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Capítulo 5

Autor: Salsa Picante
—Sebastián, mandaste ajustar para Camila el anillo de bodas que habías comprado para mí y luego se lo regalaste. Lo soporté. Cedí. Pero eso no significa que vaya a permitir que el asesino de mi padre viva en mi casa.

La mirada de Valeria se enfrió.

—Todavía no he caído tan bajo.

Sebastián casi nunca la había visto tan tajante.

La Valeria que él recordaba siempre terminaba cediendo. Por más absurdas que fueran sus exigencias, al final ella acababa haciendo lo que él quería.

Pero ahora lo miraba como si tuviera delante a un enemigo.

Sebastián sintió que algo se le encogía en el pecho sin saber por qué.

—Ya basta, Valeria. Pon tus condiciones. ¿Qué quieres para dejar todo esto?

—Nada va a hacerme cambiar de opinión.

Al ver que Valeria no pensaba ceder, Camila intervino entre sollozos.

—Sebas, perdóname. Fue culpa mía. No debí dejar que mis padres vivieran aquí.

Bajó la mirada.

—Solo quería tenerlos cerca para poder cuidarlos. No sabía que Valeria se iba a enojar tanto…

Se mordió el labio, conteniendo las lágrimas.

Sebastián sintió que aquella opresión en el pecho aumentaba y le acarició suavemente la cabeza.

—No es tu culpa. En aquel entonces todos pensábamos que ella cumpliría su palabra y no volvería. Como nunca se resolvió el asunto de estos biene, di por hecho que ya no los quería. Por eso dejé que tus padres vivieran aquí.

—Entonces… quizá debería mudarme con ellos —dijo Camila como si de verdad estuviera dispuesta a ceder.

Algo cambió en la mirada de Sebastián.

—No hace falta. ¿No te gusta esta casa? Mientras yo esté aquí, nadie va a echarlos.

Después de tranquilizarla, sacó una tarjeta de acceso de la cartera y se la tendió a Valeria.

—Valeria, ya rompiste suficientes cosas y armaste suficiente escándalo. Al final, lo que quieres es dinero, ¿no?

Le mostró la tarjeta.

—Devuélveme este departamento y te doy otro a cambio. Está en la casa 41 de Residencial Monteverde. Es más grande, está mejor ubicado y vale más. Si aceptas, mañana mismo hacemos el traspaso.

—¿Darme otro a cambio?

Valeria miró la tarjeta como si acabara de oír algo absurdo.

La tomó y se la lanzó de vuelta.

—Sebastián, ¿de verdad crees que todo se arregla con dinero? ¿Que basta con quitarme una cosa y darme otra más cara?

Su voz se volvió más fría.

—¿Y la vida de mi padre? ¿Y que mi madre perdiera la razón? ¿Cómo piensas compensarme por eso?

Sebastián también empezó a perder la paciencia.

—Valeria, ¿con qué derecho sigues odiándolos por esto? Lo que pasó ya…

—¡No ha pasado! —lo interrumpió Valeria.

Por primera vez, el dolor que llevaba años guardándose se dejó sentir en su voz.

—Mientras los Soto sigan vivos y el caso de mi padre no sea reivindicado, para mí nada de esto habrá terminado.

—Tú de verdad…

—Disculpen.

En medio de la discusión, un hombre corpulento de traje negro apareció en la puerta.

Echó un vistazo al interior y enseguida encontró a Valeria.

—Por fin la encontré, señora…

—¿Quién eres? ¿No ves que esto es propiedad privada? ¡Lárgate! —espetó Sebastián con irritación.

Valeria se volvió. Era uno de los guardaespaldas personales de Adrián.

Solía acompañarlo cuando estaban en el extranjero. No esperaba que Adrián lo hubiera enviado con ella esta vez.

Valeria avanzó un par de pasos y se colocó delante del hombre, bloqueándole la vista a Sebastián.

Levantó ligeramente la barbilla.

—¿Y tú con qué derecho lo echas? Trabaja para mí.

Camila examinó al recién llegado de arriba abajo.

No tenía nada de particular. Su traje se veía de buena calidad, pero tampoco parecía especialmente caro.

No daba la impresión de pertenecer a la alta sociedad.

Más bien parecía un empleado cualquiera.

Una pequeña satisfacción se apoderó de ella.

—Valeria, no me digas que él es tu nuevo novio. La verdad, hacen buena pareja.

Solo entonces Sebastián se dignó a mirar al hombre.

Lo observó durante unos segundos y soltó una risa cargada de burla.

