INICIAR SESIÓN
Capítulo 1
— Gracias, señorita Sofía. — Doña Rosa agradeció con una sonrisa cálida mientras se secaba las manos en el delantal floreado, lo único verdaderamente colorido en aquella cocina digna de un anuncio de electrodomésticos de lujo. Sus ojos castaños rebosaban esa gratitud maternal que, sinceramente, pagaría una cantidad absurda por ver en el rostro de mi propia madre al menos una vez en la vida. Llevaba años trabajando en la residencia de los Almeida, Rosa ya había dejado de ser solo quien cuidaba de la casa para convertirse en mi puerto seguro — y, seamos sinceras, la única persona en esta mansión que no me miraba como si estuviera a punto de estropear el papel pintado. — Qué va, Rosa. Sin formalidades, por favor — pedí, cogiendo mi botella de agua de la nevera. El plástico frío contrastó con mis dedos calientes, y di un trago generoso, sintiendo el agua helada bajar rasgando por la garganta y ahuyentando el resto de sueño que se empeñaba en pegársele a mis ojos. Cerré la puerta de la nevera con el codo, oyendo el chasquido suave del mecanismo resonar por el espacio gigante. — Voy a largarme a correr. Si papá pregunta, dile que fui a intentar quemar la ansiedad antes de que me consuma viva, ¿vale? Rosa soltó una risita ahogada y asintió, con los ojos reflejando la comprensión de quien conocía la fauna de esta casa mejor que nadie. Atravesé el pasillo amplio como quien cruza un museo particular. Las molduras doradas en las paredes parecían mirarme con desdén, exhibiendo retratos y paisajes de generaciones pasadas de la familia Almeida. Cada lienzo parecía susurrar un “tú no encajas aquí” en tono aristocrático. Al llegar a la puerta principal, pasé junto a los guardias de seguridad y les dediqué una sonrisa de buenos días. Esperé pacientemente mientras el portón automático rechinaba contra el asfalto — el sonido característico que marcaba el inicio de mi libertad diaria. — Gracias, señor Roberto — dije, ya ajustando el paso. El impacto de la zapatilla en el suelo trajo ese alivio inmediato. — Ten cuidado en la calle, muchacha — la voz grave de Roberto resonó detrás de mí, cargada de esa preocupación paternal que aceptaba de buen grado. Solo levanté el pulgar en el aire, sin volverme, y aceleré el ritmo. En menos de diez segundos, la seguridad blindada de la mansión quedó atrás, sustituida por las aceras arboladas y tranquilas del barrio. Me ajusté los auriculares y dejé que un ritmo electrónico ensordecedor tomara el control de mis pensamientos. Era pleno lunes, el sol ya estaba desconchando la pintura de los coches a las siete de la mañana y el sudor empezaba a brotar en mi piel antes siquiera de cerrar el primer kilómetro. Mi agenda del día parecía una pesadilla logística: ensayos, reuniones con empresarios de cara de pocos amigos y probadores de ropa interminables. ¿Qué haría una persona cuerda? Estaría durmiendo con el aire acondicionado al máximo, obviamente. Pero la vida adulta no perdona, y la industria de la moda tiene una tolerancia cero para la pereza. Mis pies se movían en un ritmo mecánico mientras la ciudad de Chicago empezaba a sacudirse el polvo y despertar. Encantada, Sofía Ferreira. Tengo 23 años y soy modelo de una de las agencias más movidas de esta ciudad. Chicago tiene esa energía insana de nunca desconectar la corriente, y terminé enamorándome de este caos frenético. Hay algo hipnótico en el contraste entre los rascacielos gigantescos y el cielo de la mañana. Oficialmente, vivo con mis padres. Tengo mi propio apartamento en la cima de un edificio increíble en la zona alta de la ciudad, pero ¿la verdad cruda y desnuda? Odio estar sola allí. El silencio de ese lugar me engulle. Es un vacío extraño, como si, sin el ruido de la gente conversando o el ajetreo de una casa llena, simplemente corriera el riesgo de desaparecer. Así que prefiero aguantar el manicomio familiar. Mi padre, el