เข้าสู่ระบบSera—Lo siento, Mina.—No, no, no —la interrumpió Mina. Su voz era suave, pero conservaba el filo—. No llores. Por favor, no hagas eso ahora.Volvió a agacharse, observándome de cerca, como si yo fuera una criatura nueva que necesitara entender. Me apartó un mechón suelto de la frente; su tacto era ligero, pero no tenía nada de calidez.—Cuando era niña —empezó Mina, con una voz que adquirió un ritmo casi narrativo—, la única vez que vi sangre o violencia física fue en mi madre. —Rió—. Sera, no era una buena imagen. Pasaba las noches viéndola en ese estado. Todas las noches, cubierta de sangre. Y lo único que siempre pensaba, por raro que parezca, era que nunca imaginé que una sola persona pudiera producir tanta sangre.Mina sacudió la cabeza, su cabello oscuro proyectando largas sombras sobre los hombros. —Nunca quise volver a ver algo así. La sangre se convirtió en lo único que quería evitar. —Resopló, torciendo el labio—. Pero gracias a ti, tuve que ver toda una escena en la que a
Sera—¿Cómo... qué?Las palabras quedaron suspendidas en el aire viciado de la habitación. Estaba temblando. Mis botas se arrastraban contra la alfombra, la vibración subiéndome por las piernas y asentándose en el estómago. Tragué saliva, intentando reunir suficiente para volver a hablar.—Estoy embarazada —repetí. Mi voz sonaba delgada, un raspado seco que carecía de la autoridad de Luna que había estado intentando llevar puesta. Aparté la mirada de ella, fijándola en un hilo suelto de su manga—. Es... estoy embarazada, Mina.Mina se quedó en el suelo conmigo, las manos todavía aferradas a mis brazos. Asintió despacio, un movimiento rítmico que parecía más un intento de convencerse a sí misma de una mentira. Luego frunció el ceño.—Fenris no lleva tanto tiempo acostándose contigo, ¿verdad? —preguntó.Asentí, luego negué con la cabeza, los pensamientos enredándose. —No. El tiempo... es demasiado pronto. —Oí que mi propia voz subía, un pico agudo y aterrado—. ¡Se supone que soy físicam
Sera—Tu olor, ha cambiado.—¿Desde cuándo?Forcé las palabras a través de una garganta que sentía raspada con piedra seca. Mantuve el rostro tenso, frunciendo las cejas en un gesto de confusión defensiva. Fenris no me soltó el brazo. Ladeó la cabeza, las fosas nasales dilatándose mientras tomaba otra bocanada lenta y metódica de aire. Sus ojos grises no parpadeaban, las pupilas oscuras y fijas.—Desde que saliste de ese cuarto —sacudió la cabeza levemente—. Y no es la sal, Sera. Conozco el olor del sótano de Madra. Esto... esto es distinto.Tragué con fuerza. Necesitaba moverme. Cada segundo que pasaba a su alcance era un segundo más para que su nariz nombrara la verdad.—Ya te lo dije —dije, mi voz ganando un filo más cortante, más impaciente—. Apesto a ese cuarto. La salmuera tiene una pesadez estancada que se te pega a la piel. Necesito un baño. Cuando termine, el olor se habrá ido. Estás captando la mugre que quedó de ese sótano.Fenris suspiró, derrotado. Desde luego sabía de lo
Sera—La salmuera necesita renovarse —dijo, su voz regresando a ese raspado clínico y distante—. Ve. Reúnete con tu esposo. Los ancianos están esperando.No respondí. No ofrecí ni una sonrisa. Me di la vuelta y salí de la habitación, la puerta de hierro pesada contra mi palma.El corredor estaba en penumbra. Las lámparas de grasa parpadeaban, proyectando sombras largas y distorsionadas contra la piedra. Empecé a caminar, el corazón martillando un ritmo que golpeaba contra mis costillas. Cada paso hacía que la pesada lana de los pantalones me rozara los muslos. Podía sentir la humedad ahí —esta vez no de excitación, sino del sudor frío y aceitoso de un tipo distinto de miedo.Doblé la esquina hacia el nivel del Alfa.Fenris estaba de pie al final del pasillo. Estaba apoyado contra el arco de piedra cerca del balcón, mirando el cielo gris de la mañana. Todavía tenía la ceniza negra en la mandíbula. Parecía inmenso, una silueta de hierro y pelaje que era dueña del aire mismo que respirab
Sera—Perdón, ¿qué?La risa que me salió fue una cosa áspera y fea que golpeó las paredes húmedas de piedra del sótano y murió en seco. Mi mano seguía atrapada en el puño de Madra, sus dedos como garras de pájaro, secas y frías, clavándose en la piel de mi muñeca. No retrocedí. Me incliné hacia adelante hasta poder ver la película amarillenta que cubría sus ojos.—La salmuera se te está subiendo a la cabeza, Madra —dije, dejando que mi voz cayera en un raspado áspero—. Soy estéril. Mi padre lo dejó claro hace años. Mi anterior pareja lo confirmó durante tres años, cada mes que mi cuerpo falló en hacer su trabajo. Soy una omega que no pudo darle ni un solo heredero a una manada de cuarta. Así que no te quedes ahí parada contándome chistes.Madra no se inmutó. Ni siquiera parpadeó. Sostuvo mi mirada con una quietud clínica, aterradora.—Yo no cuento chistes, Luna. Yo trato con la carne y con la sangre. Y tu sangre está cantando una melodía distinta de la que te contaron.Apretó más el a
JaceEl mercado fronterizo era una sobrecarga sensorial. No había letreros de neón aquí. Ninguna música sonando desde parlantes ocultos. Solo el sonido de quinientas voces negociando el precio de la sal, el repique rítmico del martillo de un herrero, y el olor denso y terroso de la manada. El mercado era terreno neutral. El Sur proveía grano y textiles. El Norte proveía hierro, pieles, y el tipo de madera de grado duro que no se pudría.Ajusté la correa de mi bolso. No estaba ahí por madera. Estaba ahí por un puente.Mistwood estaba estrangulando a Blackwater. Se habían instalado como un parásito, cobrándole impuestos a nuestros comerciantes y quedándose con el cuarenta por ciento de nuestra tala. Kane era un desastre, ahogándose en el vacío que su ex había dejado atrás. Yo necesitaba una amenaza. Necesitaba un susurro en el oído correcto para que Mistwood entendiera que Blackwater tenía amigos con los que no podían meterse.Empecé a caminar por el pasillo central. El barro era espeso







