila. ¿Qué tenía que ver eso con ella?

Valeria apartó el brazo.

—Sebastián, si estás mal, busca ayuda. No tengo tiempo para escuchar tus tonterías.

Y se marchó sin volver la vista atrás.

Esa noche, en el hotel que Marcos había reservado, Valeria dio vueltas en la cama durante horas sin poder conciliar el sueño.

Sin querer, sus pensamientos volvieron a tres años atrás.

Habían discutido una y otra vez por culpa de Camila.

A pesar de la oposición de Valeria, Sebastián puso a Camila al frente del departamento de proyectos del grupo.

Poco a poco fue restándole autoridad a Valeria. Se apropió de sus propuestas, despidió a las personas de su confianza y una y otra vez la marginó y la lastimó.

Aun así, ella nunca había pensado seriamente en dejarlo.

El día de su aniversario preparó una mesa llena de comida con la esperanza de que pudieran arreglar las cosas.

Pero Sebastián volvió a casa tomado de la mano de Camila.

Sin más, tiró toda la comida a la basura y luego miró a Valeria con frialdad.

—Valeria, cancelemos el compromiso.

—Por todos los años que pasamos juntos, te voy a dar suficiente dinero para que puedas dejar el Grupo Fuentes e irte de la capital.

Valeria se negó.

Y desde ese momento, Sebastián empezó a cerrarle todas las puertas.

Dentro del Grupo Fuentes fueron aislándola poco a poco.

Buscó trabajo en otras empresas y mandó currículums a todas partes, pero nadie la llamó.

Hasta le congelaron sus cuentas bancarias personales alegando riesgos relacionados con sus transacciones.

Durante aquellos meses, cada día se convirtió en una lucha.

Fue entonces cuando descubrió lo rápido que la gente podía desaparecer de tu vida cuando dejabas de serles útil.

Los supuestos amigos que antes siempre estaban a su alrededor fueron alejándose uno tras otro.

Las facturas del centro donde cuidaban a su madre empezaron a acumularse.

El dinero que necesitaba para seguir investigando el caso de su padre se agotó.

Hasta el refugio de animales que ella financiaba tuvo que cerrar.

Una tarde helada, Valeria se quedó frente a un cajero automático mirando el mensaje en la pantalla: "Esta cuenta no puede realizar transacciones temporalmente."

Y finalmente se derrumbó.

Se agachó en una esquina de la calle y lloró hasta quedarse sin fuerzas.

Al final, aceptó aquel "pago de despedida" que Sebastián le ofrecía y se marchó al extranjero.

Aquel dinero terminó poniéndole precio a todo lo que todavía quedaba entre ellos.

Incluso a los sentimientos que Valeria había guardado por Sebastián desde que eran niños.

Tenía los ojos un poco secos.

Valeria apartó aquellos recuerdos de su mente y cerró los ojos.

"Duerme. Si logras dormirte, al menos por un rato todo va a desaparecer."

Cuando volvió a abrir los ojos, ya había amanecido.

La despertó el alboroto que llegaba desde la entrada del hotel.

Frente al hotel se agolpaba una multitud.

Había cámaras con enormes teleobjetivos, voces que retumbaban por los megáfonos y gente levantando el celular para grabar.

Valeria no entendía qué estaba pasando.

Se arregló como de costumbre y bajó.

Pero apenas apareció, los flashes empezaron a destellar sin parar.

—Señorita Reyes, ¿qué tiene que decir sobre el asesinato de Javier Fuentes, por el que condenaron a su padre hace años?

—Siendo hija de un asesino, ¿cómo se atreve a volver?

—Según algunas versiones, anoche expulsó por la fuerza a la familia de la señorita Soto y destruyó sus pertenencias. ¿Es cierto?

—¿Todavía no ha superado al señor Fuentes? ¿Volvió para intentar separarlo de la señorita Soto?

Las preguntas se sucedían una tras otra, cada vez más agresivas.

Entonces alguien gritó desde la multitud:

—¡Que se largue la hija del asesino!

Otra voz se sumó enseguida:

—¡Toda tu familia debería pagar por las víctimas de entonces!

—¡Murieron seis o siete personas! ¡Ni la vida de tu padre basta para pagar por todo eso!

Valeria se quedó inmóvil entre los flashes y los gritos.

Había regresado al país apenas el día anterior.

Y ese hotel lo habían reservado a última hora.

¿Cómo demonios habían logrado encontrarla tan rápido?

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