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Mi mamá llegó el día del entierro de Álex. Vestía de negro, tenía el cabello completamente blanco y había adelgazado tanto que la ropa le colgaba del cuerpo.Mis cenizas habían sido sepultadas en una tumba junto a la suya. Mi mamá se detuvo ante las dos lápidas y dejó un plato de fideos sobre la tierra, al pie de la lápida de Álex. Mientras el vapor se elevaba, dijo:—Álex, a Margarita le encantan los fideos. Coman juntos.Leticia estaba a su lado. Durante aquellos días, había seguido pendiente del caso de Alicia, como antes lo hacía Álex.Alicia no había ido. Seguía detenida y el proceso continuaba. Su padre había enviado un mensaje a través de un abogado para pedir a los Duarte que intercedieran por ella. Pero Álex había muerto y su familia descargaba toda la rabia sobre Alicia. Más tarde supe que la habían condenado a cinco años de prisión.En el entierro, Leticia me habló del caso frente a mi tumba. El viento soplaba con fuerza y había esparcido los lisianthus blancos que habían de
Álex se encerró en la casa que habíamos compartido y se negaba a salir. Se divorció de Alicia sin darle opción y dejó la empresa a cargo de un gerente profesional.Todos los días se dedicaba a dos cosas. La primera era escribir. Repasaba cada jornada, desde el día en que me habían diagnosticado cáncer hasta el día en que descubrió la verdad: qué había hecho, qué me había dicho y cómo me encontraba yo.Al llegar a la tercera página, reparó en una coincidencia. El día en que me habían diagnosticado cáncer, él se había llevado a Alicia de vacaciones a la costa. La fecha de salida del vuelo coincidía con la del informe de mi biopsia.Escribió ambos datos uno al lado del otro, trazó una línea y dibujó encima una enorme cruz. Luego cerró el cuaderno. Esa noche no durmió.Se quedó sentado en el sofá, con la televisión encendida y el volumen al mínimo. En las noticias, los periodistas se agolpaban frente a una estación de policía y grababan cómo unos agentes se llevaban a Alicia. Ella se cubrí
Desde entonces, mi mamá se quedó en el pueblo. Regresó a aquel dormitorio pequeño en el que yo había pasado mis últimos días, acurrucada y tosiendo sangre.Dedicó un día entero a limpiarlo. Tiró los pañuelos ensangrentados, rellenó con masilla los arañazos de la pared y dobló mi ropa vieja para guardarla en el armario.Al terminar, se sentó en el borde de la cama y pasó mucho tiempo mirando una mancha marrón en la almohada. La mancha no había salido con el lavado. Yo ya había recibido quimioterapia. Una de aquellas noches, me había sangrado la nariz y la sangre había traspasado la tela. No se lo había dicho a nadie.Empezó a revisar las cosas que había dejado. Debajo de la cama encontró una caja de cartón llena de copias de mi expediente médico, recibos e indicaciones escritas a mano.Fue leyendo hoja por hoja. Al llegar a la tercera, le empezaron a temblar las manos."La paciente refiere dolor abdominal persistente desde hace más de tres meses y una pérdida de peso de doce kilogramos.
Álex tenía la mano apoyada en el vientre apenas abultado de Alicia. Ella seguía hablándole, pero él no reaccionaba.—¿Qué descubrieron? —preguntó con voz ronca.El asistente miró a Alicia, bajó los ojos y le entregó una tableta a Álex.—Borraron parte de la grabación del pasillo del hospital, pero otra cámara del mismo pasillo captó la escena desde un ángulo distinto. La señorita Soto no empujó a nadie ese día. Fue la señora Beltrán quien le agarró la mano y se dejó caer hacia atrás.Álex tomó la tableta. En la pantalla aparecía yo, con una bata de hospital que me quedaba enorme, pálida como el papel y apenas capaz de mantenerme en pie.Alicia se acercó. Yo retrocedí por instinto. Al momento siguiente, me sujetó de la muñeca y colocó mi mano sobre su propio vientre. Después se dejó caer hacia atrás y me arrastró con ella. Di un paso torpe hacia adelante, perdí el equilibrio y caí, con la mano todavía extendida.Yo miraba la grabación junto a Álex, deseando poder abrazar a la mujer que
Solo después de morir supe qué había pasado por la cabeza de Álex y qué lo había llevado a buscarme en el pueblo. Durante mis últimos días allí, él había empezado a sentir una inquietud inexplicable: tenía la impresión de que algo importante se le estaba escapando.Tiempo atrás, cuando mi mamá le había propuesto conocer a Alicia, él se había negado rotundamente."¿Por qué quiere que engañe a su propia hija?", se había preguntado.Ante su negativa, ella solo había suspirado.—No sé cuándo se va a recuperar. He visto todo lo que has hecho por nuestra familia estos años. Hace tiempo que te considero un hijo. Quiero que tengas una esposa normal.Él se había quedado desconcertado. En ese instante, las viejas heridas de mis mordidas parecieron dolerle de nuevo. Casi sin saber por qué, aceptó conocerla.Tal como mi mamá había dicho, Alicia era un sol. A su lado no tenía que temer otra de aquellas mordidas. Poco a poco, empezó a verla cada vez más.Leticia no tardó en darse cuenta. Al principi
—Señorita Soto, ¿no le advertí que, si seguía descuidándose así, quizá no llegaría a vivir ni un mes? Además, está embarazada, pero en su estado no puede continuar con el embarazo…El olor a desinfectante fue lo primero que percibí al despertar. Estaba en el hospital y no recordaba cómo había llegado. Me quedé inmóvil y las lágrimas empezaron a caer en silencio.El médico suspiró.—¿De verdad no va a decírselo al señor Duarte ni a su familia? Al menos deberían acompañarla cuando firme el consentimiento para interrumpir el embarazo.—¿Serviría de algo? Si les importara, ¿no estarían aquí?No insistió. Solo me indicó que descansara y me preparara para la intervención.En el celular me esperaban mensajes de Álex:"Alicia siente lástima por ti. Le preocupa que tengas una crisis frente a los periodistas, así que no tienes que ir a la conferencia de prensa. Voy a pasar un tiempo con ella para compensarla. ¿Puedes dejar de darme motivos para preocuparme?".Mi mamá y Leticia me habían enviado