señor Fernando, se gana la vida en el ramo automotriz, un imperio de concesionarios y repuestos que mi hermano mayor, Rafael, ayuda a gestionar con la eficiencia de un robot. Mi padre siempre ha sido el tipo de hombre que predica el valor del sudor y el trabajo duro, e incluso cuando decidí cambiar la grasa y los números por la pasarela, él fue el único que no me miró como si hubiera tenido un brote psicótico. Mi madre, por otro lado... bueno, la historia es un poco más espinosa. Ella empezó la vida como camarera. Decirle eso hoy en día equivale a cometer un delito de lesa patria. Actúa como si el pasado fuera una mancha radiactiva en el currículum y prefiere ahogarse en un mar de apariencias, té benéficos y bolsos de diseñador, fingiendo que nació en una cuna de oro. Y luego está mi hermana, Patricia. Mayor, perfectamente fútil y experta en el arte de no hacer nada. Mi padre montó un salón de belleza impecable para ella, pero creo que la última vez que Patricia pisó allí fue para hacerse una foto para I*******m; paga a un equipo entero para que administre el lugar mientras se centra en su deporte favorito: competir conmigo. Ahora se ha empeñado en que quiere entrar en el mundo de la moda. Porque, claro, si la menor puede, ella necesita demostrar que puede hacerlo mejor. Nuestra convivencia es básicamente una partida de ajedrez donde cada palabra es una pieza lista para derribar a la otra. La relación con mi madre sigue la misma línea editorial congelante. Ella idolatra a mi hermano y trata a Patricia como su obra maestra. ¿Yo? Parezco la intrusa que se olvidó de irse. Me criaron niñeras y mi padre. Crecí intentando entender en qué momento de la gestación había roto el contrato de afecto con ella. ¿Dolía? Una barbaridad. Pero uno aprende a poner una tirita en la herida y fingir que no está sangrando.(...)Mi padre se acercó, con los ojos llenos de lágrimas y la voz entrecortada, con la emoción desbordándose. Los demás entraron justo detrás de él en la habitación donde yo estaba, todos sonriendo y sosteniendo globos y algunas flores, un mar de amor. Mi abuelo llevaba dos bolsitas, una roja y otra azul, y yo sabía muy bien qué había dentro: una cuerda y una herradura con los nombres de los niños, que él ya conocía porque había escuchado «sin querer» a Leonardo y a mí hablando, una tradición de amor.—Y entonces... —preguntó en voz baja—. ¿Cómo se llaman?Fue lo primero que preguntó mi padre, con la voz convertida en un susurro reverente, como si estuviera en un templo.—Estoy bien, papá. Gracias.Me burlé, pero sonreí, con el amor desbordándose. Miré de reojo las pequeñas cunas a mi lado, donde dormían mis milagros.Después del parto, me limpiaron, me dieron los puntos y me trajeron aquí, a una habitación del hospital que parecía un palacio. Allí se quedó solo Leonardo, mi ancla. U
No era exactamente dolor. Era una presión extraña, profunda, diferente de todo lo que había sentido hasta entonces, como si mi cuerpo se estuviera preparando para algo grande. Una sensación que se extendía como una ola, apretando cada músculo, cada nervio, un mensaje de mi cuerpo. Respiré hondo, esperando que pasara.Pasó... y volvió, más fuerte.Por Dios, ¿es lo que estoy pensando? La pregunta resonó en mi mente.—Leonardo... —lo llamé en voz baja.No tardó más de cinco segundos en aparecer en la puerta, como si hubiera estado esperando. Había tenido la idea de comprar vigilabebés y dejar uno conmigo mientras llevaba el otro consigo por la casa; una precaución que me había parecido exagerada, pero que ahora agradecía, una prueba de su amor.—¿Qué pasa? —preguntó sin aliento, respirando aceleradamente por la carrera, con el pánico en los ojos. Su rostro apareció en la penumbra, los ojos muy abiertos por la preocupación, una máscara de miedo.Antes de que pudiera responder, sentí un ex
