LOGINPunto de vista de Viola
—Alfa, ¿cuándo te hiciste esos tatuajes? —volví a preguntar mientras sacudía el cuerpo del Alfa con un poco más de fuerza.
El Alfa, que hacía apenas un momento tenía los ojos cerrados, se volvió lentamente hacia mí. Tal vez se había sorprendido por lo que acababa de hacer. Me sentí culpable, pues debería haberlo dejado dormir para que descansara después de un día agotador.
Pude ver la expresión de asombro en el rostro del Alfa. No dejaba de mirarme, recorriéndome de pies a cabeza.
—¿Quién eres?
Su voz grave y profunda resonó con fuerza en mis oídos, haciendo que todo mi cuerpo se tensara. Me quedé inmóvil durante unos instantes, contemplando al hombre que ahora compartía la misma manta conmigo.
¿Cómo era posible que no me reconociera?
—Alfa, soy tu Luna. ¿No me reconoces? —pregunté con voz temblorosa, cada vez más confundida.
Lo sujeté por los hombros y lo hice girarse hacia mí. Nuestras miradas se encontraron, y esperé encontrar alguna respuesta detrás de aquellos ojos fríos. Sin embargo, él solo me observó con las cejas ligeramente levantadas, como si yo fuera una completa desconocida.
—¿Luna? ¿Qué demonios estás haciendo? Ni siquiera estoy casado —respondió con un tono inexpresivo, aunque firme.
Sentí que el corazón se me partía, como si alguien lo estuviera cortando con un cuchillo oxidado. ¿Cómo podía decir algo así?
Nos habíamos intercambiado los votos matrimoniales aquella misma noche, bajo la luz de la luna llena. Podía sentir el vínculo de pareja que nos unía, aquella conexión que fortalecía la unión entre cada Alfa y su Luna. Entonces, ¿por qué no recordaba nada de aquello?
—Alfa Edward, soy tu Luna, Viola. Nos acabamos de casar esta noche. No puedes haberlo olvidado, ¿verdad? —pregunté suavemente, suplicándole que recordara unos momentos que deberían seguir frescos en su memoria.
Su expresión no cambió. Su rostro permaneció sereno, como la superficie de un lago en calma, y en sus ojos no había ni el menor rastro de reconocimiento. Incluso soltó una risita, aunque no tenía nada de amistosa.
—¡Deja de decir estupideces! No soy Edward, soy Evan, el Alfa de la Manada Viento Sangriento.
Abrí los ojos de par en par. Retrocedí instintivamente, con el corazón latiéndome desbocado. Tiré de la manta hacia arriba para cubrirme el pecho, que había quedado parcialmente expuesto.
—¿Evan?
—Sí.
¡Era imposible!
¿Cómo podía mi esposo afirmar que era otra persona? Estaba segura de que aquel hombre era Edward, mi esposo y el Alfa de la Manada Sangre Invernal. Conocía cada centímetro de su rostro y cada uno de sus movimientos. No podía estar equivocada. Sin embargo, aquella mirada y el tono de su voz me resultaban completamente extraños.
Pero había algo que me dejó todavía más desconcertada. Volví a mirar los tatuajes de sus musculosos brazos. Una vez más, sentí una mezcla de sorpresa y tristeza porque, según recordaba, Edward no tenía ningún tatuaje en los brazos.
—Esto… Tiene que ser una broma, ¿verdad? —murmuré con una voz apenas audible.
Esperaba que existiera alguna explicación lógica para todo aquello. Quería que me explicara qué estaba pasando. Sin embargo, él solo me miró con unos ojos penetrantes.
—No sé quién eres, pero no vuelvas a afirmar que eres mi Luna. No tengo ninguna Luna y jamás me he casado. Hasta ahora, solo me he acostado con zorras a las que les he pagado para satisfacer mis deseos. Así que, si eres una de esas zorras, será mejor que salgas de mi habitación ahora mismo. ¡De lo contrario, volveré a follarte! —añadió con frialdad antes de despedirme con un gesto despectivo y cerrar nuevamente los ojos.
Sus palabras consiguieron enfurecerme todavía más. Indirectamente, me había insultado y me había llamado zorra. Furiosa, agarré la manta y tiré de ella con fuerza, apartándola del cuerpo de Evan.
—¡Maldita sea! ¡Fuiste tú quien entró en mi habitación y me pidió que me acostara contigo! ¡Ahora será mejor que te largues de aquí, porque esta es mi habitación y estás en mi palacio!
—¿Qué demonios?
