로그인Valerio mantuvo la empuñadura del arma apretada entre los dedos, con los nudillos blancos por la tensión y el pulso latiéndole como una estampida en los oídos.
El cañón negro apuntaba directo a la hendidura del metal. La penumbra del callejón pesaba como una losa de plomo, rota solo por el silbido del viento entre los muros de piedra.
— Sal de ahí —ordenó con una voz rasposa, dura, que intentó no t
Valerio mantuvo la empuñadura del arma apretada entre los dedos, con los nudillos blancos por la tensión y el pulso latiéndole como una estampida en los oídos.El cañón negro apuntaba directo a la hendidura del metal. La penumbra del callejón pesaba como una losa de plomo, rota solo por el silbido del viento entre los muros de piedra.— Sal de ahí —ordenó con una voz rasposa, dura, que intentó no temblar.Un movimiento brusco sacudió el contenedor. Valerio afianzó la postura, listo para encarar lo que viniera, cuando un maullido agudo y lastimero cortó el silencio.De detrás de la base de hierro, temblando de frío y empapado por la llovizna, apareció un gato pequeño, flaco y con el pelaje negro cubierto de hollín.El animalito dio tres pasos torpes, alzó los ojos hacia la silueta alta del magnate y volvi&o
El roce de los dedos de Valerio sobre la tela áspera de la chaqueta duró solo una fracción de segundo, pero fue suficiente para helarle la sangre a Fiorella.Ella se giró de golpe.Durante un instante que pareció congelar el tiempo y el rugido del mercado, los ojos pálidos y cansados de Fiorella se clavaron directamente en la mirada desquiciada, hundida y febril del magnate.No hubo nostalgia en su rostro.Tampoco amor.Solo un pánico cerval mezclado con un desprecio tan puro y filoso que le atravesó el pecho a Valerio como un dardo envenenado.— ¡Suéltame! —gimió ella con la voz ahogada.Sin pronunciar una palabra más, Fiorella dio un tirón violento hacia adelante. La tela gastada del uniforme se rasgó en la costura del hombro, liberándola del débil agarre de Valerio.Ella no esperó a que él
Ciento ochenta días. Seis meses exactos de un infierno diario, devorante y silencioso.Valerio Vitale ajustó el cuello de su abrigo oscuro mientras avanzaba por el laberinto de callejuelas abarrotadas de Spaccanapoli.Había dejado atrás a sus escoltas, sus vehículos blindados y la armadura ejecutiva que solía definirlo.Ya nada de eso importaba. El magnate implacable de la Banca Vitale era solo una sombra de sí mismo.Había perdido casi diez kilos.Las ojeras marcadas como sombras violetas bajo sus ojos delataban sus noches en blanco, atormentado por la imagen de Fiorella desangrándose en aquella camilla.Apenas probaba alimento, el café amargo y el alcohol de malta eran su único sustento.Sus colaboradores más cercanos en el banco intercambiaban miradas de dolor y preocupación cuando lo encontraban dormido sobre el escritorio a altas horas de l
Las luces de los flashes destellaban con una violencia ciega sobre el estrado principal de la Banca Vitale. El murmullo de los reporteros, amontonados como buitres sobre el micrófono, creaba un zumbido ensordecedor que habría desquiciado a cualquier hombre ordinario.Pero Valerio Vitale permanecía impasible. Con su traje impecable de corte italiano, la mandíbula apretada y la mirada fría como el acero de un bisturí, proyectaba la imagen perfecta del control absoluto.Por dentro, sin embargo, el infierno lo devoraba.En el bolsillo interior de su saco descansaba el informe médico de Fiorella, ese bendito y maldito pedazo de papel que los doctores le entregaron tras la cirugía de urgencia.Aún no había tenido diez segundos a solas para desplegarlo y leer la verdad de lo que había ocurrido en ese quirófano.La guerra salvaje por inmovilizar los activos de Dominic Sforz
El olor a alcohol antiséptico y café frío impregnaba la pequeña sala de altas del Hospital General de Nápoles. Una sola lámpara de luz blanca iluminaba la mesa metálica donde reposaban los pliegos de papel sellado.El silencio era denso, sofocante, roto solo por el rasgar acelerado de un bolígrafo.El abogado, Don Matteo, un hombre de confianza absoluta de Giovanni, ajustó sus anteojos y deslizó el primer documento hacia Fiorella.— Señora... perdón, señorita Salvatici —corrigió Matteo con voz neutra, manteniendo la discreción profesional— Este es el acuerdo de disolución matrimonial de mutuo acuerdo. Estipula que el matrimonio celebrado entre usted y el señor Giovanni Rossi queda anulado de manera inmediata bajo cláusula de confidencialidad estricta. Ninguna de las partes podrá realizar declaraciones a la prensa.
El pitido monótono del monitor cardíaco marcaba un compás cansino en la penumbra de la habitación. Fiorella abrió los ojos despacio. Las luces fluorescentes del techo del Hospital General de Nápoles le quemaron las pupilas, desatando un punzante dolor de cabeza. El olor a antiséptico y a humedad le raspó la garganta al tragar saliva.Intentó moverse, pero una punzada aguda en el vientre la paralizó.Con los dedos temblorosos, bajó la mano derecha por debajo de la sábana de algodón áspero. Buscó el bulto tibio que durante meses había sido su único refugio, la razón de sus fuerzas en medio de la tormenta.Nada.Su vientre estaba plano, blando y frío. Una sensación de vacío feroz le desgarró el pecho, succionándole el aire de los pulmones.—Fiorella... —Una voz gruesa y rota reson&







