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CAPÍTULO 96

作者: Ría Luxuria
last update publish date: 2022-05-21 13:29:12

Ángela regresó a su departamento el día lunes, el fin de semana fue un ir y venir de momentos intensos entre ella y David.

Él intentaba acortar las distancias, había perdido la vergüenza por completo, dispuesto a que ella aceptara que tampoco lo había superado durante todos esos años que estuvieron separados y que, si los dos ponían de su parte, podrían luchar por un futuro mucho mejor del que habían deseado.

Por suerte para la morena, Alex apareció el sábado en la noche acompañado de un par de botellas de escocés que sirvieron para pasar la velada. Como aún quedaban residuos del somnífero en su sistema, el alcohol la noqueó poco después de la medianoche, y se quedó dormida en el sofá. El domingo despertó en la cama, cuando salió del cuarto encontró a los dos hombres durmiendo en el sofá y el suelo respectivamente.

Alex volvió a su departamento después de desayunar, pero regresó después del almuerzo; el lunes se apersonó de llevarla hasta el café, y le aseguró que iban a protegerla.

―Pase lo que pase, fea… ―Le guiñó el ojo de manera juguetona―. Te protegeremos sea como sea.

―Me siento Fiona y tú eres Burro… ―se burló, sonriéndole, sin embargo en el fondo se sentía muy agradecida de la actitud de su amigo.

Tomar precauciones nunca lastimó a nadie, así que Ángela se tomó en serio eso de evitar situaciones peligrosas; durante los siguientes días no salió de su apartamento a menos de que fuese necesario, nunca abandonó el lugar de noche, pero sobre todo accedió a reportarle a Alex cada movimiento.

―Al menos hasta que esto termine… ―le pidió el moreno antes de que se bajara del auto.

Debido a que se encontraba especialmente sensible después de lo sucedido, Ángela sentía que estaba siendo observada. En más de una ocasión sus ojos se cruzaron con dos o tres sujetos que la miraban de manera directa; no obstante, fue imposible para ella verificar si estos caballeros escondían oscuras intenciones.

El miércoles en la mañana casi comenzaba a pensar que todo había sido un accidente aislado y en realidad Laura no estaba planeando nada en su contra. Por lo menos así fue hasta que, volviendo de la librería, encontró a un hombre bien vestido de entre cincuenta y cincuenta y cinco años, de pie en la acera, frente al local.

Este no disimuló al verla llegar, de hecho, cuando se percató de su presencia se adelantó de inmediato a ella y le habló.

―Buenas tardes, señorita Lee ―saludó con seria cortesía. Ángela se puso a la defensiva, no fue difícil reconocerlo, Alex le mostró las imágenes tomadas de la cámara de seguridad de la entrada del bar, era el hombre que la llevó al hospital, y también el mismo que le pagó al desconocido para que drogara su bebida―. Yo soy Lu…

―Ya sé quién es usted ―cortó la morena, desafiante. Mantuvo una distancia de un metro, manteniéndose fuera del alcance de su brazo. Si él intentaba algún movimiento repentino, ella podría defenderse y escapar―. Es el bastardo que mandó a drogarme el viernes pasado.

El hombre abrió los ojos con evidente asombro, no esperó que ella dijera eso.

―En realidad fui el hombre que la llevó al hospital ―corrigió con un tono respetuoso, ella Ángela elevó una ceja, componiendo una expresión cínica.

―¿En serio quiere jugar ese juego? ―lo retó―. Parece que usted no conoce el término “cámaras de seguridad”. ―Ángela se encogió de hombros, y se alejó en dirección a la entrada del local―. Llamaré a la policía ―advirtió.

―Espere un momento, señorita Lee ―solicitó él al verla marcharse, ella se detuvo en el umbral―. Créame que no tenía ninguna intención indebida con usted esa noche, mi jefe nos pidió ser discreto para confirmar una información sobre usted.

―¿Espera que crea eso cuando me drogó y se apareció con media docena de hombres en una van? ―soltó un bufido―. No sé si es que es estúpido o cree que yo soy ingenua…

Ángela estaba muerta de miedo, pero lo superaba la rabia burbujeante dentro de sus venas. Toda su vida se enfrentó a situaciones como esa, sabía bien que demostrar miedo era el principio del fin; adicionalmente aquel señor no parecía peligroso en sí, algo le decía que, de quien debía cuidarse, era del mencionado jefe.

―¿Quién es su jefe y qué quiere conmigo?

―Si viene conmigo, podré explicarle todo ―respondió él―. Puedo garantizarle que estará bien, su seguridad no se encuentra en peligro.

Ella soltó una carcajada.

―O habla o llamo a la policía… ―amenazó―. Aunque da igual, aun si habla, cuando se marche de aquí llamaré a la policía. No importa que no sepa su identidad, pero en este momento su rostro ya ha quedado perfectamente registrado en las cámaras de seguridad del local. ―Apuntó con su dedo al dispositivo sobre el umbral―. Y ya también tomé precauciones para que no se pierdan esas grabaciones…

―Fui enviado por Ruben Miller ―habló al darse cuenta de la hostilidad de la morena―. El señor Miller desea hablar con usted, por eso quiere invitarla a la mansión Miller. ―Sacó una tarjeta del bolsillo de su saco y la extendió―. Soy Luis Mc Namara, el secretario personal del señor Miller.

Si él esperaba que ella reaccionara de algún modo, quedó decepcionado, la expresión en el rostro de Ángela se borró de inmediato, ni miedo ni rencor.