Ella y aquel desgraciado habían terminado... Él la dejó, en realidad, con una crueldad que no sorprendió a nadie. La engañó con su mejor amiga, lo que hizo que ella se pusiera mal y casi perdiera al bebé por los nervios, una tragedia anunciada. Mi padre se quedó allí mientras Cláudia la consolaba, pero él no dijo nada, se limitó a observarla mientras lloraba, su silencio como una sentencia.Solo me preocupaba el bebé, la vida que crecía dentro de ella, pero, aparte de eso, no sentí nada. Ni siquiera la satisfacción de verla experimentar lo mismo que yo había sentido, el dolor de una traición. Simplemente... no me importó. No sentí nada, como si aquella historia no tuviera nada que ver conmigo. Ya sabía que él la estaba engañando, que esa era su naturaleza. Si había hecho eso en la granja con nuestra prima, delante de todos, no era ninguna novedad que volviera a hacerlo, un patrón que se repetía. La historia se repetía, y yo solo esperaba que Natália finalmente aprendiera la lección y
SOFIATRES MESES DESPUÉS...El silencio que envolvía la casa aquella tarde de finales de verano era uno de esos silencios que no pesaban, sino que reconfortaban, como un abrazo suave. El tipo de silencio que llega después de una tormenta, cuando todo se calma y por fin puedes escuchar tu propio corazón, sentir tu propia respiración. El único sonido era el suave borboteo de la olla sobre el fogón, donde algo se cocinaba lentamente, y el ruido distante del televisor encendido en algún programa al que nadie prestaba realmente atención, un zumbido de fondo.Estaba sentada en el sofá, con las piernas apoyadas sobre suaves almohadas, sintiendo el peso familiar de la barriga y el agradable cansancio de otro día que parecía igual a tantos otros, una rutina de amor. Mis manos descansaban sobre la curva pronunciada, sintiendo los pequeños movimientos que ya se estaban convirtiendo en parte de mi rutina: patadas, giros, aquellas ondulaciones que me hacían sonreír incluso en los días más difícile
Nos miró a los dos, con los ojos brillantes. —Están perfectos. Ahora, ¿quieren saber el sexo? Preguntó, y Leonardo fue el primero en responder, con la ansiedad desbordándose. —Sí —dijo apresuradamente, con la voz temblorosa. —El primero que veo es... Lo interrumpió un grito que resonó desde el pasillo. —¡LOS GLOBOS! La voz de Lucas atravesó la puerta como un trueno de emoción. Me reí y negué con la cabeza, haciendo un pequeño gesto para que el hombre a mi lado los recogiera. Así lo hizo, dejándolos delante del médico, con sus colores vibrantes. —Vamos a hacerlo de una vez, entonces. Sonrió e hizo movimientos rápidos, haciendo estallar dos globos. Quedaron... uno rojo y uno azul, el destino revelándose. —Felicidades. Miré a Leonardo. Sonrió ampliamente, pasó la mano por mi barriga y besó mi cabeza con una ternura que me desarmó, que derribó todas mis defensas. —¿QUÉ ES? —preguntaron desde fuera, con una ola de curiosidad, pero nosotros estábamos en nuestro propio
Entramos, saludé a todos y todavía me parecía extraño que estuvieran allí, aquella invasión de amor.—¿Por qué están todos aquí? Sé que quieren saberlo, pero no podrán entrar —comenté, mirando aquel montón de rostros conocidos, cada uno resplandeciente de expectación.—El abuelo pagó para que pudiéramos entrar y ver la ecografía —contó Rafael, emocionado, con los ojos brillando como estrellas.—Ah...Abrí y cerré la boca, sin palabras, mientras la emoción me invadía.—Voy a hablar con la recepcionista.Entré, dejándolos atrás, con el murmullo de sus voces resonando por el pasillo, un zumbido de felicidad.—Buenos días —saludé a la recepcionista y le di mis datos con voz firme.Ella señaló la sala de consulta con una sonrisa profesional, un gesto de bienvenida.—Gracias.Sonreí levemente y caminé hasta allí, viendo que Leonardo venía conmigo, sin soltarme nunca la mano, como si yo fuera su puerto seguro.Los demás estaban cerca, mirándonos de reojo, una audiencia ansiosa. Me mordí los