—Valeria, ¿este es el supuesto esposo del que hablabas? Aunque lo nuestro se haya terminado, tampoco tenías que conformarte con alguien así…

—Sebastián.

Valeria no tenía la menor intención de darle explicaciones.

—Con quién esté o deje de estar es asunto mío. No tiene nada que ver contigo, así que no te metas.

Lo miró con frialdad.

—Ahora solo quiero que todos ustedes se larguen de mi casa.

Se volvió hacia el guardaespaldas.

—Marcos, llama a la policía. Diles que hay gente ocupando ilegalmente mi vivienda.

Miró el desastre a su alrededor.

—Y quiero que paguen todos los daños. Contacta a un abogado y que se encargue de todo.

—Valeria, ¿estás segura de que quieres llamar a la policía?

Al darse cuenta de que Valeria hablaba en serio, Sebastián ignoró su enojo y sostuvo su mirada sin apartarse.

En sus ojos volvió a aparecer aquella frialdad de tres años atrás, la misma con la que le había dicho que simplemente se había enamorado de Camila.

Valeria sostuvo su mirada.

—Sí. Estoy segura.

—Bien —dijo Sebastián, apretando la mandíbula—. Luego no te arrepientas.

Cuando llegó la policía, Valeria no cambió de opinión.

Se negó a llegar a un acuerdo.

Exigió que Ricardo y Patricia abandonaran el departamento de inmediato y que se hicieran responsables tanto por haber vivido allí sin su autorización como por los daños causados.

Como ninguna de las partes llegó a un acuerdo y Valeria tenía los documentos que demostraban claramente que el departamento estaba a su nombre, la policía terminó pidiéndoles a Ricardo y Patricia que se marcharan.

Uno de los agentes llevó a Sebastián a un lado.

—Señor Fuentes, entendemos que usted pagó originalmente el departamento, pero legalmente está a nombre de la señorita Reyes. Nosotros tenemos que actuar conforme a la ley.

Hizo una breve pausa.

—Lo mejor es que el señor Soto y su familia busquen otro lugar para vivir.

Sebastián apretó los labios y no respondió.

Miró de reojo a Valeria.

Ella estaba revisando los objetos dañados y calculando cuánto tendría que reclamar. Ni siquiera levantó la vista hacia él.

Después de guardar silencio unos segundos, Sebastián habló.

—Dígale que pueden irse. Pero yo también voy a presentar una denuncia por lo que pasó hace un rato en el Salón Corona del Club Privado Altavista.

Volvió la vista hacia Valeria.

—Ella empujó a mi prometida. Que decida si prefiere terminar detenida otra vez o entregarme el departamento.

Valeria estaba revisando una figura de colección de edición limitada. El empaque ya había sido abierto y buscaba el comprobante de compra para calcular la pérdida cuando uno de los agentes se acercó.

Parecía incómodo. Dudó un instante antes de hablar.

—Señorita Reyes, el señor Fuentes asegura que hace un rato usted empujó a su prometida en el Club Privado Altavista. Si insiste en no llegar a un acuerdo aquí, él también piensa presentar una denuncia por agresión.

Las manos de Valeria se detuvieron.

Levantó la vista hacia Sebastián, incrédula.

—¿Eso dijo?

El agente asintió.

Creía que ya se había vuelto inmune al dolor. Aun así, al oír aquello, algo le dolió por dentro.

Cerró la mano con fuerza y respiró hondo.

—Entonces que presente la denuncia. Por favor, pidan las grabaciones de seguridad del Salón Corona y comprueben si realmente empujé a Camila.

Hizo una breve pausa.

—Y quiero que Sebastián las vea también.

Las grabaciones llegaron poco después.

Hasta ese momento, Sebastián seguía convencido de que Valeria terminaría cediendo.

Pero apenas empezó el video, toda esa seguridad desapareció.

Las imágenes eran claras.

Valeria ni siquiera había tocado a Camila.

En cambio, varios amigos de Sebastián la habían rodeado y se habían puesto del lado de Camila, presionándola para que bebiera con ella.

Uno tras otro hablaban de lo mucho que Sebastián adoraba a Camila, y cada comentario era más hiriente que el anterior.

Sebastián observó la pantalla en silencio.

Con cada minuto que pasaba, su expresión se volvía más seria.

Durante un buen rato, no dijo una palabra.

A su lado, Camila empezó a explicarse atropelladamente:

—Yo… quizá perdí el equilibrio y me caí sola. Debí confundirme y pensar que había sido Valeria…

Miró a Sebastián con nerviosismo.

—Sebas, de verdad no quise acusarla. Me equivoqué.

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