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★Melanie★
La foto seguía ahí. Edgar me en brazos el día de nuestra boda, los dos riéndonos como si el mundo no pudiera romperse nunca. Tres años después de su muerte todavía me dolía mirarla. Tres años y el anillo seguía en mi dedo, caliente contra la piel, como si aún tuviera derecho a estar ahí. Toqué el cristal de la pantalla con la yema del dedo. —No tenías derecho a irte y dejarme con todo esto encima… —susurré. La puerta del baño se abrió de golpe, sobresaltándome. —¡Mamá! —James apareció con el cepillo de dientes en la boca y espuma hasta la barbilla—. Son las ocho y doce. Tienes exactamente dieciocho minutos para terminar de arreglarte o vas a llegar tarde otra vez. Y si llegas tarde, Sally te va a mandar mil mensajes y yo voy a tener que oírla gritar por el altavoz. Otra vez. Sonreí a pesar del nudo en la garganta. —Eres un tirano de nueve años. —Soy eficiente —corrigió él, señalándome con el cepillo—. Y tú eres profesora. Las profesoras no llegan tarde. Es de manual. Me aparté para dejarlo pasar. —Todo tuyo, jefe. El teléfono vibró. Era Sally. —Dime que mañana te presentas de una puta vez en la facultad —dijo sin ni siquiera saludar—. Llevo dos semanas cubriéndote los seminarios de Literatura Contemporánea y ya me están saliendo canas del estrés. Canas, Melanie. Yo no puedo tener canas, me quedan fatal. —Si no me muero antes... entro mañana. Soltó un chillido agudo y tuve que apartar el teléfono. —¡Al fin! Ahora, lo que importa. Te paso a buscar en media hora. Cumples treinta querida, y no pienso dejarte otra vez llorando a un fantasma con una botella de vino barato y esa foto de la boda. Nos vamos a tomar algo decente. Y si hay que cometer un pecado, mejor que sea con buena iluminación. Antes de que pudiera contestar, mi mamá apareció en el umbral con los brazos cruzados y esa media sonrisa que siempre usaba cuando sabía que iba a ganar. —Ve. Yo me quedo con el tirano. Sal. Bébete algo. Haz algo que no sea solo sobrevivir y corregir ensayos a las tres de la mañana. Diviértete. Eres joven y bonita, mereces ser feliz. Suspiré. —Está bien. —¡Procura llegar antes de la medianoche! —soltó James sacando la cabeza del baño. —¿Pero qué se cree este mocoso? —inquirió mi mamá, cruzada de brazos—. Deje de controlar a su madre y vaya a prepararse para dormir. Que ahora la que manda soy yo. James hizo una mueca y salió rumbo a su cuarto con mala cara. El bar se llamaba Whiskey & Dust. Olía a madera vieja, a whisky caro y a humo suave. Luces cálidas. Sally ya iba por el segundo gin-tonic y gesticulaba como si estuviera dando una clase magistral sobre por qué todas necesitábamos más caos en la vida. —Te lo juro, desde que lo pusieron de jefe de departamento me mira como si yo fuera a prenderle fuego al edificio. Que lo haga o no es otro tema —dijo, guiñándome un ojo—. Tú, en cambio, llevas tres años pareciendo una santa. Hoy se acaba. Brindamos por tu teta izquierda, que seguro que ya ni se acuerda de lo que es que la miren con ganas. Me reí a pesar mío. Sally siempre había sido así: alocada, brillante y peligrosamente contagiosa. Las dos enseñábamos en la Facultad de Humanidades. Ella, Historia del Arte. Yo, Literatura. Entre ensayos, comisiones y el pequeño dictador que me esperaba en casa, a veces olvidaba que todavía tenía cuerpo. Y entonces escuché la canción. Mis ojos fueron al pequeño escenario del fondo. Un hombre tocaba la guitarra y cantaba country con una voz grave, rasposa, que se colaba debajo de la piel como si tuviera llave. Alto. Pelo oscuro. Camisa negra arremangada hasta los codos. Antebrazos marcados. Una presencia que ocupaba más espacio del que le correspondía. Llevo años descifrando personajes, así que no puedo evitarlo: lo leí en tres segundos. Botas gastadas, el cuero es bueno, casi nuevo. Hay algo en la forma en que canta… como si viviera en la oscuridad y le gustara quedarse allí. En medio de la canción levantó la vista. Y me miró. No fue una mirada casual. Fue lenta. Segura. Una lectura completa, de arriba abajo, sin prisa ni pudor. Como quien hojea un libro que ya decidió comprar. Me sonrió apenas, un gesto mínimo que me apretó el pecho hasta dolerme, y no apartó los ojos de los míos ni para parpadear. Sally silbó bajito. —Hostia. Ese te está comiendo viva. Si no vas tú, voy yo. —Sally… —Tranquila, profesora. Solo observo. Por ahora. Pero tú necesitas que te follen bien, amiga. Y ese parece de los que no preguntan dos veces. Déjalo follarte así entras mañana con una sonrisa radiante. Me reí. —Estás loca, no cambias. Aparté la vista y pedí un whisky doble. El corazón me latía demasiado rápido para ser solo por la música. Sally se inclinó hacia mí, me dejó un beso ruidoso en la mejilla. —Te dejo sola —susurró—. Si no vuelves, asumo que lo estás haciendo muy bien. Y mándame ubicación por si acaso, porque con lo guapa que estás, de seguro y te secuestra. Se perdió entre la gente con una sonrisa de satisfacción. Maldita sea. Cuando la canción terminó, el público aplaudió. Él bajó del escenario con esa confianza tranquila de quien sabe exactamente el efecto que causa. Se detuvo a hablar con el dueño, riendo por lo bajo. Desde donde estaba pude ver lo ancho de sus hombros, la forma en que la camisa se le pegaba al pecho, la línea de su garganta cuando echaba la cabeza hacia atrás. Estaba distraída mirándolo cuando dos tipos se acercaron demasiado. —Oye, preciosa… ¿estás sola o solo esperando compañía? —No, gracias. Uno apoyó la mano en el respaldo de mi taburete, invadiendo mi espacio. —No seas fría, vamos… —Te voy a dar un consejo de persona a persona —dije, sin levantar la voz— la palabra "no" no es un coqueteo. Es una respuesta completa. Si tu madre no te lo enseñó, yo no pienso darte la clase. El tipo abrió la boca… el otro se rio, y una voz grave y calmada sonó detrás de mí. —La dama ya lo explicó mejor de lo que yo podría. Sería una pena que tuviera que repetirlo. Me giré con el corazón en la garganta. Era él. De cerca era peor. Ojos color miel oscuro. Mandíbula marcada. Ocupaba todo el aire a mi alrededor, como si el resto del bar hubiera dejado de existir. El tipo intentó ponerse gallito. —¿Y tú quién eres, cantante de m****a? Él sonrió sin ninguna gracia. Hubo un segundo de tensión. El hombre lo midió… y se largó refunfuñando junto a su amigo, como su su sola mirada ya fuera peligrosa. Se sentó a mi lado como si nada. Demasiado cerca. Su rodilla rozó la mía y no la apartó. Yo tampoco aparté la mía. —¿Estás bien? —Estaba bien antes de que llegaras. Pero gracias por el refuerzo táctico —me di un sorbo de agua. Extendió la mano. —Arthur. —Melanie. El apretón fue breve, pero me quemó. No soltó mi mano de inmediato. Pasó el pulgar una sola vez por el dorso, lento, como quien comprueba la temperatura de algo que piensa agarrar. —¿Otra ronda? —pidió—. O mejor, dime qué es lo que te pone esa cara y yo me encargo de quitarlo de en medio. Dudé un segundo. El anillo me pesaba en el dedo como una acusación. Él lo miró de reojo, no dijo nada. —La ronda. Solo la ronda. Pidió dos whiskys. Bebimos en silencio, pero el silencio estaba cargado: se notaba en cómo me miraba la boca cada vez que yo hablaba, en su rodilla presionando la mía bajo la barra sin pedir permiso. —No pareces de por aquí —dijo de repente recostado de la silla—. ¿Qué celebras? —Cumplo treinta. Vine con una amiga, pero… —miré a Sally, que alzaba el vaso en un brindis exagerado desde el otro extremo— …me abandonó a mi suerte. Alzó una ceja, sorprendido de verdad. —¿Treinta? Joder. No lo pareces. —¿Y tú? Sonrió de lado, con esa seguridad peligrosa que me hizo apretar las piernas. —Veintiocho. Le sostuve la mirada. Mentía. Lo sabía. Pero no dije nada. Le seguí el juego. —Veintiocho… —repetí despacio—. Qué joven. Él se inclinó un poco más cerca. Su aliento rozó mi mejilla. Habló bajo, solo para mí. —Lo suficientemente viejo para saber exactamente lo que quiero. Y ahora mismo lo quiero todo. Especialmente esa boca que no deja de tentarme cada vez que hablas. Sentí un calor traicionero entre las piernas. Aparté la vista hacia mi vaso. —Eres muy directo. —No me gusta perder el tiempo —respondió—. Y tú llevas toda la noche mirándome como si quisieras que te sacara de aquí y te recordara cómo se siente estar viva. Antes de que pudiera contestar, el dueño del bar lo llamó. Arthur suspiró, dejó el vaso y se levantó. Sus dedos rozaron mi muñeca un segundo más de lo necesario, y esta vez no fue un roce casual: fue una promesa. —Tengo que subir otra vez. No te muevas de aquí, Melanie. Todavía no he terminado contigo. Volvió al escenario. Agarró la guitarra. Algunas mujeres gritaron. Y esta vez… cantó mirándome. Directo a los ojos. Como si la canción fuera solo para mí. La voz se volvió más grave, más íntima, más sucia. Cada nota me rozaba la piel, me bajaba por el pecho, se me enroscaba entre las piernas. Sonreí a pesar de mí misma. Y entonces decidí irme. No podía. No debía. Tenía un hijo que me ponía horarios. Un anillo. Un muerto al que todavía lloraba. Y mañana lunes tenía que presentarme en la facultad como si nada de esto hubiera pasado. Dejé dinero en la barra y le escribí a Sally: «Me voy a casa. No preguntes» No llegué a la puerta. Una mano firme me tomó de la muñeca y me giró. Arthur estaba ahí, respirando agitado, con los ojos oscuros y peligrosos. Como si hubiera corrido para alcanzarme. —¿A dónde crees que vas? —A casa, es tarde y... —No. Me empujó suavemente contra la pared del pasillo lateral, donde casi no había luz. Su