MasukLos Bachmann eran una familia conocida en todo el país, incluso a nivel internacional. El tatarabuelo Bachmann fue pionero en la radio difusión, él fundó la primera emisora de la nación ―que aún perduraba―, que luego se fusionó con el primer canal de televisión nacional, creado por el abuelo de Leo.
Consorcio Bachmann poseía cinco emisoras de radio, diez canales de televisión de alcance internacional, seis de alcance nacional, y una televisora local en cada estado del país. Eso sin contar las diversas plataformas de streaming.
No era equivocado creer que los Bachmann dominaban el mercado de las comunicaciones; ellos podían bloquear o mantener cualquier noticia que desearan; hundir o hacer surgir a la persona o empresa que ellos quisieran.
Por eso no era raro que un nutrido grupo de personajes importantes se congregaran en la propiedad de Ernest, en la cual se realizaría la conmemoración de su esposa fallecida.
Ángela consideró que eso era bueno y malo a la vez; le agradaba poder mimetizarse entre tantas personas y que nadie le prestase atención, al mismo tiempo la consumía la ansiedad, esperando que, en el momento menos pensado, aparecieran los nefastos Miller.
―¿Estás bien, querida? ―preguntó Ernest, colocando una mano en el centro de su espalda. Fue un gesto paternal, que acompañó junto con una sonrisa cálida.
―Sí, estoy bien ―respondió de inmediato, reforzando su respuesta con un asentimiento de cabeza.
―Gracias ―expresó él; sus ojos barrieron el mar de cabezas que se encontraba frente a ellos. La gente conversaba en voz baja, con expresiones solemnes en sus rostros, sonreían de forma melancólica, rememorando entre ellos a Penélope―. Sé que te cuesta estar aquí, por el riesgo que implica; pero para Leo y para mí es importante que estés aquí.
»Tengo que invitar a los Miller por la relación obvia, sin embargo, debo admitir que la actitud de Antoni para con su madre, antes y ahora, me disgusta a niveles que no puedo describir. ―Su ceño se arrugó un poco―. Pero sigue siendo su hijo, y no seré yo quien rompa el lazo entre los hermanos.
Ella no dijo nada, los lazos consanguíneos no significaban nada para Ángela. Las personas más cercanas eran, de hecho, gente que no compartía ni una gota de sangre con ella: Los Wang y los Bachmann.
Ambas familias la acogieron en su seno cuando creyó que no le quedaba nadie más sobre quien apoyarse. Aunque hasta que salió de la universidad siempre obtuvo algo de ayuda de un mecenas misterioso que se ocupó de patrocinar económicamente parte de sus estudios, fueron los padres de Jade quienes se encargaron de convertirse en sus representantes legales.
―Está bien, en serio ―afirmó ella con una sonrisa de resignación―. Si pudiésemos escoger a la familia, yo no habría escogido a la paterna.
Ernest le devolvió la sonrisa con la misma expresión, los ojos de ambos trasmitían un profundo entendimiento.
―Debo continuar atendiendo a los invitados ―dijo tras un rato.
―Yo me quedaré aquí, evadiendo el peligro ―respondió Ángela, en un tono gracioso.
No era la primera vez que tenía que surfear entre un mar de personas para evitar a los Miller; al principio de su amistad, Leo la llevó con él a diversos eventos, en especial los de arte. Para su sorpresa, Pilar Murphy era una asidua coleccionista, así que siempre estuvo al borde de un encuentro indeseado con esa mujer.
Cuando comenzaron sus exposiciones, Ángela procuraba no asistir a aquellos eventos que podía evitar, en especial si había grandes y afamados expositores. El agente contratado por Leo y Ernest se arrancaba los cabellos debido a la frustración, por eso comenzó a mentirle para que asistiera, asegurándole que ningún Murphy o Miller iba a estar en el lugar. No obstante, en más ocasiones de las que le gustaba recordar, le faltó poco para chocar con alguno de ellos, incluido David.
Esa noche parecía pintar igual, si no se andaba con cuidado, moviéndose en las periferias del salón y evitando los grupos muy pequeños, iba a terminar encontrándose con alguno de ellos.
Una vez que los presentes fueron invitados a sus mesas, su suerte empeoró. Leo y Ernest le asignaron un asiento en una de las mesas principales, justo frente a la pequeña tarima instalada para la ocasión. Al principio pensó que todo estaría bien, al fin y al cabo, la remembranza empezaría en un segundo, las luces bajarían y todas esas personas enfocarían su atención en la pantalla que presentaría videos e imágenes de la vida de Penélope.