Evan se incorporó y se acercó a mí sobre la cama. Ambos seguíamos desnudos, y la única protección que cubría nuestros cuerpos era aquella manta.
Su rostro reflejaba una furia evidente mientras se aproximaba. Sin previo aviso, Evan me agarró del cuello.
¡Estaba estrangulándome!
—¡No me culpes si tú también disfrutas jugando con mi cuerpo! ¡Aquí tengo el poder porque este es el palacio de la Manada Viento Sangriento! ¡Zorra!
—Tú… Te equivocas. ¡Este no es tu palacio, sino el palacio de Edward, el de la Manada Sangre Invernal! —repliqué con voz ahogada, pues apenas podía respirar debido a la presión de sus manos alrededor de mi cuello.
—¿Qué?
Evan abrió los ojos de par en par. La sorpresa que apareció en su rostro fue tan evidente que no pude pasarla por alto.
De repente, soltó mi cuello y me empujó descuidadamente sobre la cama. Su expresión cambió al instante y se llenó de pánico. Poco después, lo vi levantarse apresuradamente y comenzar a vestirse.
—¡Mierda! Me he equivocado de palacio. Tengo que largarme antes de que llegue Edward.
Lo escuché murmurar para sí mismo. Me incorporé lentamente, sintiendo el cuerpo débil después de que me hubiera estrangulado.
—¡Oye! ¿Adónde vas? —grité al verlo abrir la puerta de la habitación.
—Me voy. ¡Olvida todo lo que ha pasado esta noche! —ordenó con severidad.
—¡Espera!
Sin embargo, Evan ya había salido de mi habitación sin más explicaciones. Me levanté de la cama con la manta envuelta alrededor del cuerpo. Estaba furiosa por la manera en que me había tratado. Ni siquiera se había disculpado por lo que había hecho.
—No sé quién demonios es ese hombre, pero no puedo aceptar que me trate como si fuera una zorra. Ni siquiera se ha disculpado por lo que me hizo.
Dominada por la rabia y el resentimiento, quise perseguir a Evan para exigirle que respondiera por sus actos. Pero justo cuando estaba a punto de abrir la puerta, esta se abrió de repente desde el exterior y apareció un hombre que me miró con evidente sorpresa.
—Viola, ¿qué estás haciendo en ese estado? ¿Y dónde está tu ropa?
La voz del hombre me sobresaltó. Bajé inmediatamente la mirada hacia mi cuerpo y entonces me di cuenta de que estaba completamente desnuda.
Punto de vista de ViolaCerré los ojos e intenté tranquilizarme y calmar a Lily, pero ella seguía temblando. No era la misma de siempre. Ya no parecía la loba fuerte que siempre había estado a mi lado.—Lily, ¿por qué le tienes miedo a Danny? —le pregunté en voz baja.No obtuve respuesta. Solo podía escuchar los latidos cada vez más acelerados de mi corazón y un fuerte zumbido en mis oídos.Entonces, de repente, el aire a mi alrededor cambió. La temperatura descendió, como si una niebla negra nos estuviera envolviendo.—¡Ah! ¿Qué está pasando?Sentí que mi cuerpo se convulsionaba. No era por el dolor, sino por un impulso que nacía en mi interior.Sí, Lily se estaba rebelando.—¡No, Lily! Todavía no estoy preparada —susurré entre jadeos.Sin embargo, ya era demasiado tarde. Sentí como si mi alma se estuviera partiendo en dos. Una fuerza salvaje tiró de Lily y comenzó a arrancarla de mi interior.Grité, pero no salió ningún sonido de mi garganta. El mundo quedó en silencio y solo quedar
Punto de vista de ViolaLa puerta de la habitación se abrió de golpe. El estruendo al chocar contra la pared hizo que el corazón me diera un vuelco. Evan y yo giramos la cabeza al mismo tiempo hacia la entrada. Contuve la respiración cuando una figura alta y de hombros anchos apareció en el umbral, con los ojos ardiendo de furia.¡Edward!Tenía la mandíbula tan tensa que parecía de piedra. Sus ojos brillaban como llamas, dispuestos a reducirlo todo a cenizas. El ambiente de la habitación se volvió insoportablemente tenso. El aire se espesó y respirar comenzó a costarme cada vez más.—¡Evan, sal de aquí! —ordenó Edward con una voz fría, grave y amenazadora.Sin embargo, Evan no se movió de inmediato. Seguía de pie a mi lado, con parte de su cuerpo delante del mío, como si quisiera protegerme.—Edward, escúchame primero. No es lo que piensas.—¡He dicho que te largues! —bramó Edward, alzando aún más la voz.Entonces vi a Nathan detrás del Alfa Edward. Tenía el rostro sombrío y parecía i
