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Capítulo 2

Author: Frida Cervantes
Regresé a casa aturdida y empecé a preparar el equipaje. En la habitación estaba la carpeta con los planes de nuestra boda.

Cada vez que tenía una crisis, Álex la sacaba para tranquilizarme. Yo le había preguntado por qué teníamos que esperar a que me recuperara para casarnos. Él decía que era una condición de su familia y me pedía que lo comprendiera.

Sabía que su familia nunca me había considerado a su altura. Por estar conmigo, Álex incluso se había visto obligado a dejar la casa familiar y a fundar su propia empresa. Un hombre criado entre lujos había acabado compartiendo conmigo un departamento alquilado y comiendo sándwiches.

Cuando por fin empezó a irle bien y se reconcilió con los suyos, no quise causarle más problemas con ellos. Así que preferí callarme, por mucho que me doliera.

Pero, al pensarlo ahora, entendí que nunca había tenido intención de casarse conmigo.

Ya conocía a Alicia. Había sido alumna de mi mamá y trabajaba en la empresa de Álex. Una vez fui a visitarlo y lo encontré ayudándola personalmente a preparar una propuesta, aunque él casi nunca tenía paciencia con sus empleados.

Mi intuición me dijo que entre ellos había algo más. Discutí con Álex por eso, y mi mamá intervino.

—Aunque no confíes en él, ¿tampoco confías en mí? Alicia tiene novio. ¿Por qué haces tanto escándalo?

Leticia también me escribió. Dijo que había ido a una reunión con los amigos de Alicia y que ella y su novio se querían muchísimo.

Mi mamá me presionó tanto que incluso terminé disculpándome con Alicia. Ella apartó la cara, incapaz de mirarme a los ojos.

Ahora me parecía que había apartado la cara para ocultar una sonrisa de burla. Todos mis seres queridos habían sido cómplices del engaño.

Ya era muy tarde cuando oí abrirse la puerta. Unos brazos cálidos me rodearon y me hicieron estremecer.

—¿Te vas? ¿De verdad eres capaz de dejarme?

Aunque la enfermedad ya me estaba consumiendo, el dolor de su traición me atravesó entera. Lo aparté de un empujón.

—¡Basta! ¿Todavía vas a seguir fingiendo? ¿Qué quieres? ¿Que sea tu amante?

Álex se quedó inmóvil. Luego suspiró, agotado, y se dejó caer en el sofá.

—Llevo años cuidándote. ¿No puedes comprenderme un poco? A veces me agota estar contigo. Mi familia necesita una señora Duarte que pueda presentarse en sociedad, no una…

Se interrumpió. Cerré los puños. Sabía lo que había estado a punto de decir: no una loca que pudiera sufrir una crisis en cualquier momento.

—Pero, si ya no me soportas, podrías haber terminado conmigo antes. No tenías que hacerme esto…

—Amor —me interrumpió con dulzura, acercándose con cautela—, ¿cómo voy a dejar de quererte? Tú eres la persona con la que de verdad quiero pasar la vida. No te preocupes. Alicia sabe lo nuestro. Solo me ayuda a guardar las apariencias. Cuando Alicia y yo tengamos un hijo, nos divorciaremos de común acuerdo.

—¿Un hijo?

—Sí. Con tu depresión no sé qué más hacer. ¿Y si un hijo nuestro la heredara?

Lo miré sin poder creerlo, como si acabara de conocerlo. Para él, yo no era la esposa que podía presentar en sociedad ni la madre que quería para sus hijos. Álex ya me había dejado fuera del futuro que habíamos planeado juntos.

Una punzada brutal me retorció el estómago. Me volví, tomé el bote de basura y empecé a vomitar.

—¿Te doy asco?

Me miró herido y me mostró las manos, donde aún se veían las cicatrices de mis mordidas.

—¿No te basta con todo lo que me has hecho sufrir en estos cinco años juntos? Y desde aquella agresión, ¿cuántas noches he tenido que soportar tus mordidas? ¿Ni siquiera tengo derecho a querer una esposa normal, un hijo normal?

Respiraba a grandes bocanadas mientras desahogaba todos los reproches acumulados durante esos años.

Sabía que estaba agotado. Durante incontables noches había visto cómo la ternura de sus ojos se convertía en impotencia, luego en cansancio y, por momentos, en rechazo.

Las palabras de mi mamá y de Leticia resonaban una y otra vez en mi cabeza, hasta hacerme sentir que iba a estallar. El estómago me dolía, pero aquel dolor no era ni la milésima parte del que sentía en el corazón.

No me atreví a levantar la cabeza. Temía que Álex viera lo que había en el bote y me acusara, como Leticia, de querer dar lástima.

Después de un tiempo que no supe medir, Álex cerró los ojos, recogió su chaqueta y, antes de irse, dijo:

—Sé que necesitas tiempo para aceptarlo. Voy a esperar. Después de tantos años, no podemos separarnos.

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