cuerpo cubrió el mío por completo. Sentí la dureza de su erección contra mi vientre y el mundo se redujo a ese único punto de contacto. Me sujetó la barbilla con dos dedos y me obligó a mirarlo. —Llevas toda la noche mirándome como si quisieras que te follara contra la primera superficie disponible —dijo en voz baja, rozándome los labios con los suyos—. Y yo llevo toda la noche imaginándome exactamente cómo te vas a poner cuando lo haga. Me besó. No fue un beso educado. Fue hambre. Fue calor. Fue la forma en que su boca se abrió sobre la mía como si llevara meses imaginándola, como si quisiera devorarme. Gemí contra sus labios. Él respondió con un sonido grave, casi animal, y me pegó más contra la pared. Su lengua invadió mi boca con una seguridad brutal. Una de sus manos bajó hasta mi cadera y me apretó con fuerza, como si quisiera marcarme ya. La otra se enredó en mi pelo y tiró apenas, lo suficiente para que abriera más la boca. Cuando se separó, ambos estábamos sin aire. —Ven conmigo —dijo, rozándome los labios con cada palabra—. Conozco un lugar más privado. Y te prometo que esta noche no te voy a dejar pensar en nada que no sea yo dentro de ti. Dudé. El corazón me latía tan fuerte que me dolía el pecho. Pensé en Edgar. En James. En los años de soledad y de frío. Pero el fuego que tenía entre las piernas era más fuerte. Y más honesto. Él besó la punta de mi nariz, casi tierno, contrastando con la crudeza de lo que acababa de decir. —Vamos, linda… vente conmigo. No te vas a arrepentir. Cerré los ojos un segundo. Luego los abrí con una decisión que me asustó. —Está bien —susurré. Su sonrisa fue lenta. Oscura. Victoriosa. Me tomó de la mano y me sacó del bar con pasos rápidos, como si tuviera miedo de que cambiara de opinión… o de que alguien más me encontrara primero.★Melanie★Me desperté a las seis y cuarenta con el corazón todavía acelerado, como si el cuerpo no se hubiera enterado de que la noche anterior había ganado.Había dormido mal. O, más exactamente, no había dormido: había repasado la cláusula siete tantas veces que ya la tenía grabada detrás de los párpados. Cualquiera de las partes podrá retirarse a su habitación sin dar explicaciones. Qué pedazo de documento. Lo había redactado yo, y él había encontrado la grieta.Me puse la bata, me recogí el pelo en un moño improvisado y salí al pasillo con una única estrategia: ducharme antes de que nadie despertara.La puerta del baño se abrió justo cuando llegué.Arthur salió.Solo en pantalones de chándal grises, bajos de cadera. El torso desnudo. La piel todavía húmeda. El tatuaje de la bestia negra se extendía por su costado y subía por la espalda como una sombra viva, de ojos rojos, que parecía a punto de saltarle de la piel. El agua le brillaba en los hombros y en el pecho. El pelo empapado
—Uno: duración de seis meses, renovable por acuerdo mutuo —Su voz sonaba divertida—. Dos: renta mensual, pagada por adelantado, más fianza equivalente a un mes. Tres: uso exclusivo de la habitación y uso compartido de cocina, baño y salón —Levantó una ceja—. Baño. Qué palabra tan íntima para un contrato. —Es una palabra práctica. —Yo no digo que no lo sea —Siguió leyendo—. Cuatro: prohibido el uso de armas en el domicilio. —Es una cláusula razonable. —Cinco: prohibido recibir visitas sin aviso previo, en particular hombres con abrigo negro. —También es razonable. —Seis: comportamiento adecuado delante del menor, entendiéndose por tal cualquier conducta que no pueda ser explicada a un niño de diez años —Se mordió el labio, y la sonrisa le tembló en la comisura—. Es muy específico. —Tiene que serlo. —¿Lo redactó un abogado o un inspector de colegio? —Una profesora con insomnio. —Se nota. Hay una coma que da miedo. —Es una coma de advertencia. —Lo firmo. —No hace falta que l
★Melanie★ Mi madre se fue el martes por la mañana, con la misma maleta marrón que había estado abierta sobre su cama durante cinco días. Mateo la esperaba abajo, con el coche aparcado en doble fila y los intermitentes puestos. Subió a ayudarla con los bultos, me abrazó con esa torpeza suya de hombre grande que no sabe qué hacer con los brazos, y bajó las escaleras con la maleta al hombro, murmurando que se les haría tarde. Quedamos solas en el recibidor. —Tienes las llaves —dijo ella. —Sí. —El número de Sally. —Sí. —El de la doble llave. —Mamá. —Es que no quiero irme —Se le humedecieron los ojos. Se los secó con el dorso de la mano, rápido, sin dramatismo—. Pero tengo que irme. Y tú tienes que dejar que alguien más cargue con una parte. —Lo sé. —Cuida a ese muchacho. —No es… —Y deja que él te cuide a ti —Me tomó la cara con las dos manos, con una ternura áspera, de mujer que ha cuidado de demasiadas cosas—. Te lo mereces, hija. Aunque no lo creas. Me besó en la frente.