Al momento de ocupar su silla sus ojos se dirigieron al señor Rossi, el padre de Penélope, él le sonrió con cariño, mirándola de una forma peculiar, como si la reconociera de toda la vida; Ángela recordó que ya el señor estaba empezando a mostrar signos de demencia senil, debido a esto, la morena le devolvió el gesto y aceptó que el anciano sostuviera su mano por un rato.
―¿Qué hace ella aquí?
Era le segunda vez que se encontraba con él en menos de una semana. Su tono despreciativo y agrio le generaba comezón en las manos.
―Nosotros la invitamos ―respondió Leo, tomando asiento al lado de Ángela―. Mi padre y yo ―puntualizó con severidad, frunciendo el ceño.
―No hagan un escándalo ―susurró la mujer al lado de Antoni, analizado la situación con rapidez―. No es el lugar ni el momento.
―No pienso hacer un escándalo ―le aseguró Antoni a su esposa―. Pero esta es la mesa de la familia, ella no tiene cabida en esta mesa.
―¿Quién dijo que no tiene cabida? ―preguntó Leo con burla. Con un gesto despreocupado pasó su brazo sobre los hombros de Ángela, demostrando una actitud íntima.
―Esto es inaudito ―musitó entre diente, mirándola con abierta hostilidad.
La situación no escaló a mayores por la presencia de Ernest, que se sentó al lado de su hijo.
No pasó demasiado tiempo antes de que la morena comenzara a sentirse incómoda, el peso de diversos ojos fijándose en ella hicieron que adoptara una postura rígida. Leo aferró la mano libre que le quedaba, porque durante todo ese tiempo el señor Rossi no soltó la otra, aferrándola con delicadeza al ver el vendaje en la misma.
―Todo estará bien ―le susurró su amigo al oído―. Ni mi familia ni yo dejaremos que nada te pase, ¿ok?
Ella asintió, sus labios se apretaron en una fina línea que tenía el amago de una sonrisa de resignación.
Ángela podía adivinar a quiénes pertenecían esos ojos escrutadores y cargados de rencor y hostilidad. Incluso sabía que no estaban demasiado lejos de ella, porque Ernest no sentaría al padre de Antoni ―y exesposo de Penélope― en mesas demasiado distantes a la de ellos.
Poco a poco el tiempo avanzó, entre descanso y descanso en los discursos fueron sirviendo la comida, las bebidas y los entremeses. El discurso de cierre de la remembranza lo iba a dar el viudo, después de ello, la reunión se extendería un poco más para que las personas conversaran entre sí y la familia pudiese recibir sus mensajes de ánimo.
La morena bebió poco, comió menos y soportó con estoicismo las miradas de desprecio que, de hito en hito, el hermano mayor iba dándole. Claro que esto no impidió que ayudara al abuelo Rossi con su comida, ni que conversara con él de forma cariñosa cada vez que él llamaba su atención.
Después de todo, los Bachmann habían sido su principal refugio en el momento en que ella perdió el norte; si ella hubiese tenido un abuelo, definitivamente habría querido que fuese así de amoroso como siempre lo fueron el padre de Ernest y el señor sentado a su lado.
―Buenas noches a todos ―la voz del padre de Leo resonó en todo el salón, llamando la atención de los invitados―. Primero que nada, muchas gracias a todos por estar aquí; la gran mayoría de nosotros fuimos parte de la vida de Penny, de una u otra forma.
»Quienes la conocieron saben que ella fue una mujer llena de vida, un poco temperamental ―hubo risas―, pero sobre todo muy leal y comprometida.
»Siempre decía que era mejor arrepentirse por cometer errores al ser impulsiva que por no hacer nada y vivir siempre lamentando las oportunidades que se perdieron.
»Esa era Penny, la que al descubrir que tenía poco tiempo de vida lo único que quiso hacer con todas sus fuerzas fue resarcir los errores de su pasado. ―Los ojos de Ernest se posaron en Ángela, ella bajó la cabeza, sintiendo un montón de emociones inesperadas. El discurso continuó aunque ella no le prestaba atención, dejó de importarle si la veían o no. Tener a los Miller allí cerca, junto al hecho de que estaban conmemorando el aniversario de muerte de Penélope, hizo que resurgieran ciertas emociones; se odió a sí misma en ese instante, en los últimos dos o tres meses parecía que había perdido el control de su mente―… pero en especial quiero agradecer a una mujer que hizo de los últimos meses de vida de mi esposa, algo más llevadero. ―Ángela levantó la cabeza con sorpresa.