―No tengo nada que hablar con el señor Miller ―respondió a su invitación―. No hay nada en este mundo que nos una o cruce nuestros caminos, señor Mc Namara. Y si piensa que por ser empleado de ese hombre no voy a llamar a la policía, le advierto que se equivoca.

Luis se había quedado con el brazo extendido esperando que ella aceptara la tarjeta, pero Ángela solo lo observó con disconformidad.

Él inhaló aire profundamente, lo dejó escapar con lentitud y sonrió con cordialidad.

―Señorita Lee, entiendo que la situación es… cuando menos, desagradable, pero tanto usted como yo sabemos que si el señor Miller desea hablar con usted, nada ni nadie podrá detenerlo ―explicó en tono paternal, como si estuviese explicándole a un niño cuánto eran dos más dos, ella rechinó los dientes y entrecerró los ojos, en ellos brillaba una clara amenaza, Luis dejó de sonreír, sintiendo un escalofrío familiar―. Sé que usted es una persona inteligente, y sabe que no me equivoco en lo que estoy diciendo… piénselo, si el señor Miller tuviese intenciones ocultas o peligrosas no me habría enviado a plena luz del día. ―Esperó por unos minutos a que ella dijera algo, pero ante su silencio, prosiguió―. El señor Miller es un hombre inteligente, ¿cree que cometería un error tan obvio enviándome a la vista de todos?

Ángela estaba renuente a verlo, no obstante, le dio algo de curiosidad saber qué pretendía después de tantos años; David y Alex aseguraban que Laura era la mente maestra detrás de todo lo que pasó el viernes, pero allí se encontraba la evidencia de que los dos se equivocaban.

Y por más que rebuscaba en su cabeza algún motivo por el cual el viejo Miller deseaba verla, no lo hallaba.

«Tal vez solo quiere advertirme que me marche para dejar a su querida y nefasta nieta en paz…» pensó con sorna. «Como siempre, Laura hace el desastre y yo pago las malditas consecuencias… ¡zorra estúpida!» suspiró en su cabeza.

Ángela sacó su móvil, le envió un mensaje a Robin, Jade y Leo, copió el mismo texto en los tres. Por último, le escribió a Alex:

Ángela:

Ruben Miller envió a alguien a hablar conmigo, el hombre que quiso drogarme y luego me llevó al hospital, es su secretario personal.

El señor Mc Namara abrió la puerta del lujoso auto estacionado frente al local y ella se deslizó dentro con tranquilidad.

Luis la examinó durante todo el trayecto, Ángela se mantuvo en silencio, su rostro con un gesto plano, en el que solo los ojos resaltaban esporádicamente con un brillo de furia que por microsegundos volvía rígidas sus facciones.

«Esto es impresionante…» pensó el hombre sin poder creérselo por completo.

El auto se detuvo en la entrada de la enorme mansión, la morena contempló a los empleados que iban y venían por la propiedad, haciendo su trabajo. La temporada de lluvias había comenzado y el vibrante color verde del follaje contrastaba con la construcción de estilo francés de paredes blancas y techos oscuros.

Ella aspiró el aire que olía a tierra mojada, procuraba llenar sus pulmones porque estaba segura que, una vez dentro, se iba a sentir asfixiada, tanto por el ambiente como por las cosas que no iba a decirle al maldito anciano.

―Por aquí, por favor ―indicó el secretario, señalando la puerta de entrada.

Caminaron por los corredores iluminados por la luz natural que entraba a raudales por los ventanales, sin embargo, el clima nublado solo le daba un aspecto triste y apagado al increíble lujo del lugar; sintió una profunda aversión a ese lugar, le trajo recuerdos de uno de los momentos más dolorosos de su vida.

Luis dio unos golpecitos en una puerta de madera oscura, esperaron alrededor de un minuto completo antes de que una tenue voz les diera permiso de entrar; el hombre abrió haciéndose a un lado, dejando que Ángela tuviese acceso libre al estudio.

Sentado en un sofá individual ubicado estratégicamente al lado de una ventana, se encontraba Ruben Miller. La morena solo tuvo que verlo una vez para diagnosticarlo, la ictericia era imposible de disimular, la piel amarillenta era signo inequívoco del daño hepático; no solo eso, había perdido peso y la piel se pegaba a los huesos dándole un aspecto cadavérico.

―¡Ja! ―exclamó en voz baja, mirándolo directo a los ojos.

Fue un enfrentamiento sin cuartel, a pesar del declive de su salud, Ruben conservaba la fuerza de carácter y la notoria presencia avasalladora y dominante. El problema era que Ángela no estaba ni un poquito intimidada.

Graciosamente, un pensamiento cruzó por la cabeza del anciano.

Fue cruel, irónico y le dejó un terrible sabor de boca.

―Por favor, señorita Lee, tome asiento ―ordenó más que invitó, señalando con su mano de dedos huesudos, el sofá a juego frente al que él se encontraba.

En el centro una mesa de té los separaba, y sobre esta, un inmaculado juego de porcelana china de color blanco y azul cobalto destacaba de manera alegre contra la mesa oscura.

―Lo que sea que tenga que decirme, señor Miller, hágalo rápido, de ese modo no tengo que sentarme ―exigió Ángela sin dejarse intimidar, incluso su tono de voz era tan frío como el del hombre mayor. Ruben levantó una ceja, inquisitiva, como si no pudiese creer que la morena tuviese las agallas para llevarle la contraria―. Estoy segura de que ni usted ni yo queremos pasar más tiempo justo del necesario.

»No soy una visita en esta casa… así que dígame, señor Miller, ¿qué demonios quiere de mí?

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評論 (1)
goodnovel comment avatar
Guadalupe Tscherig
Por favor... misericordia por esta lectora... un capítulo massss
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