★Melanie★ La directora del colegio me recibió a las nueve y diez con una taza de té y la cara de quien ha oído demasiadas veces la misma pregunta. —Todo en orden, señora Abadías. James llegó a las ocho y diez, está en clase de Matemáticas, ha desayunado bien y no ha dado ningún problema. ¿Ha ocurrido algo? —No —mentí—. Solo quería asegurarme. Pero no me fui. Pedí permiso para asomarme al pasillo, y desde la puerta de su aula, a través del cristal, lo vi: sentado en la tercera fila, con la lengua entre los dientes, dibujando en el margen de su cuaderno unas líneas que me parecieron acordes. Respiré por primera vez en una hora. Al salir, crucé la calle sin prisa y miré hacia la esquina. Los vi enseguida, porque ya sabía qué buscar. Dos hombres. Uno en la terraza de un café, con un periódico abierto y una taza que no tocaba. El otro, apoyado en un poste, con el móvil en la mano y los ojos fijos en el reflejo de un escaparate. Abrigos oscuros. Hombros anchos. Ninguno me miró.
Mi madre me esperaba en la cocina con dos tazas de té y la luz del flexo encendida.No había ruido en el piso. James dormía en el sofá, con la guitarra de su padre abrazada contra el pecho y una manta que alguien le había echado por encima. Arthur se había ido hacía diez minutos. Y yo seguía de pie en el pasillo, con la mano apoyada en la pared, como quien todavía siente el suelo moverse.—Siéntate —dijo.—Mamá, es tarde.—Siéntate, Melanie.Me senté. Ella empujó una taza hacia mí y se quedó mirándome un rato, con las manos cruzadas sobre la mesa, esa media sonrisa suya apagada.—Deja que se quede —dijo.—¿Qué?—El muchacho. Deja que alquile el cuarto.—Estás de broma.—No.—Mamá, es mi alumno. Tiene veintiún años. Le han hecho una herida de cuchillo. Tiene dos hombres que lo esperan en un coche y un teléfono que no es suyo. No sé quién es.—Lo sé.—¿Y aun así?—Aun así —Se llevó la taza a los labios, sopló, bebió despacio—. Llevo setenta años mirando a la gente, hija. Y ese chico no
★Melanie★ El agua seguía corriendo cuando por fin conseguí cerrar el grifo. Me sequé las manos con el paño de cocina, despacio, para que dejaran de temblarme. Cerré los ojos. Conté hasta diez. En el salón, el reloj de pared marcaba las cinco y media. Desde la terraza llegaban las notas torpes de la guitarra y la voz tranquila de Arthur: Otra vez. Más despacio. Como si nada. Como si no hubiera pasado nada. ¿Qué tenía él que me ponía de esta manera? ¿Cómo podía desearlo tanto? A las seis, James logró, por fin, un acorde limpio. Fue un acorde pequeño. Torpe. Con una cuerda que sonaba mal. Pero fue un acorde, y el niño se quedó con las manos temblando sobre el mástil, mirando a Arthur con los ojos muy abiertos. —¡Lo hice! —Lo hiciste. —¡Lo hice yo solo! —Sí —Arthur le revolvió el pelo—. Eso fue todo tuyo. James se lanzó a abrazarlo otra vez. Y yo, desde la puerta, tuve que desviar la mirada hacia la calle, porque se me había llenado la garganta de algo que no sabía