»Todos saben que nosotros quisimos tener más hijos, Penny y yo deseábamos tener una hija, pero lamentablemente nunca pudimos lograrlo. Creo que ese fue el único y verdadero arrepentimiento de ella. No obstante, cuando empezó la quimio terapia, ella se encontró con una joven estudiante de medicina que navegó junto con mi esposa durante todos los meses que padeció con esa horrible enfermedad.
»Ella hizo que los dolores que Penny padeció no fuesen tan malos, la hizo sonreír siempre que pudo y… ―la voz se quebró, Ernest tenía una expresión agobiada, las lágrimas se acumulaban en sus ojos, así que sacó un pañuelo y con un gesto elegante, las limpió. Ángela no deseaba mirar a otro lugar, sabía que Leo debía tener una cara similar a la de su padre, pero por sobre todas las cosas, ella no deseaba mirar a Antoni―. Lo siento, es algo muy doloroso y emotivo a la vez, porque gracias a esa joven mujer, mi suegro, mi hijo y yo pudimos llegar a tiempo a decirle nuestro último adiós a la mujer que amábamos.
»Fue Ángela quien sostuvo su mano, habló con ella, le avisó que estábamos en camino. También fue Ángela quien se ofreció a estar con Penny esa noche, cuidándola, para que nosotros pudiésemos descansar unas horas. Ese pequeño gesto sirvió para que todos nosotros lográsemos despedirnos llenos de amor en vez de resentimiento contra la injusticia de la vida.
»Gracias, Ángela, porque a pesar de todo, tú fuiste la hija que siempre quisimos durante ese corto periodo de tiempo.
»Penny, yo sé que estás en un lugar mejor, libre de dolor y sufrimiento, mirándonos y cuidándonos, quiero que sepas que te amo, que vivo mi vida al máximo, esperando encontrarnos un día, otra vez.
Los aplausos emotivos sonaron por todo el lugar, amortiguando los suspiros y lloriqueos discretos. Por la periferia de su ojo pudo ver a Antoni y su esposa, mientras la mujer secaba la comisura de sus ojos con un pañuelo, el hombre la observaba de una forma indescifrable.
Se sintió asfixiada.
―Gracias, querida ―dijo el abuelo Rossi, llamando su atención―. Gracias por haber estado con mi pequeña Penny hasta el final.
Con esas últimas palabras el hombre se quebró, Leo se levantó para calmar al anciano; Ángela se sentía entumecida, demasiadas emociones en un tiempo tan corto, por un momento se percató que no podía respirar, incluso la solitaria lágrima que rodó por su mejilla se sintió extraña, como si no bajase por su propia piel.
―Con permiso ―se excusó, poniéndose de pie.
Sin importarle quién pudiese verla o lo que dijesen, huyó en dirección a la puerta.
―Mamá va a matarte ―dijo Noah con voz preocupada, mirando de medio lado a su padre. En el suelo, David se encontraba sentado con sus dos hijas, jugando. Se suponía que él había subido para ayudar a las niñas a terminar de arreglarse, Ángela sabía que las niñas necesitaban supervisión y tiempo para poder vestirse, por eso le pidió a David que las ayudara… dos horas antes. En ese momento, no solo las niñas no estaban listas, sino que la ropa que llevaban eran disfraces de princesas, el cabello de ambas tenía moñitos por todos lados y en ese instante maquillaban a David. Rodeados de muñecas y peluches. ―Aún tenemos tiempo ―le respondió su padre, restándole importancia―. Terminamos aquí y nos arreglamos para salir. ―¡Es verdad, hermano! ―dijo la más pequeña, tenía seis años y unos adorables ojos ámbar, iguales a los de Noah. Su color era tan puro que contrastaban con el cabello castaño oscuro―. Además, papá está quedando muy lindo, no podemos parar ―explicó, mientras su hermana mayor
El verano se acabó, las lluvias se espaciaron y aunque el clima comenzó a enfriarse, las hojas de los árboles se tiñeron de vivos rojos vinos.David tardó tres semanas en recuperarse por completo, durante esos días encontró un nuevo lugar donde vivir, esta vez una villa a las afueras de la ciudad, en una zona rodeada de altos árboles y algunas lomas. El sitio cumplía con todas sus demandas: seguro, tranquilo y para el gusto de Noah, su propiedad tenía un estanque artificial.Al momento de la mudanza ya habían adoptado dos perros, un labrador y un pastor alemán, con el que el niño se encariñó de inmediato. La casa requería que hubiese más personal, así que pronto contaba con un grupo de personas viviendo con ellos.Ángela los visita seguido, Noah desarrolló un fuerte apego por la morena, que jamás demostró molestia por eso. Ella le enseñaba a tomar fotografías, corrían juntos con los perros y construían cosas en medio de la sala.Robin regresó al país junto con Jade y Oscar, aunque los