Punto de vista de Viola—¿Evan está aquí?Él permanecía de pie frente a mí, con sus penetrantes ojos clavados en mi rostro. Desde que llegamos a Luna Plateada, no había podido dejar de pensar en él. Incluso antes de verlo, ya podía sentir su presencia.Su aroma me golpeó como una cuchilla. Era intenso, cálido y almizclado, mezclado con el olor a pino y algo profundamente salvaje. Un aroma que antes me había confundido en medio de la pasión y que ahora hacía temblar todo mi cuerpo.El hombre permanecía tranquilo, vestido con un elegante traje formal negro y gris. Sin embargo, sus ojos no reflejaban la misma calma. Su mirada era afilada y penetrante, como si pudiera desnudarme por completo desde la distancia.—¿Viola? —susurró Edward mientras apretaba un poco más mi mano.—Te tiemblan las manos.Me sobresalté y retiré rápidamente la mano de la suya.—Es el viento nocturno, Alfa. Hace un poco de frío —murmuré, intentando mantener la voz serena.—Está bien.Edward asintió, aunque siguió o
Punto de vista de Viola—Dime, ¿qué me estás ocultando?La pregunta me golpeó con más fuerza que cualquier espada. La mirada de Edward era inquisitiva, cargada de sospecha. No podía negarlo. Sentía el pecho oprimido, pero hice todo lo posible por mantener la calma.—Solo estoy cansada, Alfa. Últimamente he tenido demasiadas cosas en la cabeza.Pasaron unos segundos de silencio que me dejaron los oídos zumbando. Entonces, Edward soltó un profundo suspiro. Me observó durante un largo momento, como si esperara que terminara confesando la verdad. Pero no cedí. No podía decirle nada.Todavía no.Finalmente, se levantó y caminó hacia la puerta. Su rostro reflejaba decepción, aunque también había cierta culpa en sus ojos.—Está bien, Luna. Si necesitas algo, llámame. Te daré un poco de tiempo.Y se marchó, dejándome sola en la habitación.La puerta se cerró suavemente tras él, pero su voz seguía resonando en mi cabeza. Solté el aire que había estado conteniendo y sentí que las rodillas casi
Punto de vista de Viola—¿Qué? ¿Quieres decir que estoy embarazada?Abrí los ojos de par en par al escuchar las palabras de Nathan.—Así es, Luna. Está esperando un hijo del Alfa. Felicidades —respondió Nathan con una sonrisa amable.Se me cortó la respiración. Aferré las sábanas con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Sentí que el mundo entero daba vueltas a mi alrededor.¿Embarazada? ¿Yo?Nunca me había acostado con Edward. Solo había una explicación posible, y no soportaba terminar de formular aquel pensamiento.Evan.—Nathan… ¿estás completamente seguro? —susurré.—Lo he comprobado dos veces. Hay un latido débil, pero constante.Mi mano se dirigió por sí sola hacia mi vientre todavía plano. Una vida estaba creciendo dentro de mí. Era tan pequeña y, sin embargo, imposible de negar. La realidad me golpeó como una puñalada en el pecho.—¿De cuánto tiempo estoy?Nathan hizo una pausa para calcularlo.—Aproximadamente entre cinco y seis semanas.Cinco o seis semanas.
Punto de vista de Viola—¿Por qué ese Alfa dijo que soy su compañera predestinada? ¡Está completamente loco!Murmuré para mis adentros mientras permanecía en el balcón de mi habitación, con la mirada fija en la distancia. Levanté la vista hacia el cielo nocturno, adornado por la luna, donde seguramente la Diosa Luna me observaba desde las alturas. La brisa soplaba suavemente entre los árboles, creando un ambiente fresco y tranquilo.—Viola, ¿todavía no estás dormida?Aquella voz grave y ligeramente ronca me hizo estremecer.Me volví rápidamente y vi al Alfa Edward acercándose a mí. Mi expresión cambió al instante cuando lo vi salir al balcón y detenerse justo a mi lado. Sentí que el rostro se me quedaba helado y seguramente había palidecido.—¿Alfa? —pregunté, sobresaltada.Edward giró la cabeza hacia mí. Levantó una ceja mientras me observaba atentamente.—¿Qué ocurre? ¿Por qué pareces tan asustada al verme acercarme?—¡Oh, no! Yo… Simplemente me sorprendió que aparecieras de repente