Abrió los ojos y se encontró con un techo color crema que no conocía; le tomó alrededor de un minuto recolectar cierta información sobre sí mismo. Recordó su nombre, edad y que tenía un hijo; luego, de golpe, las imágenes de Laura amenazando a Ángela con un arma y lo que siguió después, invadió su mente.Todo eso disparó el malestar físico, se hizo consciente de su cuerpo, las extremidades pesaban, la piel le hormigueaba y un dolor creciente y agudo se irradiaba desde su pecho y un lado del abdomen.Se sorprendió de no escuchar a nadie en la habitación, había abiertos los ojos y aunque aún no emitió palabra, le pareció extraño que no notaran que estaba despierto. Giró su cabeza hacia la derecha, lo que vio hizo que un calor agradable se esparciera dentro de él.Ángela se encontraba sentada al lado de la cama, sobre sus piernas, estaba Noah. Ella lo sostenía, abrazándolo con fuerza, mientras el niño descansaba su cabeza sobre el pecho de la morena. Los dos dormitaban profundamente, inc
Sentía su cuerpo extraño, como si su mente discurriera por un camino a una velocidad diferente mientras su cuerpo lo hacía por otro lado.Miró su móvil una vez más, cavilando si llamaba a Ángela o no. La extrañaba demasiado, tanto que le dolía el corazón, pensó que tras tantas peleas y discusiones su ausencia no se sentiría, que por el contrario, en vez de experimentar vacío solo sería alivio, pero no.Por supuesto estaba nervioso, la culpa lo invadía cada vez que recordaba lo que hizo con Laura; sin embargo, si consideraba las cosas de manera objetiva, tal vez podrían pasar la página, resolver los problemas y regresar.A veces las parejas se fortalecían cuando superaban cosas como aquellas.Además no había pasado tanto tiempo, solo un par de semanas.Fuera del bar, se sintió mejor, a pesar de que hacía calor a pesar de que era de noche, al menos escapó del sofocante ambiente del salón privado. No soportaba a las amistades de Laura Miller, eran tan arrogantes como ella, hablando siemp
David iba de camino a su casa cuando recibió la llamada de Laura. Desde hacía un par de días tenía una sensación de peligro inminente que le causaba ansiedad; atribuyó eso al hecho de que la pelirroja seguía prófuga, y que podía aparecer en cualquier instante y causar estragos.Una vez que ella le colgó, él manejó como un poseso, rompiendo varias leyes de tránsito. Con manos temblorosas marcó el número del detective y vociferó que Laura se hallaba en su departamento, con su hijo. El policía le dijo que mantuviera la calma que ya estaban enviando patrullas para allá y llegarían en pocos minutos.Cuando entró al elevador sentía el corazón obstruyendo su garganta, los nervios le daban la ilusión que el tiempo pasaba mucho más lento de lo que en realidad fluía. Una vez que las puertas se abrieron salió corriendo y casi se llevó por delante a Noah y la empleada.―¡Papá! ¡Papá! ―lloró su hijo al verlo―. ¡Mi mamá está apuntando con una pistola a la tía Angie!David soltó una exclamación de a
David recibió un mensaje directo a su móvil con una fecha y hora, supuso que provenía de Laura, quien le estaba indicando el momento en que se verían.Antoni dudó en decirle sobre la llamada, porque sabía que él contactaría a la policía para arrestar a la pelirroja; no obstante, accedió a hacerlo, tras pensar que la forma en que su hermana se estaba comportando solo la conduciría a un final nefasto.Se dirigió al café una vez que confirmó con la policía que estarían allí, planeaban atraparla a como diera lugar. Entró al local, pidió una mesa y esperó.Por dos horas estuvo a la expectativa.Cuando estuvo seguro que Laura no iba a presentarse, salió del local y se subió a su auto. Mientras conducía rumbo a la empresa de Alex, conversó con el detective.―Es posible que se haya dado cuenta de que estábamos allí ―explicó el oficial, su voz llenó todo el habitáculo del auto, porque se encontraba en alta voz―. Si los Stracci la están ayudando, significa que debe tener a alguno de sus hombres







